LOGINA la mañana siguiente, Lia despertó desorientada en la enorme cama de seda. Por un segundo pensó que todo había sido un sueño extraño, pero el anillo de oro blanco en su dedo y el techo alto con molduras doradas le recordaron la cruda realidad: estaba casada con Alejandro Valtierra.
Se levantó, se puso una bata de satén que encontró en el vestidor y bajó a la cocina. Rosa ya estaba allí, preparando el desayuno con eficiencia. —Buenos días, señora Valtierra. El señor dejó instrucciones. Desayune lo que desee y luego pase por su despacho. Le tiene preparada una tarjeta de crédito. Lia se sentó frente a una mesa llena de frutas frescas, jugos y croissants recién horneados. Todo era perfecto, caro y… frío. Comió en silencio, sintiendo que cada bocado le recordaba que ahora vivía en una jaula de oro. Después del desayuno, se dirigió al despacho de Alejandro. Él estaba sentado detrás de su escritorio, revisando documentos con el ceño fruncido. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas, dejando ver sus antebrazos fuertes. Cuando levantó la vista y la vio, su expresión no cambió. —Llegas tarde —dijo simplemente. —Son las nueve y diez. No sabía que tenía que fichar como empleada —respondió Lia con sarcasmo. Alejandro ignoró el comentario y le extendió una tarjeta negra brillante. —Esta es tuya. Sin límite. Usa lo que necesites para ropa, zapatos, joyas y todo lo que una esposa mía debería tener. Hoy mismo tienes cita con una estilista personal en la Quinta Avenida. Te esperan a las once. Lia tomó la tarjeta como si quemara. La miró unos segundos y luego la dejó sobre el escritorio. —No necesito tu caridad disfrazada de contrato. —No es caridad —replicó él, levantándose y rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella—. Es parte del acuerdo. No puedo presentarte en eventos importantes si pareces una secretaria recién salida de la universidad. Debes lucir el papel. Lia sintió la rabia subirle por el pecho. —¿Y qué papel es ese exactamente? ¿Tu muñeca decorativa? Alejandro dio un paso más cerca. Su voz bajó, volviéndose peligrosa y ronca. —Mi esposa. Aunque sea falsa. Y las esposas de Alejandro Valtierra visten de diseñador, caminan con elegancia y no parecen recién salidas de una tormenta. El silencio que siguió fue denso. Lia podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de él. Sus ojos grises la miraban con intensidad, como si estuviera midiendo cuánto tardaría ella en romperse. —Bien —dijo Lia finalmente, tomando la tarjeta de nuevo—. Iré. Pero no esperes que disfrute gastando tu dinero. —Mientras gastes, me da igual si disfrutas o no —respondió él con una sonrisa fría. Lia se dio la vuelta para irse, pero la voz de Alejandro la detuvo. —Una cosa más. Esta noche tenemos una gala benéfica. Debes estar lista a las siete. Rosa te ayudará con el vestido y el peinado. Lia no respondió. Salió del despacho con la tarjeta apretada en la mano y el corazón latiéndole con fuerza. A las once en punto llegó a la exclusiva boutique en la Quinta Avenida. La estilista, una mujer llamada Monique, la recibió con entusiasmo exagerado. —Señora Valtierra, ¡qué honor! El señor nos avisó de su llegada. Tenemos todo preparado. Durante las siguientes tres horas, Lia probó docenas de vestidos, zapatos y accesorios. Monique no paraba de elogiar su figura y su “elegancia natural”. Al final, salió de la boutique con varias bolsas enormes: vestidos de noche, ropa casual de lujo, lencería fina y zapatos que costaban más que su antiguo sueldo mensual. Cuando regresó a la mansión por la tarde, Rosa la ayudó a subir todo a su habitación. Lia se sentó en la cama, mirando las bolsas como si fueran enemigos. —No puedo creer que esté haciendo esto —murmuró para sí misma. A las siete menos cuarto ya estaba lista. El vestido elegido para la gala era rojo intenso, largo, con un escote en la espalda que dejaba su piel al descubierto. El cabello suelto en ondas suaves y un maquillaje sutil pero impactante. Cuando bajó las escaleras, Alejandro ya la esperaba en el vestíbulo. Al verla, se quedó inmóvil. Sus ojos grises recorrieron lentamente su figura, deteniéndose en la curva de su espalda y en la forma en que el vestido se ajustaba a su cuerpo. Por un segundo, algo oscuro y posesivo cruzó su rostro. —Estás… aceptable —dijo con voz ronca, claramente afectado. Lia levantó una ceja, disfrutando secretamente de haberlo descolocado. —¿Aceptable? Qué palabras tan románticas, esposo. Alejandro se acercó y le ofreció el brazo. Cuando Lia lo tomó, sintió el músculo tenso bajo la tela del esmoquin. —Recuerda —susurró él cerca de su oído mientras caminaban hacia el auto—. Esta noche eres mi esposa enamorada. Sonríe, toca mi brazo, mírame como si no pudieras vivir sin mí. Lia giró la cabeza. Sus labios quedaron peligrosamente cerca de los de él. —Y tú recuerda que esto es solo actuación. No te confundas. El trayecto a la gala fue en silencio tenso. Cuando llegaron al salón de eventos, las luces brillantes y la música suave los envolvieron. Alejandro la tomó por la cintura con firmeza y entraron como la pareja perfecta. Durante la primera hora todo fue bien. Lia sonrió, charló con desconocidos y actuó el papel de esposa devota. Pero entonces apareció una mujer rubia, alta y espectacular, que se acercó directamente a Alejandro con una sonrisa seductora. —Alex, cariño, cuánto tiempo. No sabía que te habías casado tan rápido —dijo la mujer, ignorando por completo a Lia. Alejandro se tensó visiblemente. —Camila. Te presento a mi esposa, Lia. Camila miró a Lia de arriba abajo con desdén apenas disimulado. —Encantada. Aunque debo decir que es… una elección interesante. Lia sintió la punzada de celos que no debería sentir. Antes de que pudiera controlarse, sonrió con dulzura y se pegó más al cuerpo de Alejandro. —Gracias, Camila. Alejandro siempre elige lo mejor. ¿Verdad, amor? Puso la mano en el pecho de él y lo miró con ojos brillantes, fingiendo adoración. Alejandro la miró sorprendido, pero rápidamente la atrajo más cerca, su mano deslizándose posesivamente por su espalda desnuda. —Así es —respondió él con voz baja y ronca, sin apartar los ojos de Lia—. Elegí lo mejor. El roce de sus dedos en la piel desnuda de su espalda envió un escalofrío traicionero por todo el cuerpo de Lia. Por un momento, olvidó que todo era falso. El calor de la mano de Alejandro, su perfume, la forma en que la miraba… todo se sentía demasiado real. Camila se retiró con una excusa rápida, claramente molesta. Cuando se quedaron solos unos segundos, Alejandro inclinó la cabeza y susurró contra su oído: —Buen trabajo. Pero no vuelvas a llamarme “amor” si no quieres que esto se complique. Lia giró el rostro. Sus labios quedaron a milímetros de los de él. —¿Y si quiero complicarlo? —preguntó en voz muy baja, desafiándolo. Alejandro se quedó quieto. La tensión entre ellos era casi eléctrica. Sus ojos bajaron a los labios de Lia y, por un segundo, pareció que iba a besarla allí mismo, frente a todos. Pero entonces se apartó bruscamente. —Ve a buscar una copa —ordenó con voz tensa—. Necesito hablar con alguien de la junta. Lia se alejó con las piernas temblando. Mientras caminaba hacia la barra, se tocó la espalda donde aún sentía el calor de la mano de Alejandro. Esa noche, al regresar a la mansión, ninguno de los dos dijo una palabra durante el trayecto. Pero cuando Lia se acostó en su cama, no podía dejar de pensar en ese casi beso y en la forma posesiva en que él la había tocado. Al otro lado de la mansión, Alejandro se sirvió un whisky doble y miró por la ventana. —Solo un año —se repitió. Pero por primera vez, esa regla que él mismo había impuesto empezaba a pesarle demasiado. Ninguno de los dos imaginaba que, en pocas semanas, un malentendido cruel los separaría… y que un bebé inesperado los obligaría a enfrentarse a la verdad que ambos se negaban a aceptar.Veinticinco años después.La casa frente al mar seguía exactamente igual, como si el tiempo no se atreviera a tocarla.Las buganvilias blancas seguían trepando por las paredes con la misma fuerza de siempre. El gran árbol que Camila plantó décadas atrás ahora daba una sombra generosa sobre toda la terraza. Y la mecedora de Lia aún se balanceaba suavemente con la brisa, como si alguien invisible siguiera ocupándola.Camila Sofía, ahora con cuarenta años, se había convertido en la nueva guardiana oficial de la casa. Era profesora universitaria de Literatura y había escrito una novela basada en la historia de su familia, aunque cambió los nombres por respeto. El libro se llamaba Contrato de Amor.Era el primer día de verano y la casa estaba llena como nunca.Sus tres hijos corrían por la playa junto a sus primos. Las risas de los niños se mezclaban con el sonido de las olas. En la terraza, Lia Valentina, ya con ochenta y seis años, observaba todo desde su mecedora favorita con una sonris
Habían pasado dos años desde la partida de Mateo.La casa frente al mar seguía en pie, más viva que nunca, aunque ahora cargaba con el peso dulce de la nostalgia. Lia Valentina, con sesenta y un años, se había convertido en la matriarca oficial de la familia. Sus hijos ya tenían sus propias vidas, pero cada verano, sin excepción, todos regresaban.Era el último día de las vacaciones de verano. El atardecer pintaba el cielo de un naranja profundo cuando toda la familia se reunió por última vez en la terraza antes de volver a la ciudad.Lia Valentina pidió que todos se sentaran. Llevaba en las manos una caja de madera que había pertenecido a su bisabuela.—Quiero leerles algo —dijo con voz serena.Abrió la caja y sacó la última carta que Lia había escrito, la misma que nunca envió. La leyó en voz alta, lentamente, para que cada palabra calara en el corazón de los más jóvenes.Cuando terminó, había lágrimas en varios rostros.—Hoy se cumplen exactamente sesenta años desde que mi abuelo M
Veinte años después.La casa frente al mar había envejecido con dignidad, igual que sus habitantes. Las buganvilias ahora cubrían casi toda la fachada y el árbol blanco que plantó Camila se había convertido en un gigante lleno de vida.Lia Valentina tenía treinta y ocho años. Era una reconocida psicóloga especializada en trauma familiar. Había publicado dos libros y daba conferencias en varios países. Sin embargo, cada verano, sin falta, regresaba a la casa.Esta vez no venía sola.Traía consigo a su esposo, Alejandro, y a sus dos hijos: Mateo de nueve años y Lia Camila de seis. Era la primera vez que sus hijos pasaban todo el verano en la casa familiar.Mateo, con ochenta y dos años, esperaba sentado en su mecedora favorita en la terraza. Aunque sus pasos eran más lentos y su vista más débil, sus ojos seguían brillando con la misma calidez de siempre.Cuando vio el auto llegar, intentó levantarse. Lia Valentina corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.—Abuelo… ya llegamos.El anciano
Tres años después.Lia Valentina tenía dieciocho años y acababa de graduarse del colegio. Había sido aceptada en la misma universidad donde estudió su madre, con una beca para Psicología. La familia se reunió una vez más en la casa frente al mar para celebrar su graduación y su despedida antes de empezar la vida universitaria.La joven ya no era una adolescente. Era una mujer joven, decidida, con la misma luz tranquila en los ojos que tuvo su bisabuela.Esa tarde, mientras todos preparaban una cena especial, Lia Valentina entró en la antigua habitación de Lia. Había pedido quedarse sola un rato. Abrió el cajón donde su madre guardaba los objetos más preciados: cartas, fotos y el viejo diario.Encontró algo que nadie le había mostrado antes: una carta sin enviar, escrita por Lia pocos meses antes de morir. Estaba dirigida a “La bisnieta que quizás nunca conozca”.Con manos temblorosas, la abrió y leyó:“Si llegas a leer esto, significa que la vida fue generosa y me permitió dejar un le
Diez años después.Lia Valentina cumplió quince años en la casa frente al mar.Ya no era la niña que corría detrás de las olas. Ahora era una joven alta, de cabello negro largo y ojos profundos que parecían guardar todos los secretos del mar. Tenía la misma mirada serena y terca de su bisabuela Lia.La familia había organizado una celebración íntima pero llena de significado. En la terraza, decorada con buganvilias blancas y velas, estaban todos: Mateo, ya con sesenta y dos años pero todavía fuerte; Camila y Diego, convertidos en padres experimentados; Lucas con su familia; Sofía con los suyos, y el pequeño Mateo Diego, que ya tenía trece años y no paraba de molestar a su hermana mayor.Después de soplar las velas, Lia Valentina pidió un momento a solas con su abuelo Mateo.Caminaron juntos hasta la orilla, como tantas veces habían hecho a lo largo de los años. La adolescente llevaba en la mano una carta que había escrito esa misma mañana.—Abuelo… mamá me contó toda la historia —dijo
Cinco años después.La casa frente al mar ya no era solo un hogar familiar. Se había convertido en un lugar sagrado de tradiciones, risas infantiles y recuerdos que se transmitían como tesoros.Lia Valentina, ahora con cinco años, corría descalza por la arena persiguiendo las olas. Su cabello negro ondeaba con el viento y su risa era idéntica a la de Camila cuando era niña. Detrás de ella corría su hermano menor, Mateo Diego, de tres años, tropezando con sus propias piernitas.Camila, sentada en la terraza con un libro en las manos, observaba a sus hijos con una sonrisa tranquila. Ya era una psicóloga titulada y trabajaba ayudando a familias en crisis. Diego, su esposo, había publicado su primera novela inspirada, en parte, en la historia de su familia política.Mateo, que ya pasaba los cincuenta y dos, se acercó con dos vasos de limonada y se sentó junto a su hija.—Se parece tanto a ti —dijo mirando a la pequeña Lia—. Terca, curiosa y con el mar en la sangre.Camila rio suavemente.







