INICIAR SESIÓNSeis meses después, en la villa «La Esperanza» estaba impecable. No era el lugar más lujoso del mundo, pero era perfecto. Campos verdes se extendían bajo un cielo azul despejado, y un antiguo roble, testigo de generaciones, extendía sus ramas sobre un pequeño claro donde se habían colocado sillas blancas.El aire olía a jazmín y a tierra mojada por la lluvia de la mañana. Sofía, mirándose en el espejo de la habitación principal de la villa, no podía creer que ese día había llegado. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, de encaje, sin cola exagerada, que se ceñía a su cuerpo y luego caía suavemente hasta el suelo. En el pelo, unas pequeñas flores blancas que Natalia, su damita de honor, había insistido en colocarle personalmente.—Te ves como una princesa de verdad, Sofí —susurró la niña, con los ojos como dos luceros.Vivian, que ayudaba con los últimos detalles, sonreía con lágrimas en los ojos.—Estás radiante, mi niña.—No llores, Viv, que me vas a hacer llorar a mí también —r
El rugido de los motores era un latido constante que resonaba en el pecho de Sofía. El ambiente en el circuito estaba electrizado, cargado de la tensión palpable de una de las carreras más peligrosas de la temporada.Curvas cerradas, rectas donde se alcanzaban velocidades demenciales y un historial de accidentes que ponía los nervios de punta a cualquiera.Sofía, con los nudillos blancos al aferrarse a la barandilla, no apartaba la vista del auto número 17. A su lado, Vivian sostenía a Lilly, quien agitaba un pequeño banderín con los colores de Sebastián. Natalia, saltando de emoción, no dejaba de señalar cada vez que el auto plateado pasaba como un relámpago frente a sus gradas.—¡Ahí va! ¡Ahí va el hombre guapo! —gritaba, y su entusiasmo era tan contagioso que incluso Sofía lograba esbozar una sonrisa tensa.En una silla VIP, justo al lado de ellas, Dimitri observaba la carrera con una sonrisa de satisfacción. Sebastián había cumplido su palabra. El ex de Clara, ahora un aliado pecu
El teléfono de Sofía sonó con una insistencia que parecía querer taladrarle los tímpanos. Reconoció el número de Larissa de inmediato y un profundo cansancio se apoderó de ella. Con un suspiro resignado, deslizó el dedo para contestar.—¿Sofía? ¡Gracias a Dios! —la voz de Larissa era un torbellino de histeria y desesperación—. Es Clara, ¡está en el hospital! Hubo un accidente terrible, está… está muy mal. Necesito que vengas, eres su hermana, por favor…Sofía escuchó el dramático relato con una calma que a ella misma le sorprendió. Cuando Larissa terminó, dejando escapar un sollozo al otro lado de la línea, Sofía respondió con una frialdad que cortaba como cuchillo.—¿Ahora te acuerdas de que tienes otra hija? —preguntó, su tono estaba tan cargado de una ironía amarga—. Debo advertirte, madre, que el drama de Clara no tiene nada que ver conmigo. Absolutamente nada.—¡Pero es tu hermana! —suplicó Larissa, su voz quebrándose—. ¡No puede moverse, Sofía! ¡Los doctores dicen que quizás nun
El intento de acercamiento de Miguel se interrumpió con la llegada de los policías, pero el caos estaba lejos de terminar. Clara, con los ojos realmente rojos color sangre y una furia que rivalizaba con la de Miguel, vio a los oficiales entrar y supo que su fuga temporal había terminado. Pero no estaba dispuesta a rendirse.En un acto de puro cálculo desesperado, empujó al niño, que aún lloraba desconsolado, directamente contra el pecho de Martín.—¡Tómalo! —le escupió, aprovechando la confusión mientras Martín, por instinto, recibía al pequeño.Ese segundo de distracción fue todo lo que necesitó. Como un relámpago, Clara esquivó a un sorprendido policía y salió disparada por la puerta abierta del apartamento. Sus ojos habían localizado las llaves del auto de Martín, que él había dejado descuidadamente sobre una mesa de entrada en su prisa por seguir a Miguel.—¡Alto! —gritó uno de los agentes, pero ella ya estaba en el pasillo.Martín, con el niño en brazos, maldijo entre dientes.—¡
Martín empujó la puerta de la habitación de hospital con una mezcla de rabia y resignación. Las palabras de Sofía aún resonaban en su mente, creando un eco de confusión, desilusión y de una extraña comprensión. Esperaba encontrar a Miguel aún inconsciente, o sumido en la misma autocompasión de siempre. Pero no.Miguel estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda encorvada. Y sus piernas… sus piernas se movían. Un pie golpeaba el suelo con un ritmo nervioso, impaciente. El efecto del relajante muscular había desaparecido en su mayoría.La farsa de la parálisis había terminado.Y no tenía nada de milagroso el asunto; era que Dimitri, en un descuido, le había inyectado el antídoto. Miguel ahora estaba destruido, primero por ser el causante de que Clara se hubiera obsesionado con él y una vida llena de lujos. Claro que ella llegó a importarle a Dimitri, pero fue su comportamiento desatado era peor de lo que cualquiera podría soportar.Al escuchar la puerta, Miguel alzó la cabeza,
El silencio en el pasillo del hospital era pesado, cargado de la acusación no aclarada que pendía en el aire como un humo tóxico. Martín miraba a Sebastián con una expresión que había transformado la angustia en una desconfianza hiriente.—No fue así, Martín —intentó Sebastián, buscando las palabras correctas en medio del caos—. Déjame explicarte…—¿Explicar? —lo interrumpió Martín, con una risa amarga y cortante—. ¿Explicar qué? ¿Cómo fue que decidieron jugar a ser Dios con la salud de mi amigo? —Avanzó un paso; su volumen aumentaba con cada paso que daba, atrayendo miradas de otros visitantes en el pasillo—. ¿Fue idea tuya? ¿O fue de ese… ese enfermero siniestro? ¿Se divirtieron planificando cómo dejarlo paralítico para que no fuera una molestia para ti?—¡Martín, por favor, baja la voz! —rogó Sebastián, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos—. No fue así. Fue una estupidez, lo sé, pero no fue con esa intención.—¡Claro que no! —espetó Martín, sarcástico—. Solo querí







