INICIAR SESIÓNMientras los gritos y las amenazas de divorcio hacían eco en las suites del piso de arriba, el gran comedor de la mansión quedó sumido en un silencio denso que pronto se rompió con el tintineo de los hielos en los vasos de cristal.
Alessandro se sirvió un trago de whisky puro, balanceando el vaso con una sonrisa de lado, cargada de esa arrogancia heredada de su padre. Damián se recostó contra el respaldo de su silla, soltando una risa ronca que no pudo contener más. —Viejo, nuestro padre es el Demonio en las calles, pero mamá lo tiene temblando en un segundo —bromeó Damián, ganándose una mirada divertida de su hermano. —El mío no se queda atrás —añadió Thiago Yun, mirando hacia las escaleras con su habitual calma oriental—. Mi papá salió corriendo a buscar flores como si su vida dependiera de ello. Y probablemente así sea. Alessandro tomó un sorbo largo de su whisky, y su expresión se volvió oscura y competitiva al mirar a su hermano y a su primo. —Dejemos que ellos arreglen sus matrimonios. Nosotros tenemos un imperio que ganar. Mi padre y el tío Wei quieren una esposa de alta alcurnia y un heredero... Pues se lo daré antes que ustedes dos. Prepárense, porque ese trono unificado será mío. —Sigue soñando, primo —le espetó Thiago Yun con una sonrisa desafiante y calculadora—. La Tríada y el clan Di Santi se unificarán, pero bajo mi mando. Esto apenas comienza. Mientras la testosterona y las promesas de guerra se cocinaban en el comedor, las mujeres se habían atrincherado en la espaciosa estancia del ala este. Cassandra y Clara aún no bajaban, por lo que la nueva generación de mujeres de la mafia aprovechó para desatar su propia tormenta. Bianca caminaba de un lado a otro con los ojos encendidos de pura adrenalina, mientras Alessia se apoyaba en el respaldo de un sofá, asimilando la magnitud del anuncio. La tía Yang las observaba desde un sillón individual, manteniendo esa elegancia imperturbable de la Tríada. —¡Esto es increíble! —exclamó Bianca, frotándose las manos con malicia—. Un solo líder para ambos clanes... Chicas, tenemos la oportunidad perfecta. Yo quiero vencer a nuestros hermanos, quiero arrastrarlos por el fango y demostrarles quién manda aquí. —Estoy de acuerdo —secundó Alessia, con una sonrisa competitiva—. Si logramos conseguir un esposo de la élite y cumplir el reto antes que ellos, el imperio Di Santi-Ling será de mujeres. Sentada en la esquina más apartada del sofá, Luciana soltó un bufido ensordecedor. Cerró de golpe el libro que traía en las manos, haciendo que todas se giraran a mirarla. Su rostro reflejaba un fastidio absoluto. —Ustedes están tontas —sentenció Luciana con su característica voz fría y cortante—. De verdad. Yo no voy a ser partícipe de algo tan estúpido como esto. ¿Casarme con un idiota rico y sin cerebro solo por un capricho de poder? Ni loca. —Ay, hermana, no seas aburrida —le reclamó Bianca, acercándose a ella con una sonrisa coqueta—. ¡Será divertido! Imagínate la cara de Alessandro y Damián cuando les quitemos la corona en sus narices. —Están locas ustedes dos —insistió Luciana, poniéndose en pie con una madurez que intimidaba a pesar de su juventud—. Y perdón, tía Yang, de verdad... pero tenemos apenas diecinueve años. ¡Diecinueve! ¿Y ya nos quieren amarrar a un matrimonio y exigirnos un heredero? Esto es una locura de la era medieval. Yang Ling dejó salir una sonrisa ladina, cruzando sus largas piernas con una gracia letal. Miró a su sobrina con un brillo de complicidad y orgullo en los ojos. —Lo sé, mi pequeña Luciana... Tienes toda la razón del mundo, es una exigencia absurda —admitió la tía Yang, suavizando el tono antes de ensanchar su sonrisa—. Pero míralo por el lado estratégico: ¿no crees que será sumamente divertido destronar a tus hermanos y verlos caer de rodillas ante nosotras? Si jugamos bien nuestras cartas, ustedes tres pondrán las reglas del juego, no ellos. Luciana miró a su tía y luego a sus hermanas. Aunque seguía cruzada de brazos y con cara de pocos amigos, la chispa de la rebelión Di Santi comenzó a encenderse muy en el fondo de sus ojos oscuros. Mientras las jóvenes herederas seguían discutiendo en la estancia, Elizabeth entró a la suite de Clara. La encontró caminando de un lado a otro, todavía con las mejillas encendidas por la indignación. —Amiga, lamento mucho lo que pasó allá abajo —dijo Elizabeth con suavidad, acercándose para transmitirle apoyo—. De verdad, estoy totalmente de tu lado en esto. Clara soltó un suspiro pesado, deteniéndose para mirar a su amiga con frustración. —Es algo tan tonto, Elizabeth... De verdad, no sé qué les pasa a Wei y a mi padre por la cabeza para armar semejante circo. Elizabeth soltó una pequeña risa elegante, intentando aligerar el ambiente. —Bueno, ellos ya van de salida. Tu dragón ya tiene casi los setenta, ¿no? Algo se les tenía que ocurrir. Clara no pudo evitar soltar una carcajada, rompiendo la tensión por un segundo. —¡Oye, no exageres! Tampoco está tan viejo, jajaja. Pero hablando en serio, Eli, no estoy para nada de acuerdo con este reto. No voy a subastar la felicidad de mis hijos. —Lo sé —asintió Elizabeth, volviéndose más seria—. Pero piénsalo por un momento. Debemos ver cómo actúan los chicos ante esto. Y quién sabe... con lo despiadadas y listas que son Bianca, Alessia y Luciana, quizás el clan termine siendo liderado por mujeres, ¿no crees? Sería un giro interesante. Clara esbozó una sonrisa pensativa, asimilando la idea de su amiga. —No lo sé, Eli... pero lo pensaré —admitió. Ambas se acercaron y se dieron un fuerte abrazo, sellando esa lealtad de años que siempre las había mantenido unidas frente a las tormentas de la mafia. Mientras tanto, en el despacho principal del ala norte, el ambiente era radicalmente distinto. Sentada con una postura impecable en uno de los sillones de cuero, Mein observaba a los dos hombres frente a ella. Ángelo Di Santi caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, con la mandíbula apretada y pensando en el ultimátum de divorcio de Cassandra. A su lado, Wei Ling permanecía de pie junto al ventanal, con la mirada sombría y la frustración de tener a Clara encerrada en el baño todavía fresca en su mente. Mein dio un elegante sorbo a su taza de té, rompiendo el tenso silencio. Su voz sonó calmada, pero cargada de esa autoridad indiscutible que poseía la matriarca de la Tríada. —Bueno, caballeros... parece que sus tácticas de intimidación no funcionaron en el dormitorio —comentó Mein con una media sonrisa fría, mirándolos fijamente—. Arrieta y yo ya sabíamos que esto pasaría. Así que, antes de que sus esposas destruyan esta mansión y se lleven a los herederos, es momento de buscar una solución o buscar otra manera de elegir al líder. Los escucho. En el despacho, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Ángelo y Wei miraron a Mein, esperando la sabiduría de la experimentada matriarca de la Tríada. —La solución es simple —sentenció Mein, dejando su taza sobre la mesa—. No podemos cancelar el desafío porque los chicos ya tienen el orgullo encendido y la dinastía necesita un único líder. Pero para calmar las aguas con Cassandra y Clara, tenemos que darles una ilusión de control. Modifiquemos una cláusula: que el matrimonio no sea un contrato frío, sino que simulen cortejar a sus parejas. Ángelo detuvo su caminata y entornó los ojos, asimilando la idea. —Podemos hacer que el reto no sea solo conseguir a cualquiera por interés —propuso el Demonio, conectando las piezas—. Exijamos que, además del estatus, los herederos demuestren que pueden dominar y ganarse a esas personas. Así suavizamos el golpe político frente a nuestras esposas. —Exacto —coincidió Wei, acomodándose el saco—. Les diremos que exigimos herederos, sí, pero bajo la fachada de un matrimonio real, no una simple subasta. Eso les dará el tiempo que Clara y Cassandra reclaman. Mientras los hombres intentaban salvar el pellejo en el despacho, en la suite de Cassandra se gestaba la verdadera revolución. Clara y Cassandra estaban sentadas frente a frente, unidas por la misma indignación, pero también por la astucia que las había hecho sobrevivir en la mafia. —No podemos dejar que jueguen con el destino de nuestros hijos, Cassandra —dijo Clara, con la mirada firme—. Si nos divorciamos o nos vamos, solo causaremos una guerra interna que los enemigos aprovecharán. Tenemos que ser más listas. Cassandra esbozó una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente inteligente. La chispa de la "rebelde" brilló con fuerza. —Tienes razón, Clara. No vamos a huir. Vamos a jugar su juego, pero bajo nuestras propias reglas. Si Ángelo y Wei quieren un desafío, les daremos un maldito desafío. Minutos después, las puertas del despacho principal se abrieron de par en par sin previo aviso. Ángelo, Wei y Mein se tensaron de inmediato. Cassandra y Clara entraron al lugar con la espalda recta, la barbilla en alto y una imponente presencia que hizo que los dos líderes de la mafia guardaran silencio al instante. —Tomamos una decisión —anunció Cassandra, con una voz clara y firme que resonó en las paredes de madera del despacho—. Y seremos parte de esto. Mein, sin perder la compostura, arqueó una ceja y esbozó una sonrisa intrigada. —¿Y cuál es esa decisión? —preguntó la matriarca oriental, cruzando las manos sobre su regazo. Clara dio un paso al frente, mirando fijamente a Wei, quien la observaba con una mezcla de alivio y sumisión. —Si los chicos se van a buscar una esposa o un esposo, debe ser por amor, no solo por el maldito poder del clan —sentenció Clara con firmeza—. Y para asegurarnos de eso, cada mujer o esposo que ellos elijan tendrá que pasar primero por nosotras. Cassandra y yo evaluaremos a los candidatos para saber si son dignos, si son buenas personas o si solo buscan la sangre de la dinastía. —Nosotras tendremos la última palabra —remató Cassandra, clavando su mirada gris en Ángelo—. Si la candidata o el candidato no pasa nuestra aprobación, el heredero queda descalificado. ¿Aceptan los términos, caballeros? Ángelo y Wei intercambiaron una mirada rápida. Sabían que esto complicaba el reto para sus hijos, pero era la única forma de mantener a sus esposas a su lado y el imperio intacto. El verdadero juego de la dinastía Di Santi-Ling acababa de reconfigurarse.El viento de la madrugada mecía los árboles de la terraza privada de la mansión Di Santi, barriendo los últimos vestigios del humo y el perfume barato del salón de gala. Lejos de la hipocresía de la alta sociedad y el circo mediático, el silencio nocturno era un bálsamo pesado y denso.Jun-Du se acercó a la balaustrada de piedra donde Alessia contemplaba la oscuridad con los hombros rígidos. Con un movimiento silencioso, sacó de un pequeño estuche térmico su debilidad exacta: un mochi de fresa cubierto con una capa crujiente de chocolate oscuro. Lo extendió hacia ella sin decir una palabra.Alessia parpadeó, miró el dulce y luego los ojos oscuros y pacientes de Jun-Du. Una media sonrisa cansada se dibujó en sus labios mientras aceptaba el mochi. Le dio un pequeño bocado; el contraste del dulce amargo del chocolate con la fresa le devolvió un atisbo de calor al pecho.—¿Por qué no lo mataste, mi Yuni? —preguntó Jun-Du con una voz suave, ronca, rompiendo el silencio de la noche—. Tuvist
El leve carraspeo de Thiago resonó en la entrada del balcón con una discreción calculada. Alessia y Jun-Du se giraron despacio, entrelazando los dedos un segundo antes de soltarse con elegancia.—Interrumpo en el momento justo o demasiado tarde, me imagino —dijo Thiago con una leve sonrisa ladina mientras caminaba hacia ellos, ajustándose los puños del saco.—Thiago... —comenzó Alessia, intentando recuperar la compostura.—No digas nada, gata. Anaís te está esperando cerca del vestíbulo, quiere que la acompañes al tocador para retocarse el labial antes de que nos vayamos —intervino Thiago con tono suave, antes de mirar fijamente a Jun-Du—. Jun, ¿me acompañas a la barra un segundo? Necesito un trago corto y prefiero no tomar solo.Jun-Du asintió con una reverencia respetuosa. Alessia le dedicó una última mirada cálida a su protector y caminó hacia el interior del salón, donde Anaís ya la aguardaba con una sonrisa complaciente.En la barra privada de la planta alta, alejada del bullicio
Justo después de que la sentencia en griego de Alessia dejara a Sebastián paralizado, los hombres de la dinastía dieron un paso al frente. Con las manos en los bolsillos de sus trajes de etiqueta y posturas relajadas, se acercaron con la tranquilidad de quien ya sabe el final de la historia.Thiago dio un paso adelante, ladeando la cabeza con una sonrisa de absoluta cortesía, como si estuviera hablando de un simple juego de mesa.—Qué bonita fiesta, Sebastián —comentó Thiago con voz suave y entretenida—. De verdad, disfrútala. Hay algo poético en ver a un hombre celebrar tan feliz antes de darse cuenta de que ya no le queda nada que festejar. Saluda a todos los invitados... aprovéchalos mientras todavía te contestan las llamadas.Alessandro se ajustó los gemelos con una parsimonia insultante, soltando una risita baja que heló la sangre de los presentes.—Felicidades por la boda, griego. Qué bonito es el matrimonio... esa ilusión de creer que construir una fachada nueva te va a protege
La noticia estalló a primera hora de la mañana en los canales privados de la mafia y en las revistas de negocios de alta sociedad: «El heredero del imperio griego, Sebastián, anuncia su compromiso express con la acaudalada Vanessa Longoria» Las fotos de la pareja inundaron las pantallas, acompañadas por el anuncio de una ostentosa gala de compromiso ese mismo.En la sala de espera del hospital privado, Alessandro, Damián y Thiago miraban las noticias en una tablet con los rostros desencajados por la indignación.—¡Es una maldita provocación! —rugió Thiago, estrellando el puño contra la mesa—. ¡Ayer casi mata a mi hermana y hoy sale a pasearse con esa mujer para fingir que nada pasó y humillar nuestro apellido!—Ese tipo nos está escupiendo en la cara —coincidió Damián, ajustándose la chaqueta con furia—. Alessandro, el escuadrón ya está listo. Hay que ir a volarle la cabeza antes de que empiece su fiesta.—Tranquilos los dos —intervino Alessandro con voz sombría, aunque sus ojos ech
Las sirenas sordas del todoterreno se apagaron en cuanto el vehículo de Jun-Du derrapó frente a las puertas acristaladas de urgencias del hospital privado, bajo la custodia constante de la seguridad de los Di Santi.Sin esperar por los camilleros, Jun-Du la tomó en brazos contra su pecho y cruzó las puertas automáticas a zancadas desesperadas. Su rostro era una máscara de pura angustia, con la mandíbula apretada y la voz quebrada mientras les gritaba a los médicos de turno.—¡Es un ataque de asma severo por choque de estrés! ¡Se quedó sin oxígeno, rápido!El equipo médico privado del clan reaccionó de inmediato. Trasladaron a Alessia a una camilla de cuidados intensivos, colocándole una mascarilla de nebulización y oxígeno continuo para despejar sus vías respiratorias colapsadas.Horas más tarde, el pitido rítmico y constante del monitor cardiaco rompió la penumbra de la habitación de lujo.Alessia abrió lentamente los ojos, parpadeando contra la luz estéril y blanca del cuarto. Sinti
El todoterreno blindado de los Di Santi se deslizó con elegancia por la rampa del estacionamiento subterráneo de la exclusiva zona comercial. La luz artificial parpadeaba débilmente sobre el pavimento de concreto, tiñendo el ambiente de una atmósfera lúgubre y desértica. Alessia apagó el motor, y el silencio cayó de golpe dentro del habitáculo, tan espeso que casi se podía masticar.Al bajar del vehículo, un inusual cosquilleo le recorrió la nuca. El lugar estaba demasiado silencioso. Ni el zumbido de los autos habituales ni el eco de pisadas lejanas; solo la penumbra y las sombras proyectadas por las enormes columnas de soporte.A pocos metros de las puertas del ascensor privado que conducían a la plaza, una silueta alta y masculina emergió de la oscuridad.Alessia se detuvo en seco. No se inmutó. Su mano derecha se deslizó de inmediato, con una rapidez milimétrica y absoluta discreción, hacia el interior de su blazer, rozando la culata fría del arma oculta bajo la manga. Su rostro s







