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Hermanos de luna

Autor: Amara Blacke
last update Data de publicação: 2026-03-11 07:33:07

​La casa de la manada estaba en silencio, una quietud densa que solo el bosque profundo sabe otorgar. No era una mansión de mármol ni un palacio de cristal; era una construcción robusta y amplia de madera oscura, con vigas que crujían como si tuvieran memoria propia. Rodeada por centenarios abetos y pinos, el olor a tierra húmeda, resina y musgo impregnaba cada rincón, filtrándose por las rendijas de las ventanas como un habitante más.

​Aeryn estaba sentada en el porche trasero, con los pies de
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Último capítulo

  • Destino bajo la Luna azul   Epílogo

    Los años en la ciudad fluyeron con la cadencia de una marea eléctrica, constantes e indiferentes a los corazones que latían en su interior. Pero para Aeryn, el tiempo no era un verdugo, sino un compañero silencioso. Como hija de un Vampiro Ancestral, su biología desafiaba la erosión de las décadas. Mientras las modas cambiaban y los edificios se volvían reliquias de una era de control obsesivo, el rostro de Aeryn conservaba la misma lozanía que el día en que el Gran Árbol fue salvado. Sin embargo, en sus ojos ya no habitaba la ingenuidad de la princesa del bosque, sino la mirada profunda y templada de quien ha aprendido a gobernar el dolor.​Aeryn se graduó con honores, fusionando sus conocimientos ancestrales con la ciencia. No se quedó oculta en el Velo; en lugar de eso, fundó "Savia Tech", una corporación que se convirtió en el faro de una nueva era. Su edificio, una estructura de cristal y jardines verticales que desafiaba el gris de la metrópolis, era el lugar donde los jóvenes d

  • Destino bajo la Luna azul   El silencio de las raíces

    El funeral de Adrian Valerius no se pareció a nada que el Enclave hubiera visto jamás. No hubo desfiles militares ni honores de acero. Lo sepultaron bajo la sombra protectora del Gran Árbol, en un lecho de flores blancas que solo se abrían durante los eclipses. Elyan pronunció las palabras de despedida, reconociendo al hombre que, siendo el enemigo, se convirtió en el escudo. Kaelen, en un gesto de respeto silencioso, colocó sobre la tumba un amuleto de hueso tallado.​Pero Aeryn no escuchó las palabras, ni vio las flores. Para ella, el mundo se había quedado en penumbra permanente desde el momento en que la luz blanca del sacrificio se apagó en los ojos de Adrian.​Pasaron las semanas, y luego los meses. El Enclave recuperaba su verdor, las heridas de la batalla sanaban en la corteza de los árboles, pero la princesa del bosque se había marchitado. Aeryn se encerró en las cámaras más profundas del Gran Árbol, allí donde el sol no llegaba.​Kaelen la visitaba a diario. Le llevaba fruta

  • Destino bajo la Luna azul   El sacrificio del sol

    El silencio de la totalidad no era solo la ausencia de sonido; era una presión física que parecía aplastar el corazón. En el cielo, el sol había desaparecido, dejando en su lugar un orbe de terciopelo negro rodeado por una corona de fuego blanco, una visión fantasmal que bañaba el Enclave en una penumbra plateada y onírica. En ese instante de oscuridad absoluta, las sombras de los hombres y de las máquinas se fundieron en una sola mancha de incertidumbre.​El cronómetro del dispositivo de purga emitía un destello rojo que latía en sincronía con los últimos segundos de vida del Gran Árbol. 00:15.​Luego de que Daniel terminó de encajar el cilindro en la fibra viva del tronco. Sus dedos se apartaron con la frialdad de quien acaba de firmar una sentencia de muerte colectiva. Mara, distraída por la belleza aterradora de la corona solar, aflojó por una fracción de milímetro la presión sobre la garganta de Aeryn. Fue el único error que Adrian necesitaba.​—¡Ahora! —rugió Adrian, pero no fue

  • Destino bajo la Luna azul   Destino

    ​Daniel llegó a la base del Gran Árbol, allí donde las raíces se hundían en el Corazón de la Savia, el mismo lugar donde Adrian y Aeryn habían sellado su unión noches atrás. Con un clic metálico, abrió el maletín. En su interior, un cilindro de cromo pulsaba con una luz roja rítmica: el Dispositivo de Purga Térmica de Corto Alcance. No era una bomba convencional; era un catalizador de combustión molecular. Al activarse, convertiría la celulosa del Gran Árbol en combustible, provocando una explosión que no solo destruiría la estructura, sino que enviaría una onda de choque térmica a través de todo el Velo, incinerando cada rastro de vida sobrenatural en kilómetros a la redonda.​—Es fascinante, ¿no es así? —comentó Daniel, ignorando la tensión a su espalda mientras calibraba el dispositivo—. Este árbol ha sobrevivido a glaciaciones, incendios forestales y plagas. Es una maravilla de la bioingeniería natural. Pero no es rival para la termodinámica aplicada. Una vez que coloque esto en e

  • Destino bajo la Luna azul   Una lucha desigual

    El estruendo de un cañón sónico de Helix desgarró el aire, pero antes de que la onda de choque pudiera pulverizar la línea de defensa, una sombra densa, más oscura que la propia penumbra del eclipse, se materializó frente al Gran Árbol.​Elyan ya no parecía el sabio sereno con el que Adrian había interactuado antes. Sus ojos, antes tranquilos, se habían tornado en dos pozos de un carmesí eléctrico, y su piel, pálida como el mármol antiguo, reflejaba la luz anémica del sol menguante. No era solo el líder del Enclave; era un Ser Ancestral, una criatura cuya existencia precedía a la propia fundación de la Orden Helix por siglos.​—Daniel... —la voz de Elyan no salió de su garganta, sino que pareció retumbar desde el suelo mismo—. Has cometido el error de creer que mi dominio se limita a las raíces y las hojas. Olvidas que yo soy el dueño de la oscuridad que tanto invocas.En el instante que lo oyó, Daniel dirigió su mirada hacia él. Había escuchado esa voz cuando era apenas un niño, pero

  • Destino bajo la Luna azul   El fin de la paz

    a paz en el Enclave tenía un sabor agridulce. Tras la confesión de Adrian y el caos de la huida, el bosque se sentía más protector que nunca, pero también más vulnerable. Mientras los guerreros de Malakai reforzaban las fronteras y Kaelen patrullaba con los sentidos en tensión, Adrian buscaba redimirse en los detalles pequeños.​Pasó la tarde bajo las raíces del Gran Árbol, enseñando a los niños del Enclave a distinguir las constelaciones en un cielo que empezaba a palidecer. Les hablaba de las estrellas como faros antiguos, tratando de borrar de su propia mente la idea de las estrellas como puntos de guía para misiles. Aeryn lo observaba desde el umbral de una cámara de ámbar; veía en él a un hombre que, aunque seguía cargando con el peso del acero en su pasado, luchaba por sembrar algo verde en su futuro.​—Disfrutan de tu luz, Adrian —dijo ella, acercándose cuando los niños se dispersaron—. Les enseñas a mirar hacia arriba sin miedo.​—Solo quiero que vean algo más que una amenaza

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