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3; ENCERRADOS Y PERDIDOS

Autor: Jarrisson
last update Fecha de publicación: 2026-02-12 23:01:40

ALBERTO EL FUTURO ALFA

—Mariana, ya falta poco para llegar, sabía que lo lograríamos, pronto el doctor Gallo te curará, él es una eminencia.

—No mientas, incluso yo puedo escuchar que esos jaguares nos están alcanzando y, por si fuera poco, aún no me contestas si tú me alejaste de mi novio Miguel.

—Amor, eso no importa, solo digamos que vi la oportunidad y la aproveché. Ese *#%&* te era infiel en tus propias narices, no entendía cómo se salvaba de que lo descubrieras. Recuerdo una noche en que yo estaba encima de los techos, transformado en lobo. Vi que ese sujeto estaba con su otra novia, besándose en la siguiente esquina, tú te dirigías a ese sitio y cuando ya estabas a punto de verlos, te devolviste porque se te había olvidado el teléfono. Ese aparato que otro día también lo favoreció, tú, por estar embebida en las redes sociales, no viste que se besaron delante de ti.

—Eso no es nada, si vieras que dejé de hablarle a una amiga que me contó que mi novio me era infiel, la tomé como una chismosa y que me lo quería quitar. Después le pedí disculpas, pero ella no las aceptó porque estaba muy dolida conmigo, y con razón fue la única que se atrevió a tratar de abrirme los ojos, porque resulta que casi todo el barrio lo sabía y por no quererme lastimarme, guardaron silencio, al final resultó que yo fui la última en enterarme.

—Eso lo noté, un par de veces algunos muchachos le avisaban que estabas por llegar para que él dejara a la otra novia o viceversa, porque ella era tan inocente y engañada como tú.

—Sin embargo, mi Alberto, me estás posponiendo, aún no me confirmas si tuviste la culpa de que Alberto se esfumara.

—Supongo que tenemos la confianza de contarnos ciertas cosas, pues déjame contarte que no hice nada malo, solo una tarde, mientras te observaba, también lo vi que estaba con su otro amor y un par de sus cómplices corrieron a advertirle. Yo solo me transformé en hombre lobo frente a los ojos de los alcahuetes, dándoles un gran susto, evitando que le advirtieran de tu presencia. Por eso es que esa vez al fin los descubriste, aunque casi te devuelves por algo. Eso lo advertí e intenté perseguirte para que lo encontraras, pero un último momento decidiste seguir adelante.

—Eso fue muy difícil para mí, aunque no por qué lo quisiera mucho, es solo que confiaba en él. Me dolió sentirme traicionada y como una tonta por no creerle a mi amiga. Además, me había acostumbrado a su presencia, ya que llevábamos de novio casi dos años, incluso consideré entregarle mi pureza.

―Lo sé, esa noche te escuché llorar casi toda la noche, por poco dentro a tu cuarto a consolarte, aunque supongo que hubiera empeorado las cosas, solo que tu llanto me destrozaba el corazón, solo me calmé golpeando a Miguel, eso provocó que se largara del país.

—Recuerdo que a la mañana siguiente me llegó un ramo de rosas, firmado por un admirador, me imagino que también tú lo hiciste, ¿verdad?

—Lamento decirte que no era yo, fue uno de los amigos de Miguel, que al enterarse de su rompimiento quiso aprovechar para acecharte, lo peor es que este muchacho era juicioso y muy educado. A ese sí me toca espantarlo sin ningún motivo, por poco me toca devorarlo, o como que lo hice, no lo recuerdo muy bien; mentiras, no lo hice.

—Qué mal, lo de las rosas, además, supuse que tú las enviabas,

—Las de ese día no, pero las de los demás días sí fui yo, porque advertí que te gustaban, me encantaba verte feliz oliendo esas matas.

—Desde luego, esos detalles me ayudaron a alegrar mi vida, inclusive ahora al recordar y saber que tú fuiste el que las envió, eso me alegra la muerte.

—Mariana, por favor, aguanta, ya falta solo una cuadra para llegar al hospital.

—Alberto, ya es tarde, no aguanto más, además ya nos alcanzaron.

—Lo sé, aunque tengo la esperanza de que alguno de mis hombres nos ayude.

—Eso no va a pasar, nadie los va a ayudar, GR—. Rugió un enorme jaguar que les cerraba el paso.

—Lárgate, cacique. Chancó, aprovecha que ahora puedes, estamos en mi territorio, pronto llegarán mis refuerzos —. Alberto terminó su frase con aullido para solicitar ayuda.

—Tus trucos no van a servir, de seguro acabaremos con ustedes antes de que alguno de esos perros sarnosos acuda a rescatarlos, aunque esa chica tiene un aroma familiar. —el chamán la observó dilatando sus pupilas tratando de ver su aura.

—No te atrevas a tocarla, juro que si lo haces te arrepentirás para siempre, porque ella es mi luna amada.

—Qué sarta de improperios vociferas chandoso, una humana no puede ser tu compañera a menos que la transformes y si aguanta dicho proceso. Por otro lado, alguien que está a punto de perecer no se puede dar el lujo de amenazar.

—aguante, Chamán, se nota que sabes nuestra manera de convertir humanos, me imagino que debe ser parecida a la de ustedes.

—Desde luego que no, cualquiera no se puede convertir en hombre-jaguar, para ello tiene que tener que ser descendiente de los dioses, un simple humano no es bendecido y si de pronto sobrevive a una mordida o algo, no aguantará la transformación.

—Por favor, chamán, déjanos ir, te daré lo que quieras, coloca la suma, ya perdí, por favor, déjanos ir, te juro que te daré lo que acordemos.

—Eso hubiera sido una propuesta que no rechazaría, de no ser por todos mis soldados que perdí a causa de los tuyos. Eso no se va a poder, pues yo manejo la ley del ojo por ojo y diente por colmillo, me divertiré al escuchar los aullidos de dolor de su padre, cuando descubra tus restos colgados en el parque central como hacían los conquistadores, por eso es que ahora les ordeno a mis muchachos que ¡ataquen!, ¡acábenlos muchachos!

Un grupo de jaguares se lanzó con sus garras listas para tajarlos en pedazos. Alberto, como única opción, arrojo a su amada a un rincón para defenderse de sus atacantes, embistiéndolos y mordiéndoles las gargantas, tratando de acabarlos de un solo golpe, pero lo superaban en número, provocándole más heridas.

—Es cierto que eres el futuro alfa, por eso eres tan fuerte, no me queda otra opción que intervenir en la pelea, no me puedo quedar viendo, alguno de esos lobos pulgosos, lleguen a auxiliarlos ―. Ronroneó el gran jaguar, lanzándose contra Alberto rasgándole el lomo y lanzándolo contra una pared donde los demás jaguares le enterraron los colmillos y las garras, al tiempo que Mariana gritaba desconsolada al ver como su amado era masacrado.

Ella no aguantó y se le abalanzó sobre el lomo del chamán tratando de asfixiarlo y este, como un toro de rodeo, se sacudió buscando tumbarla para cercenarla.

—Condenada muchachita, prometo que voy a devorarte y disfrutaré cada bocado —. Declarando esto, el chamán dio un giro quedando encima de Mariana. Al sentir el peso del enorme animal y el golpe contra el suelo, libero sus manos, quedando a merced de su oponente, quien alisto las garras y sacando su lengua mojando sus labios, preparándose para devorarla.

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Último capítulo

  • EL ALFA COLOMBIANO   175; DECISION FINAL

    Pasaron meses muy complejos y amargos; Mariana y Alberto vivían entre el odio y el amor, se besaban con furia, se gritaban con ternura, mientras los niños crecían rápido, aprendían a transformarse, a cazar y a meditar. El tiempo del embarazo fue difícil y el parto peor, aunque superado por la irritabilidad de la dieta que se prolongó por los siguientes meses, transformando el ambiente celestial del matrimonio en un infierno inaguantable.Alberto empezó a sentirse viejo, cansado y muy frustrado. A veces miraba el mar y pensaba en lo que pudo ser: el Alfa más poderoso, temido y respetado, que ahora era un padre que cocinaba arepas y cambiaba pañales.Una noche no aguanto mas el mal ambiente y se escapo al bar de la isla, donde Bebió solo y lloró en silencio.—¿Qué te sucede?Alberto levantó la cabeza al escuchar una voz conocida. —Hermano, ¿que haces aqui?—Lo mismo que tú, estoy aburrido con la vida que escogí; es que no es como lo esperaba y es que no lo quería; me dejé llevar por los

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  • EL ALFA COLOMBIANO   173: DESENLAZANDO

    MARIANAlas diferentes imágenes de la ciudad parecía que pasaban en fotogramas, casas de ladrillo, de lata, edificios, parques, luces que se asemejaban cometas dejando una estela. Entretanto Mariana hacía lo posible para aguantar el esfuerzo de cargar a sus hijos y de no dejarse caer del lomo de Alberto mientras corría por las avenidas y callejones, saltando techos y terrazas para llegar a donde ella no tenía ni la más mínima idea. Sin embargo, no se le ocurría más opción de ir a menos que saltara a un destino sin su tal vez amado.—¿a dónde vamos? —pregunto ella.—me hubiera gustado llevarlos a un lugar seguro, pero primero debo crear ese lugar. —Alberto continuó moviendo sus cuatro patas, desplazándose a gran velocidad.—llévame mejor a donde mi tía, ahí estaré bien, por unos días.—no mi amor, lo siento, tengo que hacer algo, si no lo hago, en ningún sitio estarás a salvo.—¿qué es?—Otro duelo.—Qué feo, no vayas, es muy peligroso y, en caso de que pierdas, ¿nos matarán?—ese fue

  • EL ALFA COLOMBIANO   172; EL COMBATE EPICO

    | ALBERTOEl cielo castigaba a la tierra escupiéndole sus kamikazes gotas de lluvia que, al golpear el suelo, le arrancaban pedazos, generando pequeñas explosiones de lodo, justamente en lo que se transformaba esta calle de este nuevo barrio que aún no tenía sus vías con pavimento. Aunque el tiempo parecía detenido en el instante en que Mariana y Alberto encontraban de nuevo sus miradas, fue como si de sus pechos saliera un rayo de luz que los conectara, rompiendo todos los sucesos que los había separado, y en sus oídos les pareció escuchar una delicada música angelical. Hasta qué ocho haces de luz rasgaron el horizonte, enseñando a un enorme jaguar que blandía sus poderosas garras, embistiendo a Alberto, que, aunque se alcanzó a mover esquivando un daño fatal, fue alcanzado a herir en el pecho.—Cacique, déjalo, por favor, déjalo, es Alberto, no tiene nada que ver con Natalia. —Suplico Mariana, con el llanto, escapándosele por los ojos.—No me importa, este es uno de ellos y de los p

  • EL ALFA COLOMBIANO   171; ESCAPE EN LA TORMENTA

    MarianaLa noche cambió en un segundo; la brisa empezó a resoplar y el cielo a iluminarse por unos segundos, al compás de la llovizna que pronto se multiplicó en una gruesa lluvia que castigaba las viejas tejas de zinc.—La verdad es que no quiero retornar al resguardo.—Mi niña, te vuelvo a repetir, es por tu seguridad y la de tus hijos; os aseguro que no le voy a hacer nada, no me sobrepasaré, a menos que su merced lo deseara.—Cacique, se lo agradezco, pero ya no, sé que ya no hay riesgos; el clan de los lobos ahora es liderado por la madre de Alberto y por Natalia, y ellos me dejaron en claro que estamos a salvo.—Me parece que pecas de crédula, de taimada y de… no me recuerdo la palabra, es que no se puede confiar en los lobos y para ellos tus hijos son rivales.—No puede ser, yo sé que no es posible.—Ya sabes que tengo la experiencia del trasegar en mis centurias.—Pues no sé… Aguarda, cacique Chanco, ¿hueles eso?—Por supuesto que sí, es el olor a cancha, a pelo de perro mojad

  • EL ALFA COLOMBIANO   170; EL FUEGO TAMBIEN RECUERDA

    AlbertoLa prisión ardía como si el infierno hubiera firmado un contrato con el concreto. Las llamas no solo lamían los muros: los devoraban con hambre antigua, como si quisieran borrar cada historia escrita en sus pasillos. El humo se arrastraba como una serpiente ciega, buscando pulmones que asfixiar, memorias que borrar.Alberto y Juan corrían, transformados en lobos, buscando una salida. Sus cuerpos cubiertos de pelaje negro y gris, sus ojos brillando como carbones encendidos. El calor era sofocante, como si el aire se hubiera convertido en sopa hirviendo. Cada respiro era una tortura. El humo les llenaba la garganta como ceniza líquida. El corazón les latía como tambores de guerra, no solo por la carrera, sino por la ansiedad de escapar, por la certeza de que algo más estaba ocurriendo.—¿Cómo puede arder así? —gruñó Juan entre jadeos—. Esto es hormigón y acero. Debería quemarse más lento, no tiene lógica.Alberto no respondió, únicamente se concentró en mover sus patas que golpe

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