INICIAR SESIÓNCicatrices invisibles
El sol aún no despuntaba cuando Arianna se sentó al borde de la bañera. Tenía las rodillas juntas, los brazos rodeándolas y la mirada fija en la nada. La luz tenue del baño dibujaba sombras largas sobre sus hombros desnudos. Se tocó la mejilla derecha con la yema de los dedos. Ardía. La noche anterior, Paolo no había hablado. Solo había gritado. Y cuando ella intentó contestar, la mano le llegó rápido y seca. No por impulso. Por costumbre. Arianna no lloró. Ya no lo hacía. No por resignación, sino por agotamiento. Su fuerza se guardaba para el escenario, para las luces, para la ficción. En la realidad, ya no tenía espacio para defenderse. Salió del baño en silencio. Paolo dormía como si nada, como si no hubiese descargado su frustración contra el cuerpo frágil de la mujer que decía amar. Ella se vistió despacio, recogió sus cosas y salió rumbo a la academia de danza, como todos los días. Sin escándalos. Sin notas en el espejo. --- Mientras tanto, en un rincón de Florencia, el café hervía en una taza de porcelana fina. Greco lo observaba sin tomarlo. Desde el ventanal del salón, los primeros rayos de sol acariciaban los muebles oscuros y la mesa donde su abuela, Nonna Vittoria, leía el diario con sus gafas colgando de la punta de la nariz. —Dormiste poco —murmuró ella sin levantar la vista. —Trabajo —respondió él sin más. —¿O pensamientos? Greco ladeó la cabeza. —No me gusta sentirme vigilado. —¿Por Rubí? Greco frunció el ceño. —No deberías saber de eso. —Soy vieja, no estúpida —dijo ella, girando la página—. Y Rubí no es mujer para ti, Greco. Tiene el corazón enfermo de vanidad. Si insistes, va a traer sombras a tu vida. Y tú ya tienes suficientes. Él no contestó. Observó el humo del café y pensó en la figura que no podía sacarse de la mente. Esa bailarina. Ese momento fugaz en el escenario. No tenía nombre, pero ya le pesaba como si lo supiera. --- Rubí paseaba entre los viñedos que bordeaban la casa de su familia. Las flores comenzaban a estallar con la primavera, pero en su rostro solo había una expresión: furia. —¿Dónde está Greco? —preguntó al teléfono. —En una reunión —respondió la voz del otro lado. —Pues dile que vine. Y que no voy a seguir esperando como una más. Colgó sin despedirse. Detrás de ella, una joven doncella la miraba con temor. Rubí se volteó con una sonrisa fingida. —¿Alguna vez te han hecho sentir que no eres suficiente? La joven no respondió. —No importa. A mí tampoco. Hasta ahora. Y sin más, se alejó con la seguridad cruel de quien cree tener derecho a todo. --- En el estudio de danza, Arianna ejecutaba cada movimiento como si en ello le fuera la vida. Y, en efecto, le iba. El sudor se mezclaba con el dolor y la disciplina. La música cubría los gritos que había oído la noche anterior. Cada paso era una forma de huir. —Otra vez —ordenó la profesora—. Esta vez, con emoción. Arianna cerró los ojos. Sintió la música, pero también el nudo en la garganta. Pensó en escapar, en correr hasta un lugar donde nadie supiera su nombre. Pensó en el hombre del teatro. Y sin querer, el giro final salió perfecto. Puro. Doloroso. --- Dante caminaba por los pasillos del club privado con una carpeta bajo el brazo. —Ella se llama Arianna Veltri . Bailarina principal en el Teatro Verdi. Vive con su pareja, Paolo Ricci. Tiene buen talento... y una mirada que no deja dormir a tu jefe —dijo a uno de los hombres de Greco, mientras le entregaba las fotos. —¿Quiere que la cuidemos? —No. Aún no. Pero mantengan los ojos abiertos. Y avísenme si algo... se sale del guión. --- Aquella noche, Paolo no esperó a que Arianna hablara. Ya estaba molesto porque la cena se enfrió. Porque su jefe le gritó. Porque sintió que los hombres en la calle la miraban demasiado. Ella entró con la espalda encorvada. Él bebía una cerveza. Bastó una palabra mal entonada para que volara el vaso. El resto fue un ruido. La lluvia había cesado en Florencia, pero el aire mantenía ese olor a tierra mojada que se colaba entre las piedras de las calles antiguas. En el club de Greco, la música suave se mezclaba con el murmullo de conversaciones discretas. Era tarde, pero los negocios no tenían horario. Greco estaba sentado al fondo, en una mesa semicircular tapizada en terciopelo oscuro. Dante, a su derecha, hojeaba un expediente mientras vigilaba con un ojo el entorno. —No entiendo por qué tanta atención en una bailarina —dijo, rompiendo el silencio. Greco no respondió de inmediato. Bebía un trago de whisky con hielo, los ojos perdidos en la ventana empañada. —Porque tiene algo que no se puede explicar. Lo sentí en ese teatro, como si su dolor fuera mío. Dante ladeó la cabeza. —¿Y qué vas a hacer? ¿Ir a sacarla de su mundo y meterla en el nuestro? —No —dijo Greco, seco—. No mientras esté con ese tipo. —Paolo Ricci. Tiene conexiones con gente sucia. Mal jugador, celoso y violento. Greco apretó los dientes. —Lo sé. Pero ella no está lista para que yo me cruce en su vida. Antes de que Dante pudiera replicar, la puerta del club se abrió y Rubí entró. Vestida de rojo, con tacones que resonaban sobre el piso de madera, se aproximó como si el lugar le perteneciera. Y a veces, lo parecía. —Buenas noches, Greco —saludó con voz melosa, posando una mano sobre su hombro. Greco no se inmutó. —Rubí. —Pensé que podíamos hablar. A solas. Dante captó la señal con rapidez. Se levantó y se alejó, dejando a ambos solos. —No puedo quedarme mucho —dijo Greco. Ella sonrió, mordiéndose el labio. —¡Siempre ocupado! Pero para mí, siempre encuentras un rato, ¿no es cierto? —Depende del tema. Rubí se inclinó hacia él. —Anoche soñé contigo. No deberías estar solo, Greco. Tienes demasiado en los hombros. Yo podría... ayudarte a cargarlo. Él se apartó ligeramente. —No estoy buscando consuelo. Ni complicaciones. La sonrisa de Rubí se heló. —¿Es por esa bailarina? Greco la miró directamente por primera vez. —No sabes de qué hablas. —Oh, claro que sé. Esa mujer... ¡ni siquiera te conoce! Pero ya tiene tu atención, y eso me molesta. Greco se levantó. Su sombra se alargó sobre la mesa. —No tengo tiempo para celos infantiles, Rubí. Ella también se puso de pie, pero más cerca de él. —No soy una niña. Y tú no eres inmune. Recuerda con quién estás hablando. Greco se inclinó hacia ella. —Precisamente por eso. Y se alejó. --- Arianna caminaba de regreso a casa con una bolsa de pan caliente. La ciudad parecía en pausa. Pero dentro de ella, una guerra silenciosa rugía. Cada vez que sentía pasos tras ella, su cuerpo se tensaba. Llegó al apartamento. Paolo no estaba. Al menos por ahora. Abrió la puerta y se permitió un segundo de paz. Luego vio el jarrón roto en el piso. Su respiración se agitó. Retrocedió. Paolo había estado ahí. ¡Y estaba enojado! En ese instante, su teléfono vibró. Era un mensaje sin remitente: "No estás sola. Te estoy cuidando." Arianna se estremeció. No sabía si sentir miedo... o esperanza. ******* Arianna desvió la mirada hacia la ventana, pero sus ojos no veían la lluvia Entonces lo recordó fue un instante apenas perceptible, un parpadeo robado en medio del caos tras bambalinas. Estaba saliendo del camerino cuando lo vio: un hombre alto, de cabello oscuro, con el ceño ligeramente fruncido y los labios apretados como si llevara décadas sin sonreír. No dijo una palabra noo hizo un solo movimiento. Solo la miró y eso bastó para helarle la sangre. No fue una mirada de deseo… fue más profunda. Una especie de reconocimiento que la estremeció. Arianna había apretado la bufanda contra su pecho como un escudo, sin comprender por qué sentía que aquel extraño podía atravesarle con solo mirarla.Y entonces, como si él hubiera sentido que se había dejado ver demasiado, desapareció entre las sombras del pasillo.Un suspiro se le escapó ahora, al recordarlo. Paolo tenía razón en una cosa: ese momento existió pero no sabía que lo que se había cruzado en ese pasillo no era una simple mirada……sino un destino.El salón principal de la sede Leone Vinicola estaba engalanado para la despedida. Las paredes de vidrio mostraban, detrás de las luces, el viñedo que se hundía en la penumbra; las mesas, dispuestas en semicírculo, hablaban de una casa grande que, esa noche, se reducía a miradas contenidas y a un adiós que nadie quería pronunciar demasiado alto. Había música suave, una colección de amigos y socios, y la familia en primer plano: Greco, Arianna, Dante, Luciana, Ekaterina, Morozov, Ravenna. Los jóvenes conversaban en grupos; Victoria permanecía en un punto intermedio, bella y tranquila, pero con los ojos que delataban una atención a cada movimiento de Dante Jr. La despedida era para él. Para Dante Leone Jr., que había decidido aceptar la responsabilidad de Milán: un salto dentro del mundo legítimo de empresas pantalla y tramas que necesitaban de una mano joven, lista y discreta. Él lo llamaba “ir a aprender”; la familia lo llamaba “una misión”. Para Dante Jr. era, sobre todo, una for
El sol apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales del viñedo. El aire olía a uva fresca y a café recién hecho; la vida seguía con la misma cadencia perfecta que los años habían construido. Pero dentro de Dante Jr, nada estaba en calma. Se había despertado temprano. No podía quitarse de la mente la imagen de Victoria riendo en la cena, hablando del chico con el que saldría. Recordó las palabras de su padre, “si la amas, díselo”, y supo que no podía seguir callando. Subió los escalones del edificio principal, cada paso pesándole más que el anterior. En el piso superior, donde las oficinas daban al jardín interno, la vio. Victoria estaba frente a un espejo, revisando su reflejo. Llevaba un vestido color lavanda, ligero, que caía como una brisa sobre su piel. Su cabello castaño ondeaba libre, y en el cuello, un pequeño dije con la inicial “V”. Sonreía… pero no del todo. Era esa sonrisa que sólo mostraba cuando intentaba convencerse de algo. Dante Jr se detuvo en la puerta
El reloj marcaba las seis de la tarde cuando Dante Jr. salió del edificio principal de Leone Wines. El aire de la Toscana estaba tibio, con aroma a uvas recién cortadas y madera vieja. Pero en su pecho, nada era calma. Había pasado toda la tarde viéndola —Victoria— sonreírle al inversionista francés. Esa sonrisa… la misma que él había soñado tantas veces ver solo para él. Se quitó la chaqueta con fastidio, caminando hasta los jardines. El enojo se mezclaba con tristeza, y la tristeza con un miedo antiguo que no sabía nombrar. No fue al despacho de su padre. Ni al gimnasio donde a veces descargaba su furia. Fue directo a la casa de campo, donde sabía que Luciana estaría preparando té, como siempre hacía al caer la tarde. Cuando ella lo vio entrar, no dijo nada al principio. Solo lo miró… y supo. Las madres Leone no necesitaban palabras. —¿Otra vez por Victoria? —preguntó con suavidad, dejando la taza sobre la mesa. Dante Jr. bajó la mirada, hundiendo las manos
El tiempo, que no perdona ni a los dioses ni a los mafiosos, había pasado con la delicadeza de una brisa y la fuerza de una marea. Doscientos cincuenta años de historia familiar habían convertido el nombre Leone en una leyenda que ya no pertenecía solo a Italia, sino al mundo. Las generaciones se sucedían, pero el linaje se mantenía intacto, sostenido por un juramento ancestral: > “La sangre no se olvida. El amor no se niega. El poder no se comparte.” En la villa restaurada —ahora una mezcla de museo y fortaleza moderna— Greco Leone observaba los viñedos desde su despacho. Su cabello completamente blanco, su porte aún imponente. A su lado, Arianna, con su elegancia eterna, revisaba un cuaderno con bocetos del teatro de danza que dirigía junto a su hija, Victoria. Ambos lucían mayores, sí, pero había algo en ellos —una dignidad de hierro, una belleza que no cedía ante el tiempo— que hacía parecer que el mundo envejecía alrededor de ellos, no al revés. En el salón pr
El silencio de la UCI era el único compañero de Alexei Morozov. Dos días se habían convertido en una eternidad. Se negaba a dejar el lado de su esposa, su traje inmaculado ahora arrugado por la falta de sueño. Tomó la mano inerte de Ekaterina y se la llevó a los labios, susurrando con una ternura que solo ella conocía. —Katya, mi amor... ¿Recuerdas cuánto queríamos esto? No puedes abandonarme ahora que la tenemos. Tienes que verla. Acercó a la bebé a la mano de Ekaterina, que reposaba sobre el pecho. —Ella es tu fuerza, mi tsvetok. Nació gritando, como una verdadera guerrera rusa. Tiene tu nariz, Katya, y mira... cuando duerme, se ríe justo como tú lo haces antes de beber vodka y darme un susto de muerte. Morozov tomó un respiro profundo, y su voz se quebró. —La llamaremos Sofiya, si tú quieres. Sofiya Yelena. Significa Sabiduría y Luz. Y ella es ambas cosas. Pero no puedo sellar ese nombre sin tu voz. Necesito que despiertes y me digas que el nombre es perfecto. Mi vida, si me
La habitación de Greco y Arianna estaba sumida en una penumbra. Arianna se deshizo de la ropa, buscando cerrar el círculo de la noche anterior. —Me carcome, Arianna. —dijo Greco, su voz áspera y llena de miedo—. No quiero ser ese hombre brutal. Te juro que lo de anoche no se repetirá. Arianna lo tomó, acercándose peligrosamente. —No tienes que disculparte más, Leone. Lo quiero de nuevo, sobrios. Quiero sentir todo tu poder sin el filtro del alcohol. —Ella lo provocó directamente, su voz un susurro cargado de intención—. Quiero que me tomes de todas las maneras, mi amo. Demuéstrame que te pertenezco por elección. Es la única forma de borrar tu culpa: transformándola en placer mutuo. Greco se tensó. El miedo a lastimarla luchaba contra el deseo que ella avivaba. —Arianna... sabes que mi fuerza puede ser demasiado. —intentó protestar, su respiración acelerándose—. Si me rindo, iré hasta el final. Ella no se inmutó. Se arrodilló frente a él, sus manos explorando y encendie







