FAZER LOGINLa tensión en la casa del beta se respiraba como veneno en el aire.
La carta de Emili, hallada sobre su cama vacía, había sido como una daga que atravesó el corazón de sus padres. Lidia, deshecha en llanto, apenas podía mantenerse en pie; Bastian contenía su propio dolor mientras sostenía a su madre; y Einar, con los puños apretados y los ojos encendidos de rabia, apenas lograba dominar el impulso de salir a buscarla de inmediato.
El golpe final llegó cuando Magnus, el alfa de la manada, se presentó acompañado de su hijo y del gamma. Venía a hablar, a “resolver”, pero en los ojos de Einar solo había una chispa de traición.
—Debemos encontrarla —declaró Magnus con voz firme, desplegando la autoridad de alfa que durante más de cuarenta años había ejercido sobre su manada—. Emili no sobrevivirá sola. La traeremos de vuelta.
Aquellas palabras, que para muchos podrían haber sonado como un gesto de preocupación, fueron para Einar un insulto. Una burla disfrazada de compasión. El mismo hombre que la noche anterior le había insinuado enviarla lejos ahora pretendía mostrarse como salvador.
El beta no lo pensó. Su cuerpo se movió más rápido que su razón: el golpe impactó directo contra el rostro de su alfa, derribándolo al suelo. El silencio fue absoluto.
—¡No te atrevas a tocarla! —rugió Einar, la voz grave, el pecho erizado, los colmillos apenas asomando bajo la tensión de su mandíbula—. Ella no regresará. Tú y tu hijo la humillaron, le arrancaron todo lo que conocía, y ahora… ¿quieres cazarla como si fuera una desertora? ¡Nunca!
El gamma dio un paso al frente, preparado para interponerse si el beta perdía el control por completo. El hijo de Magnus, pálido, miraba la escena sin saber qué decir, pero cuando intentó hablar, el silencio del alfa lo calló.
Magnus se levantó lentamente. El golpe lo había dejado con el labio partido y el orgullo herido, pero sus ojos no mostraban furia ciega, sino algo más profundo: decepción. Miró a su hijo con un rastro de amargura en la voz que no necesitó palabras.
Jackson, que hasta entonces había permanecido a su lado, dio un paso inseguro.
—Padre…
El alfa lo ignoró. No podía mirarlo sin sentir cómo su corazón se desgarraba. Había sido su propio hijo quien había puesto en ruinas la amistad, la confianza y el lazo que lo unía a Einar desde hacía décadas.
El beta lo sostuvo con la mirada, aún preparado para luchar si era necesario. Y aunque Magnus era su alfa, aunque las reglas de la manada dictaban que debía inclinar la cabeza en sumisión, aquel día no lo hizo. Ese día, Einar no hablaba como beta, sino como padre.
—No te acercarás a mi hija —gruñó, cada palabra impregnada de la furia más cruda—. Ella decidió marcharse y respetaremos su decisión. Ahora… largo.
El silencio volvió a llenar la habitación. El gamma tocó el hombro del alfa, en un gesto que parecía suplicarle que se retirara. Magnus, con el corazón encogido y la sangre en la boca, finalmente retrocedió. Aún respetaba a ese hombre que lo había acompañado en guerras, en pérdidas y en victorias, pero el puente entre ambos había ardido hasta los cimientos.
Mientras lo veía marchar, Lidia lloraba sin consuelo, y Bastian se aferraba a su padre como un ancla. El mundo era demasiado grande y cruel para una loba solitaria como Emili. Y sin embargo, ella ya estaba allá afuera, enfrentando su destino.
El camino de la soledad
El motor del coche rugía bajo sus manos mientras Emili conducía por la carretera, dejando atrás las tierras que había sido su hogar. No miró atrás. Si lo hacía, quizá no tendría el valor de seguir.
Al cruzar los límites de la manada, algunos lobos en patrulla la habían visto. Sus ojos brillaban bajo la luz del amanecer, pero ninguno la detuvo. ¿Habían comprendido su huida? ¿O simplemente decidieron apartar la mirada? No importaba. Ella ya no pertenecía a ese lugar.
Su primer destino fue el banco del pueblo más cercano. El dinero no compraba libertad, pero al menos le daría tiempo. Retiró todos sus ahorros, y como ya era mayor de edad, tomó también lo que le correspondía de la cuenta familiar. Al contar los billetes en sus manos, se dio cuenta de que aquello era lo único que le quedaba de su antigua vida.
Después fue a un concesionario. Su convertible rojo relucía como un recuerdo de quien había sido: la hija del beta, reconocida, respetada, visible. No podía permitirse seguir llamando la atención. Lo cambió por un coche más viejo, modesto, que pasaría desapercibido en cualquier carretera secundaria. Con la diferencia de dinero, al menos podría mantenerse durante unos meses.
El celular fue lo siguiente en desaparecer. Lo lanzó en un contenedor sin mirar atrás. Era su último lazo con la manada.
Con cada decisión, con cada paso, el peso en su pecho crecía. Ahora era oficialmente una loba solitaria.
Sabía lo que eso significaba. Los desertores eran temidos y cazados, considerados una amenaza para cualquier manada establecida. Vivían sin leyes, sin honor, y a menudo caían en la locura. Los solitarios eran distintos, lobos que, por diferentes razones, habían abandonado sus clanes sin volverse necesariamente un peligro. Pero aun así, eran rechazados, mirados con desconfianza, obligados a vivir en los márgenes.
¿Y qué podía ofrecer ella? Ni siquiera tenía lobo. Una loba latente, débil, rechazada por su propio destino. Si su manada había querido enviarla lejos, ¿qué podía esperar del resto del mundo?
Las semanas se sucedieron entre carreteras infinitas, estaciones de servicio anónimas y moteles baratos. El silencio del coche era su única compañía. Su reflejo en el retrovisor le devolvía un rostro cansado, con ojeras marcadas y una tristeza que parecía no tener fin.
El pueblo del norte
Fue en la tercera semana de viaje cuando llegó al norte de Canadá, a un pequeño pueblo llamado Willow Creek. Estaba alejado de cualquier manada que conociera, rodeado de bosques espesos y montañas cubiertas de nieve. Allí, la vida parecía transcurrir con calma, casi ajena al mundo.
Emili estacionó en la calle principal, frente a una cafetería de fachada antigua pero acogedora. Sus ojos se detuvieron en un cartel pegado a la ventana: “Se solicita camarera”.
Sintió un nudo en el estómago. No sabía si era hambre, nervios o esperanza. Decidió entrar.
La campanilla de la puerta sonó al abrir, liberando un aroma delicioso a café recién hecho y pan horneado. El lugar estaba casi vacío, salvo por un par de clientes mayores que leían el periódico. Tras el mostrador, una mujer de cabello canoso recogido en un moño y mirada vivaz la observó con curiosidad.
—Buenos días, muchacha. ¿Te sirvo algo? —preguntó con voz cálida.
—En realidad… vengo por el anuncio —respondió Emili, señalando la ventana con cierta timidez.
La mujer la evaluó de arriba abajo, como quien mide no solo la apariencia, sino también la historia que alguien carga a cuestas.
—¿Tienes experiencia?
—Sí… un poco. He ayudado antes en restaurantes. Aprendo rápido. Y… necesito trabajar.
La sinceridad en su voz parecía brotar de lo más profundo de su ser. La mujer asintió lentamente, y tras unos segundos de silencio, sonrió.
—Me llamo Martha. Este lugar ha estado en mi familia por generaciones. Necesito manos que me ayuden, pero más que eso, necesito gente en quien confiar. Y tú… —la miró a los ojos, como si pudiera ver la fragilidad detrás de su fachada—. Tú pareces necesitar un refugio.
Emili tragó saliva, conteniendo la emoción que amenazaba con quebrar su voz.
—No quiero causar problemas. Solo… necesito un lugar para empezar de nuevo.
Martha se inclinó sobre el mostrador, acercándose un poco más.
—Entonces aquí lo tienes. Empiezas mañana. Y… —dudó un instante, como quien revela un secreto guardado—, tengo un cuarto libre arriba del restaurante. Es pequeño, pero cómodo. Lo alquilo a buen precio, y si trabajas aquí, podemos arreglarnos.
Por primera vez en semanas, Emili sintió que el aire entraba en sus pulmones sin tanto peso.
—Gracias… de verdad.
Martha le dio una palmada en el hombro y sonrió con ternura.
—Todos necesitamos un lugar donde empezar de nuevo, hija. Y tal vez este sea el tuyo.
La mañana de la partida amaneció inquieta, con un aire de expectación que recorría cada rincón de Estrella Plateada. Diana terminó de ajustar su capa plateada frente al espejo mientras sentía la mirada de Viktor detrás de ella, silenciosa, firme, cargada de un orgullo que no intentaba ocultar. No eran nervios lo que sentía… era una mezcla nueva, una mezcla extraña entre calma y fuego.Había llegado como una extranjera…y ahora se iba como su luna.Al salir, toda la manada la esperaba reunida en la gran explanada. Guerreros, betas, omegas, familias enteras… todos querían verla partir. No porque se alejara, sino porque representaba algo más grande: el vínculo de dos manadas, el futuro que se uniría en la arena.La madre-luna fue la primera en acercarse. Le tomó las manos entre las suyas, cálidas y arrugadas, llenas de años y sabiduría.—Recuerda quién eres, niña —dijo—. No solo representas a tu manada de origen… representas a la nuestra también. Aquí —tocó su pecho— ya tienes hogar.Dia
El amanecer llegó con un murmullo distinto. No eran tambores, ni entrenamiento, ni voces apresuradas. Era un movimiento silencioso, organizado, casi reverente. Cuando Diana salió al balcón de la habitación que Viktor le había asignado temporalmente, encontró a varias mujeres decorando el círculo central de la manada.Hilos plateados.Velas negras.Flores blancas.Piedras lunares.Una energía vibrante llenaba el aire.Viktor apareció detrás de ella, pasando los brazos por su cintura sin decir palabra. Su presencia era cálida, estable, tan sólida que Diana se relajó al instante.—¿Qué ocurre ahí abajo? —preguntó ella, aún observando.—Mi abuela decidió que anoche no era suficiente —respondió Viktor, apoyando la barbilla en su hombro—. Dice que una bienvenida informal es una falta de respeto para una luna.Diana sonrió, bajando la mirada hacia las mujeres que organizaban el espacio con una precisión ritual.—¿Y qué planea exactamente?Viktor soltó un suspiro resignado.—La presentación o
La casa principal de Estrella Plateada era más amplia por dentro de lo que parecía desde fuera. Techos altos, paredes reforzadas con madera oscura y piedra, ventanales que permitían ver el corazón de la manada. Diana caminaba junto a Viktor mientras decenas de lobos los observaban, algunos con curiosidad, otros con evidente emoción contenida. Había betas apostados en las esquinas, mujeres con bandejas llenas de pan horneado, jóvenes que apenas podían controlar el impulso de acercarse más. Viktor notaba cómo cada mirada gravitando hacia ella cargaba un peso propio. Respeto. Expectativa. Orgullo. Y, en algunos casos, un miedo casi reverencial. —Te advertí —murmuró Viktor, inclinándose apenas hacia ella—. Eres noticia desde que los informes llegaron aquí. —¿Informes? —preguntó Diana, arqueando la ceja. —Los betas que fueron a los Juegos mandaron reportes diarios. Dijeron que había una loba roja que estaba destrozando estadísticas, récords y egos. Ella soltó una risa suave. —De
El amanecer que marcaba la salida hacia la manada de Estrella Plateada llegó sin pedir permiso. El cielo apenas clareaba y, aun así, el corazón de Diana llevaba horas despierto. Se ajustó las vendas de entrenamiento mientras miraba por la ventana. Allá afuera, su hogar entero estaba en movimiento: guerreros cargando cajas, omegas clasificando alimentos, betas dando instrucciones rápidas y precisas. Era la rutina natural de Luna Creciente, pero esa mañana… todo se sentía distinto.Era la última vez que vería ese paisaje como su hogar.Viktor la observaba desde la cama, con los brazos detrás de la cabeza y esa calma peligrosa que lo caracterizaba cuando estaba procesando más emociones de las que decía. Habían dormido juntos, pero él había despertado antes, y ahora simplemente… la miraba. Como si quisiera grabar en su memoria cada gesto, cada respiración, cada parte de ella antes de llevarla a su territorio.—¿Lista? —preguntó, levantándose para ayudarla a ajustar su trenza.La voz le sa
La tensión en el gimnasio era tan densa que parecía envolverlo todo. Diana aún respiraba rápido por el entrenamiento, el pecho subiendo y bajando con fuerza, la piel perlada de sudor y los ojos clavados en Viktor con ese brillo rojo intenso que solo aparecía cuando su lobo estaba listo para pelear o para arrasar con todo. No había odio ahí, pero sí un fuego indomable, el mismo que había heredado de Adrian y que hacía que cualquiera pensara dos veces antes de contradecirla.Viktor la observaba sin parpadear. La había visto pelear, derramar sangre, sobrevivir a trampas y a un intento de asesinato… pero nada lo dejaba tan desarmado como verla enfurecida con él.Respiró hondo, pero esta vez no como alfa, ni como líder de una de las manadas más antiguas. Respiró como hombre… como compañero… como alguien que sabía que, si perdía a la mujer frente a él, perdería el rumbo entero de su vida.—Diana… —su voz salió más suave de lo que planeó.Ella cruzó los brazos, tensando cada músculo, dejando
Cuatro días.Cuatro días completos sin salir de la cabaña que Emili había preparado con la precisión de una luna veterana. Diana aún se preguntaba cómo era posible que su madre supiera exactamente qué necesitarían… sin preguntar nada. Dejó provisiones, ropa, agua, mantas, y hasta notas que decían “descansen” con una carita feliz.Pero después de tantas lunas sin saber qué era sentirse amada… y después de la ceremonia… y después de entregarse por completo a Viktor, Diana simplemente no había tenido motivo para abrir la puerta.Ni uno solo.Viktor tampoco.Sin embargo, al amanecer del quinto día, ambos sabían que ya no podían retrasarlo más.Cuando finalmente salieron de la cabaña, la luz del bosque casi los cegó. La brisa fresca golpeó sus rostros con un olor familiar a pino, humedad y tierra viva. Diana entrelazaba sus dedos con los de Viktor, caminando despacio, sin prisa, como si todavía le costara volver al ritmo del mundo real.La marca en su cuello ardía suavemente.La de él tamb







