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ARGUMENTO:

last update Data de publicação: 2023-02-09 10:32:54

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Entre caricias y chocolates

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Su corazón comenzó a latir fuertemente en el instante que el automóvil se estacionó frente a la iglesia, desde ahí podía ver el arco de rosas blancas. Respiró un par de veces, porque eso en ese instante le parecía demasiado exagerado. 

El Nono le apretó una de sus manos.

—¿Estás lista? —le preguntó con una sonrisa tranquilizadora al ver su rostro. 

Las palabras estaban atoradas en la garganta de Gia. Por tanto, no pudo decir nada, solo asentir. 

—Este momento me ha hecho recordar a mi María —él dio un suspiro de nostalgia—. Lucía como tú —apretó de nuevo su mano—, toda una princesa…

Fue cuando entonces ambos se echaron a reír y dijeron al unísono:

—La princesa Gia.

Lo cierto era que de esa etapa de nobleza le había quedado muy poco, pues había aprendido a la mala, lo que significaba la humildad. 

A la mente vino el recuerdo de la noche en que Santino le había pedido matrimonio, ella se las había arreglado para no darle la repuesta. Pero de nuevo él la había acorralado haciéndole la pregunta en la cena del cumpleaños del Nono, y este le dijo que ya era hora y que quería que iniciaran los preparativos de manera inmediata como regalo.

Gia no pudo negarse y cuatro meses después, se encontraba en la lemosina familiar, que solo era utilizada en ocasiones especiales como esa. Pero ya era tarde para echarse para atrás. Hubiera querido más tiempo, para hacerse a la idea. 

—Vamos, cariño —su abuelo le tendió la mano—. Es hora, y recuerda que en el altar te están esperando.

—Tienes razón, Nono —se inclinó para darle un beso en la mejilla. 

Del vehículo salió primero el abuelo, que segundos después le ayudaba con el largo vestido de novia. De nuevo pensó que toda la opulencia y el lujo en aquel matrimonio era innecesario. Una vez más respiró profundamente, porque cuando se paró debajo del arco de flores. Se sintió en un cuento de hadas, y por fracciones de segundo volvió a ser la princesa Gia.

La decoración de la iglesia era hermosa, con rosas blancas desde el arco en la puerta, las bancas para los feligreses. Con pétalos a los lados de la gran alfombra roja que llegaba hasta el altar. Dándole un toque clásico y elegante al mismo tiempo. 

Aunque eran las nueve de la mañana, el lugar estaba abarrotado. Algunos amigos de los amigos habían venido desde Inglaterra, para la celebración. Por parte de Santino, llegaban de América sus tíos maternos con algunos primos. También estaba presente gran parte de la élite social italiana, así como periodistas amarillistas. Tal parecía que fuera el evento del año. 

Antes comenzar la caminata hasta el altar, el Nono se detuvo un momento para mirarla con mucho orgullo. Al darse cuenta en la mujer en la cual se había convertido. 

—No sabes lo feliz que estoy, Gia —le dijo él con la voz cargada de emoción—. Aún no puedo creer que voy a entregarte este día ante el altar.

—Yo tampoco puedo; jamás me imaginé que me casaría —manifestó ella moviendo la cabeza de un lado a otro—. Mucho menos con Santino, esto es increíble. 

—Al menos ya no sigues molesta con él —el abuelo soltó una risita—. El pobre chico la pasó mal durante un tiempo. 

—La verdad que no lo estoy —Gia hizo una pausa—. Al final, tengo que darle las gracias. Porque de no haber sido por aquel teatro —entrecerró los ojos al Nono, pero estaba segura de que no lo había notado— Quien sabe lo que hubiera sido mi vida, puede que continuara siendo una niña mimada y puede que jamás hubiese abierto los ojos.

—Eso ya no importa, estoy contento con esta nueva versión de ti —le dio un beso en el dorso de la mano.

—Nono, yo… —Gia quería decirle tantas cosas. 

—¡Vamos! —exclamó animado sin dejarle terminar la oración—. Es mejor que entremos, no hagamos esperar más al novio que debe estar ansioso.

Una vez más entornó los ojos, pero su abuelo no pudo verla. Ella a veces se sentía un poco mal, porque por más que Santino le explicaba y le demostraba cuanto la quería. Tenía un poco de rechazo hacia él, ya no le creía nada. Porque había traicionado de la manera más cruel su confianza. 

De hecho; cuando se enteró de los cambios que había realizado en ambas empresas familiares, sintió que el matrimonio solo era el refuerzo de la fusión económica entre las dos familias. Eso la hizo pensar acerca de la verdadera finalidad de su unión y le había quitado el sueño las últimas semanas. 

Mientras más se acercaba al altar, el cuerpo de Gia comenzó a temblar. Estaba tan nerviosa que no había notado la manera en la cual se aferraba al brazo de su abuelo. Aunque desde los dieciséis años caminaba con tacones altos, estaba segura de que en cualquier momento iba a tropezar y caerse.

—Ya falta poco, Gia —su abuelo trató de calmarla—. No vas a caerte, y recuerda que en el otro lado te está esperando Santino.

—Ya eso lo sé, Nono —resopló—. No tienes el porqué recordármelo, aún opino que esto es precipitado. 

—Cariño… —Enzo usó voz baja—, Alonzo y yo no es que nos estamos poniendo jóvenes con el pasar de los días.

Gia quiso decir algo, pero en ese instante, se dio cuenta de que ya habían llegado al altar. Por segundos ella quedó inmóvil, agradeció que podía echarle la culpa al pesado traje de novia que llevaba puesto. 

—Aquí la tienes, Santino —fue el saludo de Enzo—. Te la entrego, ya sabes que tienes que cuidarla —hizo una pausa—. Sobre todo hacerla feliz, porque ella es el único tesoro que tengo, y vale más que todo el dinero y todas las posesiones.

Cuando Santino tomó la mano Gia, ella sintió mil descargas eléctricas que la dejaron en el sitio, más sin aliento cuando le escuchó decir:

—No te preocupes por eso, Nono. Todo estará bien,  yo la cuidaré desde hoy en adelante —llevó la mano de Gia hasta sus labios—. Si Dios me lo permite, hasta el fin de mis días.

—Yo no espero menos de ti —expresó el Nono de Gia. 

Todavía aquella mañana, Gia no sabía si era un matrimonio por amor o simplemente un contrato para asegurar la fortuna familiar. Luego de la ceremonia tendría tiempo para hablarlo de frente con Santino, había aprendido que decir las cosas era lo mejor. 

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Último capítulo

  • ENTRE CARICIAS Y CHOCOLATES   EPÍLOGO: 

    ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Entre caricias y chocolates ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ CINCO MESES DESPUÉS… El ambiente estaba cargado de risas y alegría. En la sucursal principal de la cadena de restaurante L'amore è dolce, había un revuelo entre los empleados, y propietarios. Pues era la degustación del nuevo menú, se había invitado a críticos de la gastronomía nacional e internacional. A varios periodistas renombrados del país, tres influencers internacionales, y a amigos y allegados de la familia Greco Fontano. Se escuchaban en los pasillos los pasos del personal corriendo de un lado a otro. En la cocina, el resonar de los utensilios cuando caían en el fregadero. Los nonos Enzo y Alonzo dando órdenes a diestro y siniestro, la nona Nicoletta dándole un ojo a todos, para que no se escapara ningún detalle. Hubo un momento en el cual Santino les había propuesto que tomaran la mesa de la esquina y que juraran tómbola, porque lo tenían al borde de un colapso nervioso. Ese era un proyecto único y exc

  • ENTRE CARICIAS Y CHOCOLATES   JUNTOS: 

    ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Entre caricias y chocolates ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ —¡Te amo, Santino! El rostro de Santino resplandeció y cubrió sus labios con los suyos de nuevo, y los giró cambiando de posición, dejándola en ese momento sobre su pecho. —También te amo. Se quedaron unos minutos de esa manera, abrazados. Todavía envueltos en la burbuja de la pasión. —¿Sabes? —Santino rompió el silencio, jugando con un mechón de su cabello, dijo: —Tengo hambre. Gia soltó una carcajada. —Tendrás que pedir una pizza, porque no pienso cocinar. Aquella intimidad, ninguno la cambiaría por nada. —De acuerdo —Santino la movió de manera delicada, y se levantó, buscó un pantalón de chándal que estaba doblado en uno de los sillones frente a la cama y se lo puso—, voy por el móvil para hacer el pedido. —Me daré una ducha entonces. Minutos después, Gia iba caminando hasta la sala con un peine en una mano y su teléfono celular en la otra, chequeando el itinerario de su viaje. Se encontró a Santino

  • ENTRE CARICIAS Y CHOCOLATES   AFERRADOS: 

    ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Entre caricias y chocolates ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ El razonamiento en Gia, se perdió. Porque en ese momento solo importaba las olas de placer que estaban recorriendo su cuerpo, y que la hacían temblar de anticipación. El conocimiento de ese hecho, hizo que Santino se alejara un poco, hasta quedar a horcajadas sobre ella. Su mirada quedó fija en sus turgentes pechos, acarició cada uno suavemente con su dedo índice. —Esto es lo más hermoso que he visto —dijo con voz gutural en el instante que el pezón se hinchó y la aureola que se arrugó al contacto. Para Gia era una dulce tortura, porque necesitaba más. Él lo sabía, por eso amasó los sensibles globos, tomando su peso. Sus grandes manos los cubrían perfectamente. A ella no le quedó de otra que arquear su espalda, ofreciéndose más a él. —¡Oh, sí! —gimió Gia. —Mmm me gusta lo que veo —su voz estaba cargada de deseo—. Tenerte de esta forma es un regalo de los dioses romanos para mí. —San-ti… —pronunció su nombr

  • ENTRE CARICIAS Y CHOCOLATES   EL ATARDECER

    ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Entre caricias y chocolates ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Antes de despedirse, Enzo se acercó a su nieta. —¿Gia? —Dime, nono Él dio un suspiro, y Gia sonrió. Su nono siempre fue su héroe, su rey. Para ella, el hombre más sabio, no podía juzgarlo simplemente por querer ayudarla a su manera. Era cierto que se sintió de nuevo manipulada, pero las dos veces que lo había hecho, los resultados fueron mejores que los esperados. —Sé que te herí de nuevo —la voz del hombre mayor era baja—, lo siento. Esas eran las palabras que apaciguaban el corazón de Gia. —Nono… —Escucha… —le pidió—. A veces se me olvida que has crecido, que eres independiente, y que ahora eres una mujer casada. Prácticamente, no me necesitas y eso para mí no es fácil de aceptar. Gia sonrió, su abuelo era su adoración. —¿Cómo puedes decir eso? —no pudo evitar acercarse un poco más para abrazarlo—. Eres una de las personas más importante en mi vida, eres mi única familia. —Oh, cariño —negó Enzo con l

  • ENTRE CARICIAS Y CHOCOLATES   ¡ÚLTIMOS SUCESOS!

    ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━Entre caricias y chocolates━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ —¿Qué se puede hacer ahora? —preguntó Nicoletta algo angustiada. —La verdad es que me cuesta aceptar que tenga que entrar en una disputa legal por mis recetas. —Te entiendo, hijo —dijo Enzo—. Sé lo que te esforzaste para hacer ese menú. —Además, sería un proceso complicado, y largo —Alonzo tenía un buen punto. —Me cuesta creer como esa chica, que parecía ser tan centrada sea… —¿Una loca despechada? —Gia no pudo evitar terminar por Nicoletta. —¿Por qué dices eso, Gia? —Enzo estaba curioso. —Gia… —la voz de su marido era de advertencia. —¿Qué? —ella respondió mirándolo y encogiéndose de hombros—. ¿Estoy diciendo alguna mentira? Todos quedaron en silencio, pues conocían muy a Gia y sabían que si estaba expresando de esa manera era por algo. Su sinceridad para muchos era un poco molesta a veces. —¿Qué es lo que no sabemos, Gia? —cuestionó Alonzo. —Esa inocente chica como ustedes la llaman… —entrecerró los o

  • ENTRE CARICIAS Y CHOCOLATES   LA EXPLICACIÓN:

    ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Entre caricias y chocolates ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Gia parpadeó un par de veces, por el asombro. Ni en un millón de años ella creería que su abuelo era el rey en el arte de la manipulación. El cocimiento de eso, hizo que su pecho doliera. —¿Estás tomando licor, nono? —no pudo evitar preguntar con un ligero tono de horror en su voz. —Se supone que estás convaleciente —Santino le regañó. Se hizo un silencio, cuatro pares de ojos cruzaron las miradas entre sí. Ambos se dieron cuenta de lo pálida que Lulú se había puesto, cruzaron las miradas entre ellos. —¿A qué hora le toca las medicinas al nono, Lulú? —le interrogó Gia, acercándose un poco a ella. —¡Oh, está bien! —exclamó Enzo—. No tiene caso que sigamos ocultándolo. —¿Estás seguro? —quiso saber Alonzo. —Les dije que era una locura hacer esto —agregó Nicoletta. —¡Estamos esperando! —les presionó Santino. —No tuve un infarto —confesó Enzo. —¡¿Qué?! —chilló Gia. —Estuviste hospitalizado —le recordó

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