INICIAR SESIÓNÁngelo avanzó a paso firme por el pasillo hacia la suite principal, preparándose mentalmente para el huracán que le esperaba detrás de la puerta. Sin embargo, justo antes de poner la mano en la perilla, una sombra familiar se interpuso en su camino.
Era Marcos, quien se acercó con paso rápido sosteniendo un deslumbrante ramo de rosas rojas, frescas y perfectamente arregladas, siempre salvandole el pellejo. —Jefe —susurró Marcos en voz baja, con una mirada de absoluta complicidad—. Antes de que entre... dele estas flores a la jefa. Las acabo de cortar del invernadero trasero. Créame, las va a necesitar. Ángelo miró el ramo y luego a Marcos, soltando un leve suspiro de alivio que jamás admitiría en voz alta. —Gracias, Marcos. Te debo una grande —asintió el Demonio, tomando el ramo con firmeza antes de armarse de valor y abrir la puerta de la suite. Mientras tanto, en el ala opuesta de la mansión, la situación de Wei Ling era mucho más desesperada. El líder de la Tríada caminaba de un lado a otro frente a la puerta de su habitación, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mirada fija en las escaleras. Se acomodaba el cuello de la camisa una y otra vez, perdiendo por completo esa paciencia de hierro que lo caracterizaba en los negocios. —¿Dónde demonios se metió ese muchacho? —refunfuñó Wei para sí mismo, mirando su reloj de oro—. Un dragón de la Tríada se mueve más rápido que esto. Si entro ahí con las manos vacías, Clara me va a colgar del techo. Justo en ese momento, los pasos ligeros de Thiago Yun resonaron en el pasillo. El joven heredero apareció a paso rápido, perfectamente impecable, sosteniendo un hermoso ramo de flores exóticas del jardín, aún con gotas de rocío en los pétalos. Wei soltó el aire que contenía y se apresuró a quitárselas de las manos antes de que su hijo pudiera decir una sola palabra. En la suite de Ángelo y Cassandra Las imponentes puertas de la habitación se abrieron. Al notar la entrada del Demonio, Bianca y Luciana, que estaban sentadas en la cama rodeando a su madre, se levantaron de inmediato. Lanzaron una última mirada de reproche a su padre y salieron a paso rápido, cerrando la puerta tras de sí para dejarlos completamente a solas. Cassandra, con los brazos cruzados y una expresión gélida, clavó sus ojos en el deslumbrante ramo de rosas rojas que Ángelo sostenía. —No creas que con flores me vas a calmar —sentenció Cassandra, con la voz temblando de indignación—. Lo que hiciste está muy mal, Ángelo. No me tomaste en cuenta, y mucho menos a nuestras hijas. Ángelo dio un paso al frente, dejando el ramo sobre una mesa cercana. Se le acercó despacio, perdiendo toda la arrogancia que mostraba allá abajo. —Lamento haberlo hecho así, mi rebelde. Me siento mal por no habértelo dicho... pero es parte del proceso para que los chicos reaccionen y asuman el mando —explicó con voz ronca, intentando suavizar la tensión. —¡Pues no estoy de acuerdo! —lo cortó ella, con los ojos brillando de furia—. ¿Cómo voy a casar a las niñas? ¡Para mí siguen siendo mis niñas! ¿Cómo crees que voy a permitir que venga un hombre estúpido y les ponga una mano encima? ¿O que una mujercita cualquiera se meta en la vida de mis dos varones y los haga trizas? No, Ángelo. Eso jamás. Ángelo tensó la mandíbula, recuperando por un segundo su rigidez de líder. —Pues así son las cosas. La decisión ya está tomada. Esas palabras fueron el detonante. Cassandra dio un paso atrás, mirándolo con una determinación implacable que le heló la sangre. —Entonces, si esa es tu decisión... me divorcio de ti. Me llevo a mis hijos y no me importa que sean de la mafia. El terror, un miedo puro que jamás había sentido ante ninguna línea de fuego, golpeó el pecho de Ángelo al oír esa palabra. —Eso jamás, rebelde —sentenció él, acortando la distancia con desesperación, tomándola por los brazos—. Tú eres mi mujer. Te amo, y no dejaré que mis hijos se vayan así. Buscaré una solución, te lo prometo. —Pues hazlo —sentenció ella, firme—. Porque no dejaré que mis hijos caigan en ese maldito juego. Ángelo, incapaz de resistir la distancia, se inclinó para besarla con pasión, intentando recuperar el control a través de sus labios, pero Cassandra se apartó bruscamente, empujándolo por el pecho. —Hoy duermes con los soldados —sentenció con desprecio antes de dar la media vuelta y salir de la habitación, dejando a Ángelo completamente solo, respirando agitado y maldiciendo internamente por la furia que acababa de desatar. En paralelo: En la suite de Wei y Clara Al mismo tiempo, la puerta de la suite Ling se abría. Alessia y la tía Yang intercambiaron una mirada seria al ver entrar a Wei con el ramo de flores exóticas. Sin decir una palabra, ambas pasaron por su lado en silencio, dejándolos solos y cerrando la puerta para el enfrentamiento. Clara ni siquiera miró las flores. Tenía la respiración acelerada y los ojos fijos en el suelo, completamente indignada. —No estoy de acuerdo con que Thiago y Alessia se casen por un maldito título de poder o un nombramiento, Wei —soltó Clara en cuanto la puerta se selló. Wei Ling suspiró, dejando el ramo a un lado y acercándose a ella con las manos extendidas en señal de paz. —Así es la decisión que tomamos, mi loto... Te pido disculpas por no haberlo dicho antes, pero la decisión se tomó de repente porque nosotros ya debemos retirarnos. Clara lo miró, asimilando sus palabras. Entendía la posición política del clan, pero su corazón de madre no iba a ceder. —Entiendo la situación, Wei... pero no estoy de acuerdo —declaró Clara con una frialdad que al Dragón le dolió en el alma—. Busca una solución, o yo me separo de ti para siempre. Me llevaré a mis hijos sin importar nada. —Mi loto, no puedes hacerme esto —suplicó Wei, con una vulnerabilidad que solo ella conocía, tomándole las manos—. Tienes que entender la situación, por favor. Voy a buscar soluciones para que al menos esto no sea tan fuerte para ellos... —¿Y por qué no haces algo mejor? —lo interrumpió Clara, con los ojos empañados en lágrimas pero llenos de firmeza—. Busca la forma de que esto no sea solo casarse por compromiso. Deben hacerlo por amor, Wei. Así como tú y yo lo hicimos. Todo lo que hacemos en esta familia, lo hacemos por amor. No les robes eso a nuestros hijos. Wei se quedó congelado, mirando el rostro de la mujer que adoraba, sabiendo que tanto él como Ángelo se habían metido en la boca del lobo por subestimar el poder de sus esposas. Wei sintió una punzada de pánico real perforándole el pecho. Dio un paso violento hacia ella, acortando la distancia que Clara intentaba imponer. —No voy a dejar que me abandones, mi loto —sentenció el Dragón, con la voz rota y los ojos inyectados en una oscura desesperación—. Luché por ti contra mi propio clan, arriesgué mi vida y lo sabes perfectamente. No te vas a ir. Clara sostuvo su mirada letal sin dar un solo paso atrás, demostrando que la mujer que una vez desafió a la Tríada seguía más viva que nunca. —Yo también luché por ti, Li Wei Ling. Luché por este amor y lucho cada día por mis hijos, y no voy a permitir que los destruyan —le espetó, clavándole un dedo en el pecho—. Así que o buscas una puta solución, o no me vuelves a ver nunca más. La amenaza terminó por desatar los demonios del líder de la Tríada. Furioso, pero devorado por el temor absoluto de perderla, Wei la tomó a la fuerza por la cintura, pegando su cuerpo al de ella con una brusquedad cargada de un deseo salvaje. La atrapó por la nuca y la reclamó en un beso posesivo, hambriento, un beso que intentaba sellar sus almas y recordarle que estaban encadenados el uno al otro. Cuando se separó apenas unos milímetros, su respiración agitada golpeó los labios de Clara. Su tono sonó peligrosamente oscuro, destilando una posesión absoluta: —Tendrás que matarme primero si piensas que te vas a alejar de mí —le gruñió muy cerca, con los ojos fijos en los de ella—. Eres mía, Clara. Mía. Clara, lejos de asustarse, recuperó el aire con dificultad, pero mantuvo la frente en alto. Le sostuvo la mirada fija por unos segundos antes de soltarse de su agarre con una frialdad impecable. —Pues piensa rápido, dragón —sentenció con una sonrisa ladina. Sin darle tiempo a reaccionar, Clara dio la media vuelta y avanzó hacia el baño con paso elegante, cerrando la puerta con seguro y dejando a Wei Ling de pie en medio de la habitación, respirando con dificultad, completamente frustrado y con el reloj de la dinastía corriendo en su contra.La atmósfera en los oscuros y húmedos subterráneos de la base principal era densa, cargada de un olor a óxido, sudor y desesperación. Alessandro, Damián, Bianca, Yang y Alessia caminaban en fila por el pasillo de concreto, con pasos firmes y la mirada impregnada de una furia gélida. Habían decidido tomar la justicia por su propia mano.Al final del corredor, en una celda blindada y fría, se encontraba Mein Ling.La mujer que alguna vez comandó imperios y sembraba el terror estaba irreconocible. Llevaba días encerrada, atada a la pared con pesadas cadenas de acero que le laceraban las muñecas cada vez que intentaba moverse. El aislamiento absoluto, la oscuridad y el eco de su propia culpa la estaban empujando al borde de la locura total. Tenía el cabello revuelto, la mirada extraviada y los ojos inyectados en sangre por las horas de llanto y gritos sin respuesta.A pocos metros de la celda, recargado contra la pared con los brazos cruzados y una expresión seria pero analítica, el docto
Cassandra caminó con paso firme y decidido por el pasillo principal, cruzando el umbral del estudio privado de Ángelo. Detrás de ella venía Clara, con el ceño fruncido y una extraña sensación de incomodidad recorriéndole el cuerpo.—Clara, ven aquí, siéntate —ordenó Cassandra con la voz seria, cerrando la puerta con pestillo para asegurarse de que nadie interrumpiera—. Hija... lo que te voy a decir es muy fuerte, necesito que mantengas la calma.Clara se detuvo en seco, sintiendo que el aire se le trababa en la garganta al ver la mirada destellante de su madre.—Mamá... ¿qué pasa? Me estás asustando.Cassandra dio un paso al frente, apretando los puños con una rabia sorda que apenas podía contener.—Ángelo y Li Wei están vivos, Clara. Fingieron su muerte. Luciana se enteró hoy por accidente y por eso terminó en el hospital.El mundo pareció detenerse para Clara. Sus ojos se abrieron de par en par, el color se le esfumó del rostro y un temblor incontrolable le sacudió las manos.—¿Qué.
Del otro lado de la línea, la respiración de Ángelo se volvió rápida y entrecortada, un eco lejano de pura desesperación.—Espera... C-Cassandra... —balbuceó Ángelo, con la voz temblando y rompiéndose por los nervios, intentando ganar tiempo—. ¿Cómo... cómo tienes tú el teléfono de Enzo? ¡Eso no tiene sentido!Cassandra soltó una risa seca, cortante y helada que sonó como un latigazo en los oídos del jefe de la mafia.—¿Te preocupa el teléfono, Ángelo? —escupió Cassandra con veneno puro—. ¿Por qué no me explicas mejor cómo es que finges estar muerto, nos dejas de luto, y andas por la vida jugando a los soldaditos mientras tus hijos y yo sufrimos el infierno? ¡Exijo una respuesta ahora mismo!—Te lo puedo explicar, Cassandra, juro que te lo explicaré todo... pero antes necesito saber, por el amor de Dios, ¿cómo está Luciana? —suplicó Ángelo, desesperado al notar que el plan se le desmoronaba por completo.—No me cambies el maldito tema, Ángelo —le cortó Cassandra con una furia implacab
El ambiente en la zona de la piscina transcurría entre risas y charlas casuales hasta que el portón lateral se abrió. Los pasos de Luciana y Enzo resonaron sobre el suelo de losetas. Luciana caminaba con la rigidez de una estatua, manteniendo una distancia prudente de él, con la mandíbula apretada y una tormenta de reproches acumulados reflejada en la mirada. Enzo venía detrás, cargando con el peso invisible de la culpa, el rostro pálido y la incomodidad a flor de piel.Cassandra, que los observaba desde su tumbona, entrecerró los ojos al notar la tensión eléctrica que los rodeaba, mientras Clara dejaba la copa sobre la mesa con evidente sospecha.—Pero miren quiénes llegaron —anunció Cassandra con una ceja alzada, levantándose para recibirlos—. ¿Qué pasó? Te ves muy pálida, Luciana, y tú, Enzo, pareces haber visto a un fantasma.Enzo tragó saliva con dificultad, sintiendo que las miradas de todas las mujeres de la familia se posaban en él como cuchillos.—No es nada grave, suegra...
La habitación estaba envuelta en un calor denso, cargado de respiraciones aceleradas y de un deseo que ya no admitía espera. Todo en el aire parecía arder. El vapor que aún escapaba del baño se mezclaba con el calor de sus cuerpos desnudos, con el olor de la piel húmeda, con el temblor de una pasión que llevaba demasiado tiempo conteniéndose y que ahora, por fin, había estallado sin remedio.Damián estaba sobre Tamara, sosteniéndose apenas con los brazos a ambos lados de su cuerpo, como si incluso el colchón fuera incapaz de soportar la intensidad de aquel momento. Sus labios venían de recorrerle la boca, el cuello, la línea de la clavícula, dejando besos profundos, hambrientos, de esos que roban el aire y nublan el juicio. Sus manos no conocían descanso: le acariciaban la cintura, la espalda, las caderas, descendiendo con una devoción inquieta y posesiva, como si quisiera aprenderse cada curva de memoria.Tamara temblaba debajo de él. No de miedo. De anticipación.Tenía los labios hi
El bullicio y la tensión del mundo de la mafia y las traiciones se sintieron muy lejanos por un instante. Nico había querido romper con el caos que los rodeaba, así que decidió llevar a Bianca a un restaurante sencillo, de barrio, de esos con mesas de madera desgastada, manteles a cuadros y el olor inconfundible a comida casera recién hecha.Bianca aceptó la invitación con un nudo en el estómago. Estaba nerviosa, con las manos entrelazadas sobre las piernas y la mirada un poco esquiva al principio, intentando procesar que, en medio de tanta tormenta, alguien se tomara el tiempo de ofrecerle un respiro de normalidad.La comida llegó a la mesa: platos humeantes, sencillos pero reconfortantes. Al principio, el silencio predominaba, pero poco a poco la charla fluyó. Entre bocado y bocado, empezaron a hablar de cosas simples, de sus gustos personales, de pequeños detalles de la infancia y manías que el otro no conocía. Por un momento, las armas, los enemigos ocultos y el peligro parecieron





