INICIAR SESIÓNEn el segundo en que la palabra “Acepto” salió de sus labios perfectos, una alarma de pánico comenzó a sonar con fuerza en mi cabeza.
El hombre frente a mí se guardó el sobre con mis cinco mil dólares en el bolsillo interior de su saco gris con una lentitud exasperante. No contó los billetes. Ni siquiera los miró. Ya sabía con el peso en su mano la cantidad que había. Se limitó a sonreír de esa manera lenta y peligrosa que me hizo dar un paso atrás, arrepintiéndome instantáneamente de mi impulsividad.
¿Qué acabo de hacer?, pensé, sintiendo un escalofrío. Acababa de entregarle el dinero de mi renta a un completo desconocido. Sí, era el hombre más atractivo que había visto en mi vida, pero su mirada tenía una frialdad que no encajaba con el perfil de un actor desempleado que busca ganarse la vida. Una locura total. Había algo en él, que me imponía demasiado respeto. Muchas poder.
—Bien— dije, aclarando mi garganta y tratando de recuperar el control de la situación—. Tratando de demostrar autoridad, continúe diciendo. —Como ya tiene el adelanto, supongo que debemos repasar los detalles.
—La boda es este sábado a las ocho de la noche en el salón del Hotel Vardan Royal. —Al mencionar el nombre del hotel, vi un destello extraño en sus ojos grises. Una mezcla de ironía y diversión que duró apenas un milisegundo antes de que su rostro volviera a convertirse en una máscara de piedra.
—El Vardan Royal —repitió él, saboreando las palabras con una elegancia natural—. Conozco el lugar. No te preocupes, Bianca. Estaré allí.
—No, no es solo "estar allí" —lo interrumpí, cruzando los brazos sobre mi pecho. No iba a permitir que mi empleado me tratara con condescendencia—. Necesito que pase a buscarme a mi departamento a las siete y media. De etiqueta, recuerde las instrucciones, tiene que actuar como si estuviera locamente obsesionado conmigo. Cristhian, mi ex, es un hombre extremadamente competitivo y arrogante. Necesito que sienta que me perdió frente a alguien infinitamente superior. ¿Cree que su talento actoral esté a la altura del papel o el ego le queda grande?—
El hombre soltó una risa corta, un sonido grave y ronco que vibró en el aire del gigantesco despacho. Se levantó de su silla, y por primera vez, fui consciente de su verdadera estatura. Me pasaba por más de una cabeza. Su sola presencia física inundó el espacio, obligándome a levantar la barbilla para sostenerle la mirada. Haciéndome sentir muy pequeña. Camino lentamente alrededor del escritorio, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Pude oler su loción, una mezcla de madera, ámbar y algo costoso que me mareó por un instante.
—Escúchame bien, Bianca Serna —dijo, pronunciando mi nombre con una lentitud que me erizó la piel—. Cinco mil dólares no compran mi obediencia, pero como soy un profesional... Te garantizo que el sábado tu ex novio va a desear no haber nacido. Voy a ser el prometido más posesivo, rico y devoto que este país haya visto jamás. Nadie en esa sala dudará de que eres mía.
La palabra mía resonó en mis oídos como un disparo. Mi corazón dio un vuelco salvaje, no por amor, sino por puro instinto de supervivencia. El tono de su voz no sonaba a una actuación, sonaba a una promesa absoluta.
—Perfecto —logré decir, obligando a mis piernas a no temblar—. Escriba su número de teléfono aquí para coordinar la dirección de mi casa.— Él tomó un bolígrafo de oro de su escritorio, anotó diez dígitos en un trozo de papel fino y me lo entregó. Sus dedos rozaron los míos y al hacerlo, juraría que una corriente estática me quemó la piel. Di un paso atrás de inmediato, él me infundo un poco de miedo, guardé rápidamente el papel en mi bolso.
—Nos vemos el sábado... —Me detuve, dándome cuenta de un detalle ridículo, no sabía si nombre. Pero antes de emitir palabras.
—Ezra —dijo él, mirándome fijamente—. Puedes llamarme Ezra.
—Nos vemos el sábado, Ezra. No llegue tarde —sentencié. Me giré sobre mis talones y caminé hacia las dobles puertas de madera lo más rápido que mis tacones me lo permitieron. Salí al pasillo alfombrado del piso catorce y solo cuando las puertas del ascensor se cerraron, me permití soltar el aire que había estado reteniendo. Me apoyé contra la pared de espejo del ascensor, con las manos temblorosas. Miré el papel con su número. Tenía tres días para mentalizarme.
Acababa de meter a un hombre sumamente arrogante, misterioso y peligrosamente guapo en mi plan de venganza. No tenía ni idea de que mi plan ya no me pertenecía, y que acababa de contratar al verdadero dueño de la Torre Vardan para jugar un juego cuyas reglas yo no conocía.
NARRADO POR BIANCA SERNAEl taller estaba en silencio cuando llegué esa mañana. Las máquinas de coser apagadas, los percheros vacíos, el suelo barrido con ese cuidado que Marisol siempre supervisaba en cada rincón. Me quedé un rato en la puerta, observando el espacio que había sido testigo de absolutamente todo. De mis primeras puntadas, mis primeras clientas, mis primeras crisis y mis primeras victorias.Caminé despacio hacia mi mesa de trabajo, pasando los dedos por la superficie de madera, sintiendo cada marca, cada rasguño, cada cicatriz que el tiempo había dejado en ella. Ahí había cortado la tela de mi vestido de novia, también el diseño de la manta de Aurora. Había llorado, sola, la noche en que creí que iba a perderlo todo.Me senté en la silla, todavía con el abrigo puesto, y miré mi mano donde estaba el anillo de plata envejecida que Ezra me había regalado en las provincias. El mismo que llevaba puesto en el dedo medio desde hacía años. El mismo que nunca me había quitado, n
NARRADO POR BIANCA SERNACinco años después.Aurora tenía cinco años, y era, sin ninguna exageración, la niña más curiosa, más inteligente y más testaruda que jamás hubiera conocido. Tenía los ojos de su padre, el cabello oscuro como el mío, y una capacidad innata para hacer preguntas que dejaban a los adultos sin respuesta.—Mamá, ¿por qué el cielo es azul? —me preguntó una mañana, mientras desayunábamos juntas en la cocina del penthouse.—Porque la luz del sol se dispersa en la atmósfera —respondí, con una calma que había aprendido a desarrollar durante los últimos cinco años—. Las partículas en el aire dispersan la luz azul más que los otros colores.—¿Y por qué no se dispersa el verde?—Porque... —empecé a decir, pero me detuve, dándome cuenta de que no tenía una respuesta clara—. ¿Por qué no le preguntas a tu papá?Ezra, que estaba preparando café en la cocina, se giró hacia nosotras con una sonrisa.—Porque el verde también se dispersa —dijo, sentándose a la mesa—. Pero nuestros
NARRADO POR BIANCA SERNAHay un momento, en la maternidad, que nadie te cuenta.No es el parto. No es la primera noche sin dormir. No es el dolor físico ni el agotamiento. Es algo más profundo, más silencioso, más difícil de nombrar. Es el momento en que estás sosteniendo a tu hija en brazos, a las tres de la madrugada, y de repente te das cuenta de que estás completamente sola en una cosa que no sabes hacer.Aurora tenía semanas cuando me pasó. Ezra dormía a mi lado, agotado después de semanas de levantarse conmigo en cada toma, y yo estaba sentada en la mecedora del cuarto de la bebé, con Aurora en brazos, alimentándola en la penumbra. La casa estaba en silencio. La ciudad, allá afuera, también. Solo se escuchaba el sonido suave de la succión, el crujido de la mecedora, y mi propia respiración.Y entonces, sin ningún aviso, sin ningún motivo aparente, empecé a llorar.No fue un llanto ruidoso. Fueron lágrimas silenciosas que cayeron sobre el rostro de Aurora mientras la sostenía, lá
NARRADO POR BIANCA SERNALa primera noche en casa fue, sin ninguna exageración, la más larga de mi vida.Aurora se despertó cada dos horas, con un llanto agudo que me atravesaba el pecho como una aguja, y cada vez que la escuchaba, sentía una mezcla de amor absoluto y un agotamiento tan profundo que apenas lograba abrir los ojos. Ezra se levantaba conmigo en cada toma, aunque no pudiera amamantar, y se quedaba a mi lado, sosteniéndome la espalda, alcanzándome agua, cambiando los pañales cuando terminábamos.—Puedo hacerlo yo —le dije, a las tres de la madrugada, después de la tercera toma, con la voz arrastrada por el sueño—. No tienes que levantarte cada vez.—Ya lo sé —respondió, con una calma que no lograba entender del todo—. Pero quiero hacerlo.—¿Por qué?—Porque no quiero perderme nada —dijo, con una honestidad simple—. Ni siquiera esto. Ni siquiera el cansancio.Lo miré un largo rato, con Aurora dormida entre nosotros, y sentí cómo el pecho se me apretaba de una ternura que no
NARRADO POR BIANCA SERNALlegamos al penthouse entrada la tarde, con Aurora dormida en su moisés y el cansancio acumulado de tres días de hospital pesándome en cada hueso del cuerpo. Ezra abrió la puerta con cuidado, sosteniendo las maletas con una mano y el moisés con la otra, y Melanie nos siguió en silencio, cargando la bolsa con las cosas que nos habían dado en la clínica.Esperaba encontrar el departamento vacío. Esperaba silencio, oscuridad, la calma de llegar a casa después de un parto. Pero en cuanto cruzamos el umbral, me di cuenta de que la familia entera había estado esperándonos.Victoria estaba sentada en el sofá, con una bolsa de tela sobre el regazo. El padre de Ezra ocupaba el sillón junto a la ventana, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Ricardo estaba en el extremo más alejado de la sala, casi en penumbras, observando sin decir nada. Valentina y Joaquín compartían un rincón cerca de la cocina. Marisol estaba de pie junto a la mesa, con una caja de zapatos entr
NARRADO POR BIANCA SERNAAurora seguía sobre mi pecho, pequeña y tibia, con los ojos cerrados y la respiración apenas perceptible, cuando la obstetra se acercó con una sonrisa y le tendió a Ezra una pequeña tijera esterilizada.—Papá, ¿quieres cortar el cordón? —preguntó, con una calidez que reflejaba la emoción genuina de ese momento.Ezra asintió, con los ojos todavía húmedos, y se inclinó sobre la cama con una lentitud reverente, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper la magia de ese instante. Lo observé mientras tomaba la tijera con dedos temblorosos, mientras la doctora le indicaba exactamente dónde cortar, mientras se agachaba apenas para tener mejor ángulo.Y entonces lo vi.Su rostro cambió de golpe. La emoción dio paso a una palidez absoluta, como si toda la sangre se le hubiera escapado de la cara en cuestión de segundos. Sus ojos, esos ojos que tanto amaba, se abrieron con una expresión que reconocí de inmediato: no era miedo, no era sorpresa. Era el







