INICIAR SESIÓNEl silencio en la lúgubre habitación se podía cortar con un hilo. Carolina sostuvo la mirada de Vincenzo, sintiendo el peso letal de su amenaza. Sabía que aquel hombre no estaba jugando; sus ojos reflejaban la frialdad de quien ha decidido el destino de muchos sin pestañear. Pero ella no pensaba doblegarse del todo.
—Si quiere que le salve la vida, exijo que me desate ahora mismo —dijo Carolina con la voz firme, disimulando el temblor de sus manos—. No puedo operar a nadie con las muñecas atadas a una silla. Y saque a sus hombres. No necesito que me respiren en el cuello. Vincenzo la observó detenidamente durante unos segundos. La mayoría de las personas en su posición habrían suplicado por su vida o llorado desconsoladamente. Ella, en cambio, le imponía condiciones. —Luca —ordenó Vincenzo sin quitarle la vista de encima a la doctora—. Desátala. Y déjanos a solas. Pero quédense tras la puerta. —Signore, puede ser peligroso... —intentó advertir Luca. —Haz lo que te digo —cortó él con un gruñido imperioso. Luca sacó una navaja, cortó la brida de plástico que sujetaba a Carolina y dejó sobre una mesa de madera un maletín con los suministros médicos que habían saqueado de la clínica. Luego, salió de la cabaña junto con el otro hombre, cerrando la puerta tras de sí. Carolina se frotó las muñecas enrojecidas. Le dolían los brazos, pero concentró toda su energía en mantener la compostura. Se acercó al maletín y comenzó a revisar los instrumentos: alcohol, gasas, bisturí, pinzas, hilo de sutura y anestesia local. —Espero que sepas lo que haces, ragazza —murmuró Vincenzo, recostando la cabeza contra el respaldo del sofá. Su respiración era cada vez más agitada y la palidez de su rostro se acentuaba. —Soy médica, no una aficionada —respondió ella con frialdad—. Ahora cállese y déjeme trabajar. Carolina arrastró una pequeña mesa auxiliar con el material e hirvió algo de agua en un viejo fogón de gas cercano para limpiar sus instrumentos. Cuando estuvo lista, se colocó un par de guantes de látex y se acercó a él. Se inclinó sobre Vincenzo y rasgó el resto de la camisa de seda blanca para dejar al descubierto la herida. Al hacerlo, no pudo evitar notar la imponente anatomía del italiano. Tenía un tórax ancho y esculpido, cruzado por viejas cicatrices que contaban historias de violencia y poder, y cubierto parcialmente por tatuajes oscuros con simbología romana y militar. Emitía un calor corporal intenso, producto de la fiebre que comenzaba a apoderarse de su cuerpo. Para Vincenzo, la cercanía de las mujeres siempre había sido algo banal. Llevaba años sufriendo un bloqueo extraño, una apatía absoluta: su cuerpo no reaccionaba, permanecía helado y desinteresado sin importar cuán hermosa fuera la mujer que intentara seducirlo. Las usaba únicamente como adornos o transacciones de poder. Sin embargo, cuando Carolina posó suavemente sus dedos fríos sobre la piel ardiente de su abdomen para palpular el área alrededor del impacto de bala, una descarga eléctrica violenta e inesperada recorrió la espina dorsal de Vincenzo. El capo ahogó un gemido en la garganta. No era el dolor del disparo; era una ola de calor abrasador que se disparó de golpe directamente a su vientre bajo. Sus músculos se tensaron instintivamente y sus ojos oscuros se clavaron con furia y estupor en el rostro de Carolina. —¿Qué... qué me estás haciendo? —gruñó él, con la voz volviéndose áspera y profunda. Carolina ni siquiera levantó la vista, concentrada en evaluar el sangrado. —Estoy examinando la trayectoria de la bala. Si se mueve, va a dolerle más —explicó ella con tono profesional, sin percatarse del cortocircuito que estaba causando en el hombre. Vincenzo apretó las puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La sensación no desaparecía; al contrario, cada rozamiento de los dedos de la doctora, cada vez que ella se inclinaba y el aliento fresco de la joven rozaba la piel de su pecho, la erección que se gestaba en sus pantalones se volvía más rígida e incontrolable. Era una reacción física brutal, primaria y fuera de todo control, algo que no experimentaba desde hacía años, y menos aún estando al borde de un colapso por pérdida de sangre. Se sintió vulnerado, furioso con su propio cuerpo por reaccionar ante una humilde médica de pueblo a la que acababa de secuestrar. —Tienes las manos muy frías, campesina —provocó él, intentando ocultar la turbación y el deseo salvaje que lo estaba consumiendo por dentro—. ¿Así atienes a todos tus pacientes o solo a los que te dan miedo? Carolina detuvo sus manos un segundo y alzó la vista. Sus ojos café se encontraron directamente con la mirada gris y hambrienta de Vincenzo. Notó la tensión en la mandíbula del italiano y la intensidad casi destructiva con la que la observaba, pero en lugar de amedrentarse, esbozó una sonrisa despectiva. —Atiendo con profesionalismo a la gente buena, signore —replicó ella, tomando la jeringa con la anestesia local—. Pero a los criminales arrogantes como usted... les sugiero que muerdan un trapo, porque la anestesia va a tardar un poco en hacer efecto. Sin darle tiempo a replicar, clavo la aguja cerca de la herida. Vincenzo soltó una maldición en italiano, apretando los dientes, pero sin despegar sus ojos de los de ella. El odio mutuo era palpable, pero debajo de esa hostilidad, un fuego peligroso e incomprensible acababa de encenderse entre los dos.El viento del mar Tirreno entraba por el balcón, moviendo la cortina de seda y trayendo consigo el olor a sal y a pólvora quemada. El agente Gómez mantenía la mano extendida, esperando a que la doctora diera el paso definitivo hacia la libertad. —Doctora Sandoval, es ahora o nunca —insistió el agente en un susurro urgente—. En diez minutos el perímetro se cerrará. Si no baja por esa escala de cuerda, se quedará atrapada para siempre en las garras de la mafia. Carolina miró la mano del policía. Durante semanas, cada noche, su único deseo había sido despertar en su humilde casa de San Lorenzo, escuchar el trinar de las aves al amanecer y volver a vestir la bata blanca sin manchas de sangre criminal. Pero al bajar la vista hacia la puerta de la suite, donde sabía que Vincenzo arriesgaba su propia vida y su imperio frente a un consejo de asesinos por protegerla, el suelo pareció desaparecer bajo sus pies. Se había enamorado del hombre que juró odiar. La pasión violenta, la devoción
El sudor y el calor de la batalla aún impregnaban el ambiente cuando la embestida final de Vincenzo los llevó al límite. Carolina, con la piel ardiendo y la bata de seda negra desparramada a su alrededor, cayó rendida sobre el pecho del italiano. La respiración de ambos era un compás agitado, roto solo por el crepitar lejano de las llamas que sus hombres terminaban de extinguir en el patio central de la villa. Vincenzo mantenía sus brazos de acero alrededor de la cintura de la doctora. Sus dedos, aún manchados con el hollín de la pólvora, delineaban la curva de su espalda con un cuidado que contrastaba brutalmente con la violencia del mundo que lo rodeaba. —Tienes que dejarme terminar la sutura —pidić Carolina con la voz ronca, intentando incorporarse mientras la neblina del placer comenzaba a disiparse—. Tu herida no va a resistir otra locura como esta. Vincenzo no la soltó. La miró desde abajo con esos ojos grises que, por primera vez, no reflejaban solo la frialdad del
El estruendo de un disparo de alto calibre atravesando el ala oeste de la villa sacudió las paredes de piedra. Carolina se despertó de golpe, incorporándose en la cama con el corazón martilleándole en el pecho. Se cubrió el cuerpo agitado con la sábana de seda mientras el ruido del fuego cruzado, los gritos en italiano y el crepitar de la madera ardiendo rompían la paz de la noche. La puerta de la suite se abrió con brusquedad. Carolina ahogó un grito, pero relajó levemente los hombros al ver que era Vincenzo. Llevaba el torso desnudo, cruzado por una funda de cuero con dos cargadores y una pistola en la mano. Su piel estaba cubierta por una fina capa de sudor y hollín, y la cicatriz de su costado se le veía peligrosamente inflamada por el esfuerzo. Sus ojos grises, oscuros por la adrenalina, la buscaron de inmediato en la penumbra. —Quédate en el suelo, detrás del muro de carga —ordenó él con una voz imperiosa mientras caminaba hacia el gran ventanal y cerraba las persianas bli
El ambiente en el balcón del palazzo se congeló. Matteo soltó el brazo de Carolina de inmediato, dando un paso atrás con una sonrisa falsa que no lograba ocultar el pánico en sus ojos. Vincenzo no esperó una explicación; avanzó como un depredador y sujetó a su primo por la solapa del saco, estampándolo contra el barandal de mármol con una fuerza bruta que amenazó con arrojarlo a las oscuras aguas del Gran Canal. —Vincenzo... era solo una broma, le estaba dando la bienvenida a la doctora —balbuceó Matteo, sintiendo la presión de los dedos de acero de su jefe sobre la garganta. —Si vuelves a tocarla o a dirigirle la palabra, te voy a despellejar vivo —sentenció Vincenzo con una voz helada que hizo retroceder a los invitados más cercanos. Con un empujón despreciativo, lanzó a Matteo al suelo del balcón. Luego, tomó a Carolina con firmeza del brazo y la guio a través del salón, ignorando los murmullos de los capos rivales. —Nos vamos. Ahora —ordenó en italiano a Luca, quien
La cama rústica de dos plazas crujía bajo el peso de sus cuerpos en el ala privada de la fortaleza. En la penumbra iluminada apenas por la luna siciliana, la tormenta de la noche anterior aún resonaba en la piel de ambos. Vincenzo se erguía sobre ella como una sombra colosal, sus ojos grises fijos en los de Carolina mientras se hundía despacio, con un ritmo lento, casi tortuoso, que le arrebataba el aliento a la joven.—Dilo otra vez... —pidió él con la voz áspera por la fijación que lo consumía, sujetándole ambas muñecas contra el colchón—. Dime que me odias mientras tiemblas así.Carolina echó la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en las sábanas. El sudor le brillaba en el pecho desnudo, y cada estocada del italiano desencadenaba una ola de calor que la hacía ondear las caderas en busca de más. Era una humillación constante para su intelecto: su mente juraba venganza, pero su intimidad se amoldaba al cuerpo de Vincenzo como si hubiera sido diseñada únicamente para recibirlo.—
El sol de la mañana iluminaba los acantilados de Sicilia, pero en la suite principal de la villa el ambiente era sepulcral. Carolina permaneció horas frente al ventanal, observando la inmensidad del mar con el rostro sereno y el corazón blindado. La vulnerabilidad de la noche anterior había muerto. En su lugar, el carácter indomable de la doctora resurgió con más fuerza: no se dejaría destruir por el deseo ni por el miedo.Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Una sirvienta entró con un plato de frutas frescas y un vestido de lino blanco.—El Signore Ferretti la espera en el estudio, Signora —dijo la mujer con una reverencia respetuosa.—Dile que si quiere algo de mí, que venga él a buscarme —respondió Carolina sin girarse.Apenas cinco minutos después, la puerta se abrió con firmeza. Vincenzo entró vistiendo un traje gris impecable. La palidez de su rostro revelaba el desgaste físico; la cicatriz en su costado volvía a pasarle factura tras el esfuerzo de la noc







