INICIAR SESIÓNHoy era mi cumpleaños, y toda la aldea de la manada Luna Plateada estaba lista para celebrarlo. Las luces, las guirnaldas y el aroma de las hogueras llenaban el aire, pero yo llevaba un secreto y un miedo que nadie podía ver: mi lobo aún no había despertado. Siempre había sido una latente, y eso me hacía sentir diferente, débil… inadecuada. Pensé que esta noche podría traerme algo bueno, tal vez incluso Jackson, mi amigo de toda la vida, mirándome de otra manera. Pero cuando el vínculo se reveló, todo cambió. Él me rechazó públicamente, diciendo que no podía elegirme como su Luna porque no era lo suficientemente fuerte. Sentí como si todo mi mundo se rompiera en mil pedazos; la humillación y el dolor me atravesaron mientras mi familia intentaba consolarme. Esa noche, bajo la luz de la luna, entendí que no solo había perdido un sueño: había comenzado una batalla que aún no sé si podré ganar.
Ver másLa mañana de la partida amaneció inquieta, con un aire de expectación que recorría cada rincón de Estrella Plateada. Diana terminó de ajustar su capa plateada frente al espejo mientras sentía la mirada de Viktor detrás de ella, silenciosa, firme, cargada de un orgullo que no intentaba ocultar. No eran nervios lo que sentía… era una mezcla nueva, una mezcla extraña entre calma y fuego.Había llegado como una extranjera…y ahora se iba como su luna.Al salir, toda la manada la esperaba reunida en la gran explanada. Guerreros, betas, omegas, familias enteras… todos querían verla partir. No porque se alejara, sino porque representaba algo más grande: el vínculo de dos manadas, el futuro que se uniría en la arena.La madre-luna fue la primera en acercarse. Le tomó las manos entre las suyas, cálidas y arrugadas, llenas de años y sabiduría.—Recuerda quién eres, niña —dijo—. No solo representas a tu manada de origen… representas a la nuestra también. Aquí —tocó su pecho— ya tienes hogar.Dia
El amanecer llegó con un murmullo distinto. No eran tambores, ni entrenamiento, ni voces apresuradas. Era un movimiento silencioso, organizado, casi reverente. Cuando Diana salió al balcón de la habitación que Viktor le había asignado temporalmente, encontró a varias mujeres decorando el círculo central de la manada.Hilos plateados.Velas negras.Flores blancas.Piedras lunares.Una energía vibrante llenaba el aire.Viktor apareció detrás de ella, pasando los brazos por su cintura sin decir palabra. Su presencia era cálida, estable, tan sólida que Diana se relajó al instante.—¿Qué ocurre ahí abajo? —preguntó ella, aún observando.—Mi abuela decidió que anoche no era suficiente —respondió Viktor, apoyando la barbilla en su hombro—. Dice que una bienvenida informal es una falta de respeto para una luna.Diana sonrió, bajando la mirada hacia las mujeres que organizaban el espacio con una precisión ritual.—¿Y qué planea exactamente?Viktor soltó un suspiro resignado.—La presentación o
La casa principal de Estrella Plateada era más amplia por dentro de lo que parecía desde fuera. Techos altos, paredes reforzadas con madera oscura y piedra, ventanales que permitían ver el corazón de la manada. Diana caminaba junto a Viktor mientras decenas de lobos los observaban, algunos con curiosidad, otros con evidente emoción contenida. Había betas apostados en las esquinas, mujeres con bandejas llenas de pan horneado, jóvenes que apenas podían controlar el impulso de acercarse más. Viktor notaba cómo cada mirada gravitando hacia ella cargaba un peso propio. Respeto. Expectativa. Orgullo. Y, en algunos casos, un miedo casi reverencial. —Te advertí —murmuró Viktor, inclinándose apenas hacia ella—. Eres noticia desde que los informes llegaron aquí. —¿Informes? —preguntó Diana, arqueando la ceja. —Los betas que fueron a los Juegos mandaron reportes diarios. Dijeron que había una loba roja que estaba destrozando estadísticas, récords y egos. Ella soltó una risa suave. —De
El amanecer que marcaba la salida hacia la manada de Estrella Plateada llegó sin pedir permiso. El cielo apenas clareaba y, aun así, el corazón de Diana llevaba horas despierto. Se ajustó las vendas de entrenamiento mientras miraba por la ventana. Allá afuera, su hogar entero estaba en movimiento: guerreros cargando cajas, omegas clasificando alimentos, betas dando instrucciones rápidas y precisas. Era la rutina natural de Luna Creciente, pero esa mañana… todo se sentía distinto.Era la última vez que vería ese paisaje como su hogar.Viktor la observaba desde la cama, con los brazos detrás de la cabeza y esa calma peligrosa que lo caracterizaba cuando estaba procesando más emociones de las que decía. Habían dormido juntos, pero él había despertado antes, y ahora simplemente… la miraba. Como si quisiera grabar en su memoria cada gesto, cada respiración, cada parte de ella antes de llevarla a su territorio.—¿Lista? —preguntó, levantándose para ayudarla a ajustar su trenza.La voz le sa






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