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Capítulo 12 — La grieta que no se repara

Autor: Chelencho
last update Fecha de publicación: 2026-08-10 13:48:55
Empezaron las obras del tejado un jueves, con el inspector del ayuntamiento ya fuera del cuadro: el informe de Octavio había resultado exacto en cada punto, y la denuncia anónima había quedado archivada sin consecuencias, aunque tampoco sin dejar del todo tranquilo a nadie. Alessandro no había vuelto a aparecer por la finca, pero su ausencia se sentía casi tan pesada como su presencia.

Octavio subió por la escalera para inspeccionar las tejas dañadas mientras Marie preparaba, abajo, el almuerzo
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    Diciembre trajo consigo un frío húmedo que se colaba entre las piedras antiguas de La Limonaia. El tejado recién renovado brillaba bajo un sol débil de invierno. Las paredes exteriores lucían un blanco limpio. El huerto, por primera vez en años, empezaba a mostrar señales de orden y vida. Con el testimonio de Mateo ya en manos del abogado, el expediente migratorio de Octavio parecía, por fin, encaminado.Fue entonces cuando Alessandro decidió que una denuncia anónima no había bastado.Se presentó un martes en el ayuntamiento, esta vez con la cara descubierta. Ante el concejal de obras argumentó que la restauración de La Limonaia incumplía una normativa de protección de fachadas históricas que, según él, Octavio había ignorado deliberadamente por no estar colegiado en Italia. La acusación era técnicamente débil. Pero suficiente para congelar los permisos de continuación de obra mientras continuaba la revisión del expediente.Octavio recibió la notificación el mismo día en que debía inst

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    El viento de noviembre agitaba las hojas de los limoneros cuando Marie y Octavio se sentaron en el viejo banco de piedra del huerto, con el cuaderno de Elena abierto entre ellos. Habían acordado leer una carta más, ahora que las cosas entre ellos estaban, de nuevo, en calma.—Lee tú esta vez —pidió Marie.Octavio empezó, con esa cadencia cálida que mezclaba sus dos mundos:«Mi querido Antonio, hoy planté un limonero nuevo en el lugar donde nos besamos por primera vez. Lo hice pensando que, aunque nosotros no podamos crecer juntos, tal vez algo nuestro sí pueda hacerlo...»Cerró el cuaderno despacio. El silencio que siguió tenía un peso distinto al de la primera lectura: ya no era solo el descubrimiento de un secreto familiar, sino la constatación de un patrón que ambos estaban decididos a no repetir.—Mi abuelo nunca habló de esto —dijo Octavio—. Y mi hermano tampoco me habló, durante seis años, de lo que realmente pasó en esa obra. Empiezo a pensar que en mi familia el silencio se her

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    Lucía llegó a San Vincenzo un sábado por la tarde, con una maleta pequeña y una mirada evaluadora que no se molestó en disimular cuando conoció a Octavio en la puerta de Dolci Sogni.—Así que tú eres el arquitecto que cayó del cielo —dijo, estrechando su mano con firmeza—. Lucía Moretti. Si le haces daño a mi amiga, te encontraré aunque te escondas al otro lado del océano.—Entendido —respondió Octavio, con una calma que no ocultaba del todo la cautela—. Me alegra que tenga amigas como usted.Esa noche cenaron los tres en La Limonaia, bajo la luz de las velas. Marie notó, a mitad de la cena, que Lucía observaba a Octavio con una atención distinta a la simple curiosidad protectora: parecía estar esperando algo, midiendo el momento de decir algo que todavía no había dicho.Fue Lucía quien, finalmente, lo soltó directamente, mirando a Octavio.—Investigué tu caso. El robo, la deportación, tu hermano. Lo encontré en un periódico de Texas hace tres días.El silencio que cayó sobre la mesa f

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    Lucía Moretti se enteró de la existencia de Octavio por una llamada de Marie que duró menos de diez minutos. Para alguien que la conocía desde la universidad, aquella conversación dijo mucho más de lo que las palabras admitían. Marie mencionó, de pasada, el nombre completo —Octavio Serra— y el hecho de que su expediente migratorio dependía todavía de una acusación falsa de hacía años en Estados Unidos.Fue suficiente.Lucía se puso a trabajar antes incluso de decidir conscientemente hacerlo. Tres días de llamadas a contactos antiguos, una hemeroteca digital de un periódico local de Texas y un favor cobrado a un excompañero que ahora se dedicaba a temas de inmigración. Al final encontró lo que buscaba: un breve suelto de sucesos, de hacía seis años, sobre el robo de material en una obra de construcción. Dos nombres figuraban como sospechosos. Uno de ellos, Octavio Serra, había sido deportado semanas después. El otro, Mateo Serra, no volvía a aparecer en ninguna nota posterior. Como si e

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    Pasaron unos días de calma tensa después del hallazgo del cofre. Octavio se había vuelto, si acaso, más cuidadoso: compartía cada detalle del avance de la obra, cada llamada del abogado sobre su expediente, cada mínima novedad, como si quisiera demostrar con hechos repetidos lo que las palabras ya no bastaban para probar.Fue en medio de esa calma cuando Marco volvió a llamar.—Firmé con el abogado neutral que pediste —dijo, sin preámbulos—. Pero hay una cláusula nueva: si no resuelves esto antes de fin de año, el comprador se retira y pierdes cualquier compensación. Y ya que estamos, Marie... hice una llamada a un colega que trabaja temas migratorios. Tu arquitecto tiene un caso más débil de lo que él te ha contado. Pregúntale por qué perdió el trabajo en Estados Unidos. La versión completa, no la que te habrá dado a ti.Marie colgó sin responder, con el estómago revuelto. La frase de Marco tocaba, con precisión cruel, exactamente el hueco que Octavio le había pedido tiempo para llena

  • Cartas caídas del cielo    Capítulo 12 — La grieta que no se repara

    Empezaron las obras del tejado un jueves, con el inspector del ayuntamiento ya fuera del cuadro: el informe de Octavio había resultado exacto en cada punto, y la denuncia anónima había quedado archivada sin consecuencias, aunque tampoco sin dejar del todo tranquilo a nadie. Alessandro no había vuelto a aparecer por la finca, pero su ausencia se sentía casi tan pesada como su presencia.Octavio subió por la escalera para inspeccionar las tejas dañadas mientras Marie preparaba, abajo, el almuerzo sobre un mantel extendido en la hierba. De pronto, él se detuvo.—Marie... deberías ver esto.Ella subió con cuidado. Junto a una vieja chimenea de piedra, entre dos vigas, protegido por una teja suelta, había un pequeño cofre de madera oscura.Lo bajaron juntos al salón principal. Dentro había un paquete de cartas atadas con una cinta descolorida y un cuaderno de t***s de cuero. Marie reconoció al instante la letra elegante de su abuela Elena.Octavio se sentó a su lado en silencio, pero esta v

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