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El Beso Prohibido

Autor: ARYO
last update Fecha de publicación: 2026-05-03 15:49:53

La mañana siguiente amaneció clara y fresca, con ese viento suave que solo sopla en Andalucía en primavera. Magdalena apenas había logrado conciliar el sueño. La presencia de Rafael al otro lado de la puerta la había mantenido despierta, consciente de cada sonido que provenía de la habitación contigua.

Se vistió con un traje de montar negro, práctico pero elegante, y bajó al patio principal donde ya la esperaban los caballos ensillados. Rafael estaba allí, hablando con el capataz. Llevaba camisa blanca con las mangas remangadas, pantalones oscuros y botas altas. El sol de la mañana le daba un aspecto aún más imponente.

—Buenos días —dijo él sin sonreír—. ¿Estás lista?

Magdalena asintió, intentando mantener la distancia emocional. Un mozo la ayudó a subir a su yegua blanca. Rafael montó un poderoso caballo negro con movimientos fluidos y seguros.

Salieron juntos de la hacienda, seguidos a prudente distancia por dos trabajadores. El camino los llevó hacia el corazón de los olivares. Durante los primeros minutos cabalgaron en silencio, solo se escuchaba el sonido de los cascos y el canto de los pájaros.

—Los rendimientos han bajado un quince por ciento en los últimos dos años —dijo Rafael de pronto, rompiendo el silencio—. Hay parcelas que están siendo mal gestionadas.

Magdalena lo miró de reojo.

—¿Cómo lo sabes? Solo llevas aquí dos días.

—Llevo estudiando los libros de cuentas desde antes de llegar. Tu padre me envió copias hace meses.

Ella detuvo su caballo bruscamente.

—¿Mi padre te escribió?

Rafael también detuvo su montura y se giró hacia ella.

—Tu padre me odiaba, pero era un hombre práctico. Sabía que yo era el único que podía proteger sus tierras… y protegerte a ti de tus cuñados.

Magdalena sintió un nudo en la garganta.

—Mi padre nunca me protegió de nada. Me vendió al mejor postor.

Rafael se acercó con su caballo hasta quedar muy cerca de ella.

—No te vendió, Magdalena. Te sacrificó para mantener el apellido. Hay una diferencia.

Ella apartó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos.

Siguieron cabalgando durante más de una hora. Rafael le mostró varias zonas problemáticas: árboles enfermos, sistemas de riego deteriorados y trabajadores que parecían temerosos de hablar abiertamente.

Cuando llegaron a un claro junto a un viejo olivo milenario, Rafael desmontó y le ofreció la mano para ayudarla a bajar. Ella dudó un segundo, pero aceptó. En cuanto sus manos se tocaron, una corriente eléctrica recorrió el cuerpo de ambos.

—Este era nuestro olivo —dijo Rafael en voz baja, sin soltarle la mano—. ¿Lo recuerdas?

Magdalena sintió que las piernas le flaqueaban. Claro que lo recordaba. Bajo ese mismo árbol le había dado su primer beso a los dieciséis años.

—No deberías hablar de eso —susurró.

—¿Por qué no? —Rafael dio un paso más hacia ella—. ¿Porque te da miedo admitir que nunca dejaste de sentir lo mismo que yo?

Magdalena intentó soltarse, pero él la sujetó con firmeza, aunque sin hacerle daño.

—Suéltame.

—No hasta que me mires a los ojos y me digas que no sientes nada.

Sus rostros estaban demasiado cerca. Magdalena podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros, la cicatriz que le cruzaba la ceja, la línea fuerte de su mandíbula.

—Siento… —empezó a decir, pero las palabras se le atoraron.

En ese momento, un disparo resonó en la distancia. La bala pasó muy cerca de ellos, impactando en el tronco del olivo justo encima de sus cabezas.

Rafael reaccionó al instante. La empujó al suelo y cubrió su cuerpo con el suyo, protegiéndola completamente.

—¡Quédate abajo! —ordenó.

Otro disparo. Esta vez más cerca.

Rafael sacó un revólver que llevaba oculto y disparó dos veces hacia la dirección de donde provenían los tiros. Se escucharon pasos apresurados huyendo entre los olivos.

Cuando el peligro pareció pasar, Rafael se incorporó ligeramente, sin dejar de cubrirla.

—¿Estás herida? —preguntó, con la voz ronca por la preocupación. Sus manos recorrieron rápidamente los brazos y la cintura de Magdalena buscando alguna herida.

—Estoy bien… —susurró ella, aún aturdida.

Rafael la miró desde arriba. Sus cuerpos estaban completamente pegados. El peso de él sobre ella, su respiración agitada, el calor que desprendía… todo era demasiado.

Por un segundo, ninguno de los dos se movió.

Luego, lentamente, Rafael bajó la cabeza y la besó.

No fue un beso suave. Fue un beso cargado de nueve años de ausencia, de rabia, de deseo contenido y promesas rotas. Magdalena se resistió solo un instante antes de rendirse por completo, rodeándole el cuello con los brazos.

Cuando finalmente se separaron, ambos jadeaban.

—Esto no cambia nada —dijo ella con voz temblorosa.

Rafael sonrió con esa sonrisa peligrosa que la desarmaba.

—Esto lo cambia todo, mi amor.

La ayudó a levantarse y la subió de nuevo a su caballo. Miró hacia los olivares con expresión sombría.

—Alguien quiere matarte, Magdalena. Y no voy a descansar hasta descubrir quién es.

Mientras cabalgaban de regreso a la hacienda, Magdalena no podía dejar de pensar en dos cosas:

Primero, que alguien acababa de intentar asesinarla.

Y segundo, que el beso de Rafael había despertado algo que llevaba años dormido.

Algo que podía ser tan peligroso como la bala que casi le quita la vida.

El beso bajo el viejo olivo fue como prender fuego a nueve años de silencio.

Rafael la besó con una urgencia casi violenta, como si temiera que ella desapareciera entre sus brazos. Magdalena se resistió apenas un segundo antes de rendirse completamente. Sus manos subieron hasta el cuello de él, atrayéndolo más cerca, mientras sus labios respondían con la misma desesperación.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitados. Rafael apoyó su frente contra la de ella, con los ojos cerrados.

—Dios… —susurró con voz ronca—. No sabes cuánto tiempo esperé por esto.

Magdalena todavía tenía los ojos cerrados, intentando recuperar el control de su cuerpo. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.

—Esto no cambia nada —dijo ella, aunque su voz temblaba.

Rafael soltó una risa baja y oscura, sin separarse de ella.

—Esto lo cambia todo, mi amor.

Otro disparo resonó en la distancia, esta vez más lejos. Rafael reaccionó al instante, cubriendo el cuerpo de Magdalena con el suyo de nuevo.

—Tenemos que volver a la hacienda. Ahora.

La ayudó a montar y él subió rápidamente a su caballo. Cabalgaron a toda velocidad de regreso, sin detenerse ni una sola vez. Rafael no dejaba de mirar hacia atrás, alerta, con el revólver en la mano.

Cuando llegaron al patio de la hacienda, Anselmo salió corriendo a recibirlos, alarmado por la velocidad con la que habían vuelto.

—¿Qué ha pasado? ¡Están pálidos!

—Alguien nos disparó en el olivar viejo —respondió Rafael con voz grave—. Quiero que dupliques la vigilancia inmediatamente. Nadie entra ni sale de estas tierras sin que yo lo sepa.

Magdalena bajó del caballo con las piernas temblorosas. Rafael la tomó del brazo para estabilizarla, un gesto que no pasó desapercibido para el viejo mayordomo.

—Estoy bien —dijo ella, soltándose con suavidad—. Necesito estar sola un momento.

Subió las escaleras rápidamente y se encerró en su habitación. Se apoyó contra la puerta cerrada, intentando recuperar el aliento. Todavía podía sentir los labios de Rafael sobre los suyos, sus manos fuertes sujetándola, el calor de su cuerpo…

—¿Qué estoy haciendo? —susurró para sí misma, angustiada.

Se acercó al espejo y se miró. Tenía los labios hinchados, las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Parecía una mujer que acababa de ser besada con pasión, no una viuda respetable de luto.

Unos golpes firmes en la puerta la sobresaltaron.

—Magdalena, abre.

Era la voz de Rafael.

Ella dudó varios segundos antes de girar la llave. Cuando abrió la puerta, él entró sin esperar invitación y cerró detrás de sí.

—No podemos seguir fingiendo que no pasa nada entre nosotros —dijo él directamente, sin rodeos.

—Rafael, esto es una locura —respondió ella, retrocediendo—. Acaban de intentar matarme y lo único en lo que puedo pensar es en tu boca. Eso no está bien.

Él dio un paso hacia ella.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que finja que no te deseo? ¿Que no he pasado nueve años soñando contigo?

Magdalena sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

—Tengo un hijo, Rafael. Un hijo que he tenido que esconder durante años para protegerlo. Si alguien descubre que existe, lo usarán para destruirme.

Rafael se quedó congelado. La noticia pareció golpearlo con fuerza.

—¿Un hijo…? —repitió en voz baja.

Magdalena asintió, con una lágrima rodando por su mejilla.

—Se llama Mateo. Tiene ocho años.

Rafael se pasó una mano por el cabello, claramente afectado.

—¿Es mío?

—No —respondió ella con dolor—. Es de Enrique. Pero mi marido nunca lo quiso. Lo rechazó desde el día que nació.

El silencio que siguió fue largo y pesado. Rafael la miró con una mezcla de emociones imposibles de descifrar.

—Tráelo —dijo finalmente, con voz ronca—. Tráelo a casa. Yo lo protegeré como si fuera mío.

Magdalena lo miró sorprendida.

—¿Harías eso?

—Haría cualquier cosa por ti —respondió él, acercándose hasta quedar frente a ella—. Cualquier cosa.

Y por segunda vez ese día, Rafael la besó. Pero esta vez el beso fue más lento, más profundo, cargado de una promesa silenciosa.

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