INICIAR SESIÓNSEBASTEN
No tengo nada más que hacer aquí. Tomo el saco del piso, me lo pongo sobre el torso desnudo para cubrirme la piel y salgo de esa suite sin mirar atrás. Cruzo el vestíbulo del hotel con la mandíbula tensa, ignorando las miradas. Conduzco directo a mi propio hotel, donde tengo mi ropa y mi espacio.
Me doy una ducha rápida para quitarme el rastro del sudor, pero el aroma de ella sigue pegado en mi mente. Me visto con un traje gris hecho a la medida, ajusto los puños de la camisa limpia y salgo hacia el estacionamiento. Subo a mi Bentley, enciendo el motor y acelero a fondo por las calles de la ciudad hacia el edificio de mi empresa de telecomunicaciones.
Al llegar, las puertas de cristal se abren y camino directo a mi oficina. Verona, mi secretaria, una pelirroja de curvas pronunciadas y eficiencia impecable, se pone de pie inmediatamente al verme pasar.
—Señor Sebas, buen día —dice Verona, siguiéndome el paso con una tableta en las manos—. El día de hoy iniciamos con las entrevistas de trabajo para el área de psicología.
—Estoy listo —le respondo, abriendo la puerta de mi despacho—, pero antes de empezar, comunícame con mi jefe de seguridad.
—Yo misma me encargo de llamarlo ahora mismo, señor —asiente Verona, dando media vuelta para salir de la oficina.
Me quedo solo en el despacho. Camino hacia la cafetera y me sirvo una taza de café negro, cargado, dejando que el vapor me dé en la cara. Esta empresa de telecomunicaciones es un monstruo financiero que manejo en el mundo de los hombres, y aquí todos, absolutamente todos los empleados, son humanos. La manada Escarlata tiene negocios exclusivos para nuestra especie, pero este lugar es terreno neutral; siempre hemos mantenido el límite bien definido, la raya nunca se ha traspasado. Hasta anoche.
No sé qué carajos pasó con esa humana, pero fue diferente. Lo mejor de todo es que resistió toda la noche. La poseí una y otra vez, la penetré de todas las formas posibles y no se quebró; aguantó, disfrutó y pidió más. Una humana común habría terminado destrozada por la fuerza de mi lobo, pero ella se quedó a competir con mi instinto hasta el amanecer.
La puerta se abre de golpe. Vladimir, mi jefe de seguridad, entra al despacho con su presencia imponente y el rostro serio.
—¿Me llamó, señor?
—Sí. Necesito que revises las cámaras de seguridad del hotel Princess Queen —le ordeno, mirándolo de frente mientras sostengo la taza—. Estuve en una suite con una mujer. Es muy hermosa pero desconocida. Búscala en los registros de entrada, en las salidas del estacionamiento, en el pasillo que recorri con ella, donde sea. Necesito encontrarla ya mismo.
Vladimir asiente con la cabeza, sin hacer preguntas estúpidas.
—Entendido, jefe. Me pongo a trabajar en eso de inmediato.
—La necesito, re robo algo importante..
Dudo que la chica se diera cuenta del anillo amigo…
Dice mi lobo pero prefiero pensar mal. Y si lo robo con intención, pagara caro su osadía.
Sale del despacho cerrando la puerta tras de sí. Me tomo el café con calma, dejando que el líquido amargo me asiente el estómago mientras reviso unos papeles sobre el escritorio.
Media hora después, el reloj marca la hora. Dejo la taza vacía, me abrocho el botón del saco del traje y me dirijo con paso firme hacia la sala de reuniones para empezar las entrevistas a las psicólogas.
Entra la primera candidata. Lleva un vestido negro ajustado con un escote pronunciado que encajaría mejor en un bar a medianoche que en una oficina corporativa a las diez de la mañana. No critico la vestimenta, hace mucho que aprendí a no juzgar apariencias; a mí me interesa el cerebro, la capacidad para manejar el desastre.
Le indico la silla frente a mí con un gesto seco. Se sienta, cruza las piernas y me sostiene la mirada con una sonrisa ensayada.
—Buenos días, señor Sebasten—dice, acomodándose el cabello sobre el hombro.
—Buenos días. Vamos directo al grano —le corto, cerrando la carpeta—. Evaluamos personal de alto rendimiento bajo niveles de estrés extremos. Primera situación: un ejecutivo sufre un brote psicótico agresivo en mitad del piso de operaciones, destruyendo propiedad y amenazando físicamente a sus compañeros. No hay seguridad cerca. ¿Cuál es su primer movimiento técnico para contener la crisis sin alterar el entorno?
La chica parpadea, la sonrisa se le congela un segundo antes de recuperar la postura.
—Bueno... lo primero sería acercarme con empatía. Hablarle en un tono de voz muy suave para que sienta que este es un espacio seguro, e invitarlo a tomar un té en mi oficina para que se desahogue. El diálogo amoroso siempre desarma la violencia.
Aprieto la mandíbula. Qué respuesta tan blanda.
—El sujeto está armado con un objeto punzante y no escucha razones —le espeto, crudo—. Su "diálogo amoroso" le va a costar una puñalada. Deme una respuesta clínica, no un consejo de autoayuda. ¿Cómo evalúa el riesgo de daño colateral en ese milisegundo?
—Eh... legalmente no podemos intervenir físicamente —titubea, acomodándose el escote, visiblemente incómoda—. Esperaría a las autoridades mientras desalojo el área. La prioridad es la póliza de la empresa.
La decepción me amarga el paladar. No tiene instinto, no sabe leer el peligro real.
—Segunda pregunta —continuo, sin darle tiempo a recuperarse—. Manejo de perfiles sociópatas integrados. Detecta que un director de área manipula sutilmente el entorno para sabotear a sus subordinados, destruyendo su salud mental para beneficio propio, pero sus números de ventas son los más altos de la compañía. ¿Qué diagnóstico estructural presenta a la junta directiva y qué estrategia de intervención propone?
—Oh, los líderes competitivos suelen ser incomprendidos —responde de inmediato, queriendo sonar inteligente—. Yo propondría un taller de integración y team building los fines de semana. A veces solo necesitan conectar con su niño interior y aprender a comunicarse desde el ser.
La paciencia se me agota. Esta mujer no sobreviviría ni un día aquí, mucho menos detectaría las amenazas reales que a veces se filtran en el entorno humano. Confunde la psicología clínica corporativa con un club de optimismo.
—Gracias por su tiempo —le digo, poniéndome de pie antes de que termine de hablar—. Verona le informará el resultado del proceso afuera. Puede retirarse.
La puerta se abre de nuevo y entra la segunda candidata. Le lanzo la misma pregunta sobre el brote psicótico y el manejo de perfiles sociópatas. Su respuesta es un discurso memorizado sobre recursos humanos que no resuelve absolutamente nada en una situación de crisis real. La despacho en tres minutos.
Con la tercera pasa exactamente lo mismo. Intenta adornar su incompetencia con tecnicismos baratos, balbuceando cuando la presiono con datos crudos. Ninguna de las respuestas me sirve; son mentes planas, predecibles, incapaces de contener el caos de este lugar.
Me pongo de pie de un salto, empujando la silla hacia atrás. La impaciencia me está picando en la sangre y detesto perder el tiempo con idiotas. Estoy a punto de salir a decirle a Verona que cancele todo el proceso por hoy cuando la puerta de la sala de reuniones se abre una vez más.
Me quedo congelado en mi sitio. La respiración se me corta en la garganta.
AURORA.El aire helado de Noruega nos recibió apenas la escotilla del avión privado se abrió hacia el paisaje blanco. La nieve caía en copas espesas y suaves, cubriendo las montañas y los pinos de la propiedad familiar como una alfombra de terciopelo. Sostuve a Christopher bien abrigado contra mi pecho, envuelto en su mameluco térmico y una manta de lana espesa que solo dejaba ver su nariz sonrosada y sus ojitos curiosos de cinco meses.Sebasten me rodeó los hombros, resguardándome del viento, mientras guía a mis padres, Carl y mi madre, quien venía maravillada mirando el horizonte infinito del norte.Al fondo de la pista privada, la imponente fortaleza de piedra y madera oscura de la familia se erigía entre los árboles, iluminada por cientos de luces cálidas que brillaban con intensidad en medio de la penumbra invernal.Los portones de roble de la entrada principal se abrieron de par en par antes de que pusiéramos un pie en la escalinata. Mi suegra, Lenora, apareció en el umbral luci
AURORAEl aroma a canela, clavo de olor y carne asándose a fuego lento llenaba cada rincón de la cocina principal de la casona. Era finales de diciembre y el frío de la noche comenzaba a colarse por los ventanales reforzados. Me ajusté el delantal alrededor de la cintura y removí la salsa de arándanos que hervía suavemente en la olla de cobre, disfrutando del vapor tibio que me acariciaba el rostro.A mi lado, Gabriella picaba finamente las hierbas aromáticas sobre la gran barra de madera. Me miró de reojo con esa sonrisa maternal y sabia que siempre me transmitía paz.—Mire nada más cómo han cambiado las cosas, mi Señora —dijo Gabriella, dejando el cuchillo a un lado para secarse las manos con un paño—. Hace apenas unos meses, la casa era un caos y el aire tan denso por el miedo que casi no se podía respirar.—Parece una pesadilla lejana, Gabriella —respondí, soltando un suspiro suave mientras probaba el punto de sal de la salsa—. Había días en los que pensé que no llegaríamos a ver
AURORAEl silencio volvió a la pista, pero no era un silencio pesado ni lleno de miedo. Era la paz absoluta de un deber cumplido.—Se fueron... —murmuré, apoyando la cabeza en el hombro de mi esposo.—Volveremos a ver en diciembre —respondió Sebasten en un susurro cálido, dejándome un beso profundo en la sien—. Mientras tanto, el territorio es nuestro y la casa está en paz.Miré a Christopher, que comenzaba a dormirse plácidamente en los brazos de Sebasten sin enterarse de que nos tocaba volver a la casona a cambiarle el pañal. Sonreí, tomé la mano de mi esposo y caminamos juntos de regreso a la camioneta, listos para disfrutar al fin de nuestro hogar y de nuestra familia.Llegamos a la casona y el olor inconfundible del pañal de Christopher terminó de apoderarse de la camioneta justo cuando Sebasten apago el motor. Me bajé riéndome entre dientes, mientras mi esposo bajaba al bebé con un cuidado exagerado, sosteniéndolo casi a un metro de su pecho como si llevara un artefacto táctico
AURORAEl viento fresco de la mañana azotaba con fuerza el asfalto de la pista privada. La turbina del avión de la familia ya emitía un zumbido sordo, constante, listo para el despegue hacia Noruega. La calma finalmente se había instalado en nuestras vidas y, con la amenaza de Fayir completamente erradicada, el deber llamaba a mis suegros de vuelta a su territorio principal.Caminamos en grupo por la plataforma. Sebasten llevaba a Christopher bien protegido contra su pecho, envolviéndolo con su abrigo para resguardarlo del aire frío, mientras yo caminaba a su lado, sintiendo una mezcla dulce y amarga en el pecho.Lenora se detuvo a pocos metros de la escalinata del avión. Se giró hacia nosotros con esa elegancia innata que siempre la caracterizaba, pero esta vez su rostro no reflejaba la frialdad de la guerra, sino una calidez maternal que me llegó al alma.—Llegó la hora —dijo mi suegra, mirándonos con los ojos brillantes de emoción refrada—. Tenemos que irnos, pero me voy con el cor
SEBASTENHarola miró a su esposo con cierta curiosidad, mientras Carl se ponía de pie con mi hijo en brazos, devolviéndoselo con delicadeza a mi mujer para que ella lo llevara.Salimos a la parte trasera de la propiedad. El jardín era amplio, rodeado por el bosque espeso y la brisa fresca de la tarde. El silencio del lugar nos daba la cobertura perfecta. Nos detuvimos cerca de los grandes árboles, donde no había interrupciones.Carl y Harola nos observaron fijamente, notando la solemnidad en nuestros rostros.—¿Pasa algo malo, Sebasten? —preguntó Harola, cruzándose de brazos con cierta inquietud en la voz.—No, mamá... nada malo. Todo está bien —intervino Aurora, dando un paso al frente con Christopher en brazos y mirándolos con suma dulzura—. Pero después de todo lo que pasamos con Fayir y la casona, no queremos seguir ocultándoles la verdad de este mundo. Les pedimos desde el fondo del corazón que tengan la mente abierta con lo que van a ver y escuchar hoy.Carl entornó los ojos, so
SEBASTEN.Estaba de pie en medio de la gran sala de reuniones del Consejo. La luz de la tarde entraba por los ventanales de arco, iluminando la mesa central donde los doce ancianos me observaban con una mezcla de respeto y cautela. Ajusté la chaqueta de mi traje, manteniendo una postura erguida, masiva, proyectando la autoridad intacta de mi linaje.—Señores del Consejo —comencé, dejando que mi voz grave y firme retumbara en el recinto sin necesidad de alzarla—. Los he convocado para informarles oficialmente que la amenaza ha sido neutralizada. Fayir ha muerto.Un murmullo sobrio recorrió las bancas. El hombre de la silla principal se reacomodó en su asiento y me miró con solemnidad.—La paz ha regresado a nuestras fronteras y al territorio —continué, fijando la vista en cada uno de ellos—. Quiero agradecerles el respaldo y la carta blanca que me otorgaron. Gracias a esa decisión, pude proteger a mi familia y erradicar a un traidor que ponía en riesgo la estabilidad de todos nosotros.







