LOGINLa frase le costó a Esmeralda. Pedirlo era admitir que ella también lo había oído, que el “se aman” de Tyron no le había sonado a error. Que quería la versión humana, aunque le temblara el suelo. Jason se quedó paralizado. Había ensayado mil formas —en la cama, en el desayuno, en el auto— y ninguna incluía que ella se adelantara y le exigiera la frase como quien exige un informe. El alivio y el pánico le llegaron juntos. Alivio, porque ya no tenía que inventar el momento. Pánico, porque el momento era este y no había panel que lo callara. Tyron, entre los dos, bajó las orejas. —El amo está buscando palabras. La ama también. Puedo ayudar. —No —dijeron los dos a la vez. Esmeralda soltó una risa breve, nerviosa, y no retiró la mano del todo. Jason respiró hondo, iba a decírselo. Iba a decirle
El muelle de la villa estaba en esa hora en que el agua parece más quieta de lo que es. Esmeralda se había quitado los zapatos y tenía los pies sobre la madera tibia; Jason, a su lado, con las mangas remangadas, sostenía la tableta de prueba como si todavía pudieran fingir que aquello era una reunión de producto. Entre los dos, Tyron trotaba en círculos cortos, las orejas altas, la cola haciendo ese barrido que ya no sonaba a prototipo. Habían pasado una semana y media desde el cumpleaños. Una semana y media de noches en las que ella se quedaba a dormir junto a Jason, de desayunos que ya no se sentían a estrategia, de un perro de metal aprendiendo la casa más rápido de lo que ellos aprendían a nombrarse. Esmeralda miraba el agua y pensaba que el muelle era peligroso precisamente por eso. Aquí solo quedaba lo que Tyron ya estaba leyendo. Jason, en cambio,
Esmeralda apartó la vista hacia las pantallas, hacia Tyron reducido a líneas y huecos rojos, hacia cualquier cosa que no fueran esos ojos. Por dentro se le amontonaba las imagenes de la mañana y ese "miedo a que la ama se vaya". —No tengo nada que decir. —Esme… Esmeralda soltó un suspiro cansado, el que se le había atorado desde que bajó las escaleras esa mañana, y decidió que resistirse frente a Nadia era otra forma de cobardía. Si alguien iba a oírlo antes que Jason, más valía que fuera ella. —Todo se está saliendo de mis manos. Nadia levantó una ceja, paciente, esperando el resto como quien espera que una puerta termine de abrirse. Esmeralda tiró la bomba de una vez, sin anestesia. —Tuve sexo con Jason. A Esmeral
Esmeralda se giró por fin y vio a Leo de pie, con la carpeta apretada como un arma menor y a Nadia inmóvil junto al escritorio. —Estás sacando todo de contexto —dijo con la voz más firme de lo que se sentía—. No sé de dónde estás sacando eso. Leo abrió la boca incrédulo. —¿De dónde? Esme, acabas de quedarte muda cuando te pregunté si te habías enamorado de él. Eso no es contexto. Eso es una respuesta. El estómago se le encogió. Tenía razón y eso la irritó más que si se hubiera equivocado. Años de confianza convertidos, de pronto, en un detector que ella no había pedido. —Eso eres tú interpretando lo que te da la gana. —Dio un paso hacia el escritorio y apoyó los dedos en la madera para no notarles el temblor—. No sé por qué te estás comportando así. Es mi vida. Sé lo que hago. La frase le salió más dura de lo que había planeado, ta
Esmeralda se había encerrado en su oficina apenas llegó de Titan, tenía el esquema de Tyron abierto en dos pantallas, el bolso tirado en el sofá y el traje gris todavía con el eco del laboratorio. Trabajaba porque trabajar era lo único que le devolvía el suelo. Cada línea del módulo emocional le devolvía la voz de Tyron "miedo a que la ama se vaya" y ella la apartaba con un clic, como si un archivo pudiera callar lo que un perro de metal había dicho en voz alta. *Mis amos se aman.* Esa frase se le había quedado bajo la piel todo el trayecto. —No es cierto, aún tiene fallas. No había pasado una hora cuando la puerta se abrió sin que nadie anunciara. Leo entró con una carpeta bajo el brazo y esa expresión de quien ya se leyó hasta las notas al pie. Se dejó caer en la silla de visitas, no con la familiaridad de siempre,
La sala de prototipos de Titan olía a plástico nuevo, café frío y esa electricidad baja de las cosas que todavía no se han presentado al mundo. En el centro de la mesa, sobre una base negra, había un animal pequeño de metal mate y líneas suaves. Tenía hocico corto, orejas que se movían, ojos de vidrio que se encendieron cuando Esmeralda se acercó. —Eso… está vivo. —No —dijo Jason, a su lado, con las manos en los bolsillos como si no quisiera parecer orgulloso—. Todavía. El robot giró la cabeza hacia ella con un clic casi inaudible. La voz salió clara, un poco grave, con una cadencia que no era de menú pregrabado. —Ama Esmeralda. Amo Jason. Reconocimiento facial: positivo. Reconocimiento de voz: positivo. Esmeralda soltó una







