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.8.

last update Fecha de publicación: 2026-04-01 03:29:07

―¿Podré salir de la mansión? ―consulté el único tema que me importaba, al tiempo que salimos por un pasillo que llevaba a una de las salas, la sala de visitas, una estancia enorme y adornada con algunos cuadros de paisajes al estilo de Van Gogh.

Carraspeó.

―Claro, en realidad, podrá salir, pero para ello tendrá que consultarlo con el amo Caine, de esa forma él podrá disponer mejor de su horario ―explicó evadiendo de nuevo llamar las cosas por su nombre.

El señor Lars era muy respetuoso, mucho más de lo que, en esa situación, se imaginaría uno.

Me siguió enseñando el resto de la casa. Las diferentes salas, porque sí, había más de una, también salimos al jardín, donde había una amplia piscina, además de extravagantes decoraciones naturales, así como lugares para descansar, desde hamacas, tumbonas, entre otros muebles e, incluso, tenía un lugar para la parrilla, para una fogata, un espacio cubierto, y un pequeño estudio donde, según el señor Lars, el amo Caine pintaba.

Como me imaginé luego de la explicación del señor Lars, no había nadie más que nosotros tres en la mansión, lo que se me hizo muy solitario, demasiado para mi gusto.

Supuse que, en su época, antes del accidente, aquella mansión resplandecía con su luz propia, en cambio, en era momento estaba apagada, pese a mi elucubración, no quise preguntar, no debía hacerlo.

Entramos y me condujo a las escaleras para subir al segundo piso.

―En el segundo nivel están las habitaciones, exceptuando la del señor Lars, que está junto a la cocina. La suya está comunicada a la del amo Caine. Además, hay tres habitaciones más, todas con su correspondiente baño y vestidor. La del amo Caine es la habitación principal, es el doble de amplia de las demás. Y, claro, en este nivel es donde ahora está el amo Caine. Por logística, se ha movido al segundo nivel, donde está el gimnasio, el jacuzzi y la sala de masaje… ―Se detuvo y me volvió a ver antes de que terminásemos de subir por la escalera―. ¿Sabe hacer masajes, señorita? ―preguntó realmente interesado.

Negué con la cabeza, no tenía experiencia en ello.

―Descuide, le pondremos un maestro para ello, ya que es normal que el amo Caine tenga algún calambre fruto del empeño que le pone a su rehabilitación. De todas formas, él le dirá qué hacer llegado el momento y, para lo demás, esperemos que sus encantos femeninos sean suficientes para domar su carácter ―indicó tranquilo, con una sonrisa serena en sus labios, pese a las implicaciones de sus palabras.

Se me abrió la boca al comprenderlo, pero no dije nada. Mis disgustos y protestas estaban de más, era así de simple. Debía aceptar y callar, cerrar la boca a cal y canto.

Al llegar al segundo piso, este se abría en un recibidor amplio, con una pequeña sala por donde se podía observar el balcón que dejaba ver la magnitud de la propiedad.

Mi boca se abrió, y no pude dejar de admirar la arquitectura de la mansión.

El señor Lars me guio a la izquierda, por un pasillo que conducía a las habitaciones de invitados, rodeamos la sala, teniendo las vistas desde arriba de la gran sala principal, no la de invitados, sino una más íntima, que, según Lars, antes se ocupaba para hacer bailes y tener era espacio de balcón para admirar la belleza de la danza, pese a que en ese momento solo estaba ocupada por un gran piano de cola, negro, hermoso y exquisito que me produjo un extraño escozor en el pecho.

«Cosa de ricos» ―pensé sin agregar nada a mi gesto de fingido interés, porque lo cierto es que comenzaban a dolerme los pechos, cargados de leche. Incluso la camisa comenzaba a estirarse a la altura de los senos.

Suspiré y esperé a que terminara con el recorrido para preguntar dónde podía entrar al baño, a uno de los tantos que había en la mansión. Necesitaba cambiarme el papel higiénico, poner uno nuevo y drenarme la leche, aunque fuera solo unas gotas, al final, no sabía cuándo le iba a servir de sexovaca al amo Caine…

«No hagas esto, Maddy, sé agradecida y no reniegues como una niña» ―me reprendí y seguía al señor Lars.

―Esta será su habitación ―señaló una puerta de madera, como las demás―. Era la habitación del amo Caine cuando era un niño, antes de que su madre muriera y su padre se casara y se mudara al extranjero ―indicó como si aquella información no fuera más relevante, casi que lo dijo de carrerilla―. Es una buena habitación, un poco más grande que las anteriores y, lo mejor, podrá atender al amo cuando él la solicite. Recuerde, señorita, su trabajo es complacerlo y seguir sus órdenes. Sé que no es usual lo que se le está pidiendo, pero considere las circunstancias…

«¿Las mías o las del amo?» ―quise inquirir, pero me ahorré la pregunta incómoda.

Caminamos más, me enseñó la puerta del cuarto del amo Caine, y luego, se detuvo frente a mí.

―La siguiente habitación es la del gimnasio, pese a que me gustaría mostrársela, el amo Caine está ahora mismo con su entrenador personal. Está en su rehabilitación y no le gusta que se le moleste cuando se encuentra trabajando en su cuerpo ―advirtió con solemnidad, mirándome con los ojos entornados, completamente serio.

Asentí.

Él no quería que lo vieran en su momento de debilidad…, capté el mensaje.

Se giró sobre sus talones y caminamos. Las puertas de cristal del gimnasio me hicieron mirar sin proponérmelo. Mis ojos se fueron directo al lugar de donde salía una música suave, clásica. Sí, era música clásica, pese a que no era delicada, era fuerte. Las cuerdas del violín y del chelo se tensaban en la pieza, y las notas musicales del piano eran graves.

Un escalofrío me acogió al poder ver lo que estaba sucediendo dentro del gimnasio, casi en paralelo a las grandes puertas dobles de cristal que dejaban ver el interior.

Frente a mí, un hombre alto, fuerte, de hombros anchos, brazos musculosos, torso tonificado y marcado, cuello un poco grueso y resaltado por el esfuerzo, con el ceño compungido por el trabajo que estaba realizando. Sus largas piernas apenas puestas en el suelo, pese a que los músculos todavía se resaltaban, grandes y fornidos, con sus pantorrillas delimitando todas las venas y músculos. Pese al gesto con el que apretaba la mandíbula, pude entrever a un hombre, unos años mayor que yo, guapo, realmente atractivo, con el cabello oscuro, la piel nívea y suave que escondía un mapa de venas protuberantes que deseé lamer y recorrer hasta llegar a unas que se escondían bajo aquel pantalón corto, deportivo.

La boca se me hizo agua.

―Es el amo Caine ―indicó risueño el señor Lars al girarse y darse de lleno con mi expresión embelesada en la que mi boca se abrió y mis ojos brillaron de excitación.

Sacudí la cabeza y seguía al señor Lars tras una sola de sus palabras en las que me exhortó a apartar la vista.

Mi corazón palpitó con prisa, esa vez, de una manera distinta, deteniéndome ante la imagen de ese hombre que parecía un ángel caído, porque no me explicaba cómo podía verse tan endemoniadamente sexy de otra manera.

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Último capítulo

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