—Señora Belén, los resultados indican que la principal causa del aborto fue una sobredosis de medicamentos hormonales.
Las palabras del médico fueron más frías que el instrumental quirúrgico.
—Apenas tenía dos meses de embarazo. En esta etapa, cualquier problema, por pequeño que sea, puede hacer que el embrión deje de desarrollarse, y mucho más si se trata de un medicamento hormonal.
Belén tenía los ojos húmedos e hinchados.
—Pero yo no estaba enferma ni tomé ningún medicamento.
El médico sabía que le resultaba difícil aceptar la realidad, pero ella tenía derecho a conocerla.
—Usted todavía es joven. Aunque las hormonas le causaron daños, si se recupera bien, aún existe la posibilidad de que vuelva a embarazarse.
Las pestañas de Belén temblaron y las lágrimas terminaron por brotar.
—¿Qué quiere decir con que aún existe la posibilidad?
“¿Acaso significaba que quizá nunca podría volver a tener hijos?”
El médico no quiso alterarla más y cambió de tema.
—El personal del Registro Civil fue quien llamó a la ambulancia. Vamos a avisarle a su esposo para que venga. Tal vez tenerlo a su lado la ayude a sentirse un poco mejor.
El rostro de Belén se tensó y sus dedos se contrajeron por reflejo.
De no haber pasado por casualidad aquel día frente al Registro Civil y visto salir a Emilio junto a Tatiana Lozano con un acta de matrimonio en las manos, Belén jamás habría descubierto que el hombre al que le había confiado su vida entera la había engañado con un acta falsa.
Había escuchado con sus propios oídos a Tatiana decirle a Emilio:
—Me parece que Belén está muy enamorada de ti. ¿Y si después no quiere dejarte?
Emilio ni siquiera arqueó una ceja.
—Ella nunca ha sido un obstáculo entre nosotros. Desde el principio, la única que ha estado en mi corazón eres tú.
Tatiana sonrió con dulzura.
—Mis papás nunca aprobaron lo nuestro. Sabes todo lo que me costó regresar al país. Mientras Belén siga siendo tu esposa de cara a los demás, me ahorraré muchos problemas. Déjala seguir siéndolo unos días más.
El cariño que Emilio sentía por Tatiana era tan evidente que se reflejaba en sus ojos.
—No voy a hacerte pasar por esto mucho tiempo. En cuanto saque adelante estos dos proyectos y la empresa se estabilice, también será más fácil darles una explicación a tus papás. Entonces buscaré cualquier pretexto para echar a Belén y podremos estar juntos sin tener que escondernos.
Las familias Lozano y Quintana habían mantenido una estrecha relación durante muchos años.
Emilio y Tatiana habían sido compañeros desde el kínder hasta la preparatoria.
Cada vez que los padres de Tatiana salían de viaje por trabajo, ella se quedaba en casa de los Quintana.
Prácticamente habían crecido juntos.
El año en que terminaron la preparatoria, la empresa de la familia Quintana cayó en una grave crisis.
Emilio no tuvo más remedio que renunciar al plan de ingresar junto con Tatiana a una escuela de arte y optó por estudiar Administración de Empresas.
Después de todo, que ya no estudiaran en la misma universidad no significaba que no pudieran seguir viéndose.
Pero poco tiempo después, el negocio de la familia Lozano también tuvo problemas.
Vendieron rápidamente la mayor parte de sus bienes y se mudaron al extranjero.
Tatiana ni siquiera tuvo oportunidad de despedirse bien de Emilio. Solo le dejó una carta empapada de lágrimas.
Hubo quienes dijeron que la familia Quintana estaba acabada y que Tatiana se había marchado sin despedirse porque no quería sufrir carencias junto a Emilio.
Belén, en cambio, permaneció a su lado y lo acompañó paso a paso mientras él levantaba de nuevo la empresa.
Por eso, incluso cuando Tatiana, a quien Emilio nunca había podido olvidar, regresó al país, Belén seguía convencida de que él jamás la traicionaría.
Al verlos alejarse juntos, sintió como si una espina se le hubiera clavado en el corazón.
Aferrándose a la última pizca de esperanza, entró al Registro Civil y, con el pretexto de solicitar una reposición de su acta de matrimonio, proporcionó sus datos de identificación.
La empleada la miró con una expresión extraña.
—En el sistema no aparece ningún registro de su matrimonio. No podemos expedirle una reposición.
La mente de Belén quedó completamente en blanco.
Enseguida sintió una fuerte presión en el vientre.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba en el hospital.
Su bebé había desaparecido.
La voz del médico la sacó de sus pensamientos.
—Señora Belén, ¿podría darme el número de su esposo? Tal vez él recuerde si tomó algún medicamento.
Al escucharlo, Belén pareció acordarse de algo.
Sacó un frasco del bolsillo de su ropa.
—Lo único que tomo todos los días es esto.
El médico le echó un vistazo.
—Son tabletas normales de ácido fólico.
—Lo sé. Desde que quedé embarazada, lo único que he tomado es ácido fólico.
Belén hizo todo lo posible por mantener firme la voz, pero el frasco temblaba en su mano.
Como la tapa no estaba bien cerrada, terminó aflojándose y varias pastillas cayeron sobre su palma.
El médico suspiró.
—Entiendo que usted...
De pronto, frunció el ceño al fijarse en las pastillas que habían caído en la mano de Belén.
Las examinó con cuidado y su expresión cambió por completo.
—¿Cómo puede traer consigo un medicamento como este?
A Belén se le hundió el corazón.
El médico la miró con extrema seriedad.
—¿De dónde lo sacó?
El corazón de Belén dio un vuelco.
Preguntó con voz ronca:
—¿No es ácido fólico?
—El tamaño y el color son muy parecidos, pero en realidad se trata de un medicamento hormonal muy potente. Existe una disposición expresa que prohíbe su venta en hospitales.
Belén perdió todo el color del rostro y un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza.
Sin importar lo tarde que Emilio regresara a casa, a la mañana siguiente siempre era él quien le servía un vaso de agua tibia y se quedaba observándola hasta que se tomaba el ácido fólico.
Incluso Eulalia, la empleada de la casa, solía decirle:
—El señor Emilio insiste en ir personalmente al hospital por sus medicamentos. Dice que no se queda tranquilo si manda al chofer. Por más ocupado o cansado que esté, usted siempre es su prioridad.
En la mente de Belén apareció la imagen de Emilio, tan tierno y cariñoso.
Apenas la noche anterior habían estado abrazados, viendo juntos cunas para el bebé...
Sintió como si una cuerda se apretara cada vez más alrededor de su corazón.
Tuvo que morderse el labio con todas sus fuerzas para contener el llanto que amenazaba con escapar.
El dolor solo podía agitarse dentro de su pecho, desgarrándola poco a poco.
Cinco años de amor.
Más de mil ochocientos días compartiendo la vida.
Y al final, todo había sido una mentira, igual que aquella falsa acta de matrimonio.
Ella no era más que la mujer que Emilio utilizaba para desviar las miradas de los demás.
Desde el principio, su destino había sido ser abandonada por él.
Hasta el bebé que llevaba dentro no había sido más que una carga para Emilio.
Quizá fuera mejor así.
Ella había elegido al hombre equivocado.
Al menos su bebé no tendría que venir al mundo para convertirse en un hijo ilegítimo condenado a vivir en las sombras.
Un dolor insoportable se extendió rápidamente por todo el cuerpo de Belén.
Ni siquiera se dio cuenta de que había comenzado a sangrar de nuevo hasta que el médico vio cómo la sangre teñía de rojo las sábanas blancas.
—¡Preparen el quirófano! ¡La paciente presenta signos de una hemorragia grave! ¡Rápido!
La luz roja del quirófano se encendió.
Belén tuvo un sueño muy largo.
Era hija única y, en otro tiempo, también había sido la niña consentida de sus padres, igual que Tatiana.
Cuando tenía doce años, enfermó gravemente.
Sin embargo, después de salir del hospital, por alguna razón, la actitud de sus padres hacia ella cambió por completo.
Primero la mandaron a un internado y, poco a poco, hasta dejaron de preocuparse por cómo estaba.
Cuando regresaba a casa durante las vacaciones, sus padres siempre alegaban estar demasiado ocupados con el trabajo.
Salían temprano y volvían tarde, evitando deliberadamente encontrarse con ella.
Lo peor eran las reuniones de padres de familia.
Belén veía a sus compañeros abrir sus cuadernos y mostrarles sus trabajos a sus padres, mientras los suyos faltaban una vez tras otra.
Durante seis años, jamás asistieron a una sola reunión.
Lloró, hizo berrinches e incluso llegó a lastimarse a propósito con la esperanza de llamar su atención.
Sin embargo, lo único que consiguió fue que su madre le dijera:
—Si sigues afectando mi trabajo con estas cosas, voy a considerar mandarte a estudiar a un internado donde ni siquiera haya vacaciones.
Durante los años en que Belén se sintió más perdida y más necesitaba compañía, no tuvo más remedio que aprender a resolver sola todos sus problemas.
Con el tiempo, incluso empezó a consolarse pensando que quizá sus padres simplemente querían que aprendiera a ser independiente cuanto antes.
Hasta que ambos murieron, uno después del otro, y dejaron toda su herencia a una organización benéfica para niños.
Fue entonces cuando el abogado le reveló la verdad.
Belén no tenía ningún parentesco biológico con los señores Salazar.
Años atrás, cuando ellos lo descubrieron, su relación se había roto.
Si nunca se divorciaron, fue únicamente porque compartían demasiados intereses.
Y entonces salió a la luz una verdad todavía más devastadora que saber que sus padres no la amaban ni la querían.
Belén no tenía hogar.
En aquel entonces apenas cursaba el primer semestre de la universidad.
Ni siquiera tuvo demasiado tiempo para hundirse en el dolor, porque tenía que encontrar la manera de mantenerse por sí misma.
A partir de ese momento, comenzó a trabajar en todo lo que podía para ahorrar y pagar sus estudios.
Durante su segundo año de universidad, la escuela organizó un concurso de proyectos de innovación.
El premio del primer lugar era suficiente para cubrir la colegiatura y sus gastos de manutención durante los años siguientes.
Belén pasó varios días casi sin dormir hasta terminar su prototipo.
Por desgracia, debido a las limitaciones de presupuesto, el resultado no quedó tan bien como esperaba y solo obtuvo el segundo lugar.
Ganó reconocimiento, pero no dinero.
Sin embargo, gracias a eso conoció a Emilio.
Él apareció justo cuando Belén más necesitaba ayuda.
La miró con unos ojos cálidos y luminosos.
—Soy uno de los patrocinadores de este concurso de innovación. Me gustaron mucho tu idea y tu proyecto. Además, creo que tienen un enorme potencial comercial. Puedo financiar tu investigación y espero que sigas desarrollándola.
Emilio le dio los recursos y la seguridad que necesitaba para seguir investigando.
También le dio una atención especial y un cortejo que cualquiera habría envidiado.
Por su apariencia, su carácter y sus capacidades, parecía no tener ningún defecto.
Pero, sobre todo, Belén necesitaba desesperadamente sentirse amada.
Por fin había alguien que comía con ella, que se preocupaba cuando se cortaba los dedos mientras hacía prototipos, que sufría al verla desvelarse.
Ella nunca había considerado que todo aquello fuera especialmente duro.
Lo que realmente valoraba era la calidez de tener a alguien a su lado.
Emilio la abrazó por detrás y le habló con una ternura infinita.
—Ven a trabajar a mi empresa. Así podremos vernos todos los días.
En otra ocasión, la arrinconó contra el sofá de su oficina.
—Eres increíble. Has solicitado cuatro patentes en cuatro años seguidos. Hasta las empresas de la competencia ya están preguntando por ti. De verdad quisiera esconderte para que nadie pudiera arrebatarte de mi lado. Cásate conmigo. No me dejes nunca.
Había sido él quien primero dijo que le gustaba.
Él quien primero habló de amor.
Él quien primero le propuso matrimonio.
Y él quien primero dijo que quería tener un hijo con ella.
También había sido él quien, con sus propias manos, terminó destrozando todas las mentiras que había tejido alrededor de Belén.
***
Una de las máquinas del quirófano emitió una alarma.
Entre la inconsciencia, Belén alcanzó a escuchar la voz de uno de los asistentes.
—Su tipo de sangre es demasiado raro. Aunque reuniéramos las reservas de todos los hospitales de la ciudad, no llegaríamos ni a doscientos mililitros. Y no tiene ningún familiar aquí que pueda firmar el consentimiento para una cirugía de emergencia. ¿Qué vamos a hacer si seguimos perdiendo tiempo?
Sí.
Aunque muriera ahí mismo, no habría nadie que derramara una lágrima por ella.
El cirujano se secó el sudor de la frente.
—El centro médico privado de la familia Albornoz tiene reservas de este tipo de sangre.
El asistente creyó haber escuchado mal.
—¿La familia Albornoz de Nueva Castilla? Normalmente ni siquiera tenemos forma de comunicarnos con ellos.
El cirujano mantuvo la mirada fija en Belén.
De pronto, una audaz sospecha cruzó por su mente.
Seis meses atrás, la hija de la familia Albornoz había sido hospitalizada de emergencia.
Cuando necesitaron hacerle una transfusión, descubrieron que no era hija biológica de los señores Albornoz.
Y más de veinte años atrás, la señora Albornoz había dado a luz prematuramente a una niña en el Hospital General Valle Norte.
Aquella misma noche, la señora Salazar también había dado a luz en ese hospital.
La fecha.
El lugar.
Los apellidos.
Todo coincidía.
Belén, que estaba sobre la mesa de operaciones, muy probablemente era la hija biológica de la familia Albornoz.
El cirujano respiró hondo.
—En mi oficina tengo los datos de contacto del secretario de la familia Albornoz. Díganles que quizá hayamos encontrado una pista sobre la hija biológica del señor Horacio y pídanles, por favor, que nos ayuden a conseguir las reservas de sangre.