FAZER LOGINDonna
Salgo corriendo prácticamente, no sé qué pasó ahí dentro, lo único que puedo decir es que las piernas se negaban a sostenerme. Mis ojos se cristalizan, no quiero que se percate de que puedo ser débil ante su sola presencia. Es un imbécil. Nada tiene que ver con que sea atractivo y goce de ese no sé qué, que lo hace… irresistible para otras mujeres.
Mark Connely ¿en qué lío nos has metido?
Entro a la inmensidad de mi oficina y mi secretaria queda de pie con un documento en las manos a lo cual niego con la cabeza. No puedo en este momento revisar nada o entrevistar a nadie. Necesito centrarme en que esta pantomima es solo un convenio, que estos anillos en mi dedo son solo símbolos de un acuerdo y que le ganaré la empresa la empresa a Jake.
Respiro profundamente.
Un dos tres. Un dos tres. Me tranquilizo poco a poco y me siento en la comodidad de mi sillón, de eso han pasado unos… veinte minutos.
—Leana, pásame los documentos de la solicitud de la constructora por favor —indico a mi secretaria.
—Enseguida, jefa. Otra cosa —miro algunos correos mientras la escucho —el Sr. Connely dejó un sobre sellado para ti —pestañeo varias veces ante el ruido que me produjo “Sr. Connely y sobre en una misma oración”.
Se asoma con el manual de “procedimientos de mantenimiento” que debe tener más o menos quinientas páginas y se me ocurre una idea maléfica.
Levanto el teléfono para llamar a Jake y no responde, debe estar encendido con su padre por las cláusulas del contrato. Llamo de nuevo y me responde dulcemente:
—¿Qué? —como dije, muy dulce.
—¿Te llegó un sobre sellado?
—Sí y ¿a ti?
—Me llegó. No quiero abrirlo —digo en un segundo de debilidad buscando algo de humanidad en él.
—Tu problema, no el mío —y cuelga.
¡Uy, es tan idiota!
Abro el sobre: saco una nota de Mark que dice “esta es la llave para su nueva casa”. Extraigo el llavero que es precioso en oro puro. Un documento de propiedad llama mi atención y al leerlo me doy cuenta de que es una casa a nombre de ambos, siento un mareo más la sensación de vértigo que le sigue por la preocupación de que debo compartir vivienda con Jake.
Restriego mi rostro con las manos. Me siento atada a la silla. Pero cuando decido que pensar en otra cosa me hará bien, el interfono suena con la voz de mi asistente.
—Donna, el Sr. Connely al teléfono —cierro los ojos.
—¿Cuál de los dos?
—No es el imbécil —responde y sonrío.
—Comunícalo —escucho el pitido —. Dime Mark.
—Te necesito a ti y a Jake esta tarde en la empresa para comenzar con la auditoria —maldita sea.
—¿No crees que es pronto para ir juntos? Puedo inspeccionar primero y luego…
—Los quiero juntos, Donna. Tan juntos que parezcan uno solo —niego con frustración —. Parece que ninguno ha entendido que lo único importante aquí es que la junta directiva vea un matrimonio amoroso y con futuro para que yo pueda retirarme y vivir lo que me resta en paz —asiento con los labios apretados —¿entiendes ahora como de juntos los quiero?
—Si señor, claramente.
Si Mark quiere una auditoría, le daré una tan profunda que Jake no sabrá si lo que falta es dinero o su dignidad corporativa.
—Haz la llamada entonces y convence al cabezota de mi hijo para que esta misma tarde vayan juntos. Gracias —cuelga.
Yo también lo hago. Me levanto y aprieto el botón que cierra las persianas y grito de pura frustración y coraje. Jake va a saber quien manda luego de que acabe con él esta tarde.
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Jake
—¡¿Qué quieres?! —respondo ya enfadado por lo que estoy leyendo en el documento de propiedad de la casa que tengo que compartir con esa mujer odiosa y… y…
—Debemos ir a la empresa para comenzar con la auditoria —gruno.
Me encuentro encerrado en la oficina con un montón de cuentas que ajustar ahora que “debo hacer mi trabajo” y esta mujer molestando.
—¡No, ve tu sola! No tengo tiempo para perder —escucho que resopla enfadada.
—No te apures por mi por favor. Es una orden de tu padre, mas bien uno de los decretos magistrales de un convenio que no nos facilita las cosas a ninguno de los dos, Jake.
—Pues que yo sepa nunca has necesitado de mi para nada, hazlo tu sola. Yo tengo trabajo acumulado de años.
—Si por lo menos trabajaras a diario lograrías estar al día, no me culpes de ello —cierro los ojos pidiendo al cielo un poder para desaparecerla de mi vida.
¡Que se case con otro y se vaya a la m****a!
—Me estas robando tiempo valioso, Donna. De eso te culpo.
—Después no te quejes de que tus cuentas se encuentren vacías. Estaré en la planta a las cuatro con treinta si estas interesado en conservar tu herencia—entrecierro los ojos hacia un punto en la pared.
—¿Dé que m****a hablas? —gruñe frustrada. Me encanta.
—De que tu padre me llamó para ordenarme directamente que debemos ir juntos o de otro modo nos arruinará —me carcajeo.
—Mi padre no hará eso, Donna. Es imposible que cancele nuestras cuentas —explico como si fuera una niña.
—Revisa tus cuentas… genio.
¿Eh?
…
Bajo de mi auto deportivo con un montón de estados de cuenta en cero, la frustración que me arruga el traje y la emoción de que gritaré para derrumbar este asqueroso lugar que, además de abandonado esta sucio abandonado. Escucho voces y me adentro hacia el lobi de lo que en algún momento fue una empresa… limpia. La manija de la puerta atrapa mi chaqueta de Armani abriendo un pequeño hoyo y golpeo con el puno la puerta.
—Bienvenido a casa, cariño —achico la mirada hacia Donna al reconocer el sarcasmo en cada palabra.
Pero mi respiración se queda atascada en la garganta al verla sin el uniforme enfundada en unos vaqueros negros con una blusa suelta ¿de dónde sacó ese culo y esas tetas?
¡Maldita sea! Las cosas han cambiado mucho desde la universidad y esta mujer es un monumento a las subidas de presión arterial y de otros levantamientos también. Esta buenísima.
Y es mi esposa.
Ya como que no va a ser un calvario compartir la casa que muy amablemente mi padre nos obsequió. Me acerco ignorando el desastre con la vista puesta en… esas enormes tetas que no se notan con el uniforme o con los vestidos sosos que usa. Mi cabeza se inclina sin pedir permiso, ella se encuentra al pendiente de un documento y levanta la cabeza.
—Sr. Connely es un placer poder trabajar con usted al fin —el hombre estira la mano derecha hacia mí, pero deja la izquierda justo en el codo de mi esposa.
Paso la vista de nuevo por la figura de Donna, miro la mano del hombre. La estrecho con más fuerza de lo debido.
—Es un placer Falcon, trabajaremos juntos. Si que lo haremos —clavo la mirada en él y se amedrenta por un instante ¡excelente porque es lo que quiero! —. Pero aleja la maldita mano de mi esposa o te la rompo…
El bullicio de Nueva York contrasta enormemente con la paz del rancho, pero la elegancia de la ocasión viste a la ciudad con una luz distinta. La catedral en Manhattan está adornada con arreglos florales de rosas blancas y eucalipto. El murmullo de los invitados de la alta sociedad llena el recinto hasta que el órgano principal comienza a resonar con fuerza.Al pie del altar, Roland luce imponente. Su porte erguido, su traje de etiqueta a medida y la serenidad de sus facciones muestran a un hombre que ha dejado atrás cualquier sombra del pasado. A su lado, Mark Connelly actúa como su padrino con una sonrisa de orgullo indiscutible.Las puertas principales se abren y el silencio cae sobre la iglesia. Sarah avanza por el pasillo central del brazo de su hermano George. Viste un vestido de novia de encaje delicado, sobrio y de una elegancia atemporal. A los lados, la familia ocupa las primeras filas: Barbara secándose las lágrimas con un pañuelo de seda; Jake abrazando a Donna por la cintu
El mediodía en el rancho McKenzie trae consigo un viento fresco que despeja finalmente la bruma de la noche anterior. En el porche, los parches de hielo han sido reemplazados por tazas de té reparador de la abuela Maeve. George, ya recuperado y con su sombrero bien calado, se encuentra al pie de la escalera revisando una de las sillas de montar, cuando el sonido de un motor interrumpe la paz del valle.Un todoterreno de alquiler, algo polvoriento por el camino de tierra, se detiene frente a la casona. De la puerta del conductor desciende Rebeka Warner. Luce una camiseta blanca sencilla, vaqueros cómodos y la misma chaqueta de cuero de la noche anterior. Su piel canela resplandece bajo el sol del mediodía y sus rizos oscuros se mueven con la brisa como si tuviesen vida propia.George se detiene en seco. Los ojos de un verde extraño, ese tono impreciso entre verde y miel que cambia según la luz, se fijan en ella con sorpresa y un chispazo inevitable de alegría.—Vaya... así que el vaque
El sol de la mañana entra sin piedad por las amplias ventanas de la casona del rancho, golpeando la cocina con una luz brillante que parece una tortura para los supervivientes de la noche anterior. El silencio de la madrugada ha sido reemplazado por el sonido tenue de platos y el goteo constante de la cafetera.Jake es el primero en aparecer en la cocina. Avanza a pasos lentos, como si el suelo estuviera moviéndose con intención de tirarlo, viste un pantalón de pijama y una camiseta gris al revés. Lleva una mano pegada a la frente y la otra extendida en busca de apoyo.—Por favor... díganme que aun no amanece por favor —gime Jake dejándose caer en una de las sillas del comedor de diario con un gruñido dramático.Donna sale de la despensa cargando una jarra de jugo de naranja fresco y una bolsa de hielo envuelta en un paño de cocina. Se detiene a mirarlo con los brazos en la jarra y una sonrisa burlona que no intenta ocultar para nada.—Buenos días, mi valiente vaquero de la gran ciuda
El bar del pueblo no ha cambiado un solo listón de madera en los últimos treinta años. El olor a serrín, cerveza derramada y cuero viejo envuelve el ambiente mientras la música de una viga de madera cruje bajo los pasos de los parroquianos. Lejos del mármol, las corbatas italianas y las juntas directivas de Manhattan, seis hombres se acomodan alrededor de una mesa redonda de roble desgastado, luciendo camisas abiertas y la actitud de quien finalmente ha soltado una pesada armadura.Jonatan mira con cierta reserva el vaso de vidrio grueso que el tabernero acaba de poner frente a él, lleno de un líquido ámbar sospechosamente oscuro.—¿Esto es whisky o disolvente de pintura, George? —pregunta Jonatan arrugando la nariz mientras lo huele.—Es whisky de la casa, doctor. Cien por ciento artesanal —se ríe George, dando un buen trago sin pestañear—. Aquí no hay etiquetas doradas ni vasos de cristal tallado. Te lo tomas y agradeces que te queme la garganta, porque para eso se viene a un bar de
El olor a estofado casero, pan recién horneado y especias llena cada rincón de la casona del rancho McKenzie. La enorme mesa de madera del comedor, que normalmente alcanza para la familia, hoy ha sido extendida con caballetes e improvisada con manteles largos para acomodar a todos. Las risas y el murmullo de conversaciones cruzadas resuenan contra las paredes, creando una atmósfera de calidez que hace olvidar cualquier amargura del pasado.Jake Connelly se encuentra al pie de la mesa, sirviendo vino en las copas de los adultos mientras Donna, a su lado, termina de acomodar los cubiertos con una sonrisa radiante. Donna viste una blusa holgada y el cabello recogido de forma desenfadada, luciendo esa belleza serena que a Jake todavía le quita el aliento.—Míralos a todos, Jake —susurra Donna rozando su hombro con el de su esposo—. Hace unos meses estábamos al borde del colapso, y hoy el comedor parece una fiesta de pueblo.Jake la toma por la cintura, pegándola suavemente a él y dándole
El amplio salón de la residencia Morrison-Connely en Nueva York parece un campo de golf considerando que Jonathan se traslada de un lado a otro sin poder contenerse ya que se rehúsa de manera soberbia a permitirle a Vera viajar en el Jet privado de la familia. Ella se encuentra sentada en uno de los cómodos sillones del salón con los brazos cruzados Vera siempre ha sido una mujer inteligente e independiente razón por la cual en este momento le es imposible aceptar que su propio esposo quien la conoce bien, la cuide como si fuese una bebita de meses de nacida.—Jonatan, por el amor de Dios, hijo. Si sigues dando vueltas vas a hacer un hoyo en el piso —comenta Frederick desde el sillón individual, ajustándose las gafas con su acostumbrada serenidad.—¡Es que no entiendo por qué tenemos que subirnos a un avión justo ahora! —exclama, deteniéndose en seco y señalando a su esposa como si fuera de porcelana fina—. Vera está recién embarazada. ¿Tienen idea de lo que la presión de un avión o e







