LOGINAlexa Kingsley jamás imaginó que el peor día de su vida no sería descubrir la infidelidad de su novio, sino verse obligada a casarse con Henry Carrington, el hombre al que ha odiado desde que eran niños. Él es arrogante, brillante y desesperantemente atractivo. Ella es impulsiva, orgullosa y nunca retrocede ante un desafío. Durante años se declararon la guerra con bromas, discusiones y humillaciones. Ahora, un contrato los obliga a permanecer casados durante un año para salvar el futuro de sus familias y de las empresas que están al borde del colapso. Solo hay un problema: deberán vivir bajo el mismo techo, fingir ser el matrimonio perfecto ante la alta sociedad y convencer al mundo de que están profundamente enamorados. Pero mantener una mentira resulta más difícil de lo esperado cuando los celos aparecen, los besos dejan de ser una actuación y la línea que separa el odio del deseo comienza a desaparecer. Mientras Alexa lucha por sanar las heridas que le dejó una traición y Henry esconde un secreto que podría cambiarlo todo, ambos descubrirán que el enemigo más peligroso no siempre es la persona que tienen enfrente... sino los sentimientos que juraron no volver a sentir. Porque convivir con tu peor enemigo es un infierno. Enamorarte de él... puede ser aún peor.
View MoreEn un mundo donde los acuerdos valen más que los sentimientos, dos almas opuestas se ven atrapadas en un contrato que los obliga a convivir bajo el mismo techo. Alexa y Henry no podrían ser más diferentes: ella es una mujer independiente, terca y apasionada, mientras él es frío, calculador y controlado por su ambición. Desde el primer día, el resentimiento entre ellos es palpable, sus miradas cargadas de reproche y sus palabras afiladas como cuchillos.
Por razones que no podían controlar, están forzados a permanecer casados durante un año, una prueba impuesta por sus familias para salvar reputaciones y fortunas. Sin embargo, la verdadera prueba será soportarse mutuamente. Cada día trae nuevos conflictos, choques de voluntades y momentos en los que parecen al borde de la ruptura. Y, sin embargo, algo cambia lentamente, casi imperceptiblemente. ¿Será la cercanía quien termine derritiendo el hielo entre ellos o simplemente avivará las llamas de su odio?
Alexa Kingsley y Henry Carrington se encontraban firmando el acuerdo matrimonial ante el juez, y ambos compartían la misma reflexión: ¿cómo habían llegado a este punto? Desde que tenían memoria, habían sido enemigos acérrimos.
Aun recordaba como Henry era el niño más odioso y molesto del preescolar, golpeando a cada niño que se le acercara, desde ese momento, Alexa prometió que Henry sería su más grande enemigo.
Desde que Alexa tenía memoria, Henry siempre había sido una espina en su costado. Desde pequeños, habían sido enemigos declarados. La rivalidad entre ellos era bien conocida, pues Henry no perdía oportunidad para hacerle una broma pesada, una humillación pública o lanzarle alguna grosería. Todo con una sonrisa burlona que le sacaba un suspiro de frustración a Alexa, quien no podía soportar su presencia.
Durante la secundaria, su animosidad llegó a su punto máximo. Se humillaban mutuamente, discutían sobre cualquier tema y trataban de mantenerse a distancia. Alexa era la capitana del equipo de porristas, y Jack Cooper, que jugaba en el equipo de básquetbol, la seguía como una sombra. Henry, por su parte, era el capitán del equipo de fútbol y era conocido por cambiar de novias todas las semanas, siendo famoso por su actitud de playboy.
Su odio mutuo tuvo un respiro cuando entraron a la universidad. Sin embargo, todo cambió cuando sus padres decidieron enviar a sus hijos al extranjero para que continuaran con sus estudios, manteniendo la distancia física, pero nunca emocional, entre ambos.
Cinco años después, cuando ambos habían terminado sus estudios, la noticia cayó como un balde de agua fría. Un evento inesperado y desesperante para Alexa: debido a una serie de cambios en las empresas familiares y en la necesidad de mantener una unión estratégica, sus padres les comunicaron que debían casarse.
El choque emocional fue inmediato. Alexa no podía creer lo que escuchaba. ¡Casarse con Henry! El mismo hombre que la había hecho sentir inferior durante toda su vida. El hombre al que odiaba con todo su ser. La idea de pasar el resto de su vida con él era algo que simplemente no podía aceptar.
Alexa revisó minuciosamente cada cláusula de los contratos y acuerdos legales y se dio cuenta de que no tenían otra opción más que casarse. La ley les exigía mantener el matrimonio durante al menos un año, o de lo contrario perderían las empresas que sus familias habían luchado por conservar. Aunque Alexa no era experta en matemáticas y su pasión era la danza, entendía la gravedad de la situación que atravesaba la compañía Kingsley, que estaba empeorando. Casarse con Henry era la única salida viable.
Mientras observaba a Henry, Alexa notó cuánto había cambiado en seis años. Aunque siempre había sido atractivo, ahora parecía un verdadero dios griego. Sus músculos se marcaban en el apretado esmoquin, su mandíbula era firme y su cabello castaño era sedoso y brillante. Aunque en la secundaria solía burlarse de la pronunciada nariz de Henry, ahora se daba cuenta de que encajaba perfectamente en su rostro, haciendo de él un auténtico adonis.
El juez estaba dando su discurso. ¿Por qué el destino la había castigado de esta manera? No tenía idea. Su relación con Jack había terminado solo tres meses atrás, después de descubrirlo con su compañera de trabajo en la cama. Alexa aún no había superado la ruptura con ese bastardo, aunque nunca lo admitiría.
Ahora, estaba a punto de casarse con su enemigo. Aunque sabía que era lo mejor para la empresa, la idea de casarse con Henry Carrington le resultaba repugnante. Ella no tenía ni idea de finanzas ni de cómo manejar una compañía familiar. El acuerdo era que Carrington se encargaría de los negocios mientras que Alexa recibiría las ganancias sin mover un solo dedo. Al final del año, se divorciarían y quedarían como socios. Alexa no quería que su familia perdiera el patrimonio por el que tanto habían luchado.
Henry, por su parte, estaba tranquilo, esforzándose por mantener una expresión seria para no sonreír. Casarse con Alexa Kingsley era la mejor venganza que el destino le había regalado. Alexa era una niña mimada, caprichosa y grosera, que solo se dedicaba a bailar de un lado a otro. Aunque Henry no podía negar que el tiempo había cambiado mucho a Alexa, al menos físicamente.
Ahora, Alexa tenía el rostro más delgado, el cabello rubio y, en lugar de grandes anteojos, usaba lentes de contacto color azul celeste que la hacían extremadamente bella. Sus labios eran rojos, gruesos y sexys, y su nariz era pequeña y respingona. Su cuerpo delicado y su figura estilizada se acentuaban aún más con el vestido blanco con detalles rojos, nada clásico para una boda. Henry sabía perfectamente que Alexa había escogido ese atuendo solo para molestarlo.
Con un suspiro, Henry volvió a mirar al juez, del cual apenas había prestado atención.
—Y con el poder que me confiere la ley, los declaro esposos. Pueden besarse.
La frase resonó en el aire, haciendo que tanto Alexa como Henry abrieran los ojos, dándose cuenta al instante de que, en su agitada mente y su lucha interna, se les había olvidado por completo el tradicional beso de bodas. Ambos se miraron fugazmente, sorprendidos por lo que acababa de ocurrir. Era como si todo lo demás, la ceremonia, las miradas de los invitados, la magnitud de lo que acababan de hacer, se desvaneciera por un momento.
Con una mezcla de incomodidad y desdén, se giraron para quedar frente a frente. Los murmullos de la multitud, que hasta ese momento se habían contenido en su asombro, comenzaron a alzarse, cargados de expectación. La boda repentina de los Carrington había captado la atención de todos, pero más que nada, lo que realmente intrigaba a los presentes era la relación entre los novios. Alexa y Henry, conocidos desde la infancia por su animosidad mutua, no se llevaban nada bien. De hecho, muchos apostaban a que ni siquiera serían capaces de soportarse en una misma habitación, y ahora, ahí estaban, casados, a punto de compartir un beso.
"Esto va ser todo un espectáculo", pensaba Henry, sus ojos fijos en Alexa, quien no podía evitar sentirse observada como si fuera una pieza de exhibición en un escaparate. Sus labios se entreabrieron al verla inclinarse hacia él. No había vuelta atrás.
“No puede ser que tenga que besar a Henry frente a todos”, pensaba Alexa, mientras sentía que sus entrañas se retorcían en un nudo. Henry siempre había sido su enemigo, un tormento constante, y ahora, de alguna manera retorcida, se encontraba a punto de tener que besar a ese hombre que tanto odiaba.
—Te amo, Alexa Carrington—susurró Henry contra los labios de su esposa mientras la abrazaba por la cintura.—Te amo más, Henry —respondió Alexa, con los ojos cerrados y una preciosa sonrisa en los labios.Sus amigos se acercaron a felicitarlos, llenándolos de buenos deseos para su matrimonio. Todos estaban encantados con la ceremonia y el esplendor del gran salón, decorado justo como Alexa siempre había soñado.Durante la recepción, Henry tomó a Alexa en brazos y la sentó en sus piernas, alimentándola en la boca tal como lo había hecho en su primera boda. Solo que esta vez, Alexa estaba más que encantada de disfrutar ese gesto en público, frente a todos los invitados.—Te ves preciosa, mi princesa —susurró Henry al oído de Alexa.Alexa se sonrojó, aunque sonrió tímidamente.—Tú también estás igual de guapo, Hen.Henry le dedicó una mirada traviesa antes de acercarse más a ella.—Solo espero que llegue rápido la noche para admirar el precioso trasero que tienes bajo ese vestido —dijo m
—¡Oh, Alexa, cariño, estás preciosa! —exclamó la señora Carrington al entrar, llevando en brazos al pequeño Liam.—Gracias, suegra —respondió Alexa, sonrojada, estirando los brazos para cargar a su hijo de un añito. Liam se veía adorable con su pequeño trajecito. Él y su abuelo serían los encargados de llevar los anillos, ya que el bebé apenas empezaba a dar sus primeros pasos. Su abuelo lo llevaría en brazos durante la ceremonia.—La carroza te espera, cariño —anunció la señora Carrington, tomando al bebé nuevamente.Clara le entregó a Alexa un ramo de rosas blancas y acarició su mejilla con ternura.—Que sigas siendo feliz, hija. Que tu matrimonio prospere y...—¡Ya, Clara! Es hora —interrumpió Nadia con una sonrisa, abrazando a la madre de Alexa, que seguía llorando.Alexa no pudo evitar sonreír; su madre era la reina del drama.La ceremonia comenzó con la entrada de la gran corte: las damas de honor y los padrinos. Después, llegó el turno del pequeño Liam y su abuelo, quienes llev
Alexa se apartó del beso un momento y se sentó encima de Henry. Sus dedos fueron a la camisa de él y la desabotonó por completo mientras se mordía el labio inferior. Henry también se sentó, terminando de deshacerse de su camisa, y sacó el suéter de Alexa con mucha facilidad.Ambos, sentados, se volvieron a fundir en un lujurioso beso. Sus pechos se rozaban mientras sus manos trabajaban con urgencia en deshacerse de la ropa, el sonido de las cremalleras abriéndose aportaba un matiz morboso a ese mágico momento, haciéndolos arder de deseo. Los pantalones terminaron en algún lugar de la arena mientras sus cuerpos desnudos se brindaban calor mutuo.Henry cambió de posición, quedando encima de Alexa. Sus labios trazaron toda la clavícula de ella con besos húmedos y deliciosos, haciendo que la piel de Alexa se erizara.—Mmmng... —jadeó Alexa cuando los labios de Henry atraparon uno de sus pezones. «Diablos, esto era lo que más amaba». Henry tenía una evidente debilidad por esa parte de su c
Alexa y Henry caminaban por la playa, tomados de las manos en silencio, disfrutando del sonido de las olas y la brisa fresca que acariciaba sus rostros y les desordenaba el cabello. Era algo irreal estar en ese punto, haberse odiado durante años y ahora ser esposos, tener un precioso hijo y amarse tanto. Dios, el destino les había dado una segunda oportunidad para estar juntos, y eso era fantástico e increíblemente maravilloso. Ambos no podían estar más agradecidos con la vida por ello.Henry besó la mano de Alexa con ternura.—Me encantan tus pequeñas manitos.Alexa hizo un puchero.—Siempre usas diminutivos conmigo; tienes manos enormes y dedos largos.—Los diminutivos te quedan, Lexy; eres bajita, tienes preciosas manitos de bebé. Y creo que realmente te encanta todo lo que puedo hacer con mis enormes manos y mis dedos largos —Henry habló de forma pícara.Alexa golpeó el hombro de Henry, muy sonrojada.—¿Podremos tener algún día una conversación sin que tú uses el doble sentido?—E












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