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03

Autor: Susan
last update Data de publicação: 2025-07-28 09:09:15

El sol se filtraba por los ventanales del salón de lectura, donde los rayos daban un tono dorado a las alfombras y las estanterías de caoba. La mansión, aún adormecida tras la intensidad de la noche anterior, parecía sostener un silencio espeso, como si nadie quisiera romperlo demasiado pronto.

Isabelle entró distraída, con un cuaderno en mano y la vista perdida entre pensamientos. Llevaba la mente enredada en el beso, en la expresión de Noah, y en algo más que no lograba definir. No había visto a nadie al cruzar el umbral, ni tampoco reparó en que James ya estaba en la sala, de espaldas, buscando un tomo antiguo en la parte baja de la biblioteca.

Un ruido suave. Un paso mal dado. El tacón se deslizó sobre el borde de la alfombra.

—¡Ah!

James giró justo cuando Isabelle tropezaba, sin tiempo para evitar lo inevitable. Ella cayó sobre él, ambos derribados en un cúmulo de brazos, cuadernos, y sorpresa.

—Perdoname… —murmuró Isabelle, intentando incorporarse con torpeza.

James soltó una pequeña risa, más por nervios que por diversión.

—Tienes una extraña manera de saludar, Isabelle.

—No te vi. Lo siento, yo…

—Tranquila, no me quejo. Aunque una advertencia habría sido agradable.

Ella se sonrojó, aún sin poder mirarlo del todo. El roce de sus brazos seguía presente, y ambos estaban demasiado cerca, demasiado en pausa.

Justo entonces, la puerta se abrió.

Noah.

La expresión en su rostro pasó del asombro al desconcierto, con una rapidez helada. Su mirada se posó en Isabelle, aún inclinada sobre James, y luego en James, cuya mano descansaba sobre el brazo de ella.

—Vaya —dijo Noah, seco—. No sabía que el club de lectura era tan… íntimo.

Isabelle se incorporó de golpe, como si la quemara el aire.

—Noah, no es lo que parece, yo...

James se puso de pie con calma, aunque sus ojos ya estaban leyendo el cambio en Noah.

—Fue un tropiezo. Literal.

Pero Noah ya estaba dando un paso atrás, como si necesitara espacio. La tensión se instaló, gruesa, como el humo de un incendio controlado.

—Supongo que todo tiene distintas formas de interpretarse —dijo Noah, antes de girarse hacia el pasillo—. Disfruten su lectura.

La puerta se cerró con un golpe suave, pero el impacto fue sordo. Isabelle se quedó allí, el cuaderno en el suelo, la piel caliente y las palabras atrapadas entre lo que fue y lo que no debió parecer.

James la miró, sin juicio. Solo con una pregunta que aún no había pronunciado.

Sin decir nada mas, James salió del salón y caminó tras Noah, no por él… sino por Isabelle. Ella se había quedado con la mirada rota, sin saber cómo reparar lo que nunca debió quebrarse.

Lo alcanzó en uno de los pasillos laterales, cerca de la sala de música. Noah estaba de espaldas, con las manos en los bolsillos, contemplando los vitrales que no decían nada, pero brillaban como si lo hicieran.

—Noah —dijo James, sin levantar la voz—. Espera.

El menor giró despacio, como si ya supiera que lo iban a interceptar.

—¿Vienes a justificar el accidente?

—No vengo por mí. Isabelle no sabía cómo hacerlo. Me pidió ayuda… porque no quiere que esto se quede así.

Noah apretó la mandíbula, respirando una vez antes de responder.

—Y tú aceptaste. Como siempre. El caballero que cruza todos los límites disfrazado de favor.

James dio un paso al frente, pero su tono se mantuvo calmo, firme.

—No crucé ningún límite. No la toqué con intención. Pero la forma en que miraste... eso dolió más que el golpe.

—¿Te dolió a ti? Qué curioso. Creí que la víctima era yo.

—Nadie está jugando a víctimas —replicó James—. Pero tú estás usando el orgullo como castigo, y eso no te queda. No cuando se trata de ella.

Noah lo observó, los ojos cristalinos, como si se debatiera entre pelear o rendirse.

—No sé qué viste tú, James. Pero lo que yo vi fue suficiente para que algo se rompa.

—¿Entonces tan frágil era?

El silencio se impuso como una sentencia. Nadie habló. Nadie se movió.

—No vine a pelear contigo —continuó James, más bajo—. Vine a decirte que me voy.

La expresión de Noah cambió, por primera vez en toda la discusión, a una mezcla de sorpresa y confusión.

—¿Te vas?

—Sí. Para que tú y ella puedan seguir sin sombras. No hay motivo para que yo esté aquí si lo único que genero es dudas.

Noah frunció el ceño, sin agresividad.

—Yo no te estoy echando. La mansión es de los dos. Nuestros padres lo dejaron claro.

James asintió, como si ya lo hubiera pensado.

—Y eso no cambia. Pero el día que te cases con Isabelle, me iré igual. No por obligación. Sino porque entenderé que ya no hay espacio para mí en esa parte de tu vida.

Noah bajó la mirada, como si el peso de esas palabras fuera mayor que cualquier golpe. El silencio volvió, esta vez más triste que tenso.

—No quiero que esto pase entre nosotros —dijo, con voz tensa—. Nunca discutimos así. Nunca tuvimos que elegir entre amor y lealtad.

James se acercó un poco más.

—No se trata de elegir. Se trata de no interferir.

—Entonces quédate. No te vayas por culpa de algo que nunca debió suceder. Yo sólo necesito tiempo... para no ver fantasmas donde hay errores.

James lo miró un momento más.

—Tómate el tiempo. Yo solo me aseguraré de que, cuando decidas verlo claro, todo esté en su sitio.

Y sin añadir nada más, se giró hacia la escalera. Noah se quedó ahí, solo frente a los vitrales, donde el sol seguía brillando sobre las grietas.

James caminaba hacia la puerta del vestíbulo con un paso controlado, su chaqueta colgada del antebrazo, el rostro sereno pero contenido. Ella lo había escuchado. Había oído la conversación, las palabras que no iban dirigidas a ella pero que la golpeaban igual.

—¿Te vas a ir sin decirme nada? —preguntó al alcanzarlo.

James se giró despacio, como si supiera que esa pregunta llegaría.

—No es lo que parece —respondió con suavidad—. Voy a salir a caminar un poco. Llamar a alguien para que venga por mí más tarde. Nada drástico.

—¿Puedo acompañarte? —sus palabras salieron sin pensar, cargadas de intención.

James la miró con una mezcla de ternura y precaución.

—Me encantaría. Pero no mientras Noah esté cerca. No quiero que se repita lo de esta mañana. Las cosas ya están tensas.

Isabelle bajó la mirada, los dedos cerrándose con nerviosismo sobre el borde de su blusa.

—¿Entonces no hay nada que yo pueda hacer para que te quedes?

James sostuvo la mirada en ella un momento largo. Luego respondió, con esa voz que siempre parecía esconder más de lo que decía.

—No. Noah es dueño de todo lo que tú conocías aquí. De los pasillos, los recuerdos, incluso de lo que eras antes de irte. Yo solo estaba… esperando que el momento correcto llegara. Y si no eres tú quien se queda, entonces yo tampoco tengo por qué seguir haciéndolo.

Isabelle sintió un escalofrío que no tenía que ver con el aire de la noche.

—¿Y a dónde vas a ir? Si él es dueño de todo esto, ¿qué te queda?

James esbozó una sonrisa leve, sin vanidad, solo revelación.

—Tengo mis propia casa. Un lugar que no tiene historia ni familia, pero sí espacio.

Ella dio un paso más, hasta quedar frente a él, los ojos fijos en los suyos.

—Y yo... ¿soy parte de ese espacio?

James no respondió con palabras. Tomó su mano con delicadeza, la llevó a sus labios, y la besó con la calma de alguien que nunca se apresura, pero tampoco miente.

—Cuando me necesites —dijo, apenas encima del susurro—, estaré. No importa el lugar. No importa la hora.

Ella no soltó su mano, no aún.

Pero James ya se estaba separando, sacando su teléfono del bolsillo del pantalón mientras cruzaba el umbral, la brisa moviéndole el cabello, la despedida silente empujando la noche hacia lo inevitable.

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Último capítulo

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    EPÍLOGO

    La tarde en Belvedere Hill era suave, dorada, como si el sol supiera que debía quedarse un poco más. En los jardines de la mansión, globos pastel flotaban entre las ramas, mesas decoradas con guirnaldas esperaban a los invitados, y el aroma a vainilla y frutas frescas se mezclaba con las risas de los niños. Dos años habían pasado desde aquella doble promesa: primero la de James e Isabelle, luego la de Noah y Celeste, casados apenas dos semanas después. La boda de Noah y Celeste había sido todo lo que soñaron: íntima, luminosa, llena de música y miradas que hablaban de futuro. Hoy, sin embargo, no se celebraban votos. Hoy se celebraba vida. Era una celebración doble —o triple, según cómo se contara—. Los mellizos "Jack y William" de Noah y Celeste cumplían su primer año, y el tercer hijo de James e Isabelle "Aiden" también. Tres niños nacidos el mismo día, como si el destino hubiera querido sellar la unión de sus padres con una sincronía perfecta. Leah y Alex, ya con seis año

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    310

    El oficiante recorrió la sala con la mirada. —¿Hay alguien que se oponga a esta unión? El silencio fue absoluto. Ni un suspiro. Ni un movimiento. —Entonces, por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer. James se acercó. Isabelle lo recibió. El beso fue suave, contenido, pero lleno de todo lo que no se había dicho. No era un gesto para los demás. Era para ellos. Para lo que habían vivido. Para lo que estaban por vivir. Los invitados aplaudieron. Leah y Alex se abrazaron. Lucie y Camille se miraron con lágrimas discretas. Noah y Oliver intercambiaron una mirada cómplice. Y en medio de todo, James e Isabelle seguían ahí. Unidos. Reales. Finalmente, juntos. Después del evento, cuando los últimos pétalos habían caído y las luces del Club Altavista comenzaban a apagarse, James e Isabelle se retiraron discretamente. La ceremonia había sido perfecta, pero ahora les esperaba algo más íntimo: su luna de miel. Isabelle, fiel a su estilo, había dejado que Ja

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    309

    Un mes después, esa certeza se transformaba en ceremonia. Era el día de la boda. Por órdenes estrictas de Camille —con el respaldo entusiasta de Lucie— James había tenido que dormir en la Mansión Moore la noche anterior. Él protestó, con su habitual sarcasmo elegante: —¿De verdad creen que separarme de mi casa va a cambiar algo? Isabelle ya está embarazada. Hemos compartido la cama más veces que el número de invitados. Esto es teatro. Lucie soltó una carcajada. —Exactamente. Y el teatro necesita que el novio no vea a la novia antes del acto final. Finalmente, entre bromas y miradas cómplices, James cedió. Pasó la noche con Noah, en la Mansión Moore, mientras Belvedere Hill se convertía en el centro de los preparativos. Esa mañana, la casa estaba llena de movimiento. Leah y Alex corrían por los pasillos con sus pequeños estuches de terciopelo, emocionados por llevar los anillos. Linda los ayudaba a vestirse, mientras Camille y Lucie, ya listas con sus vestidos color lila

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    308

    La tarde se deslizaba con calma sobre York, como si el tiempo supiera que no debía apresurar nada. Los cuatro —James, Isabelle, Noah y Celeste— habían compartido el día entre risas, cafés breves y conversaciones que giraban en torno a la boda que se acercaba. Había una ligereza en el aire, como si todos supieran que estaban viviendo algo que pronto se convertiría en recuerdo. Después de almorzar juntos, James se alejó momentáneamente para ir a recoger su traje a *Sarto Privé*, el atelier donde había mandado a hacerlo a medida. Isabelle lo acompañó hasta la entrada, curiosa. —¿Y la corbata? —preguntó, con una sonrisa que escondía expectativa. James se giró, con ese aire de misterio que a veces usaba para provocarla. —Eso lo sabrás el día de la boda. Isabelle entrecerró los ojos, divertida pero no del todo conforme. —No me gusta que guardes secretos con estilo. —Es parte del encanto —respondió él, guiñándole un ojo antes de entrar. Isabelle no insistió. Sabía que James d

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    307

    La luz de la mañana se filtraba con suavidad por las cortinas de la habitación principal en Belvedere Hill. Era sábado, y el silencio en la casa tenía ese ritmo lento que solo los fines de semana conocen. Isabelle se despertó antes que el sol terminara de elevarse. No se detuvo a mirar el reloj. Se levantó con una sensación que ya no podía ignorar. Fue directamente al baño. Al salir, James aún dormía, con el rostro relajado y el torso descubierto entre las sábanas. Isabelle comenzó a vestirse con movimientos silenciosos, pero al abrocharse la blusa, escuchó su voz ronca detrás de ella. —¿A dónde vas tan temprano? Isabelle se giró, sonriendo. —Saldré con Lucie. Solo un rato. James se incorporó un poco, apoyándose en los codos. —Disfruta. Te lo mereces. Isabelle se acercó a la cama, se inclinó y le dio un beso lento. —Te veo después. James cerró los ojos de nuevo, y ella salió de la habitación. Lucie ya la esperaba en la entrada, con gafas de sol y una chaqueta lig

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    306

    Las risas de Leah y Alex se mezclaban con el murmullo de las hojas, mientras Gregory caminaba con ellos entre los senderos de piedra. Isabelle los observaba desde la terraza, con una copa de agua entre las manos. Adrien se acercó con discreción, deteniéndose a su lado. —¿Estás bien? —preguntó, con voz baja. Isabelle asintió, aunque su gesto decía otra cosa. —Solo un poco de náusea. Nada grave. Adrien la miró con atención, sin presionar. —Lo noté en el restaurante. Y ahora otra vez. Isabelle se giró hacia él, con una sonrisa suave. —No digas nada aún. Por favor. Adrien asintió, respetando el silencio que ella pedía. Se quedaron así unos segundos, observando a los niños correr entre los arbustos, a Gregory intentando seguirles el paso con una sonrisa que parecía más tímida que paternal. El sonido de un motor interrumpió la calma. El auto de James se estacionó frente a la entrada principal. Isabelle se enderezó, Adrien dio un paso atrás. James bajó del vehículo con paso

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