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9; AMARGO PORVENIR

Author: Jarrisson
last update publish date: 2026-02-12 23:08:21

SANCHO

El sol parecía que extendiera su manto dorado sobre la manada, haciendo que los pelajes brillaran, a la vez que los soldados empezaban a retirarse, suponiendo que la información de que un gran capo se encontraba en ese sector.

—Retirada, muchachos, falsa alarma, —ordenó el capitán encargado, solo que dos extraños sujetos le interrumpieron su discurso. —¿Ustedes quiénes son?

Al mismo tiempo, en la orilla del caño, el ambiente de desconcierto y sosiego parecía una melodía muda que rasgaba el viento. El viejo Sancho, inmerso en sus pensamientos, repasaba todos los eventos para encontrar la falla de su ritual.

“Sé que el ritual lo realicé bien, no considero que me faltó algo, tal vez es que faltó energía, eso es”. Sancho analizó en su mente y de nuevo instó a que todos se juntaran.

El cielo se nubló ante la vista de los curiosos que suponían que era un truco con drones para alguna publicidad. Además del show de lobos, no faltó el que mencionara que se trataban de robots.

Sancho se concentró, enterrando sus patas en el suelo, sintiendo cada individuo a su alrededor, a los lobos, los soldados, cada animal o persona de esa ciudad, imaginando que les pedía regalado una gota de vida, con la que formó un inmenso río que depositó en el cuerpo de Alberto.

Las nubes chispearon luces, que se reagruparon en un rayo que parecía un dragón danzante, que se dirigió a estrellarse contra la manada de lobos.

— ¿Funcionó? —Sancho, preguntó eufórico.

Un incómodo silencio fue su respuesta y el hecho de que Alberto no se movía.

— ¡Alto, bichos! ¿Qué están tramando? —anunció uno de los extraños que saltó al centro del ritual, tratando de examinar los restos del lobo. Esto provocó la ira del Alfa, quien se lanzó sobre este guerrero, al tiempo que le rugía:

— ¡Eres un atrevido, insolente, maldito cazador!

El guerrero sintió que el enorme animal le tapaba el sol. Parecía como si una montaña le fuera a caer encima, de no ser por esas poderosas garras que lo podrían cortar en rebanadas. Intento estacarlo como a un toro, con una espada brillante, pero solo consiguió herirlo debido a que una poderosa garra le alcanzó a atravesar su armadura mágica, rompiéndole el cuero. De esta forma, unas gotas de sangre tanto del padre como de ese enemigo se mezclaron en el aire, formando una esfera de luz que bañó el cuerpo de Alberto. Causando que se produjera el milagro, este empezó a mover lentamente el rabo.

El anciano Sancho lo advirtió exclamando: —¡Quietos, contemplen el milagro, Alberto regresó a la vida!

El mundo pareció detenerse, enfocándose en los ojos del lobo que intentaba abrir los ojos. Los músculos del rostro se congestionaban y, como si lo hubieran salvado de ahogarse, vomitó una bocanada de agua.

Alberto abrió los ojos; al principio solo divisó luces y sombras, que de forma gradual formaron un paisaje donde todos los miembros de la manada y uno de los temibles cazadores lo observaban sorprendidos. Trato de hablar, pero le costaba trabajo respirar, sus costillas le dolían, no tanto por la paliza que le propinaron los jaguares, era el hecho de que los volvía a utilizar, todo su cuerpo ya estaba entumido, endurecido y ahora estaba otra vez recobrando la energía de la vida.

El Alfa rompió el silencio, celebrando: —¡Viva, mi hijo revivió! —luego se acercó a abrazarlo, olvidándose del feroz guerrero que los observaba.

—¡Cuidado! —lo alertó el anciano Sancho, —aún se encuentra débil y malherido; tenemos que llevarlo cuanto antes a un hospital.

Estas palabras causaron que el cazador saliera de su asombro y les sentenció: —Eso yo no lo permitiré, no dejaré que se marchen, ahora que al parecer pueden resucitar a sus muertos. Eso los convierte en seres muy peligrosos —el guerrero parecía obtener energía del aire con la que materializó dos espadas luminosas y se lanzó a atacar a Alberto, quien todavía trataba de comprender lo que sucedía a su alrededor, pues su memoria aún estaba cargando de la manera cuando se reinicia un computador.

El guerrero se enfiló a destruir a Alberto. Lo consideraba un adefesio, un insulto al orden preestablecido de la vida. Se centró tanto que se le olvidó que estaba rodeado por varios de ellos, y solo bastaron dos que lo atacaron por la espalda. Solo comprendió su error al sentir los duros colmillos en su espalda, que de no ser por una energía mágica que los cubría a manera de un campo de fuerza, de seguro lo hubieran traspasado, pero por estos ataques se notó que la barrera se debilitaba. Aquel cazador no era rival para ese ejército de lobos. Lo tumbaron al suelo, donde le siguieron administrando una paliza. Con gran esfuerzo gritó: —¡Das, ayúdame!

Ese mensaje era para uno de los observadores. El sujeto con el que llegó, un hombre de mediana estatura, de tez blanca, con el cabello canoso y una gabardina que parecía triplicarle la edad, angustiado, le suplicó al Capitán: —Por favor, ayude a mi amigo, esos lobos lo van a matar.

El capitán dobló hacia afuera el labio inferior, dobló las manos a la espalda y sacó el pecho para contestarle con su voz de mando: —No le entiendo, usted primero nos informó que ese señor era un experto domador de animales salvajes.

De nuevo el señor de la gabardina vieja le rogó ayuda para su amigo, para recibir en su lugar otro reproche por parte del militar: —Al parecer es verdad lo que se murmura del famoso detective Das, “que no se le entiende lo que hace o dice”.

El detective, preso de la angustia, miraba de reojo la paliza que le administraban a su socio, incluso le pareció ver que brotaba sangre. Le contestó hablando sin respirar: —Pero lo hago, por eso soy el mejor del país, también tengo reconocimientos internacionales y eso me ha llevado a conocer personas muy influyentes como el presidente, el cual se molestaría si le cuento que uno de sus soldados dejó morir a un cazador a quien le salieron mal los trucos.

El militar volteó la cara para escupir al suelo y le habló con voz baja: —Debió de haber dicho eso desde el principio, que le fracasó el circo, y de todas maneras que el glorioso ejército está en todo el deber de proteger a los civiles—, el capitán pareció sonreír, tomando aire para ordenar a su tropa; —¡Atención, disparen a discreción!, debemos salvar a ese domador fracasado.

Los fusiles se accionaron contra la manada, interrumpiendo el ataque contra el iluso cazador.

El alfa se levantó para dar su poderoso aullido que instaba a defenderse.

A los soldados les pareció como si una oscura avalancha les cayera sobre ellos a pesar de que desocupaban sus fusiles. A los sobrevivientes les tocó ver cómo sus compañeros acabaron en las fauces de esos monstruos, aunque también algunos de ellos quedaban heridos en el suelo, pero a los pocos segundos se recuperaban para seguir atacándolos. Una voz que parecía que nadie escuchaba, repetía unas órdenes o propuestas.

—Esas balas no les hacen daño, utilicen los explosivos y es mejor que huyamos—, intervino el detective quien sacó un pequeño revólver con el que le disparó a un enorme lobo que intentó quitarle la cabeza. Pero el proyectil le dejó un pequeño hueco por donde brotó un líquido gris brillante.

—No, jodas, que esas son balas de plata—, vocifera el capitán, luchando con un sable.

—En efecto, lo malo es que no me quedan más de cuatro—. DAS intentaba buscar a su amigo. Entre esa turba peluda y el caos resultante, lo único que pudo divisar fueron unos enormes lobos que parecían estar hablando. Se trataba del Alfa que le comentaba al anciano lo siguiente: —Debemos marcharnos, llevemos a Alberto a la oficina del médico para que se recupere.

Sheila necesitaba mejorar su credibilidad y valía, por eso propuso esto: —Padre, cárguenlo a mi espalda, yo lo llevaré mientras un escuadrón me abre el paso y otro me cuida la retaguardia.

En su mente maquinaba la forma de lanzarlo por un precipicio o algo que pareciera un accidente. El Alfa le afirmó con la cabeza a la vez que lanzó una orden a su tropa: —¡Acaben con todos, no quiero testigos!

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