INICIAR SESIÓNSus dedos de acero me soltaron la mandíbula con una lentitud tortuosa. La furia volcánica de Alessandro desapareció tan rápido como un relámpago en una noche despejada, siendo reemplazada por su máscara de gélida calma. Una barrera impenetrable.
Se dio la vuelta y caminó hacia una mesa lateral para servirse un whisky. El suave tintineo del hielo contra el cristal fue el único sonido que rompió el silencio sepulcral del salón. Cada segundo que pasaba alimentaba mi desesperación interna, aunque me obligué a mantener la mirada firme en su espalda. —Interesante. Una mujer de palabra —murmuró, dándole un trago a su bebida sin volverse—. Pero te equivocas en algo, Daryel. No te pedí que me ames. Te pedí que te rindas ante mi poder. —No me confundas con una de tus muñecas de la mafia —le escupí con determinación—. No puedes moldearme a tu antojo. Alessandro soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor. Se giró, devorándome con sus ojos avellana. —Cariño, no necesito moldearte. Me basta con romperte. Dio un paso hacia mí, con el vaso suspendido en el aire. —Creías que tu vida era un juego de ajedrez y que tú eras la reina. Pero cometiste un error de novata: no te diste cuenta de que yo soy el tablero. El juego terminó, Daryel. Yo gané; tú perdiste. Con un gesto casi imperceptible de su cabeza, uno de sus guardaespaldas dio un paso hacia Sofía. Ella emitió un grito de puro pánico. —¡Aléjate de ella! —bramé, poniéndome entre el enorme tipo y mi hermana, lista para golpearlo con lo que fuera. Alessandro levantó una mano, deteniendo a su hombre en el acto. —Sofía está a salvo... por ahora —sentenció con una sonrisa de lado—. ¿Qué valor tiene un peón para una reina que se ha quedado sin jaque mate? Quiero que veas con tus propios ojos lo que te espera si sigues jugando a ser valiente. —No te atrevas a tocarla, Alessandro Bianchi. O te juro por mi vida que te arrepentirás. Él azotó el vaso de cristal sobre la mesa. El golpe resonó como un disparo. —¡Tus juramentos no valen una maldita m****a aquí! —su voz, aunque baja, vibró con una amenaza letal—. ¿Olvidaste dónde estás? Esta es mi casa y mis reglas. La cacería comenzó, y no me detendré hasta que me ruegues por un poco de piedad. Miró al guardia que esperaba órdenes. —Lleva a la señorita Sofía a una de las habitaciones de huéspedes. Asegúrate de que esté cómoda, pero atranca la puerta. No tiene acceso al exterior. —¡No! ¡Daryel, por favor, no dejes que me lleven! —suplicó Sofía mientras las lágrimas le empapaban las mejillas. El hombre la tomó del brazo con fuerza y la arrastró fuera del salón. Verla desaparecer sin poder hacer nada hizo que la rabia me quemara las venas. Me dejó una impotencia amarga en la garganta. —Eres repugnante —le siseé, asqueada. —Te di la oportunidad de hacer esto por las buenas y la escupiste. Ahora vas a conocerme en mi peor faceta —se acercó tanto que pude oler el whisky en su aliento—. Y para que no te queden dudas de quién manda aquí, debes saber algo: tu prometido y tu familia ya recibieron un comunicado. El aire se me congeló en los pulmones. —¿Qué hiciste? —Les informé que la altiva y grandiosa señorita Metaxis se arrepintió a último minuto. Que huiste porque consideras que una boda con un simple CEO te rebaja de nivel. —¡Eres un monstruo! —un escalofrío de puro terror me recorrió la espina dorsal. Lo había planeado todo. Estaba completamente aislada. —Tu destino ya no es una vida de lujos con Andrés Stewart. Ahora me perteneces, Daryel. Para bien o para mal, eres mía. Alessandro se giró sobre sus talones y caminó hacia las dobles puertas del salón. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y me miró por última vez sobre el hombro. —Buenas noches, mia vita. Espero que para mañana tu arrogancia se haya calmado. Aunque, en el fondo... espero que sigas siendo una terca indomable. Me divierte más romperte así. La puerta se cerró con un chasquido rotundo. El sonido de la cerradura al pasar el cerrojo por fuera me golpeó como una bofetada. Estaba encerrada. Sola en la inmensidad de ese salón frío, vestida con un traje de novia que ahora parecía mi propio sudario. El miedo intentó devorarme por dentro, pero la furia fue más fuerte. Alessandro Bianchi creía que me había quebrado, pero solo había encendido una puta guerra en mi interior. Y juro que no seré yo quien termine de rodillas. Caminé hacia la gran ventana que daba al acantilado, buscando una salida, cuando un destello metálico debajo de uno de los sillones llamó mi atención. Me agaché a toda prisa y metí la mano. Mis dedos rozaron el frío metal de un arma que un guardia había olvidado.El regreso al mundo de los vivos fue un proceso gélido y desprovisto de alivio. Dos días después de la masacre en la mansión de la costa, el auto blindado de Stewart Global se detuvo frente al imponente rascacielos de cristal de la firma en Manhattan. Daryel descendió del vehículo vistiendo un impecable traje sastre azul marino de corte italiano que Andrés le había hecho llegar a su departamento. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño estricto, maquillaje de alta cobertura para ocultar la sutil sombra violácea en su cuello, y unos anteojos oscuros que blindaban su mirada del escrutinio público.A su lado, Andrés caminaba con paso firme, pero Daryel no necesitaba un análisis forense para notar que su prometido estaba roto por dentro. El pulcro ejecutivo se sobresaltaba con el cierre brusco de las puertas del ascensor corporativo, y sus manos, las mismas que habían sostenido un subfusil cuarenta y ocho horas antes, temblaban levemente al ajustar los puños de su camisa.—Todo e
El mármol frío golpeó el cuerpo de Daryel mientras rodaba por los escalones, pero el dolor físico era una variable insignificante comparada con la urgencia de su supervivencia. La luz blanca y cegadora de las granadas de destello todavía flotaba en sus pupilas como un fantasma, pero su instinto la guió hacia la densa humareda que cubría la base de la gran escalinata.A su alrededor, el vestíbulo se había convertido en un auténtico matadero. Los gritos de los sicilianos de Bianchi se mezclaban con las órdenes tácticas de los agentes federales y las ráfagas desesperadas de los mercenarios de Andrés.Una mano enguantada y tosca la tomó bruscamente del hombro justo cuando sus pies tocaron el suelo del vestíbulo. Daryel se tensó, lista para atacar, pero una voz rota y familiar atravesó el zumbido de sus oídos.—¡Daryel! ¡Te tengo! ¡Maldita sea, muévete!Era Andrés. Tenía el rostro cubierto de hollín, los ojos desorbitados por el pánico y el sudor le corría por las sienes. Sin esperar u
El sonido del agua corriendo en la ducha de la suite principal fue la señal de salida. Daryel se deslizó fuera de la cama de dimensiones colosales con movimientos felinos, ignorando deliberadamente el sordo dolor que protestaba en sus muslos y el ardor en su piel. Su cuerpo estaba marcado por los dedos de acero de Alessandro, pero su mente volvía a ser un búnker de cemento armado. Sujetó con delicadeza la pequeña placa de silicona flexible donde había logrado transferir el relieve graso y sudoroso del pulgar del capo. Era una copia térmica efímera; la degradación celular del rastro significaba que tenía menos de veinte minutos antes de que el material se volviera inservible para un lector biométrico de grado militar. Se colocó la camisa de seda rota, anudándola de forma improvisada sobre su cintura, y abandonó la suite con la cabeza alta. Los guardias sicilianos en el pasillo la vieron pasar. Si notaron su andar ligeramente rígido o el labio partido, no dijeron nada; la frialdad d
El desafío quedó suspendido en el aire pesado de la suite. Alessandro Bianchi la observaba desde la altura de su metro noventa, con las facciones tensas por una furia que era puramente posesiva. —Te voy a dar exactamente lo que viniste a buscar, Metaxis —sentenció el capo, su voz descendiendo a un registro grave que vibró directo en el vientre de Daryel—. Pero el precio de acceso a mi cuerpo se paga con la entrega total de tu orgullo. Te quiero de rodillas. Daryel no pestañeó. Su pulso se aceleró, sí, pero su mente ejecutiva se activó a la velocidad del rayo. Esta era la brecha. Si Alessandro creía que exigiéndole sumisión la iba a quebrar, ella usaría esa misma sumisión como una pantalla de humo. En lugar de retroceder o suplicar, Daryel sostuvo la mirada avellana del capo. Con una parsimonia calculada, se deslizó hacia el borde de la cama. Sus movimientos eran los de una mujer que toma una decisión ejecutiva en una junta de negocios, no los de una víctima. Se dejó caer de rodil
El silencio que siguió a la partida de Sofía se instaló en la biblioteca como una losa de concreto. Daryel Metaxis se quedó estática frente al monitor, con las yemas de los dedos rozando la madera donde descansaba el disco duro de titanio. La jugada de Alessandro había sido magistral: bloquear el sistema con su huella dactilar y enviar a Sofía como un escudo de distracción emocional. Sabía que Daryel no flaquearía ante la tortura, pero sí ante la culpa de ver a su hermana menor convertida en el daño colateral de su resistencia. Sin embargo, Bianchi había cometido un error de cálculo básico. Había subestimado el hambre de una Metaxis acorralada. «¿Quieres mi huella dactilar, Alessandro?», pensó Daryel, una sonrisa gélida y letal dibujándose en sus labios de porcelana. «Pues la voy a conseguir». La lógica corporativa dictaba que un sistema biométrico de alta seguridad en una residencia privada tiene un punto débil: el propio usuario cuando baja la guardia. Alessandro no salía de l
Daryel salió del despacho de Alessandro sintiendo que el disco duro cifrado, oculto en el bolsillo lateral de su blazer gris, quemaba su piel a través de la tela. El aire gélido y acondicionado del pasillo la recibió como un shock térmico bienvenido, ayudándola a disipar la neblina sensorial y a reafirmar el control sobre sus facciones. La confrontación en la oficina había sido brutal. Se había expuesto deliberadamente al fuego de la seducción, y el capo le había devuelto el golpe revelándole una verdad perturbadora: su vendetta exterior se cimentaba en la posesión absoluta de su persona. Sin embargo, para la mente analítica de Daryel, el éxito arrollador de Alessandro al doblegar su cuerpo no se debía a una conexión mística, sino a una burda asimetría de experiencia: la vasta y oscura trayectoria sexual de Bianchi contra la absoluta carencia de la misma en ella. Cuando Daryel se había metido en la cama del capo por primera vez, con el único fin corporativo de manipularlo a su ant







