FAZER LOGINElena sabía que cada noche en el club era distinta.
Pero esta vez, todo se sentía diferente desde el principio. El pasillo que la guiaba estaba tenuemente iluminado por faroles rojos, y el sonido de sus tacones resonaba como un metrónomo erótico que marcaba la cuenta regresiva. No había mensajes. No había instrucciones. Solo una orden escrita a mano que la esperaba sobre su cama. “No temas, solo obedece.” Vestía un conjunto de lencería de encaje negro, acompañado por una bata de satén del mismo tono. Su piel ya vibraba por la expectativa, su cuerpo, condicionado por noches anteriores, reaccionaba al silencio, al aroma del cuero y el incienso. Cuando la puerta de la habitación se abrió, no fue un mayordomo quien la recibió. Fue una bocanada de color carmesí. La habitación era distinta a cualquier otra, toda tapizada en rojo, las paredes, las cortinas, incluso la alfombra espesa que silenciaba sus pasos. En el centro, una cama redonda, cubierta con sábanas de satén escarlata. Sobre ella, en el techo, un gran espejo circular reflejaba todo desde lo alto. Y allí estaban ellos, Dorian, de pie junto a la cama, vestido solo con un pantalón de lino negro que dejaba ver su torso musculoso y tatuado. Y junto a él… otro hombre. Alto, de tez bronceada, cabello oscuro, con una mirada que irradiaba dominio y misterio. Elena se detuvo, los ojos anclados en Dorian. —Bienvenida, Dulzura, hoy aprenderás algo nuevo.—dijo él, con esa voz que le encendía la médula —¿Quién…?,--- pregunto Elena —Él es Kael, un invitado, un espejo para ti.--- respondió Dorian La tensión en su cuerpo se hizo nudo. —¿Debo…?,--- la pregunta de Elena fue interrumpida —Debes confiar, ¿Lo haces?,---- dijo Dorian La mirada de Dorian era una red invisible, Elena asintió. —Sí, Señor.--- respondió Elena —Desnúdate,--- ordenó Dorian —¿Aquí?,--- pregunto Elena —Frente a nosotros, frente al espejo,--- respondió Dorian Elena respiró profundo,lentamente, se deshizo de la bata, dejándola caer como una sombra a sus pies. Luego, el sostén, por último, la diminuta tanga que le quedaba. Estaba completamente desnuda. Kael no la tocó, pero la observó con una intensidad casi física. Y eso la hizo estremecer. —Sube a la cama —ordenó Dorian. Elena obedeció, las sábanas estaban frías al contacto, como una caricia burlona. Dorian se acercó y sujetó sus muñecas, atándolas con correas de cuero a los extremos de la cama. Luego, lo mismo con sus tobillos. Quedó abierta, expuesta, como una flor al sacrificio. —Mira al espejo, Elena, no apartes los ojos.—susurró Dorian, colocándose detrás de Kael Ella lo hizo y lo que vio la desarmó, su cuerpo atado, los pechos alzados, los muslos separados. Y los dos hombres que la observaban con deseo. Kael fue el primero en tocarla, sus dedos eran diferentes a los de Dorian, más duros, más inquisitivos. Pasaron por su abdomen, por sus caderas, por su entrepierna, sin detenerse. Elena jadeó, miró su reflejo era como observar a otra mujer, una criatura entregada al deseo, ajena al juicio. —Hoy serás nuestro espejo, Kael te explorará y tú aprenderás a verte de verdad, a mirar lo que eres cuando dejas el control.—Dijo Dorian Kael se inclinó y la besó entre las piernas, primero un roce, luego una lengua firme que la hizo gemir. Elena cerró los ojos. —No, Dulzura, mira, —ordenó Dorian Ella abrió los ojos, el reflejo la mostró arqueando la espalda, gimiendo mientras Kael la lamía con técnica experta. Sus pechos subían y bajaban, sus muslos temblaban. Dorian se acercó y le acarició el rostro.—Eres arte cuando te rindes —murmuró. Kael se incorporó, sus labios brillantes por los fluidos de Elena. —Está lista —dijo, su voz ronca. Dorian asintió, —no la penetres aún, solo la tocaremos, solo la llevaremos al borde... y la dejaremos caer.--- Uno tras otro, los toques se multiplicaron, Kael mordía sus muslos, Dorian lamía su cuello. Las manos de ambos se turnaban sus pechos, su abdomen, sus labios. Elena gritó, no podía más, cada caricia era un latido enloquecido. Miraba el espejo y veía una mujer deshecha, rota por el deseo. —¿Quieres que te penetremos, Dulzura? —preguntó Dorian. —Sí, Señor,--- respondió Elena —¿A cuál de nosotros deseas más?,--- pregunto Dorian Elena dudó, sus ojos buscaron el espejo.-- A usted, Señor… pero quiero sentirlos a ambos.-- Dorian sonrió, —entonces lo tendrás,--- Desató sus piernas, la giró, quedó a cuatro patas en la cama, con las muñecas aún sujetas. El espejo ahora mostraba su espalda arqueada, sus caderas abiertas, su sexo húmedo y expuesto. Dorian la penetró primero, fuerte, innegociable. Su cuerpo la llenó por completo. Kael se colocó frente a ella y le ofreció su miembro. —Mírate, mírate dándole placer.--- ordenó Dorian mientras se movía dentro de ella Elena tomó a Kael con la boca, temblando, la escena en el espejo frente a ella era brutalmente hermosa, entre dos hombres, completamente dominada, completamente deseada. Y entonces llegó el clímax, Elena gritó, con Kael en su boca y Dorian en su interior. Su reflejo se quebró entre espasmos. Fue puro fuego, pura entrega, Kael se apartó justo a tiempo para venirse sobre su pecho. Dorian rugió su nombre mientras eyaculaba dentro del condón. La habitación se llenó de jadeos, de suspiros, de placer crudo.Después, la desataron con ternura, la cubrieron con una sábana de satén. Dorian se acostó a su lado y le besó la frente.—¿Cómo te sientes?,--- —Expuesta, pero viva.--- respondió Elena —¿Y ahora que te viste... qué ves?,---- pregunto Dorian Elena miró el espejo una última vez.----Solo había una mujer, desnuda, feliz, completamente libre en su sumisión. Me veo por fin —susurró. Dorian sonrió, kael se despidió con una caricia en la espalda. La habitación roja no era solo un escenario, era un rito, un umbral que Elena había cruzado.Y sabía que ya no había marcha atrás. Cuando quedaron solos Elena volvió a mirar el espejo, lo que vio le gustaba, su cuerpo completamente desnudo brillante por el sudor. A su lado Dorian, que también estaba desnudo, su cuerpo era una delicia por dónde se viera, un hombre deseado, exquisito.La habitación del hospital estaba sumida en un silencio casi opresivo. Dorian permanecía recostado, el vendaje en su costado le recordaba cada segundo que todavía no estaba listo para volver a la guerra, ni a los negocios turbios que giraban alrededor de su familia. Sin embargo, lo que más pesaba en su mente no era la herida, sino la traición. Octavio, su medio hermano, había vendido su secreto más grande a Richard. Y esa traición no se podía quedar impune.Desde niño, Dorian había aprendido que en la familia Blackwood no existía espacio para la debilidad. Ni para la ternura. Su madre, Helena, lo había traído al mundo, pero jamás lo protegió del carácter duro y despiadado de Richard. Él había sido su sombra constante, la medida exacta de lo que significaba ser un Blackwood, disciplina, control y un poder absoluto sobre los demás.Con su madre no existía relación alguna, no eran confidentes, ni siquiera aliados silenciosos. Helena había preferido mantenerse distante, desde su divorcio
La noche estaba envuelta en un silencio extraño, como si incluso las estrellas hubiesen decidido apartar la mirada de lo que estaba por suceder. El aire frío de las afueras de la ciudad quemaba la piel, y la bruma se colaba entre las sombras de los edificios abandonados. Era el escenario perfecto para una despedida cruel, una que quedaría grabada en la memoria de Dorian para siempre.Isolde apretaba el volante de su coche con fuerza, tanto que sus nudillos estaban blancos. Había ensayado cada palabra, cada gesto, cada sonrisa falsa que tendría que mostrar. Pero el corazón latía con una fuerza tal que temía que su pecho se rompiera en pedazos. Había tomado una decisión irreversible: debía terminar con Dorian, aunque significara convertirse en la villana de su historia.En su mente se repetían las palabras de Lorenzo, y peor aún, las amenazas del padre de Dorian. Si no lo alejaba, si no lo destruía, Dorian sería el primero en caer bajo la guerra que se avecinaba. Más vale que te odie vi
El café donde lo habían citado tenía un aire elegante, demasiado frío para el encuentro que se avecinaba. El suelo de mármol reflejaba la luz artificial de las lámparas, y el aroma a espresso recién molido parecía un disfraz, un velo dulce que escondía lo que en verdad iba a ocurrir allí.Isolde llegó puntual, como siempre lo hacía cuando sentía que algo importante estaba en juego. Había recibido el mensaje esa mañana, redactado con una precisión quirúrgica:"Señorita Isolde, la espero esta tarde a las cinco. No falte. - RichardBlackwood"El padre de Dorian.Había leído esas palabras una y otra vez hasta grabarlas en su mente. Sabía que no podía ignorarlas. Richard Blackwood no era un hombre que repitiera una invitación; la convertía en orden.Respiró hondo antes de entrar, y al cruzar la puerta lo vio enseguida. Estaba sentado en una mesa apartada, con vista directa a toda la sala, como un general vigilando un campo de batalla. El traje impecable, la corbata oscura, y esa mirada afi
La tarde se deslizaba lentamente hacia la noche, bañando la ciudad con tonos rojizos que parecían pintados para ellos dos. En el penthouse de Dorian, las cortinas estaban apenas entreabiertas, dejando entrar la luz que iluminaba la figura de Isolde recostada en el sofá, su piel aún tibia por el calor de su último encuentro. Dorian, a su lado, la observaba con una mezcla de devoción y deseo. Era como si el mundo hubiera reducido su tamaño hasta caber únicamente en esa sala, en sus miradas y en los silencios cargados de significado.—Eres peligrosa —murmuró él, con una sonrisa casi incrédula, mientras deslizaba sus dedos por la clavícula de ella.Isolde arqueó una ceja, juguetona. —¿Por qué lo dices?, ---—Porque cada día que paso contigo me convenzo más de que no sabría cómo dejarte ir —respondió Dorian, sin apartar la vista de sus labios.El corazón de Isolde dio un vuelco, durante semanas había intentado resistirse, encerrar sus sentimientos en una caja hermética. Pero cada gesto de
La noche había caído sobre la ciudad con una delicadeza casi solemne. El cielo, salpicado de estrellas tímidas que apenas lograban imponerse sobre las luces urbanas, parecía una manta que invitaba a los secretos. Isolde se encontraba frente al espejo de su habitación, contemplándose como si buscara respuestas en sus propios ojos. Había pasado días luchando contra la intensidad de lo que sentía por Dorian, tratando de convencerse de que aquello no era más que un espejismo, un reflejo de la intensidad de sus juegos y de la intimidad física que los unía.Pero esa tarde, mientras él había sostenido su mano más tiempo del necesario al despedirse de una reunión informal en su apartamento, algo en su interior se derrumbó. El calor que recorrió su piel no tenía nada de casual. No era deseo, no era simple atracción, era ternura, complicidad, un latido que nacía del alma.Isolde respiró hondo, como si quisiera sacarse de encima un peso invisible, y bajó las escaleras con pasos medidos. Dorian l
El aire fresco del campo todavía impregnaba la piel de Isolde cuando abrió los ojos aquella mañana. El canto de los pájaros era un recordatorio cruel de que estaba lejos de la ciudad, lejos de los muros que solía levantar a su alrededor y de la máscara que tanto la protegía. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió rodeada de caos ni de sombras.Se giró con lentitud, y allí estaba é, Dorian, durmiendo a su lado, con el cabello revuelto y una expresión de paz que rara vez mostraba cuando estaba despierto. Se sorprendió a sí misma recorriendo cada detalle de su rostro con la mirada, grabando en su memoria la curva de su mandíbula, la forma en que sus labios apenas se entreabrían, el modo en que su pecho subía y bajaba de manera pausada.Isolde había compartido camas con muchos hombres antes, siempre desde la posición del poder, del control. Nunca los había observado con esa ternura, ni se había detenido a pensar en lo que significaba tenerlos a su lado más allá de la pasión. Pero c