MasukAnhelo al Hombre Mayor te lleva a un mundo donde las fantasías cobran vida, los límites se desdibujan y el placer gobierna cada página. Desde hombres dominantes que saben exactamente lo que quieren hasta las dulces chicas que anhelan obedecer, cada historia entrega un calor intenso, tensión prohibida y una química adictiva. Ya sea kink de Daddy, juegos de poder, encuentros secretos o seducción oscura, estos relatos están creados para hacer que tu corazón lata con fuerza y tu cuerpo arda.
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Se me abrió la boca y ni siquiera pude disimular mi sorpresa. Ese hombre era guapísimo. Había visto hombres atractivos antes, pero él estaba en un nivel completamente diferente.
—Mira, te presento a mi papá —repitió Anna, sacándome de mis pensamientos completamente inapropiados sobre todas las formas en que podría devorar con gusto a este hombre.
Anna y yo nos conocimos en una librería el mes pasado. Conectamos al instante y nos hicimos muy cercanas muy rápido. Desde entonces, ella había estado insistiendo en que fuera a su casa, y ahora aquí estaba yo, parada frente al hombre más impresionante que había visto en mi vida.
Era alto, de hombros anchos y vestía una sencilla camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos, dejando ver una piel bronceada y venas que deberían ser ilegales. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado los dedos por él demasiadas veces, y su mandíbula afilada parecía esculpida por los dioses mismos.
Y esos ojos…
Dios.
Su mirada se posó en mí con calma, pero había algo intenso debajo que hizo que se me contrajera el estómago.
—Papá, ella es Mira —dijo Anna emocionada—. La amiga de la que te hablé.
Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, profunda y segura que me debilitó las rodillas.
—Así que tú eres Mira —dijo con una voz baja y suave—. He oído mucho sobre ti.
Tragué con dificultad, obligándome a recordar cómo funcionaba la interacción humana.
—Espero que cosas buenas —conseguí responder.
Su sonrisa se amplió ligeramente.
—Eso depende.
—Puedes llamarme Bruce —dijo con una sonrisa fácil—. Pasa y siéntete como en tu casa.
Asentí, todavía intentando actuar con normalidad mientras mi cerebro se cortocircuitaba por lo atractivo que era este hombre.
La casa era tan impresionante como él: con una iluminación cálida, muebles caros y un tipo de elegancia effortless que gritaba “dinero antiguo” sin esforzarse demasiado. Fotos familiares cubrían las paredes, la mayoría de Anna y Bruce juntos.
Antes de que pudiera mirar más tiempo, Anna me agarró de la muñeca y me arrastró escaleras arriba.
—¡Vamos! Te voy a enseñar mi habitación.
En cuanto entramos, miré alrededor con curiosidad. Su habitación era acogedora y colorida, llena de libros, luces de hadas y pequeños dibujos clavados en la pared.
—¿Tu mamá no está en casa? —pregunté con naturalidad.
La sonrisa de Anna se desvaneció casi al instante.
—Casi nunca está —murmuró, sentándose en el borde de su cama—. Siempre está de viaje de negocios. Siempre hemos sido solo papá y yo.
—Oh —dije suavemente, arrepintiéndome de inmediato de haber preguntado.
Hubo un breve silencio incómodo antes de que la puerta se abriera de nuevo.
Bruce entró cargando una bandeja con aperitivos y bebidas, como una fantasía doméstica irreal diseñada específicamente para arruinar mi paz mental.
—Espero que vosotras estéis disfrutando —dijo.
—Sí —respondí rápidamente, enderezándome en la cama—. Tu casa es preciosa.
Sonreí con educación, haciendo todo lo posible por mantener la voz firme aunque mi pulso hacía algo ridículo en mi garganta. Los ojos de Bruce se quedaron en mí un segundo más de lo necesario… o tal vez me lo estaba imaginando. Dios, esperaba que no.
—Gracias —dijo, con esa voz profunda y suave como un whiskey añejo—. Eres bienvenida aquí cuando quieras, Mira.
La forma en que dijo mi nombre hizo que un calor me subiera por el cuello. Dejó la bandeja de aperitivos en el escritorio de Anna; contenía jugo fresco, unos chocolates elegantes y pequeños sándwiches que se veían demasiado perfectos para comer. Luego nos dedicó una sonrisa a las dos y dio un paso atrás.
—Os dejo para que estéis a gusto. Llamadme si necesitáis algo.
La puerta se cerró con un clic detrás de él.
Anna se dejó caer dramáticamente en la cama con un suspiro.
—A veces es tan papá… Sobreprotector pero dulce. ¿Estás bien? Te quedaste como en pausa un segundo.
Me reí, un poco demasiado fuerte, y me dejé caer en la silla junto a su ventana.
—Es… intenso. En el buen sentido. ¿Cómo es que no estás acostumbrada?
Se encogió de hombros, ya atacando los chocolates.
—Para mí es solo papá. Guapo, sí, pero lo he visto demasiadas veces en modo papá: quemando panqueques, avergonzándome con chistes cursis, todo eso.
Asentí como si lo entendiera, pero mi mente seguía reproduciendo la forma en que la camisa de Bruce se tensaba sobre sus hombros cuando se inclinó para dejar la bandeja. El leve aroma de su colonia que pasó cuando caminó a nuestro lado. El timbre grave de su voz.
Pasamos la siguiente hora hablando de libros, de la nueva novela romántica de la que las dos fingíamos no estar obsesionadas, y de los planes para la universidad. Pero cada vez que oía pasos en el pasillo, se me revolvía el estómago.
Más tarde, cuando Anna bajó a buscar bebidas, salí de su habitación para encontrar el baño. La casa estaba en silencio. Al pasar por lo que parecía ser el estudio de Bruce, la puerta estaba ligeramente entreabierta.
No debería haber mirado, pero lo hice.
Estaba en su escritorio, con unas gafas de lectura en la nariz y las mangas de su camisa remangadas hasta los antebrazos. La imagen me golpeó justo en el vientre. Cuando levantó la vista y me sorprendió mirándolo, en lugar de molestarse, la comisura de su boca se levantó en una sonrisa lenta y perezosa.
—¿Perdida, Mira?
—Yo… el baño —conseguí decir, con las mejillas ardiendo.
—Segunda puerta a la derecha. —No apartó la mirada—. Tómate tu tiempo.
Asentí rápidamente y me apresuré por el pasillo, con el corazón latiéndome como si me hubieran pillado haciendo algo sucio.
Cuando salí, Anna seguía abajo. Bruce ahora estaba de pie en el pasillo, apoyado contra la pared como si hubiera estado esperando.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí. Tu casa es realmente hermosa —dije de nuevo, como una tonta.
—Ya lo has mencionado. —Sus ojos recorrieron mi rostro y luego bajaron medio segundo antes de volver a los míos—. Anna ha hablado mucho de ti. Dijo que eres inteligente, divertida. Y fácil de mirar, claramente.
Tragué saliva.
Él dio un paso un poco más cerca, no lo suficiente como para ser obvio, pero sí para que pudiera olerlo otra vez, ese aroma limpio y masculino que dispersaba mis pensamientos.
—Me alegra que por fin hayas venido —murmuró—. Tenía curiosidad por la chica que ha estado ocupando tanto tiempo de mi hija.
Antes de que pudiera pensar en una respuesta, la voz de Anna subió flotando desde las escaleras:
—¡Mira! ¡Traje los aperitivos buenos!
Cambió el ángulo, agarrándome las caderas con más fuerza y tirando de mí hacia atrás contra él para poder entrar todavía más profundo. La nueva profundidad arrancó un grito roto de mi garganta. Mi coño se cerró fuerte alrededor de él, palpitando con cada embestida poderosa. —Joder… sí… —gemí, empujando hacia atrás para encontrarlo. Gimió detrás de mí, el sonido bajo y áspero, y me folló más duro. El sofá crujió bajo nosotros. Mis pechos se balanceaban con cada embestida. El sudor empezó a brillar en mi piel. Solo podía sentirlo a él… su polla abriéndome, sus manos marcándome las caderas, el ritmo implacable que no dejaba espacio para pensar. Estaba completamente llena, completamente tomada, y se sentía jodidamente perfecto. —Sí… más duro… —gemí, la palabra rompiéndose en un jadeo mientras él se clavaba en mí. Me dio exactamente lo que le pedí. Empezó a empujar más rápido y más profundo; la longitud gruesa de él se clavaba en mi coño con una fuerza brutal y perfecta. Cada emb
Lo miré desde abajo, los labios todavía brillantes por sus dedos, las piernas todavía abiertas y temblando. Mi voz salió áspera, sin ninguna vacilación. —Lo quiero tanto, joder —suspiré—. Quiero tu polla estirándome el coño otra vez. Quiero que me folles profundo y duro hasta que no pueda pensar. Llevo deseándolo desde la última vez… desde que me llenaste y me dejaste goteando. Por favor, Richard… fóllame el coño. Lo necesito. Mis caderas se levantaron del sofá, ofreciéndome, todavía empapada y contrayéndome alrededor de la nada. —Te quiero dentro de mí. Ahora. Se levantó de entre mis piernas despacio, sin apartar los ojos de mí. Observé cada movimiento. Primero se enderezó a su plena altura, rodando los hombros una vez. La camisa blanca abierta le colgaba suelta del cuerpo, el frente todavía entreabierto de antes. Levantó las manos y se la quitó de un brazo, luego del otro; la tela resbaló con un susurro suave. Los hombros anchos quedaron a la vista por completo… sólid
Lo miré desde abajo, los labios todavía brillantes por sus dedos, las piernas todavía abiertas y temblando. Mi voz salió áspera, sin ninguna vacilación. —Lo quiero tanto, joder —suspiré—. Quiero tu polla estirándome el coño otra vez. Quiero que me folles profundo y duro hasta que no pueda pensar. Llevo deseándolo desde la última vez… desde que me llenaste y me dejaste goteando. Por favor, Richard… fóllame el coño. Lo necesito. Mis caderas se levantaron del sofá, ofreciéndome, todavía empapada y contrayéndome alrededor de la nada. —Te quiero dentro de mí. Ahora. Se levantó de entre mis piernas despacio, sin apartar los ojos de mí. Observé cada movimiento. Primero se enderezó a su plena altura, rodando los hombros una vez. La camisa blanca abierta le colgaba suelta del cuerpo, el frente todavía entreabierto de antes. Levantó las manos y se la quitó de un brazo, luego del otro; la tela resbaló con un susurro suave. Los hombros anchos quedaron a la vista por completo… sólidos, p
Siguió chupando, apretando y frotando, trabajando mis pezones hasta que quedaron hinchados y brillantes, hasta que mis muslos estaban apretados el uno contra el otro y yo empapaba la fina tela que todavía se aferraba a mis caderas. Su boca dejó mi pecho con una última chupada prolongada que hizo latir el pezón en el aire fresco. Luego bajó más. Sentí el calor húmedo de su lengua arrastrarse despacio por el centro de mi pecho, entre mis pechos, sobre el plano suave de mi vientre. Cada centímetro de piel que tocaba parecía tensarse y chispear. Mi respiración se volvió superficial y rápida. Cuando llegó a mi ombligo se detuvo, rodeándolo una vez con la punta de la lengua antes de sellar los labios sobre él y chupar. —Ahh joder… El gemido se me escapó, alto e indefenso. Un escalofrío de cuerpo entero me recorrió, empezando bajo en el vientre y disparándose hacia fuera hasta que los muslos me temblaron y los dedos se me cerraron en su pelo. El tirón suave y húmedo de su boca contra
Entonces empujó un dedo grueso lentamente dentro de mí. Jadeé, mis paredes contrayéndose alrededor de él mientras comenzaba a entrar y salir, curvándolo justo en el punto perfecto. Los sonidos húmedos llenaron el coche.—Oh, Dios… —gemí.Añadió un segundo dedo, estirándome, embistiendo más rápido.
—Estoy cansada, mamá —la corté, con la voz más brusca de lo que pretendía—. Estuvo bien. Solo… necesito dormir.Ella frunció el ceño, claramente notando que algo no iba bien, pero no le di oportunidad de insistir. Subí directamente las escaleras, cerré la puerta de mi habitación y me apoyé contra e
La noche del sábado finalmente llegó y yo estaba llena de una excitación nerviosa. Había pasado demasiado tiempo arreglándome, parada frente al espejo durante lo que parecieron horas. Me decidí por un vestido suave de color rojo vino que me llegaba a las rodillas, que se ajustaba suavemente a mi ci
La expresión de Bruce volvió al modo de “papá educado” en un instante, pero aún había calor en sus ojos cuando me miró.—Mejor vuelve con ella —dijo suavemente.El resto de la tarde pasó en una cálida nebulosa de risas, más aperitivos y Anna mostrándome su enorme colección de libros. Pero en el mom












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