INICIAR SESIÓN«“Apuesto lo que quiera a que no se atreve a casarse conmigo”.» Esmeralda Rivera creyó que Jason Russel estaba borracho de más… hasta que despertó en Las Vegas con un anillo, un certificado legal y al rival más arrogante del país llamándola esposa. Lo que para Esme fue un error, para Jason era la oportunidad que no pensaba dejar escapar. "No voy a divorciarme." "¿Qué..." “Quédate casada conmigo un año. Si no, pierdo el control de Titan Corp… y mi hermano menor se queda con todo”. Solo una condición. Todos deben creer que se aman sin control. La familia Russel, la prensa y el mundo entero. El problema es que fingir con Jason se siente peligrosamente real.
Ver másEsmeralda Rivera caminaba como leona enjaulada por la antesala del salón principal del Centro de Convenciones Hilton de Las Vegas.
Se detuvo frente a un espejo y se acomodó el cabello por décima vez. Su mejor amiga, Nadia, la observaba con los brazos cruzados, comiéndose una galleta gratis del catering como si estuviera en su casa. —Estás hiperventilando. Otra vez. —No estoy hiperventilando. Estoy… procesando. —¿Procesando que vas a perder frente a tu excrush corporativo por tercer año consecutivo? Esme la fulminó con la mirada. —No es mi excrush corporativo. Es mi enemigo mortal. Y hoy le voy a ganar a Jason Russel. Este es mi año. Jason Russel, CEO de Titan Corp, heredero de uno de los imperios tecnológicos más importantes del país y, para desgracia de Esme, el hombre que llevaba tres años seguidos arrebatándole el premio que ella más deseaba. No porque ella no lo mereciera. Eso era lo peor. Aurora Tech había crecido, había obligado a Titan Corp a mirar hacia atrás más de una vez. Pero cada vez que Esme parecía tocar la cima, Jason estaba allí, un paso más arriba, perfectamente vestido, perfectamente tranquilo, perfectamente insufrible. “¡Lo detesto!” —Relájate, Esme. Aunque pierdas, eres la mujer más inteligente del salón. —Qué reconfortante, gracias. Me encanta ser inteligente… y perdedora. —Ay, cállate, que estás hermosa. Y, por cierto, Leo está esperando adentro. Leo era su mejor amigo. El único hombre capaz de decirle la verdad sin terminar emocionalmente despedido. Y, por razones que Esme nunca entendió del todo, Jason Russel lo detestaba. Idiota. La hostess abrió las puertas. —Señorita Rivera, señorita… ¿Nadia? Deben pasar, ya va a iniciar la ceremonia. Esme tomó una bocanada de aire, y entró al fin, después de horas evitando pasar al mismo lugar donde estaría él. Las luces doradas la envolvieron como un escenario celestial. Cámaras por todos lados. Pantallas gigantes. CEOs impecables. Y mujeres. Demasiadas mujeres coqueteando. Porque, en medio del salón, estaba Jason Russel rodeado de cuatro mujeres ejecutivas que literalmente se reían de cualquier estupidez que él dijera. Probablemente él había comentado “hola”, y ellas actuaban como si hubiese recitado poesía erótica. “Ni que estuviera tan bueno.” —¿Por qué caminas como si quisieras quemarlo vivo? —susurró Nadia. —No camino así —replicó Esme… mientras caminaba así. La sola presencia de Jason Russel la desestabilizaba. Su postura impecable, su traje negro a la medida, el reloj carísimo en la muñeca, la sonrisa sutil —peligrosa— que siempre parecía guardar un secreto. Y esos ojos grises… que nunca podían ser ignorados. Una de las mujeres le tocó el brazo, y Esme apretó la mandíbula sin darse cuenta. Él ni siquiera había hecho nada, pero igual odiaba todo lo que lo rodeaba. Nadia disimuló una risa. —Míralo como si fuera un insecto, no como si quisieras ahorcarlo mientras lo besas. Esme casi se atragantó con su propia saliva. —¿Qué…? Nadia, ¿estás borracha? Apenas son las ocho. —Solo digo lo que tus ojos gritan. Antes de que Esme pudiera responder, Leo la llamó desde su mesa. —¡Esme! Ven, tengo tu asiento aquí. Esme sonrió con alivio, era la persona que necesitaba en ese momento. Pero antes de llegar se cruzó con Jason Russel, como si el universo tuviera sentido del humor. La mirada de Jason se deslizó desde sus labios hasta su cuello, luego a su figura entera, y volvió a sus ojos. Un recorrido descarado. Un incendio silencioso. —Señorita Rivera. —Russel. Él dio un paso sutil hacia adelante. Ella dio uno hacia atrás. Internamente, insultó a su propio cuerpo por reaccionar. —Luce… interesante esta noche. —Gracias. Siempre es agradable escuchar cumplidos de la competencia. Jason esbozó una sonrisa casi imperceptible y miró a Esmeralda demasiado directo. Demasiado… intenso. —Mi hermosa Esmeralda, te he esperado toda la noche —interrumpió Leo, apareciendo entre ellos como un héroe sin capa—. ¿Vienes? Jason se tensó, como si ver a Leo pegado a ella le activara un interruptor primitivo. —Rivera —murmuró Jason, con la mirada clavada en Leo—. No sabía que venía acompañada. —¿Le importa? —Ni un poco. Esme perdió medio pulmón con ese comentario. —Nos vemos, Russel —soltó ella, con un tono firme que no combinaba con los latidos frenéticos de su pecho. Él inclinó apenas la cabeza. —Buena suerte esta noche —y luego dijo la frase que detonó su odio, su orgullo… y algo que no quería nombrar: —La va a necesitar. Esme tardó un segundo en reaccionar. Otro en respirarlo. Y otro en odiarlo. —Maldito —murmuró mientras se alejaba con Leo y Nadia. Leo la miró con media sonrisa. —¿Sabes que lo odias mucho más de lo que debería odiarse a alguien? —No lo odio. —¿Ah no? —No. Solo… me irrita. —¿Y te irrita porque…? —Porque existe. Leo estalló en carcajadas al mismo tiempo que Esme tomó asiento justo en el momento que las luces bajaron, dando inicio a la ceremonia. El presentador subió al escenario con una sonrisa demasiado blanca y empezó a hablar de innovación, liderazgo, futuro, impacto global y todas esas palabras enormes que los empresarios usaban para parecer menos interesados en el dinero. Esmeralda intentó concentrarse. Falló. Porque Jason estaba sentado dos mesas adelante, ligeramente de perfil, escuchando con una calma que parecía tallada en mármol, como si ya se diera por ganador. Entonces llegó la categoría final. —Y ahora, el premio más esperado de la noche: Visionario del Año. Y los nominados son... Esmeralda Rivera. El corazón de Esme dio un golpe fuerte cuando su rostro apareció en la pantalla junto con el logo de Aurora Tech. Los aplausos llegaron fuertes. Leo le apretó la mano y Nadia le susurró: —Es tuyo. Esme quiso creerlo. —El siguiente nominado es Jason Russel. Luego apareció Jason Russel y su logo de Titan Corp. Él no miró la pantalla, la miró a ella, como si el resultado importara menos que verla esperando. Esme sostuvo su mirada desde la distancia. “No esta vez.” El presentador anunció a dos nominados restantes, pero a esas alturas Esmeralda ya no escuchaba con atención, solo podía pensar en lo mucho que detestaba al arrogante Jason Russel. Hasta que llegó el momento de anunciar al ganador. —Y el ganador es… Silencio absoluto. —...Jason Russel, CEO de Titan Corp. Los aplausos estallaron, pero el corazón de Esme cayó al piso. Otra vez. Por tercer año consecutivo. —Hijo de… Jason subió al escenario con la precisión de alguien que ya lo había ensayado en su vida. Pero cuando tomó el micrófono, sus ojos buscaron a Esmeralda entre la multitud casi en automático. La encontró en un segundo, como si supiera exactamente dónde mirar. —Este año la competencia fue más fuerte que nunca. Algunos talentos siguen sorprendiéndome. Especialmente los que insisten en desafiarme. La cámara enfocó directo a Esme, y ella quiso lanzarle la mesa. No sabía si estaba siendo homenajeada… o ridiculizada. Tal vez ambas cosas. Jason continuó con un discurso impecable, pero Esme no escuchó ni la mitad. Seguía pensando en la forma en que la había mirado, como si ganar no fuera suficiente si ella no estaba allí para verlo. Cuando Jason terminó su discurso, bajó del escenario sin mirar a nadie más que a ella y se detuvo frente a su mesa. Demasiado cerca. ¿Por qué? ¿Por qué siempre tenía que venir hacia ella después de ganar? ¿Para restregarlo? ¿Para provocarla? ¿Para torturarla? —Cada año está más cerca, Rivera. Esme le sostuvo la mirada y por poco se pierde en el gris de sus ojos. “Concéntrate.” —Felicidades, Russel. Espero que disfrute de su buena racha, porque algún día le voy a ganar. Jason sonrió con esa mezcla de arrogancia y algo más oscuro. —Estoy contando los días, Esmeralda. Nos vemos en la fiesta del penthouse. —No voy a ir. —Sí va. Esme abrió la boca, indignada, pero él ya se estaba alejando. "Lo odio."El problema con haberle comprado a Jason un regalo demasiado pensado era que Esmeralda llevaba quince minutos sintiéndose demasiado esposa. Y eso había que corregirlo. El estuche de cuero oscuro seguía dentro de la bolsa que colgaba de su mano, discreto, elegante y tan perfectamente Jason que empezaba a irritarla. Lo había elegido porque sabía que viajaba mucho, porque conocía sus relojes y porque, aparentemente, había prestado suficiente atención para saber qué cosas utilizaba y cuáles terminaba perdiendo. Demasiado personal. Demasiado considerado. Demasiado parecido a aceptar que lo conocía mejor de lo que quería admitir. «Necesito equilibrio.» Jane seguía recorriendo la tienda, concentrada en unos accesorios para la cena, mientras Esmeralda caminaba entre estantes sin buscar realmente nada. Hasta que lo vio. Se detuvo. Parpadeó. Y una sonrisa lenta apareció en su boca. —Oh, esto sí. Jane levantó la mirada desde varios metros más allá. —¿Qué encontraste
La mirada de Victoria cayó automáticamente sobre la bolsa. Esta vez ya no hubo dulzura. Dio medio paso hacia ella y el perfume le llegó a Esmeralda con demasiada intensidad, dulce hasta resultar empalagoso. —No sabes nada de nosotros. Esmeralda sostuvo la mirada. —Sé lo suficiente. Sé que apareciste anoche en la gala. Sé que esta mañana apareciste en un desayuno al que nadie te invitó. Y ahora vuelvo a encontrarte aquí. —Bajó los ojos un instante hacia la bolsa de Victoria antes de regresar a su rostro—. Para alguien que puede recuperarlo con un simple chasquido, estás invirtiendo muchísimo esfuerzo. La expresión de Victoria se endureció. —Estoy siendo clara. Esto no va a durar. La seguridad con la que lo dijo hizo que la irritación de Esmeralda se asentara todavía más.
Victoria sostuvo la sonrisa el tiempo exacto para que pareciera educación y no esfuerzo. Luego acomodó la bolsa sobre el antebrazo con un movimiento delicado, como si aquel encuentro en plena calle fuera realmente una casualidad agradable y no la tercera aparición suya en menos de veinticuatro horas. —Qué coincidencia tan agradable —repitió—. El evento de anoche estuvo excelente, Jane. Como siempre. La fundación quedó impecable. Jane la observó con una serenidad que habría parecido cordial en cualquier otra persona. En ella era una advertencia. No le ofreció la mejilla ni hizo ese pequeño esfuerzo social que normalmente acompañaba un saludo entre conocidas. Después de verla aparecer en su gala junto a Oliver y presentarse esa misma mañana en un desayuno privado, Jane ya había agotado casi toda la cortesía que estaba dispuesta a concederle. —Me alegra que lo hayas disfrutado.
Esmeralda sostuvo la mirada de Jane apenas un instante más antes de apartarla hacia las vitrinas. Necesitaba cambiar de tema con urgencia. En menos de una hora aquella mujer había conseguido hablarle de Jason, de su abuelo, de la cláusula, de lo bien que encajaba en la familia y, por si eso fuera poco, seguía llevando en la cabeza la conversación que habían tenido antes de salir de Aurora. Definitivamente necesitaba comprar algo antes de que su suegra terminara de desmontarle hasta la última defensa emocional. Sus ojos recorrieron las vitrinas hasta detenerse en una pequeña caja de cuero oscuro expuesta al fondo. Era sobria, elegante y, sobre todo, lo bastante concreta para salvarla de seguir hablando de sentimientos. —Eso —dijo, señalándola. Jane siguió la dirección de su mirada y luego volvió a mirarla a ella, percibiendo perfectamente el alivio con


















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