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CAPÍTULO 36: EL JUICIO

Autor: EJPB
last update Data de publicação: 2026-07-04 05:08:44

Los días siguientes al reencuentro en la mansión Pierro fueron una mezcla de emociones encontradas. Yerald y yo habíamos establecido una nueva complicidad, una que no necesitaba contratos ni promesas. Pero la sombra de Octavio seguía presente, y sabía que, mientras él no fuera juzgado, no podría cerrar por completo el capítulo más oscuro de mi vida.

La noticia del juicio llegó una mañana, mientras desayunaba con mi abuela y Thiago. El licenciado Fuentes me llamó para informarme de que la fecha
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  • EL CONTRATO DE LAS CENIZAS   CAPÍTULO 41: DE LAS CENIZAS (FINAL)

    La brisa del atardecer acariciaba el jardín de la mansión Valtierra, meciendo suavemente los rosales que Elisa había plantado tantos años atrás. Era un lugar que había sido testigo de mi dolor, de mis lágrimas, de mis dudas. Pero también era el lugar donde había encontrado mi hogar. Donde había aprendido que el amor, el verdadero, siempre encuentra su camino.Cinco años habían pasado desde aquella boda en la mansión Pierro. Cinco años de risas, de abrazos, de noches en vela con los niños, de momentos que atesoraba en mi corazón como pequeñas joyas. Ahora, sentada en el banco de piedra bajo el viejo roble, observaba a mi familia jugar en el césped.Yerald estaba allí, con su camisa blanca desabotonada en el cuello y el cabello más plateado que nunca. Su risa, aquella risa que había aprendido a conocer en los momentos más íntimos, resonaba en el aire mientras Thiago y Liana corrían a su alrededor. Y en sus brazos, nuestra hija, la pequeña Elisa, reía con la inocencia de quien aún no con

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    El sol de la mañana se filtraba a través de los cortinajes de seda de mi habitación, tiñendo todo de un tono dorado que parecía prometer que aquel día sería perfecto. Había dormido apenas unas horas, pero no sentía cansancio. Solo una emoción tan inmensa que apenas podía contenerla.—María, ¿estás lista? —preguntó mi abuela desde la puerta, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.—Creo que sí —respondí, sintiendo que el corazón me latía con fuerza.La mansión Pierro se había transformado en un lugar de ensueño. Cada rincón estaba adornado con flores blancas y rosadas, y el jardín, donde se celebraría la ceremonia, parecía un cuadro sacado de un cuento de hadas. Un arco de rosas y glicinas se alzaba en el centro, y a su alrededor, cientos de velas titilaban como estrellas caídas en la tierra.Cuando bajé las escaleras, el vestido que mi abuela había mandado hacer para mí susurraba con cada paso. Era de seda blanca, con un escote discreto y un velo que caía como una cascada de n

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    La brisa del atardecer acariciaba mi rostro mientras caminaba por el jardín de la mansión Pierro, sintiendo que la felicidad que llevaba dentro era tan inmensa que apenas podía contenerla. Los días desde la confesión de Yerald habían sido un sueño: las risas de los niños, las sonrisas cómplices de mi abuela, la mirada de Yerald que seguía mis movimientos como si yo fuera el centro de su universo.Pero él había estado reservado los últimos días, con un brillo especial en los ojos que no lograba descifrar. Ximena también andaba con misterios, y hasta Liana parecía estar guardando un secreto. Incluso Thiago, mi pequeño, se había vuelto más callado de lo habitual.—Mamá —me había dicho esa mañana—. ¿Puedes vestirte bonita hoy?—¿Por qué, mi amor? —pregunté, riendo.—Porque es un día especial —respondió él, con una seriedad que me desarmó.No supe qué esperar. Pero cuando bajé las escaleras al atardecer, vestida con un sencillo vestido blanco que mi abuela me había regalado, encontré la ma

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    La mansión Pierro se había llenado de una luz diferente desde la reconciliación con Ximena. Era como si el perdón hubiera abierto una ventana que dejaba entrar el sol en cada rincón, disipando las sombras que habían habitado aquellos muros durante décadas. Mi abuela sonreía más, Thiago y Liana jugaban como hermanos, y yo... yo sentía que el corazón me pesaba menos, como si hubiera soltado una carga que llevaba demasiado tiempo.Pero había algo que aún no se había dicho. Algo que Yerald y yo habíamos estado evitando desde el reencuentro, como si las palabras pudieran romper el frágil equilibrio que habíamos construido.Fue una tarde de domingo, cuando el jardín estaba bañado por la luz dorada del atardecer, que Yerald me pidió que camináramos solos. Thiago y Liana estaban en la cocina, ayudando a mi abuela a preparar galletas, y Ximena se había retirado a leer en la biblioteca. No había excusas, no había distracciones. Solo nosotros.—María —dijo él, deteniéndose junto al viejo roble q

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    Los días posteriores al juicio fueron de una calma que no había experimentado en mucho tiempo. El peso de la justicia, el cierre del capítulo más oscuro de mi vida, me había dejado con una sensación de ligereza que no sabía que era posible. Pero también había algo más, una inquietud que no lograba sacudirme: la sombra de Ximena, la hija que siempre me había odiado, seguía presente en mis pensamientos.Yerald notaba mi preocupación. Una tarde, mientras paseábamos por el jardín de la mansión Pierro, me tomó la mano y me miró con atención.—¿En qué piensas? —preguntó, con voz suave.—En Ximena —admití—. Sé que siempre me ha odiado, que siempre ha tratado de hacerme daño. Pero después de todo lo que ha pasado... no sé, me gustaría que las cosas fueran diferentes.Yerald guardó silencio un momento, como si estuviera sopesando sus palabras.—Ximena ha cambiado —dijo finalmente—. No sé si lo suficiente, pero ha cambiado. Desde que te fuiste, ha tenido tiempo para reflexionar. Para darse cuen

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    Los días siguientes al reencuentro en la mansión Pierro fueron una mezcla de emociones encontradas. Yerald y yo habíamos establecido una nueva complicidad, una que no necesitaba contratos ni promesas. Pero la sombra de Octavio seguía presente, y sabía que, mientras él no fuera juzgado, no podría cerrar por completo el capítulo más oscuro de mi vida.La noticia del juicio llegó una mañana, mientras desayunaba con mi abuela y Thiago. El licenciado Fuentes me llamó para informarme de que la fecha estaba fijada: dentro de una semana, Octavio comparecería ante el tribunal para responder por los crímenes que había cometido.—¿Estás lista, María? —preguntó mi abuela, tomando mi mano con ternura.—Sí, abuela —respondí, con la voz firme—. He esperado este momento toda mi vida.La semana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Yerald estuvo a mi lado en todo momento, ofreciéndome su apoyo silencioso, su presencia constante, su mano cuando la mía temblaba. Thiago y Liana jugaban juntos en el jardín,

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