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Capitulo 3: ¿Tú?

Author: Itha León
last update Petsa ng paglalathala: 2021-08-01 11:53:38

—¿Crees que me voy a dejar que me hables de tal manera? Fue tu culpa, idiota —le reprochó ella con indignación.

«Dicen por ahí que una mujer enchilada es un demonio, pero no deja de estar muy buena», pensó Santiago, lidiando con la mezcla de atracción y enojo que sentía hacia ella.

—Sabes que le hablaré a la grúa para que se lleve tu estúpido auto. No puedo seguir perdiendo el tiempo aquí —le advirtió él, frustrado por la situación. Necesitaba llegar a su oficina y ella solo parecía retrasarlo aún más.

Ella giró la cabeza en dirección al auto con una mirada nostálgica y preocupada. No quería que se lo llevaran, aunque en realidad no era suyo.

—No te puedes llevar el auto. Lo que pasa es que no es mío —explicó, con sus pensamientos llenos de nostalgia mientras miraba el vehículo.

—¿Crees que me importa? Si no quieres que se lo lleven, tendrás que pagar medio millón, por lo menos —le respondió, molesto. No podía ignorar el rayón que ella le había hecho a su auto.

—¿Estás hueco del cerebro? Eso no cuesta un auto. Solo fue un rayoncito, no es como si se fuera a caer toda la pintura —contraargumentó ella, sintiéndose frustrada por la actitud de él.

—Mira, niña estúpida, tienes dos opciones: me pagas o se llevan tu auto. Tú decides. Y decídete pronto, que no tengo todo el tiempo —concluyó, impaciente.

Él tomó su teléfono y marcó a su aseguradora y a una grúa, sabiendo que había omitido el paso correcto al no llamar a la aseguradora primero. Pero también sabía que lo que ellos pedirían serían más de un millón. Observó la forma en que él la juzgaba por su apariencia y dudó de que tuviera medio millón para pagar. Tal vez era mejor que se llevaran el auto; esa mujer al volante parecía ser un peligro. Aunque ya había explicado que no fue su culpa, él seguía sin entender.

El ambiente se volvió demasiado incómodo. Decidió que, si él planeaba llevarse el auto de Cristen, al menos lo hiciera por una buena causa, no solo por un rayoncito.

—Así que para que te salga medio millón —pensó ella, tomando uno de los broches que se usan para sujetar el cabello—, voy a dejar un rayón en tu auto que sí valga medio millón.

Disfrutó viendo su sorpresa, su boca abierta; parecía tan impactado que podría caer al suelo y rebotar un millón de veces. ¿Creyó que no se atrevería a hacerlo? Estaba equivocado.

—Listo, ahora sí te creo que me salga medio millón —dijo ella con una sonrisa.

—¿Qué acabas de hacer, tonta? —exclamó él, preocupado.

Bueno, al menos ya no la llamaba idiota. Ahora solo era una tonta. Pero se había metido con la persona equivocada. Ella no era de las que se dejaban intimidar.

Él la jaló del brazo, atrayéndola hacia sí, y no la dejó ir. Santiago sintió la mano de ella en su pecho, empujando para que la soltara, pero estaba tan cabreado que no la dejaría libre tan fácilmente. Sabía que ella tenía que pagar por lo que había hecho. Mientras forcejeaban, Santiago divisó al fin el auto de la aseguradora, lo cual lo llevó a soltarla. Sin embargo, la cercanía de ella le causó escalofríos, ya que no estaba acostumbrado a tener a una mujer tan cerca. Notó el aroma a vainilla que emanaba de ella.

En ese momento llegaron la aseguradora y la grúa.

—Señor, ya estamos aquí. ¿Cuál es el auto que remolcaremos? —preguntó el empleado.

Santiago señaló directamente hacia el automóvil de la chica. Observó cómo ella intentaba frenéticamente convencer al empleado de que no se llevara su auto, pero Santiago alzó la voz para que ella pudiera escucharlo:

—Ahora sí, implora.

Sus ojos estaban llorosos, y él se preguntó qué tan importante podía ser ese auto para ella.

—Haré lo que quieras para que no se lo lleven —exclamó ella.

—¿Estás segura de lo que yo quiero? —preguntó Santiago con un tono desafiante.

—Sí, ¿no oíste o qué? —respondió ella con voz temblorosa y decidida.

Santiago sonrió con malicia.

—Bien, quiero que te hinques y me supliques clemencia —sugirió, intentando aprovecharse de la situación. Sin embargo, reconsideró su crueldad y decidió no pedirle sexo a cambio del auto.

—¡Nooooo! Eso jamás. Fue tu culpa —exclamó ella con indignación. Pero Santiago sabía que esa mujer era demasiado orgullosa para hacer algo así con él.

—Entonces quiero que te acuestes conmigo. Me pagarás con sexo —mencionó Santiago, solo para irritarla aún más. Le gustaba verla enfadada, pues lucía aún más hermosa de esa manera.

—¡Estás bien estúpido! ¿Hasta crees que haría tal cosa contigo? Púdrete —respondió ella enfurecida.

Santiago se quedó pensando por un momento, cuestionando por qué le había pedido eso, especialmente cuando la mujer ni siquiera era tan bonita como para justificarlo.

—Llévese el auto de la señorita —dijo al empleado de la grúa.

Santiago aprovechó para subirse a su auto y alejarse, dejándola atrás. Pero aún pudo escucharla murmurar entre dientes mientras él se marchaba.

—¿Qué se cree ese idiota?

«¿Qué tendrá en la cabeza, estiércol o algo parecido? ¿Y ahora qué voy a hacer? No tengo cómo llegar a mi entrevista. Llegar tarde significa dar una mala primera impresión y realmente necesito este trabajo. No puedo quedarme estancada, tengo que correr y solucionar después lo del auto de Cristen.»

Elizabeth sacó rápidamente su bolsa y su celular del auto antes de que la grúa lo remolcara. No quería quedarse sin medio de comunicación ni lidiar con la molestia de tramitar la recuperación del vehículo. Decidió que lo más conveniente sería tomar un taxi para llegar a su destino.

Hizo una parada en la calle y llamó un taxi. Le dio al conductor la dirección exacta a la que quería ir.

Santiago finalmente llegó a su oficina, ubicada en un edificio imponente. Era la oficina principal de un gran grupo empresarial del cual era el CEO más poderoso de toda la ciudad. Esa empresa la había heredado de su abuelo y, aunque estuvo a punto de caer en bancarrota, se había esforzado para sacarla a flote y convertirla en una compañía exitosa.

Al entrar a su oficina, su secretaria lo siguió de cerca. Ella era su mano derecha y lo mantenía informado sobre los asuntos más importantes del día.

—Señor, las aspirantes a ser su asistente personal ya han llegado —le informó.

Él le pidió que las hiciera pasar y, mientras lo hacía, se dirigió a ella con confianza.

—Ven aquí, Mil —le dijo, notando cómo caminaba hacia él desabrochando ligeramente los botones de su camisa.

No pudo evitar pensar que ella sabía muy bien cómo complacerlo, pero en ese momento solo quería centrarse en el trabajo.

Luego de mantener relaciones íntimas con su secretaria en el escritorio, en un encuentro sexual intenso y dominante, sintió que ella ya no lo apretaba como en el pasado. Aunque le gustaba el sexo duro, se dio cuenta de que sus preferencias habían cambiado con el tiempo.

Después del encuentro, continuó con sus responsabilidades laborales. Su secretaria, Mil, le informó que las aspirantes estaban listas para presentarse. Le pidió que hiciera pasar a la candidata más atractiva en primer lugar. Observó cómo una tras otra desfilaban frente a él: algunas de glúteos prominentes, otras de baja estatura, algunas con pechos generosos y otras más delgadas. Pero ninguna de ellas lo sorprendió o cautivó, ya que había visto y probado muchas variedades antes.

Finalmente, se dio cuenta de que aún faltaba una candidata por presentarse. Pidió a Mil que la hiciera entrar y se levantó de su escritorio, sintiendo cómo sus glúteos se habían adormecido debido al tiempo que había pasado sentado. En ese momento, su lápiz se cayó al suelo y se agachó para recogerlo. Justo cuando estaba levantándose, la puerta se abrió de repente.

Le sorprendió que la candidata resbalara con su lápiz y terminara cayendo de rodillas justo frente a él. En ese instante, su postura y apariencia lo capturaron. Estaba justo como lo había imaginado, de rodillas frente a él, creando una ironía inesperada.

—¿Tú?

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