FAZER LOGINLo observé con atención mientras Anne gimoteaba entre sus brazos. Sus movimientos eran un poco torpes, sí, pero más que eso, me sorprendía la forma en que parecía adaptarse sobre la marcha, aprendiendo a medida que la sostenía, con una dedicación que no se podía fingir tan fácilmente.
—Con barba te ves un poco diferente a la foto de la agencia —comenté, más por curiosidad que por desconfianza.
Él sonrió, relajado, transmitiendo una seguridad inesperada para alguien que apenas llevaba media hora con una bebé que se resistía al contacto.
—Sí. Todo el mundo me lo dice —respondió con naturalidad, como si esa frase le hubiera acompañado siempre.
Lo seguí con la mirada mientras se movía por la sala con Anne, que se revolvía inquieta. Entonces su tono cambió, volviéndose más pausado, casi reflexivo.
—El duelo es complicado —dijo, acariciando suavemente la espalda de Anne como si ella pudiera comprender cada palabra—. Mucha gente cree que los bebés no lo sienten, pero sí lo hacen. Perciben la ausencia, la tensión, los cambios en la rutina. Aunque no tengan recuerdos claros, queda una huella emocional. Por eso… —me miró con seriedad, sin perder calidez—, este comienzo difícil es normal. Anne necesita tiempo para adaptarse a mí, a este nuevo ambiente. No es imposible, solo un proceso.
Sus palabras me llegaron con una lógica que no pude ignorar. No sonaba como un discurso ensayado, sino como alguien que había pensado mucho en el tema, quizás incluso vivido algo similar.
—¿Así que estudiaste psicología infantil? —pregunté, intentando sonar casual.
—Sí. —Respondió sin dudar—. En la universidad tomé varias materias que me ayudaron a entender cómo los niños procesan las emociones, especialmente el duelo. Siempre me interesó… quizá porque lo viví de cerca.
Una sombra cruzó su rostro, fugaz, pero no me pareció fingida.
—¿Y cómo se maneja el duelo en bebés de nueve meses? —quise saber.
Sonrió, y aquella sonrisa no escondía nada: era franca, serena.
—Con paciencia, sobre todo. Con mucho contacto físico, rutinas estables, un ambiente seguro. El cuerpo guarda memoria del estrés. Si logramos que Anne sienta protección, con el tiempo podrá superar la pérdida, aunque no lo entienda racionalmente.
Era la respuesta correcta, sí, pero lo dijo con tanta convicción que, por primera vez desde que lo conocí, me descubrí creyéndole sin reservas.
Me acerqué un poco más, inclinándome hacia Anne para besarle la frente. Ella gimió suavemente, y él ajustó su agarre con cuidado. Tal vez aún no le salía natural, pero lo compensaba con dedicación.
Cuando levanté la vista, lo encontré observándome con una intensidad tranquila, nada invasiva, como si tratara de transmitirme confianza en lugar de arrancármela.
Me enderecé, recuperando mi tono práctico. —Mañana tengo un día largo en el estudio. Necesito que estés preparado para quedarte con ella todo el tiempo. No puedo darme el lujo de interrupciones.
—Lo entiendo —respondió firme, sin titubeos.
—Esto no es un juego —añadí, con un filo inevitable en la voz—. Anne lo es todo ahora mismo. No puedo permitir errores.
Él bajó la mirada hacia la niña, que empezaba a relajarse en su pecho.
—Lo sé. Y no voy a fallarle —dijo con una convicción tan genuina que me provocó un nudo en la garganta.
Me alejé hacia la ventana, buscando aire. Mi reflejo me devolvió la imagen de alguien que había pasado de abogada a tutora de una bebé de un día para el otro. ¿Qué sabía yo de niñeras? ¿Qué sabía de confiar en desconocidos? Todo lo que tenía era el consejo de Sasha y un perfil digital que podía estar tan manipulado como cualquier otra cosa en internet.
Giré para mirarlo de nuevo. Ahí estaba, con Anne ya dormida contra su pecho, la barba sombreando un rostro atractivo que parecía diseñado para inspirar confianza. Y lo curioso era que, contra todo pronóstico, empezaba a lograrlo.
—Necesitaré también tu currículum impreso, así como las cartas de recomendación. Y toda la documentación que acredite tus estudios —dije, recuperando la firmeza profesional.
Él asintió enseguida.
—Por supuesto. Mañana mismo te lo traigo. Puedes confiar en mí, Nikita. Mi única prioridad es Anne.
Me sostuvo la mirada y no encontré vacilación en ella. Estaba acostumbrada a lidiar con gente que mentía, a detectar los matices de un discurso falso. Pero lo que decía sobre Anne no era impostado. Había algo auténtico en su voz, en la forma en que la apretaba un poco más contra sí mientras hablaba, como si quisiera demostrarme que ya había hecho un lugar para ella en su vida.
Suspiré, sin bajar la guardia del todo, pero reconociendo que lo necesitaba. Y, para mi sorpresa, Anne parecía haberse acomodado mejor en sus brazos que en los míos.
Ok. Le daría la oportunidad. Al menos hasta que me presentara todo lo que le pedía. Y allí decidiría.
El sonido del celular me sobresaltó. Lo había dejado en la mesa del living y cuando vi el nombre del estudio en la pantalla sentí un escalofrío en la nuca.
—¿Quieres que lo agarre? —preguntó Daniel, con Anne en brazos, meciéndola suavemente.
Negué rápido con la cabeza, lo tomé y deslicé el dedo para contestar.
—¿Hola? —mi voz salió más tensa de lo que quería.
—Nikita, buenas tardes —la voz cortante de Fernández llenó el silencio de la sala—. Necesitamos que revises todos los contratos de Clarkson para el juicio.
Me quedé helada. Miré a Daniel, que me observaba en silencio, y luego a la bebé acurrucada contra su pecho.
—Pero… yo ya los revisé —dije, tratando de sonar segura—. Todos.
—No, Nikita —la interrupción fue seca, sin espacio a dudas—. Te faltan los de 2019. Y lo necesitamos para mañana.
El corazón me dio un vuelco. Los del 2019. Eso era un infierno de papeles, anexos, firmas y cláusulas interminables.
—Eso es demasiado… —alcancé a decir—. Es imposible que los tenga listos para mañana.
Un silencio breve, incómodo, y después la respuesta que ya sabía que iba a escuchar:
—Bueno, hazlo posible.
El clic del corte me dejó un pitido agudo en el oído. Bajé lentamente el celular y lo apoyé sobre la mesa. Mis manos temblaban.
—¿Todo bien? —preguntó Daniel en voz baja, como si no quisiera alterar el pequeño mundo de calma que había logrado crear con Anne en brazos.
Tragué saliva, intentando recomponerme, pero sentía el peso de una piedra en el estómago. Lo miré: él seguía con la bebé, que descansaba tranquila, como si no existiera nada más en el universo.
—Sí —mentí, forzando una media sonrisa—. Todo bien.
Por dentro, mi mente era un torbellino. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo podía sentarme frente a una computadora a revisar cientos de contratos cuando ahora tenía una bebé que dependía de mí para absolutamente todo? Aunque tuviera niñero, aunque alguien más me ayudara, el trabajo y la maternidad no parecían coexistir en el mismo espacio.
La imagen de las carpetas llenas de documentos me taladraba la cabeza, mezclada con el recuerdo de Anne llorando la primera noche cuando no podía calmarla. Era como si mi vida se hubiera convertido en un rompecabezas imposible de armar: cada pieza que acomodaba desordenaba diez más.
Me crucé de brazos, como si quisiera contenerme a mí misma.
Daniel seguía mirándome, esa mirada que parecía atravesar las capas de “todo bien” que yo intentaba mostrar. Me sentí desnuda frente a él, vulnerable, casi expuesta.
—¿Segura? —repitió, ladeando apenas la cabeza.
—Segura —dije rápido, desviando la vista.
En ese instante, Anne se movió, dejó escapar un quejido y abrió la boquita como buscando calma. Daniel la acunó un poco más, susurrándole algo al oído, y ella volvió a hundirse en el pecho de su camisa.
El contraste me dolió. Ella era mi responsabilidad pero estaba más tranquila en brazos de otro, y yo sintiendo que el mundo se me derrumbaba encima, y una pila de contratos esperándome para devorar las pocas fuerzas que me quedaban.
Respiré hondo, tratando de convencerme de que podía con todo. Que debía poder. Aunque, en el fondo, una voz me gritaba que nunca iba a lograrlo.
Pasaron cinco días. Cinco días que se sintieron como un océano entre la vida que conocíamos y la que todavía no alcanzábamos a tocar. El hospital seguía oliendo a desinfectante y café quemado, pero algo había cambiado: ella estaba de pie, aunque fuera solo con el alma. Y eso era suficiente para volver.Entré a la habitación con Anne en brazos. La bebé llevaba su peluche nuevo, un oso crema casi del tamaño de ella, y una sonrisa torcida como si supiera que estaba a punto de ver a su persona favorita.—Mira quién vino a ver a mamá —le dije, y la palabra se me escapó sin pensar.Niki levantó la mirada desde la cama. Más color en la piel. Ojeras menos profundas. Heridas que ya no parecían gritar. Su respiración se cortó cuando nos vio, como si el mundo le hubiera vuelto a entrar al pecho de golpe.—Anne… —su voz tembló como una cuerda recién afinada.La bebé comenzó a balbucear emocionada. Movía los brazos, casi como pidiendo que la bajara. Cuando la apoyé con cuidado en la cama, Anne se
—Paola se va a poner feliz cuando lo sepa —dijo Norman con un brillo esperanzado en los ojos—. Que está consciente, que va a salir adelante. Voy a llamarla.Niki había abierto los ojos y respondido cosas simples pero ahora dormitaba, o intentaba dormir, apoyada contra la almohada del hospital, la piel pálida, el suero colgando como un recordatorio de todo lo que no pudimos evitar. Sentí un nudo en la garganta; sabía que tenía que decir algo, pero las palabras me parecían torpes, insuficientes.—Hazlo —logré decirle a Norman, manteniendo la mirada en ella—. Su mamá necesita esto.Norman asintió. Se pasó una mano por el rostro y dio un último vistazo a Niki antes de retirarse. Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó con el peso de una sentencia. Solo quedó el sonido del monitor cardíaco y la respiración suave de ella.Me acerqué a la cama y me senté en la silla de metal. La misma en la que había pasado horas, quizá días, sin irme. No podía. La idea de abandonarla, aunque fuera para
Después de eso todo fue...borroso...Hasta el momento en que la puerta del quirófano se cerró delante de mí y sentí como si me arrancaran el aire del pecho. Me quedé ahí parado unos segundos, sin saber qué hacer con las manos, sin sentir las piernas. Solo escuchaba el eco de mi propia respiración, entrecortada, mientras imaginaba a Niki ahí adentro, bajo las luces, rodeada de batas verdes y monitores.Me senté en la sala de espera junto a los demás. Paola sostenía un rosario con las manos temblorosas junto a su esposo que estaba silencioso. Nathan estaba parado junto a la ventana y Norman caminaba de un lado a otro, mientras yo seguía con la mirada fija en la puerta como si pudiera obligarla a abrirse. Después de una hora, dos, perdí la cuenta. La cabeza me latía. El corazón también. No sabía si de miedo, culpa o… las dos cosas.Cuando por fin salió el médico, todos nos pusimos de pie como si alguien hubiera gritado. Nos explicó que la operación salió bien, que lograron drenar el hema
Desperté con dolor.No fue gradual ni suave. El dolor estuvo ahí desde el primer segundo, apretándome la cabeza, latiendo con fuerza en la sien, como si alguien martillara desde adentro. Intenté moverme y sentí el cuerpo pesado, lento, ajeno.Abrí los ojos con dificultad. La luz blanca me lastimó y tuve que parpadear varias veces hasta poder enfocar. El techo era blanco. Las paredes también. Reconocí el lugar antes de entenderlo del todo.Estaba en un hospital.Escuché un pitido constante. Bajé la mirada y vi los cables, la vía en mi brazo, el monitor marcando mi pulso. Tragué saliva y sentí la garganta seca.Estaba viva.La idea me atravesó sin emoción, como un dato frío, hasta que llegó el miedo. Imágenes sueltas aparecieron en mi mente: la cocina, el teléfono en la mano, la voz de Dan en la línea un ruido detrás de mí. El intento de recordar me provocó una punzada tan fuerte que gemí.—¿Niki?Reconocí la voz antes de verla. Mi madre apareció de inmediato frente a mí. Tenía los ojos
Escuché pasos antes de verla.Al principio no presté atención, estaba demasiado concentrado en el sonido constante del monitor que se filtraba desde alguna habitación cercana, en el olor a hospital que ya se me había metido en la piel. Pero cuando levanté la vista, la vi.Paola entraba al pasillo con Ekaterina, la esposa de Norman, a su lado.Venían juntas, apretadas una contra la otra, como si caminar separadas fuera imposible en ese momento. Ekaterina tenía los ojos rojos, hinchados, y Paola, aunque intentaba mantenerse erguida, llevaba el rostro desencajado, pálido. Ambas miraban alrededor con desesperación, buscando respuestas.—Los pequeños se quedaron con Sasha y Olivia —dijo Paola apenas vio a su esposo, Neil—. Pensamos que era lo mejor.Neil se levantó de inmediato. Yo seguí sentado. No porque no quisiera pararme, sino porque sentía que si lo hacía las piernas no me iban a sostener.—¿Cómo está mi bebé? —preguntó, y esa palabra, bebé, me atravesó el pecho como un golpe.Neil r
El pasillo del hospital se me hacía interminable. Blanco, frío, demasiado iluminado. Las luces me molestaban en los ojos, pero no me movía. Estaba sentado ahí como si levantarme pudiera romper algo más, como si aceptar el movimiento fuera aceptar que ella estaba detrás de esas puertas por una razón que todavía me negaba a pronunciar.Tenía las manos entrelazadas, los nudillos blancos de tanta presión. Sentía el corazón golpeándome en el pecho, en la garganta, en las sienes. Cada latido me recordaba que Niki estaba inconsciente, que yo no podía verla, tocarla ni decirle nada.Norman estaba apoyado contra la pared, rígido, con el traje impecable y la mandíbula apretada. No me miraba, pero sentía su desprecio igual. Nathan caminaba de un lado al otro, nervioso, lanzándome miradas cargadas de bronca contenida. Sabía que no me querían ahí. También sabía que no me iba a ir.Entonces una puerta se abrió.Levanté la cabeza de golpe.Un médico se acercó por el pasillo. No corría, no parecía ap







