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III

Autor: Svania Blass
last update Data de publicação: 2026-01-30 20:28:33

No llevaba un uniforme y, cuando me pasaron uno que sobraba del periodo pasado, no pude sentirme peor porque debía ser de una chica tres tallas más pequeña que yo lo que, en sí, ya era demasiado. Salí del vestidor sintiendo que todas las miradas iban dirigidas a mí y lo ridícula que me veía con un short que solo me cubría hasta un poco por debajo de los panties. Lo que empezó como unas cuantas cabezas girándose para verme, no tardó en desembocar en un murmullo y unos segundos después en algunas rechiflas. ¡Me quería morir!

Como no pudo ser de otra forma, los gemelos me miraban y Liam no tardó en levantarse de las gradas para acercarse. Me hice la que no lo veía, pero lo cierto era que, por el rabillo del ojo, vi cada uno de los pasos que lo acercaban a mí. Su hermano no tardó en seguirlo.

—No vayas a caerte, dulzura, o podrías romper el short —dijo Liam luego de casi empujarme con su cuerpo hacia la pared que llevaba a los vestidores.

No supe qué contestarle, ni siquiera me sentía capaz de mirarlo a los ojos con esa facha que llevaba y ahora que veía acercarse a su hermano la lengua se me entumeció aún más. ¿Por qué se habían decidido a molestarme de esa forma? ¿Por qué a mí? ¿Solo porque cometí el error de tropezar en la mañana con uno de ellos? ¿Pararían al día siguiente o ya esto duraría lo que faltaba para terminar la secundaria?

—Vamos a empezar, muchachos, niñas, ahora, no más distracciones —gritó el profesor de gimnasia, lo que me salvó de quedar como una tonta a la que los ratones se le habían comida la lengua.

—Al menos habrá algo divertido para ver durante la clase, ¿verdad, hermano? —dijo Liam cuando vio frustrado su intento por molestarme.

Ethan le contestó lanzándole un puño al hombro mientras sonreía y me observaba, aunque me pareció percibir que lo hacía de una manera diferente, no burlona, sino más bien como si en realidad le gustara lo que estaba viendo.

Tuve suerte de que el profesor, por ser el primer día del periodo, nos separó entre hombres y mujeres. A los hombres los hizo jugar baloncesto y a las chicas volleyball. También me sentí agradecida por el hecho de que no estuviera Chloe, porque seguro habría sido la encargada de recordarle a todas las demás muchachas lo corto que llevaba mi short, pero eso no evitó que, de vez en cuando, mis ojos se encontraran con la mirada de alguno de los dos gemelos, cuando no con la de los dos, que seguían mirándome y haciendo bromas entre ellos.

Pasada la hora de gimnasia pude deshacerse de ese pequeño short y lo lancé a la cesta de la basura, para que ninguna otra chica tuviera que pasar, por su culpa, por otra incómoda situación como la mía.

En las clases siguientes no volví a toparme con los gemelos, pero no por eso logré que salieran de mi cabeza y, aunque no deseaba volver a coincidir con ellos en un salón de clases, sí quería verlos de nuevo, ojalá a una distancia segura o siendo invisible, de manera que los pudiera contemplar sin que ellos me vieran y así evitar que me siguieran molestando.

—¿Qué vas a hacer esta tarde? —Me preguntó Aly durante el almuerzo en la cafetería, justo en el momento en que me resigné a que comería sola.

—Voy a recorrer la calle Evans. Me dijeron que allí podía conseguir un trabajo de medio tiempo —contesté después de pasar el bocado de pasta fría que tenía en la boca.

—Sería genial si pudieras trabajar en el mismo restaurante donde yo lo hago.

Levanté las cejas, sorprendida por la forma en que parecía juntarse mi camino con el de Aly.

—Sí, soy mesera en un restaurante italiano de esa calle. Si vas conmigo, puede que el señor Angelo te dé un puesto porque últimamente hemos estado cortos de personal.

—Suena bien, pero nunca he sido mesera. Siempre he tenido trabajos en almacenes de ropa.

Aly levantó los hombros y se comió uno de los deditos de pescado de mi plato.

—Pues si ibas a ir a la calle Evans lo único que hay son restaurantes y, a menos que quieras trabajar en la cocina, solo vas a encontrar trabajo como mesera.

No había caído en cuenta de ese detalle y, pese a que me aterraba la idea de servir mesas porque no creía tener ni la fuerza ni el equilibrio para sostener una bandeja con comida, asentí.Trabajar en el mismo restaurante con Aly sonaba bien y hasta podía ser divertido.

Me encontré con Aly en la última clase del día y salimos juntas hacia el restaurante en donde ella trabajaba. Cuando me presenté con el señor Angelo, la sola mención de mi apellido fue suficiente para que se decidiera a darme el trabajo y, dos minutos después de haber entrado al lugar, ya estaba uniformada, con un mandil a cuadros rojos y blancos, y una libretita para anotar los pedidos.

—Lo harás genial, Sussan —dijo Aly después de que el señor Angelo, un hombre de mediana edad que daba la impresión de estar siempre alegre, me hubiera asignado el ala derecha del comedor—. Pero me dices si necesitas ayuda.

Asentí, algo nerviosa pero entusiasmada al dirigirme a mis primeros clientes, unos ancianos que solo pidieron algunas bebidas calientes. Agradecida por lo fácil que había resultado conseguir el puesto y lo sencillo que parecía ser, no tardé en arrepentirme por mi pronta celebración. En el momento en que pasaba las bebidas de los ancianos, vi entrar a los gemelos, acompañados por Chloe, que iba aferrada al brazo de Ethan y por otra chica, de cabello muy oscuro, que no soltaba el brazo de Liam.

«Que no se sienten en el ala derecha. Que no se sienten en el ala derecha. Que no se sienten en el ala derecha», repetí como un mantra mientras los veía observar el comedor y decidirse en dónde se sentarían.

«¡Maldita sea!» me dije a mí misma cuando los vi sentarse a la derecha, justo al lado de unas fotografías de Roma que colgaban en la pared.

—Están en tu ala, Sforza —dijo Angelo cuando vio que me resistía a ir hacia la mesa de los gemelos—. Recuerda que te asigné la derecha.

Asentí al tiempo que mi mirada se cruzaba con la de Aly, que torció los labios.

—¿Quieres que te cubra, por esta vez? —preguntó.

Me sentí tentada a decirle que sí, pero enseguida me convencí de que no podía hacerlo. No iba a acobardarse ni dejar que la imagen de los gemelos y sus novias me encogiera el corazón. En ese pueblo chico me los iba a encontrar con regularidad y no estaba dispuesta a pasar varios meses huyendo cada vez que los viera.

—No, gracias pero no —contesté a Aly—. Están en mi ala, me corresponde a mí hacerlo.

Con mi libretita en la mano me acerqué a la mesa y vi, con cierta satisfacción, la cara de sorpresa de los gemelos, que parecieron alegrarse de verme, aunque no así Chloe, que de inmediato torció la boca.

—¿Puedo tomar su pedido? —pregunté, entusiasmada.

—Pero si ni siquiera nos has traído la carta, torpe —dijo Chloe, haciéndome caer en cuenta de lo tonta que había sido. Toda mi buena disposición y confianza se fueron corriendo hacia la cocina y salieron por la puerta de atrás para no volver.

—No tienes que hablarle así, amor —dijo Ethan—. Seguro es su primer día y ya viste que es una chica algo distraída, o ya se te olvidó cómo tropezó conmigo esta mañana.

No sé si las palabras de Ethan estaban dirigidas a seguirme molestando o defenderme, pero si fue lo primero lo consiguió, y si fue lo segundo al menos logró desviar la atención sobre mi error de no llevarles el menú, que no tardé en acercarles.

Pidieron unos panzerottis y una orden de calzzones para llevar, además las bebidas que debí llevar sobre una bandeja, haciendo realidad uno de los principales temores de mi vida. Estoy segura de que quien estiró el pie fue Ethan, con el único objetivo de que Liam me tomara por la cintura y evitar que derramara las gaseosas sobre el cabello de sus novias, lo que habría sido el mayor desastre de cuantos he cometido en mi existencia.

—Lo siento —dije cuando logré, gracias a las fuertes manos de Liam sobre mi cadera, equilibrar las cuatro bebidas—. Ya está. No ha sido nada.

Miré a Ethan a los ojos, segura de que había sido él quien puso su pie para que yo tropezara, pero él se hizo el indiferente.

—¿No vas a soltarla? —preguntó Chloe con sarcasmo, refiriéndose a las manos de Liam, que me seguían sosteniendo.

—Es que creo que, si la suelto, se va a caer encima de mi hermano —Se burló Liam.

—Estoy bien, gracias —dije.

Liam sonrió y me soltó.

—¿Se les ofrece algo más?

—La cuenta, por favor —dijo Ethan, todavía haciéndose el tonto.

Regresé a la caja y no tardé en regresar con el tiquete de pago, que dejé sobre la mesa, muy atenta a dónde tenían los pies cada uno de los gemelos. No tardaron en levantarse y vi que, junto a la cuenta, habían dejado el dinero. Me aproximé a recogerlo y cuando verifiqué, después de contar dos veces, que estaba completo, me sorprendió ver que me habían dejado no solo una propina de cien dólares sino una nota en una de las servilletas.

«Nos vemos pronto, dulzura».

Sin saber el motivo, se me agitó el corazón y me pregunté cuál de los dos gemelos había escrito esas palabras.

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