MasukMicah se siente atraída por su instructor de gimnasio, pero no está dispuesta a serle infiel a su marido. Ella cree en el amor, la lealtad y la confianza. Se ve obligada a tomar una decisión: quedarse y luchar por un matrimonio que quizás ya esté muerto, o marcharse y arriesgarse a que todo se derrumbe. Porque, a veces, el deseo no tiene que ver con la pasión. A veces, se trata de elegir, por fin, a una misma. Cuando el matrimonio «perfecto» de Micah empieza a desmoronarse, ella encuentra un consuelo inesperado en el lugar menos pensado, y halla peligro en las personas en las que más confiaba. A medida que salen a la luz las mentiras y cambian las lealtades, Micah debe decidir cuánto está dispuesta a perder para, por fin, ser libre. *Igniting Desire* es una historia cautivadora sobre la traición, el desamor y la valentía necesaria para empezar de cero.
Lihat lebih banyakMicah se acercó, con la intención de acortar la distancia entre ambos en la cama, pero Stefan se alejaba un poco más con cada intento.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Micah a su esposo.
Él emitió un gruñido mientras le acariciaba suavemente la barbilla. —Micah, ¿no podemos simplemente dormir? Estoy muy cansado.
—Llevas diciendo eso desde que volviste —dijo ella, acercándose más. Esta vez él no se apartó; al contrario, la estrechó contra sí.
—Lo sé, cariño, y lo siento. Prometo compensártelo mañana por la noche, ¿de acuerdo? —Le dio un beso suave en el cuello, con la mano apoyada en su cintura. Luego se detuvo y la besó en los labios—. Mañana tendrás toda mi atención.
Micah se derritió, dejando sus dudas guardadas bajo llave por el momento. —¿Lo prometes? —preguntó, buscando confirmación.
—Lo prometo —respondió él, interrumpiendo el beso. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, y dejó que el sueño la envolviera en su reconfortante abrazo.
Stefan había estado de viaje de negocios durante más de un mes. Siempre trabajaba duro para ganar dinero y le proporcionaba una vida llena de lujos. Pero él era como un torbellino: siempre en movimiento, siempre trabajando y casi nunca presente. Ella ni siquiera recordaba la última vez que habían tenido una verdadera intimidad, aunque sentía que no podía quejarse, dado lo exigente que era el trabajo de él. Había cambiado el afecto físico por seguridad económica; un acuerdo que empezaba a volverse insostenible.
Micah se levantó temprano para preparar el desayuno de Stefan y puso la mesa con esmero. A él siempre le gustaba tomar una comida abundante por la mañana antes de marcharse a la oficina, pues decía que eso lo mantenía alerta para sus reuniones.
—Buenos días —saludó ella, entregándole una taza de café preparada exactamente como a él le gustaba: solo y con medio sobre de azúcar.
—Buenos días, gracias —respondió él, tomando la taza y sentándose a la mesa.
—Voy a buscar el tocino —dijo ella, dirigiéndose rápidamente a la cocina.
Mientras ella no estaba, el teléfono de Stefan vibró sobre la mesa de madera. Apareció un mensaje de un remitente guardado como «Gerente Wills». Stefan lo abrió. El texto decía: «Hotel True Vines, habitación 206». Venía acompañado de un videoclip. Al abrirlo, sus ojos se abrieron de par en par. El video mostraba a una mujer ajustando discretamente una cámara en una habitación tenuemente iluminada; lanzó una mirada sugerente y prolongada directamente al objetivo antes de enviar un beso.
Stefan se atragantó, escupiendo el café de vuelta en la taza por la sorpresa, y apartó rápidamente la pantalla. Un sudor frío le recorrió el cuello. ¿Qué pasaría si Micah entrara y lo viera mirando eso?
—Aquí tienes el tocino y los huevos revueltos —dijo Micah, colocando el plato sobre la mesa.
Stefan tomó dos rebanadas de pan con un poco de huevo revuelto. Dio un bocado y masticó lentamente, mientras las imágenes provocativas del video desfilaban con nitidez por su mente, eclipsando por completo el sabor de la comida. Un deseo intenso de marcharse en ese mismo instante para encontrarse con aquella mujer lo invadió. De repente, sonó la notificación de otro mensaje. No podía abrirlo con Micah sentada justo a su lado.
—Eh... tráeme un vaso de agua... bueno, mejor jugo —se corrigió, al darse cuenta de que ya había una jarra de agua sobre la mesa.
—Está bien. —Micah se levantó y regresó a la cocina, aunque notó un ligero temblor en la voz de él.
Echó un vistazo rápido al nuevo mensaje: «Ya casi salgo del hotel. No me hagas esperar».
Stefan se levantó de inmediato, arrastrando la silla contra el suelo con un ruido estridente, y tomó su maletín.
—¿Ya te vas? Ni siquiera has terminado de desayunar —preguntó Micah, que regresaba con un vaso de jugo de naranja.
—Lo siento, tengo que irme. Es urgente, cariño. Ha surgido una crisis en la oficina. —Stefan le dio un beso rápido en la mejilla. Luego, tras recorrerla con la mirada de arriba abajo, soltó sin rodeos y sin importarle en absoluto los sentimientos de ella—: Te estás poniendo blanda, nena. Creo que deberías empezar a ir al gimnasio antes de que pierdas la figura por completo.
Micah forzó una sonrisa; de repente, el pesado vaso de jugo se sintió como si fuera de plomo en sus manos. Se quedó paralizada mientras la puerta principal se cerraba de un golpe seco. En el fondo, sus crueles palabras la hirieron profundamente. No fue solo el comentario sobre su cuerpo; fue la repentina y gélida distancia que vio en sus ojos.
Impulsada por un presentimiento angustiante que ya no podía ignorar, Micah hizo algo que nunca antes había hecho: revisó la tableta compartida que estaba vinculada al GPS del auto de Stefan. El vehículo no estaba en su oficina corporativa, sino estacionado en el hotel True Vines.
Mientras Micah atravesaba la ciudad con el corazón acelerado, Stefan ya se encontraba dentro de la habitación 234.
Una mujer estaba recostada sobre la cama. Al oír que la puerta se abría, adoptó una pose dramática y seductora, dándole la espalda a la entrada para mostrar un tatuaje de mariposa recién hecho en su cintura.
—¿Mi amor se ha hecho un tatuaje nuevo? —preguntó Stefan, con la voz cargada de expectación, mientras entraba y la atraía hacia sí de inmediato.
La mujer soltó una risita suave, un sonido melódico y ensayado. —Creí que no ibas a llegar. —Se dio la vuelta y lo miró con una expresión llena de un encanto calculado.
Los ojos de Stefan se abrieron de par en par, encendidos por un deseo intenso. Extendió los brazos para acercarla más, pero ella puso una mano sobre su pecho, deteniéndolo. —No tan rápido. ¿Qué me ofreces hoy? —dijo ella, recorriendo lentamente la línea de su mandíbula con un dedo.
—Lo que tú quieras —susurró Stefan, completamente cautivado.
—¿Estás seguro? —preguntó ella con tono burlón.
—Sí —respondió Stefan, totalmente bajo su hechizo.
Ella sonrió y lo atrajo hacia un beso profundo y apasionado. Stefan sintió que el corazón se le aceleraba, arrastrado por la emoción de aquel romance secreto. La estrechó fuertemente entre sus brazos, recorriendo su espalda con las manos mientras ambos se perdían en el instante; el mundo exterior a la habitación del hotel se desvaneció por completo. Durante la siguiente hora, Stefan se entregó por entero a sus vicios, cediendo ante la embriagadora tentación que ella le ofrecía, olvidándose por completo de la esposa a la que había dejado en la mesa del desayuno.
Después, Stefan se colocó frente al espejo, ajustándose apresuradamente el cuello de la camisa, arreglándose la corbata y volviéndose a poner su reloj de lujo.
—Eres mi mayor tentación —dijo, volviéndose hacia ella con una sonrisa pícara—. Pero llego tarde a una reunión. Haré que te envíen algo de dinero a tu cuenta, por haber sido una chica buena. —Le dio un beso de despedida.
—Bajemos juntos —propuso ella, alisándose su vestido de diseñador y revisando su labial en el espejo—. De todos modos, quiero comprar algo en el centro comercial; puedes acompañarme hasta la salida.
Abajo, en el vestíbulo del hotel, Micah permanecía sentada en un sillón, parcialmente oculta tras una planta de interior de gran tamaño. Llevaba cuarenta y cinco minutos esperando, rogando porque el GPS hubiera fallado, deseando que él solo estuviera allí por una conferencia de negocios.
Las puertas del ascensor sonaron y se abrieron.
Stefan salió al vestíbulo, riendo y hablando con gran animación. Llevaba el brazo rodeando la cintura de la deslumbrante mujer que había estado con él en la habitación. Se le veía más feliz y relajado de lo que había estado en meses.
Al ver aquello, el corazón de Micah se hizo añicos. Su marido —el mismo que, apenas la noche anterior, le había prometido cuidarla y valorarla, el mismo que le había dicho que estaba perdiendo la forma física— la estaba traicionando descaradamente con otra mujer. Mientras Stefan recorría con la mirada el vestíbulo camino a la salida, sus ojos se toparon de pronto con Micah. La risa se le apagó al instante en los labios. Se quedó paralizado en pleno paso, y su brazo cayó de la cintura de la mujer como si fuera un peso de plomo. El color se le esfumó del rostro por completo, dejándolo con un aspecto enfermizamente pálido.
El vestíbulo entero se sumió en un silencio sepulcral y asfixiante. El espacio pareció estrecharse, atrapándolos a los tres en
una realidad aplastante e inevitable.
A la mañana siguiente, la alarma sonó puntualmente. Micah se obligó a salir de la cama, se puso ropa deportiva y salió de casa. Completó una carrera a buen ritmo de treinta minutos antes de llegar, por fin, al gimnasio. Lo primero que vio al cruzar la puerta fue a su entrenador.—Buenos días, Micah —dijo Logan en voz baja. Su barítono, profundo y cautivador, provocó una vibración inmediata y familiar que recorrió todo su ser.—Buenos días, Logan —respondió ella, manteniendo un tono alegre y enérgico—. ¿Qué toca hoy?Él esbozó una sonrisa pícara mientras se apoyaba en el mostrador. —Vaya, vaya... Alguien ha amanecido de muy buen humor hoy.—Solo quiero ponerme en forma. Tengo una cuenta atrás en marcha —explicó Micah.—¿Se puede saber a qué se debe esa cuenta atrás? —preguntó él.—¡Eso no se dice! —respondió Micah con un tono vivaz, antes de darse la vuelta sobre sus talones y dirigirse hacia las cintas de correr.Logan la siguió con la mirada; su sonrisa pícara dio paso a un gesto de
En su escritorio corporativo, Stefan ladraba órdenes por teléfono. «Limítate a hacer bien tu trabajo y financiaré el proyecto. Nada de errores», instruyó con brusquedad antes de colgar, apretando los dientes por pura frustración. Se sentía completamente agotado por esa farsa a la que llamaban matrimonio. Tras masajearse las sienes, tomó el teléfono de la oficina: «Comunícame con el abogado James. Concerta una cita».De vuelta en casa, sonó el timbre. Micah se levantó para abrir, sabiendo exactamente quién era.—¿Qué tal, guapa? —la saludó Micah con una sonrisa.Angela pasó de largo hacia la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua bien fría. —Que ahí fuera el sol abrasa, eso es lo que pasa.Micah soltó una risita y entró en la despensa para buscar las galletas favoritas de su amiga. —¡Bendita seas! —exclamó Angela cuando Micah se las entregó. Dio un mordisco y miró a su alrededor—. ¿Está Stefan en casa?—No, se ha ido de viaje —respondió Micah con naturalidad.—¿¡Que s
A las siete de la mañana, Micah se despertó para prepararse e ir al gimnasio. Al salir al pasillo, resultó evidente de inmediato que Stefan no había regresado a su dormitorio.Revisó la habitación de invitados. Estaba vacía. Bajó apresuradamente a la sala de estar, pero él tampoco estaba allí. Fue entonces cuando Micah vio un papel doblado sobre la mesa de centro.«Tengo que viajar a Japón por un viaje de negocios de dos semanas. Cuídate. Te quiero».Micah leyó la nota escrita a mano con sentimientos encontrados. Apenas llevaba cuatro días de vuelta y, ahora, la abandonaba de nuevo. Sin embargo, a medida que el dolor inicial se disipaba, surgió en ella una chispa de determinación. Esta ausencia le brindaba dos semanas completas para trabajar en sí misma; podría transformar su cuerpo por completo y sorprenderlo en cuanto regresara.Su determinación se redobló. Agarró su bolsa de deporte, abrió la tarjeta de socio digital que le habían enviado por correo electrónico y salió.El gimnasio
Llegaron al centro comercial y se dirigieron directamente a la sección de ropa.Angela le dio un pequeño toque, señalando a una mujer de curvas espectaculares que estaba cerca del pasillo. «No te voy a mentir, su conjunto resalta muchísimo su figura».«Nada mal», respondió Micah con una leve sonrisa. «Definitivamente tienes buen ojo para el estilo».Ambas rieron mientras Angela empezaba a sacar varias prendas de los percheros: tops ajustados, conjuntos a juego y algunas elegantes prendas de noche con detallados bordados florales.«No sé si este estilo me quedará bien», admitió Micah, sintiéndose de repente algo cohibida.«¡Es lo que se lleva ahora, amiga!», dijo Angela entre risas, mientras echaba la prenda a la cesta.Mientras seguían mirando, la mirada de Micah se desvió hacia la sección de ropa deportiva. Allí había un hombre indudablemente atractivo, alto y con un físico atlético natural. Durante los siguientes diez minutos, se quedó completamente embelesada. Tenía una mandíbula m






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