LOGINPasaron meses muy complejos y amargos; Mariana y Alberto vivían entre el odio y el amor, se besaban con furia, se gritaban con ternura, mientras los niños crecían rápido, aprendían a transformarse, a cazar y a meditar. El tiempo del embarazo fue difícil y el parto peor, aunque superado por la irritabilidad de la dieta que se prolongó por los siguientes meses, transformando el ambiente celestial del matrimonio en un infierno inaguantable.Alberto empezó a sentirse viejo, cansado y muy frustrado. A veces miraba el mar y pensaba en lo que pudo ser: el Alfa más poderoso, temido y respetado, que ahora era un padre que cocinaba arepas y cambiaba pañales.Una noche no aguanto mas el mal ambiente y se escapo al bar de la isla, donde Bebió solo y lloró en silencio.—¿Qué te sucede?Alberto levantó la cabeza al escuchar una voz conocida. —Hermano, ¿que haces aqui?—Lo mismo que tú, estoy aburrido con la vida que escogí; es que no es como lo esperaba y es que no lo quería; me dejé llevar por los
Como el soplido del viento que arranca las hojas de los árboles cuando llega el otoño, así pasaron los días. Los lobos no pudieron comprar una isla, pero adquirieron un enorme terreno en la selva del Carare; Mariana aceptó acompañarlos para ayudar con el desarrollo de sus hijos.Todos los días Alberto la observaba desde lejos, con el corazón encogido; había preparado el discurso mil veces, pero cuando la tenía cerca, todo se le desmoronaba, pero este encuentro sería diferente.—Mariana —dijo, acercándose con cautela—. Necesito hablar contigo.Ella lo miró sin detenerse. —¿Ahora sí quieres hablar? ¿Después de hacerle un hijo a Natalia y vivir con Renata como si fueran pareja?—No fue así. Es que Renata me ayudó cuando estaba roto. Y Natalia… fue un error. Un error que me dio un hijo, sí, pero nunca fue amor.—¿Y yo qué soy? ¿La madre de tus hijos? ¿La boba que estaba dispuesta a todo por ti, incluso volverme una loba?Alberto bajó la cabeza. El sol le quemaba la nuca, pero no tanto com
MARIANAlas diferentes imágenes de la ciudad parecía que pasaban en fotogramas, casas de ladrillo, de lata, edificios, parques, luces que se asemejaban cometas dejando una estela. Entretanto Mariana hacía lo posible para aguantar el esfuerzo de cargar a sus hijos y de no dejarse caer del lomo de Alberto mientras corría por las avenidas y callejones, saltando techos y terrazas para llegar a donde ella no tenía ni la más mínima idea. Sin embargo, no se le ocurría más opción de ir a menos que saltara a un destino sin su tal vez amado.—¿a dónde vamos? —pregunto ella.—me hubiera gustado llevarlos a un lugar seguro, pero primero debo crear ese lugar. —Alberto continuó moviendo sus cuatro patas, desplazándose a gran velocidad.—llévame mejor a donde mi tía, ahí estaré bien, por unos días.—no mi amor, lo siento, tengo que hacer algo, si no lo hago, en ningún sitio estarás a salvo.—¿qué es?—Otro duelo.—Qué feo, no vayas, es muy peligroso y, en caso de que pierdas, ¿nos matarán?—ese fue
| ALBERTOEl cielo castigaba a la tierra escupiéndole sus kamikazes gotas de lluvia que, al golpear el suelo, le arrancaban pedazos, generando pequeñas explosiones de lodo, justamente en lo que se transformaba esta calle de este nuevo barrio que aún no tenía sus vías con pavimento. Aunque el tiempo parecía detenido en el instante en que Mariana y Alberto encontraban de nuevo sus miradas, fue como si de sus pechos saliera un rayo de luz que los conectara, rompiendo todos los sucesos que los había separado, y en sus oídos les pareció escuchar una delicada música angelical. Hasta qué ocho haces de luz rasgaron el horizonte, enseñando a un enorme jaguar que blandía sus poderosas garras, embistiendo a Alberto, que, aunque se alcanzó a mover esquivando un daño fatal, fue alcanzado a herir en el pecho.—Cacique, déjalo, por favor, déjalo, es Alberto, no tiene nada que ver con Natalia. —Suplico Mariana, con el llanto, escapándosele por los ojos.—No me importa, este es uno de ellos y de los p
MarianaLa noche cambió en un segundo; la brisa empezó a resoplar y el cielo a iluminarse por unos segundos, al compás de la llovizna que pronto se multiplicó en una gruesa lluvia que castigaba las viejas tejas de zinc.—La verdad es que no quiero retornar al resguardo.—Mi niña, te vuelvo a repetir, es por tu seguridad y la de tus hijos; os aseguro que no le voy a hacer nada, no me sobrepasaré, a menos que su merced lo deseara.—Cacique, se lo agradezco, pero ya no, sé que ya no hay riesgos; el clan de los lobos ahora es liderado por la madre de Alberto y por Natalia, y ellos me dejaron en claro que estamos a salvo.—Me parece que pecas de crédula, de taimada y de… no me recuerdo la palabra, es que no se puede confiar en los lobos y para ellos tus hijos son rivales.—No puede ser, yo sé que no es posible.—Ya sabes que tengo la experiencia del trasegar en mis centurias.—Pues no sé… Aguarda, cacique Chanco, ¿hueles eso?—Por supuesto que sí, es el olor a cancha, a pelo de perro mojad
AlbertoLa prisión ardía como si el infierno hubiera firmado un contrato con el concreto. Las llamas no solo lamían los muros: los devoraban con hambre antigua, como si quisieran borrar cada historia escrita en sus pasillos. El humo se arrastraba como una serpiente ciega, buscando pulmones que asfixiar, memorias que borrar.Alberto y Juan corrían, transformados en lobos, buscando una salida. Sus cuerpos cubiertos de pelaje negro y gris, sus ojos brillando como carbones encendidos. El calor era sofocante, como si el aire se hubiera convertido en sopa hirviendo. Cada respiro era una tortura. El humo les llenaba la garganta como ceniza líquida. El corazón les latía como tambores de guerra, no solo por la carrera, sino por la ansiedad de escapar, por la certeza de que algo más estaba ocurriendo.—¿Cómo puede arder así? —gruñó Juan entre jadeos—. Esto es hormigón y acero. Debería quemarse más lento, no tiene lógica.Alberto no respondió, únicamente se concentró en mover sus patas que golpe







