INICIAR SESIÓNCapitulo 6.
Tres meses llevo aquí y este es él último mes del pago de la letra del coche. El próximo mes ya cobraré de nuevo. Estoy emocionada he podido ahorrar para el dentista un poquitín y con las horas extras que he echado en la pescadería creo que podré comprarme un vestido y unos zapatos. Hoy vuelvo a casa con una sorpresa para María, en la pescadería ha sobrado algo de marisco y lo iban a tirar. Así que si lo preparamos para la cena tendremos una cena de marquesas. No lo puedo guardar más días ya que la jefa me ha dicho que o lo gasto hoy o lo tiré porque si no me enfermaré de la barriga. Aparco el coche y paso a la casa con la bolsa entre mis brazos. Hoy es más tarde de lo habitual pero merece la pena por el dinero extra y por la cena gratis. —María hoy cenamos marisco, nos vamos a poner finas. Además podemos ir antes de cenar a comprarme un vestido y unos zapatos...— Dejo la bolsa en la mesa de la cocina y me dirijo hacia la habitación. Estoy tan feliz que no me doy cuenta de que hay una señora sentada en el sofá. —¿María por qué no dices nada?— Vuelvo de la habitación con el pijama y la bata puesta, ya que aunque es mayo. La casa aún está fría. Veo a María con un semblante serio me fijo y veo a una señora muy bien vestida sentada en el sofá. —Buenas tardes, —eso es lo único que atino a decir. —No entiendo porqué hace tanto frío en esta casa, hace unos años cambie el sistema de calefacción, acaso se ha vuelto a romper—. —No, no está roto funciona perfectamente pero no tiene casi combustible y por eso no la enciendo—. —Menuda tontería, si mi nieto se entera de que vengo a su casa y me tienen en estas condiciones... — ¿Ha dicho nieto? por lo que está señora tiene que ser la abuela de mi esposo, ¿pero entonces mi esposo no es un viejo? —Con la asignación que su nieto me da no me llega para llenar el depósito, apenas si tengo para comer y echarle gasolina al coche—. —Pero si tienes para cenar marisco y comprarte vestidos—. —¿Señora...?— —Elvira Sandoval —responde de manera fría. —Señora Elvira, el marisco me lo regalaron porque se iba a echar a perder en la pescadería en la que trabajo, el vestido y los zapatos los iba a comprar con las horas extras que hice este mes—. —¡Trabajando y en una pescadería! No tienes porqué mentirme estás casada con un Sandoval—. —Solo por poderes y bajo un contrato... —respondo bajito y avergonzada. —Pero que inventó es ese, te exijo una explicación ahora mismo y dónde está ese malcriado de mi nieto—. Me ausento un momento para volver con los papeles del contrato. Se los dejo en la mesa y me siento en el sillón de al lado. —Llevo aquí tres meses y no ha venido ni una sola vez. El día de la boda, creí que el novio era el abogado menudo bochorno pase al enterarme que me había casado por poderes—. A medida que va leyendo su cara se va tornando enfadada y disgustada. Deja los papeles sobre la mesa y me pide que le cuente mi historia no entiende como una chica joven ha podido aceptar algo así. Soy sincera con ella le cuento todo lo que he vivido, como me intenté quitar la vida y le enseño la cicatriz de mi muñeca. También le cuento que no leí el contrato pero aunque lo hubiese leído también lo habría firmado, no tenía nada ni a nadie a quien acudir. Aquí al menos tengo un techo y tengo a María. La señora no puede evitar soltar unas lágrimas. La consuelo y le digo que no se preocupe que yo estoy bien. —¿Se va a quedar a dormir señora?— Ella parece avergonzada, ha perdido todo ese aire de superioridad, ahora se ve mayor y vulnerable. —No tengo a donde ir, mi nuera ha conseguido que me bloqueen las cuentas, quiere incapacitarme y meterme en una residencia. Ante eso lo único que podía hacer era escapar...— —Está bien, pondremos una cama más en mi dormitorio hasta que llegue el verano si a usted no le importa señora Elvira—. —Llámame abuela por favor, en unos meses espero demostrar que estoy en mis cabales y poder disponer de toda mi fortuna—. —No se preocupe por eso, ¿toma alguna medicación o necesita algo?— Ella saca se su bolsillo unas recetas, las miro y veo que no son las típicas del médico por lo entiendo que están prescritas por un médico privado. Tendré que pagar su totalidad, pero claro tampoco podemos ir al centro médico porque podrían descubrir que ella se encuentra aquí. Voy a la farmacia antes de que cierren y le compro todo. Cuando me dicen el total mi cara cambia de color. Ya no puedo comprarme el vestido ni los zapatos. Y no solo eso, necesito más comida y cosas para su higiene. Por lo que no tengo más remedio que gastar todo el dinero que tenía ahorrado para ir al dentista. Vuelvo a casa y María ya ha colocado todo, se que ella no está acostumbrada a vivir de forma tan austera pero no puedo ofrecerle más. Coloco un calefactor eléctrico que he comprado y lo enciendo cerca de ella, le doy una manta y voy a preparar la cena. —¿María no te quedas a cenar? — —No, pero me debes una mariscada... Eres muy amable Gabriela todo el mundo no hubiera hecho lo que tú por ella—. —No que va no es nada —respondo restándole importancia . —He visto todo lo que has traído, estoy segura de que has gastado todos tus ahorros, esas medicinas son muy caras—. —No importa ya volveré a ahorrarlo, no podía dejar a esa señora en la calle, y sin nada— —¿De verdad que no te quedas a cenar con nosotras? — —No, necesitan conocerse mejor ya lo haré otro día —Está bien, recuerda que mañana es tu día libre y el lunes también ya que has trabajado hoy más tiempo del necesario—. —No...— —No discutas conmigo aquí mando yo, pásalo bien con las chicas y ya me contarás—. Le doy un abrazo y veo como se marcha de la casa. Término de preparar la cena y la llevo al salón, ¿igual no puede comer estás cosas? Le tengo que decir que me explique qué comidas puede tomar u cuáles no al ser diabética. —Abuela vamos a cenar— —¿Y la chica de servicio?— —Se ha marchado, por cierto no vendrá hasta el martes ya que hoy solo trabajaba medio día y mañana es su día libre. Por lo que se cogerá el lunes—. —¿Te lo ha pedido ella?— —No, María trabaja mucho y echa horas que no le corresponden. Además el sueldo que tiene es un poco justo pero eso no depende de mí así que siempre que puedo le doy unas horas libres para compensarla—. —Eres muy buena Gabriela, me puedes ayudar con las medicinas—. Se las entregó y me indica como debo de inyectarle la insulina, al principio me niego pero después pienso en que si no se lo hago yo quién lo va a hacer.Epílogo. Narrador omnisciente: Cinco años habían pasado desde aquella tarde en la que Gabriela y Jorge decidieron refugiarse en la casa de campo. El tiempo había hecho su trabajo: las heridas cicatrizaron, los fantasmas del pasado se desvanecieron poco a poco, y la vida se encargó de regalarles nuevas alegrías. Adrián ya no era aquel bebé que gateaba por los suelos, sino un niño despierto, curioso y risueño que corría por todos lados y preguntaba hasta lo que nadie sabía responder. Su energía parecía inagotable, y más de una vez había puesto a prueba la paciencia de Jorge y Gabriela, aunque ellos, orgullosos, siempre encontraban la forma de reírse de las travesuras de su hijo. La relación entre ambos también había madurado. Jorge cumplió con cada promesa hecha en aquella capilla: fue paciente, amoroso y compañero. Gabriela, en respuesta, le dio un lugar pleno en su vida y en su corazón. El miedo había desaparecido y, en su lugar, floreció un amor sereno, fuerte, capaz de resistir
Capítulo 104. Narrador omnisciente: Habían pasado apenas cinco días desde la tragedia en la capilla. La muerte de Arturo seguía pesando en la memoria de Gabriela y Jorge, como una sombra que aparecía en los silencios de la casa y en las noches en las que los dos despertaban sudando por las pesadillas. Sin embargo, la vida se abría camino. Había un niño en casa, un pequeño que no entendía de venganzas ni de pérdidas, y que con cada sonrisa parecía recordarle a sus padres que había motivos suficientes para seguir adelante. Fue Jorge quien propuso dejar la ciudad por un tiempo. Gabriela había estado callada durante la cena, pensativa, y cuando él lo sugirió, ella lo miró sorprendida, como si hubiese leído en sus pensamientos. —La casa de campo —murmuró ella—. Allí empezó todo. Jorge asintió con una sonrisa suave. —Y ahí podemos empezar de nuevo. Dos días más tarde, cargaron el coche con lo imprescindible y condujeron hasta las afueras. Adrián dormía en su sillita durante la mayor
Capítulo 103. Narrador omnisciente: El silencio que reinaba en la capilla se había vuelto insoportable. El eco de los pasos de Arturo aún resonaba en los muros de piedra, y el brillo metálico de la pistola mantenía a todos inmóviles. Gabriela sentía el corazón martillando en su pecho, mientras Jorge se mantenía frente a ella, erguido, como un escudo humano. —No te acerques más, Arturo —advirtió Jorge, con la voz firme, aunque los músculos tensos lo traicionaban. Arturo sonrió de medio lado, con esa expresión socarrona que tantas veces había mostrado cuando disfrutaba de tener el control. —¿Y por qué no? —replicó con ironía—. Al fin y al cabo, ella era mía mucho antes que tuya. Un murmullo de indignación recorrió el lugar. María abrazaba con fuerza a Adrián, que lloraba sin consuelo, y Fernando, con la mente clara a pesar del miedo, aprovechó el movimiento para sacar el teléfono móvil de su bolsillo. Se inclinó hacia un lado, como si buscara calmar al niño, y discretamente marcó
Capítulo 102. Narrador omnisciente: Habían pasado dos meses desde aquella noche en la que Gabriela había roto sus propias barreras y había vuelto a entregarse a Jorge. Dos meses en los que, contra todo pronóstico, la rutina compartida había borrado parte de las dudas que pesaban sobre ella. La convivencia no había sido fácil al principio, marcada por silencios incómodos y la vigilancia constante de Gabriela sobre cada gesto de Jorge, como si temiera descubrir alguna señal de que todo volvería a repetirse. Pero Jorge había cumplido con lo prometido. No la presionó. No intentó forzar conversaciones que ella no quisiera tener ni tampoco buscó imponer su presencia. Se limitó a estar ahí: preparando café por las mañanas, encargándose de Adrián cuando Gabriela debía atender la empresa, acompañándola en las salidas rutinarias al mercado, cuidando de su propia rehabilitación para no ser una carga. Era un hombre distinto al que ella había conocido tiempo atrás, y poco a poco, Gabriela come
Capítulo 101. Narrador omnisciente: La mañana después de lo ocurrido en el salón, Gabriela despertó con un peso en el pecho. Había pasado la noche dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar un sueño al menos de manera profunda. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Jorge sobre ella, sus manos, sus labios, su urgencia, volvían a su mente con claridad. Y aunque su cuerpo todavía vibraba con el recuerdo del encuentro, su corazón estaba enredado en las dudas. Sentada al borde de la cama, con el cabello revuelto y la mirada fija en el suelo, se preguntaba si no había cometido un error. Había sido ella misma quien había puesto los límites desde el principio. Había sido clara: Jorge podía quedarse en su casa, pero solo como huésped. Y sin embargo, la noche anterior había roto su propia regla. Lo había besado, lo había aceptado y se había entregado con la misma intensidad que él. Suspiró. No podía negar que lo había deseado, que lo había necesitado, pero eso no borraba lo que h
Capítulo 100. Narrador omnisciente: El beso se volvió más intenso y Gabriela intentó protestar, pero su cuerpo respondió al instante, calentándose bajo su tacto. La rutina, las discusiones, se disiparon ante la urgencia que siempre burbujeaba bajo la superficie de su relación. Jorge hundió una mano en su cabello castaño, tirando de él suavemente para exponer su cuello. Su boca encontró su piel, y sus dientes mordisquearon con una posesividad que hizo que Gabriela jadeara. —Jorge… el bebé … —murmuró, pero sus manos ya se deslizaban por su espalda, tirando de su camiseta hacia arriba. —Está dormido —gruñó él contra su piel, deslizando sus manos por sus jeans ajustados para agarrar sus nalgas con fuerza, apretándola contra la evidente y dura rigidez que presionaba contra su vientre.— Te necesito ahora Gabi. La volvió y la empujó contra la pared del pasillo. El impacto fue brusco, y el marco de una foto vibró. Valeria sintió el frío de la pared a través de su delgada camiseta, cont







