INICIAR SESIÓNEl mármol blanco de la entrada del club privado “La Rosa Negra” relucía bajo la tenue luz de las lámparas italianas. Greco, impecable como siempre, descendió del Alfa Romeo negro, su abrigo largo ondeando apenas con el viento nocturno. Dante ya lo esperaba junto a la puerta.
—Todo en orden —dijo su mano derecha con un movimiento sutil de cabeza—. Los muchachos están dentro. Greco asintió. Su mente estaba dividida entre los negocios que debía revisar esa noche y el recuerdo borroso de un rostro que apenas había vislumbrado en la gala anterior. No sabía su nombre, pero los ojos de aquella bailarina le habían dejado una inquietud nueva, como una grieta en su habitual indiferencia. Apenas entraron, el ambiente de humo, whisky y murmullos se cerró sobre ellos. El salón estaba decorado con terciopelo rojo y espejos antiguos. Al fondo, una figura femenina se giró lentamente al reconocer a Greco. Vestía un vestido de seda azul zafiro, ceñido, con un escote sutil que dejaba ver un collar de diamantes. Rubí. —Greco —dijo, como si lo hubiera estado esperando toda la noche. —Rubí —respondió él, con la educación precisa. No sonrió. No ofreció más que su mirada firme. Ella se acercó, lenta, felina. Su perfume invadía el aire. Se detuvo a centímetros de su pecho y colocó una mano sobre su brazo. —¿Me invitarás una copa o seguirás huyendo de mí como si fuera una sombra incómoda? —No huyo de nada. Pero esta noche es de negocios —respondió, sin ceder terreno. Rubí soltó una risa suave, casi musical, pero con una pizca de veneno. —Qué lástima. Yo estaba convencida de que podía ser tu alivio… después de tanta presión. Un hombre como tú debe saber cuándo descansar, ¿no? Dante desvió la mirada, incómodo. Greco dio un paso al costado, separándose de su cercanía invasiva. —La presión no se alivia con juegos, Rubí. Tú lo sabes. Rubí lo observó con un destello de frustración en los ojos. Lo deseaba, y lo deseaba en serio. Él lo sabía. Pero también sabía que cualquier debilidad con ella podría costarle caro. —Tal vez no soy un juego. Tal vez lo que necesitas está justo frente a ti y no lo quieres ver. Greco no respondió. Caminó hacia una mesa donde ya lo esperaban dos de sus contactos, dejando a Rubí entre luces tenues y música baja. ** Más tarde, en el baño privado del club, Rubí se miró en el espejo mientras se arreglaba el labial. —¿Qué tiene que no tenga yo? —susurró al reflejo, entre dientes. Luego se rió de sí misma y sacó su móvil. Una foto de Greco, tomada en la gala sin que él lo notara, decoraba su pantalla bloqueada. —No importa. Te harás mío, Greco Leone. De un modo… u otro. ** Mientras tanto, en otro rincón de Florencia, Arianna ensayaba sola en la sala vacía del teatro. Su cuerpo dibujaba líneas perfectas en el aire, pero sus ojos estaban cargados de una extraña melancolía. No sabía que, en algún rincón de la ciudad, un hombre de traje negro acababa de rechazar el veneno disfrazado de deseo… y que su destino ya había comenzado a entrelazarse con el suyo. *MIENTRAS TANTO AUN EN EL TEATRO* El teatro Florencia retumbaba con los ecos suaves de la música clásica. Arianna, sudorosa, con los pies cansados y el alma tensa, repetía una y otra vez los movimientos de su coreografía. Cada giro, cada caída sutil sobre la punta de sus pies, era una súplica muda por perfección. No se daba permiso para el error. Las luces del escenario la envolvían en una cápsula de soledad hermosa, pero exigente. Mientras giraba con gracia, algo en su pecho palpitaba con más fuerza. Había sentido miradas sobre ella desde la gala, desde aquel día en que un desconocido —que parecía más una sombra que un hombre— la salvó sin decir una palabra. No sabía su nombre. Pero su recuerdo ya ardía bajo su piel. ********* En el otro extremo de la ciudad, Greco observaba desde su oficina la ciudad que lo obedecía y lo traicionaba a partes iguales. Frente a él, Dante colocaba informes sobre la mesa. —Los movimientos del clan Vassalli aumentaron esta semana. Parece que no entendieron el mensaje de la última reunión. —Entonces hay que volver a enviarlo —dijo Greco con calma peligrosa. Mientras revisaba papeles, una notificación apareció en su móvil. Un mensaje de Rubí. “Estás trabajando demasiado, amore. ¿Por qué no dejas que te cuide esta noche?” Greco bloqueó la pantalla sin responder. Dante levantó una ceja. —Sigue insistiendo. —Rubí no sabe diferenciar entre un no elegante y una puerta cerrada. —¿Y qué harás cuando se canse de ser ignorada? Greco lo miró por encima de los lentes. —Una mujer como ella no se cansa. Planea. ** Esa noche, en una exposición privada de arte, Greco asistió por compromiso. En los pasillos del Palazzo Strozzi, donde colgaban cuadros de coleccionistas rusos, Rubí apareció con un vestido rojo intenso, como si el evento hubiera sido hecho para ella. —¿No te cansas de estos eventos? —le dijo ella, acercándose con una copa de vino en la mano. —Me cansan más quienes no son invitados —respondió él, sin mirarla directamente. —¿No vas a preguntarme cómo supe que estarías aquí? —No necesito hacerlo. Rubí se colocó frente a él, interrumpiéndole el paso. Su mirada brillaba con fuego. —Dime una cosa, Greco. ¿Hay otra? Silencio. —Porque si hay otra, lo entenderé… pero no me detendré. Greco se acercó levemente, casi en susurro, sin agresividad pero con una firmeza que cortaba el aire. —No hay otra. Pero contigo tampoco hay nada. Rubí tragó saliva. Su sonrisa se quebró, apenas. Pero se recompuso. —Ya veremos. Se alejó con una sonrisa críptica, como una advertencia cubierta de terciopelo. ** Mientras tanto, Arianna salía tarde del teatro, bajo la lluvia que comenzaba a caer como un susurro frío. Caminaba hacia la estación del tranvía, con el abrigo cerrado hasta el cuello, cuando un auto negro se detuvo cerca. Su cuerpo se tensó. Una parte de ella se asustó… pero el conductor no bajó el vidrio. Solo encendió las luces y luego siguió su camino. Ella quedó allí, con el corazón acelerado, mirando las luces alejarse. No sabía que era Greco. Que él la había visto. Que, por un segundo, su mundo y el de él casi se rozan casi. ** Rubí, desde la terraza de su apartamento, miraba Florencia con una copa en la mano y una libreta abierta. En una página, escrita con tinta roja, estaba el nombre “Arianna”. —Si eres tú… ya veremos cuánto duras. El teatro estaba sumido en un bullicio tenue. Las luces del escenario todavía chispeaban con retazos dorados mientras los técnicos recogían los últimos elementos de utilería. Detrás del telón, el aire olía a maquillaje y esfuerzo. Arianna permanecía de pie, aún con la respiración agitada por la intensidad de la presentación, el sudor perlando su cuello y la tela del vestuario pegada a su piel como una segunda capa de vulnerabilidad. —Fue maravilloso —susurró una de las bailarinas, Antonella, mientras le daba un ligero codazo—. Te juro que cuando entraste en la penumbra, se me puso la piel de gallina. Arianna apenas sonrió. Su mente seguía atrapada en un segundo, uno solo, uno insignificante para todos... menos para ella: cuando su mirada se cruzó con la del hombre en la tercera fila. Ese hombre con el aura de peligro en los ojos y la sombra de una tormenta en la expresión. —¿Tú lo viste? —preguntó Arianna sin pensar. —¿A quién? —El hombre en la fila tres... traje negro, mirada intensa... parecía fuera de lugar entre tanto perfume y frivolidad. Antonella entrecerró los ojos, divertida. —Claro que lo vi. Es difícil no verlo. Tiene cara de que no vino a disfrutar del ballet, sino a mandar en el infierno. ¿Es tu tipo o debo preocuparme? Arianna soltó una risa breve, pero dentro de ella, algo se revolvía con una mezcla de miedo y atracción. No sabía su nombre. No sabía quién era. Pero sentía que lo conocería. Tarde o temprano. --- En el pasillo lateral del teatro, Greco encendió un cigarro. El sonido de sus propios pasos se perdía entre la música residual y el murmullo lejano de los aplausos que aún parecían flotar en las paredes. Dante se aproximó desde la sombra. —¿Qué piensas? —preguntó el segundo al mando, vigilando a su jefe como quien teme perturbar la calma de una bestia. —No pienso. Siento. —Greco dejó escapar el humo—. Y no me gusta sentir. Me debilita. —¿Ella? Greco no respondió. Solo bajó la vista. El recuerdo del cuerpo de Arianna girando sobre el escenario, tan frágil y feroz al mismo tiempo, era una imagen que no lograba desalojar de su mente. Antes de que pudieran continuar, una voz aguda irrumpió la escena. —¡Greco! Qué casualidad encontrarte aquí. Rubí. Vestida de rojo oscuro, con el escote exacto para robar miradas y los labios delineados con una intención peligrosa. Su perfume invadió el pasillo antes que ella, dulzón y denso como un veneno envuelto en terciopelo. Greco apenas alzó una ceja. —¿También te gusta el ballet, Rubí? —Me gusta lo que te gusta a ti. —Ella sonrió, dando un paso innecesariamente cercano—. Aunque confieso que me sentí un poco... abandonada últimamente. ¿Ya no tienes tiempo para cenar conmigo? Dante disimuló su incomodidad mientras se alejaba con la excusa de hacer una llamada. Greco mantuvo su semblante imperturbable. —Estoy ocupado. —Claro. Pero pensé que después de nuestra cena con tu abuela, había una intención de algo más... —No hubo intención. —Greco se volteó, seco, sin siquiera mirarla a los ojos. Rubí tragó saliva. Por dentro, su orgullo sangraba. Se detuvo unos segundos, observando la puerta por donde Arianna había desaparecido minutos antes. —Ten cuidado, Greco —murmuró finalmente—. Las bailarinas rompen más que los pies de puntas. Y se marchó sin volver la vista atrás. --- Esa noche, Arianna llegó a casa exhausta. El apartamento olía a jazmín. Al fondo, Paolo la esperaba, como siempre, con los celos colgándole de los hombros como una capa sucia. —¿Disfrutaste del espectáculo? —preguntó él, sin saludar. —Estoy cansada, Paolo —replicó ella, dejando caer la bolsa con sus zapatillas de ballet—. No quiero discutir. —¿Y con quién era esa sonrisa cuando terminaste? ¿Quién era ese hombre que no dejabas de mirar? Arianna lo miró, harta. Por un segundo, pensó en responderle con todo el veneno que tenía acumulado. Pero se contuvo. Cerró los ojos y respiró profundo. —Basta. Paolo la sujetó del brazo. No con violencia, pero con esa presión pasiva-agresiva que sabe dónde herir. —Eres mía, Arianna. Y no vas a olvidarlo por un imbécil trajeado que ni sabes quién es. Ella se soltó. Caminó hacia su cuarto sin decir palabra Pero mientras cerraba la puerta, supo algo con certeza: ese desconocido no era un simple espectador. Su presencia se había tatuado en su mente. Y tarde o temprano, volvería a aparecer. --- En la otra parte de la ciudad, Greco contemplaba la noche desde su terraza. Dante volvió a aparecer, esta vez con un sobre en mano. —Tenemos un problema. Greco lo abrió. Dentro había fotos. De Rubí. De ella, entrando al camerino. Observando desde las sombras. Siguiendo a Arianna tras bastidores. —Está obsesionada —dijo Dante—. Y no le gusta perder. Greco cerró los ojos. La noche olía a traición y el juego apenas comenzaba.El salón principal de la sede Leone Vinicola estaba engalanado para la despedida. Las paredes de vidrio mostraban, detrás de las luces, el viñedo que se hundía en la penumbra; las mesas, dispuestas en semicírculo, hablaban de una casa grande que, esa noche, se reducía a miradas contenidas y a un adiós que nadie quería pronunciar demasiado alto. Había música suave, una colección de amigos y socios, y la familia en primer plano: Greco, Arianna, Dante, Luciana, Ekaterina, Morozov, Ravenna. Los jóvenes conversaban en grupos; Victoria permanecía en un punto intermedio, bella y tranquila, pero con los ojos que delataban una atención a cada movimiento de Dante Jr. La despedida era para él. Para Dante Leone Jr., que había decidido aceptar la responsabilidad de Milán: un salto dentro del mundo legítimo de empresas pantalla y tramas que necesitaban de una mano joven, lista y discreta. Él lo llamaba “ir a aprender”; la familia lo llamaba “una misión”. Para Dante Jr. era, sobre todo, una for
El sol apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales del viñedo. El aire olía a uva fresca y a café recién hecho; la vida seguía con la misma cadencia perfecta que los años habían construido. Pero dentro de Dante Jr, nada estaba en calma. Se había despertado temprano. No podía quitarse de la mente la imagen de Victoria riendo en la cena, hablando del chico con el que saldría. Recordó las palabras de su padre, “si la amas, díselo”, y supo que no podía seguir callando. Subió los escalones del edificio principal, cada paso pesándole más que el anterior. En el piso superior, donde las oficinas daban al jardín interno, la vio. Victoria estaba frente a un espejo, revisando su reflejo. Llevaba un vestido color lavanda, ligero, que caía como una brisa sobre su piel. Su cabello castaño ondeaba libre, y en el cuello, un pequeño dije con la inicial “V”. Sonreía… pero no del todo. Era esa sonrisa que sólo mostraba cuando intentaba convencerse de algo. Dante Jr se detuvo en la puerta
El reloj marcaba las seis de la tarde cuando Dante Jr. salió del edificio principal de Leone Wines. El aire de la Toscana estaba tibio, con aroma a uvas recién cortadas y madera vieja. Pero en su pecho, nada era calma. Había pasado toda la tarde viéndola —Victoria— sonreírle al inversionista francés. Esa sonrisa… la misma que él había soñado tantas veces ver solo para él. Se quitó la chaqueta con fastidio, caminando hasta los jardines. El enojo se mezclaba con tristeza, y la tristeza con un miedo antiguo que no sabía nombrar. No fue al despacho de su padre. Ni al gimnasio donde a veces descargaba su furia. Fue directo a la casa de campo, donde sabía que Luciana estaría preparando té, como siempre hacía al caer la tarde. Cuando ella lo vio entrar, no dijo nada al principio. Solo lo miró… y supo. Las madres Leone no necesitaban palabras. —¿Otra vez por Victoria? —preguntó con suavidad, dejando la taza sobre la mesa. Dante Jr. bajó la mirada, hundiendo las manos
El tiempo, que no perdona ni a los dioses ni a los mafiosos, había pasado con la delicadeza de una brisa y la fuerza de una marea. Doscientos cincuenta años de historia familiar habían convertido el nombre Leone en una leyenda que ya no pertenecía solo a Italia, sino al mundo. Las generaciones se sucedían, pero el linaje se mantenía intacto, sostenido por un juramento ancestral: > “La sangre no se olvida. El amor no se niega. El poder no se comparte.” En la villa restaurada —ahora una mezcla de museo y fortaleza moderna— Greco Leone observaba los viñedos desde su despacho. Su cabello completamente blanco, su porte aún imponente. A su lado, Arianna, con su elegancia eterna, revisaba un cuaderno con bocetos del teatro de danza que dirigía junto a su hija, Victoria. Ambos lucían mayores, sí, pero había algo en ellos —una dignidad de hierro, una belleza que no cedía ante el tiempo— que hacía parecer que el mundo envejecía alrededor de ellos, no al revés. En el salón pr
El silencio de la UCI era el único compañero de Alexei Morozov. Dos días se habían convertido en una eternidad. Se negaba a dejar el lado de su esposa, su traje inmaculado ahora arrugado por la falta de sueño. Tomó la mano inerte de Ekaterina y se la llevó a los labios, susurrando con una ternura que solo ella conocía. —Katya, mi amor... ¿Recuerdas cuánto queríamos esto? No puedes abandonarme ahora que la tenemos. Tienes que verla. Acercó a la bebé a la mano de Ekaterina, que reposaba sobre el pecho. —Ella es tu fuerza, mi tsvetok. Nació gritando, como una verdadera guerrera rusa. Tiene tu nariz, Katya, y mira... cuando duerme, se ríe justo como tú lo haces antes de beber vodka y darme un susto de muerte. Morozov tomó un respiro profundo, y su voz se quebró. —La llamaremos Sofiya, si tú quieres. Sofiya Yelena. Significa Sabiduría y Luz. Y ella es ambas cosas. Pero no puedo sellar ese nombre sin tu voz. Necesito que despiertes y me digas que el nombre es perfecto. Mi vida, si me
La habitación de Greco y Arianna estaba sumida en una penumbra. Arianna se deshizo de la ropa, buscando cerrar el círculo de la noche anterior. —Me carcome, Arianna. —dijo Greco, su voz áspera y llena de miedo—. No quiero ser ese hombre brutal. Te juro que lo de anoche no se repetirá. Arianna lo tomó, acercándose peligrosamente. —No tienes que disculparte más, Leone. Lo quiero de nuevo, sobrios. Quiero sentir todo tu poder sin el filtro del alcohol. —Ella lo provocó directamente, su voz un susurro cargado de intención—. Quiero que me tomes de todas las maneras, mi amo. Demuéstrame que te pertenezco por elección. Es la única forma de borrar tu culpa: transformándola en placer mutuo. Greco se tensó. El miedo a lastimarla luchaba contra el deseo que ella avivaba. —Arianna... sabes que mi fuerza puede ser demasiado. —intentó protestar, su respiración acelerándose—. Si me rindo, iré hasta el final. Ella no se inmutó. Se arrodilló frente a él, sus manos explorando y encendie






