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Capítulo 10: El Veneno de la Posesión

last update Fecha de publicación: 2026-07-31 11:31:15

POV DAMIÁN

El olor a cera fría y a incienso rancio ya no bastaba para limpiar el aire de mi despacho. No cuando cada rincón de este templo apestaba a ella. Dios me perdone, si es que aún se toma la molestia de mirar hacia este rincón olvidado de San Judas, pero Elena se había convertido en una infección en mi sangre. Una gangrena hermosa, silenciosa y letal que devoraba mi vocación, mis votos y mi cordura con la misma paciencia con la que el agua parte la roca.

Llevaba tres semanas como sacerd
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    Pov ElenaEl cielo sobre el cementerio de San Judas amaneció cubierto por una capa densa de niebla gris. El frío de la montaña se me colaba por los huesos, pero no sentía frío; el calor de la mano de Damián, sujetando la mía con una fuerza inquebrantable, era mi único refugio.El coche fúnebre que contratamos desde la ciudad vecina acababa de colocar el ataúd de la tía Beatriz sobre el foso de tierra fresca. A nuestro alrededor no había multitudes, ni cánticos de la iglesia local, ni las caras falsas de los vecinos que la noche anterior nos escupían veneno. Solo estábamos nosotros tres: Damián, nuestro hijo Lucas y yo. Había ordenado que el sepelio fuera completamente privado, pagando a los sepultureros para que nos dejaran a solas en el momento final.Me acerqué al borde de la tumba, sosteniendo una sola rosa blanca entre las manos. Lucas observaba en silencio desde los brazos de su padre, sintiendo el peso del momento.—Gracias por haberme querido cuando nadie más lo hacía, tía —mur

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    Pov DamiánEl letrero de madera carcomida por la humedad le dio la bienvenida a la camioneta como un aviso de advertencia: Bienvenidos a San Judas. El aire en este valle no había cambiado nada en quince años; seguía oliendo a pino húmedo, a tierra fría y a esa rancia sensación de santidad fingida que se pega a los pulmones.Apreté el volante de cuero con la fuerza suficiente para blanquear los nudillos. A mi lado, Elena mantenía la mirada fija en las casas de piedra y adobe que comenzaban a aparecer a los lados del camino. Estaba pálida, con la mandíbula tensa y una lágrima seca marcada en la mejilla. En el asiento trasero, Lucas dormía profundamente, ajeno por completo a que el suelo que pisábamos era el mismo donde la moral de este pueblo pretendió enterrar a sus padres.Estacioné el vehículo frente a la pequeña casa de madera de la tía Beatriz. En el porche, la luz de unas cuantas velas parpadeaba contra el viento de la tarde. El ataúd de madera sencilla descansaba en la sala princ

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    Pov ElenaLa mañana en Los Ángeles se anunciaba brillante y tranquila. Estaba en la isla de la cocina sirviendo un vaso de jugo para Lucas, mientras escuchaba el murmullo de la televisión de fondo y el sonido suave del periódico que Damián pasaba en la mesa. Era una rutina doméstica pacífica, el tipo de paz que nos costó años conquistar y que valoraba con cada fibra de mi ser.Entonces, el teléfono sonó.No era el tono de la línea corporativa ni la alarma del sistema de seguridad. Era mi teléfono personal, un número que muy pocas personas tenían. Al mirar la pantalla, vi un prefijo desconocido, pero el código de área me hizo congelar la mano a milímetros del cristal.Era el código del condado de San Judas.Damián levantó la vista del periódico al instante. Su mirada se volvió afilada, intuyendo la alteración en mi energía antes de que yo dijera una sola palabra.Con los dedos temblorosos, deslicé la pantalla y me llevé el teléfono a la oreja.—¿Bueno? —mi voz salió más débil de lo que

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    Pov DamiánEl sonido seco del motor V8 de mi auto resonaba con firmeza en el garaje subterráneo de nuestro edificio en la zona más exclusiva de Los Ángeles. Apagué el contacto y permanecí unos segundos en silencio, observando el volante de cuero antes de mirar a Elena, quien retochaba su lápiz labial en el espejo de cortesía.Quince años. Quince años desde que colgué la sotana en aquel armario de madera carcomida en San Judas y quemé las naves detrás de mí.A veces, cuando el mundo financiero trata de presionarme en una negociación millonaria, me entra una risa amarga e interna. Ellos creen que están lidiando con un simple magnate inmobiliario educado en el rigor del negocio de mi padre. No tienen idea de que la verdadera disciplina, el arte de la manipulación y la frialdad la aprendí escuchando las miserias de la gente al otro lado de una rejilla de madera, fingiendo que me importaba su redención mientras en lo único en lo que pensaba era en la carne, en el aroma y en la perdición de

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    Pov ElenaLas luces de Los Ángeles jamás se apagaban, y desde el ventanal del piso cuarenta de la torre corporativa de nuestra firma inmobiliaria, la ciudad parecía una alfombra infinita de estrellas caídas. Era una vista imponente, despiadada y perfecta; exactamente como la vida que habíamos construido sobre las ruinas de lo que alguna vez fuimos.Ajusté la tela de seda de mi vestido color crema frente al espejo de mi oficina privada. Me observé unos segundos, deteniéndome en los detalles que el tiempo había transformado. A mis treinta y seis años, la muchacha asustadiza que vestía faldas grises por debajo de la rodilla, con el cabello recogido en trenzas apretadas que le dolían en el cuero cabelludo, no era más que un fantasma lejano. En su lugar, el reflejo me devolvía la imagen de una mujer impecable, segura de sí misma, envuelta en telas caras, joyas finas y un halo de poder que no le debía nada a nadie.Aquel pueblo opresivo llamado San Judas, con sus paredes de piedra helada, s

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    POV ELENA El rugido de la gran ciudad no se parecía en nada al silencio opresivo de San Judas. Aquí, a medianoche, las luces de neón parpadeaban contra el asfalto mojado por la lluvia y el eco del tráfico creaba un zumbido constante, ajeno y ensordecedor. Nadie me miraba. Al bajar del autobús que me había alejado para siempre de la plaza, de las partituras del órgano y de la sombra de la señora Marta, experimenté por primera vez el peso de la invisibilidad. Ya no era la organista huérfana; era simplemente una mujer caminando hacia su destino con un sobre de papel kraft apretado contra el pecho.El edificio de departamentos era una estructura moderna de concreto y vidrio, un monolito gris que se alzaba hacia el cielo nocturno. Subí por el ascensor en silencio, observando mi reflejo en el espejo de la cabina. Llevaba un vestido negro que jamás me habría atrevido a usar en el pueblo; el escote dejaba al descubierto la palidez de mi cuello y la seda se ceñía a mis caderas con una fluid

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