LOGIN¿Qué haces cuando vas a alquilar un novio falso para humillar a tu ex y terminas contratando por error al soltero más codiciado del país? Bianca Serna solo quería salvar su orgullo, pero debido a una confusión en un edificio corporativo, desafía a Ezra Vardan, el frío y arrogante magnate hotelero. Divertido por su audacia y presionado por su familia para casarse, Ezra acepta la farsa y le propone que sea su prometida por seis meses para tranquilizar a su padre y al consejo de administración, quienes le exigen comprometerse con una heredera superficial para asegurar las acciones en Europa. Aunque Bianca rechaza su fría propuesta inicial y huye, su ex novio ejecuta una venganza implacable que destruye su estudio de diseño y la deja al borde de la ruina. Acorralada por deudas que no puede pagar sola y dándose cuenta de que la advertencia de Ezra era real, Bianca se ve obligada a buscarlo en su imponente torre para firmar el contrato de matrimonio falso. Bajo cinco reglas estrictas de convivencia en un lujoso penthouse y la prohibición absoluta de enamorarse, la farsa se transformará en una obsesión donde el primero en confesar sus sentimientos... lo perderá todo.
View MoreHay días en los que desearías que la tierra te tragara, y luego está el día de hoy. Sostenía el teléfono con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. En la pantalla brillaba una elegante invitación digital con tipografía dorada y música clásica de fondo. Era la boda del año en la alta sociedad. Pero lo que me estaba carcomiendo las entrañas no era el lujo del evento, sino los nombres de los novios, Cristhian Olmos y Vanessa Rovira. Mi ex novio y mi ex mejor amiga.
Por si el golpe no fuera suficiente, Vanessa se había asegurado de enviarme la invitación personalmente a mi correo con una nota privada que decía, “Esperamos que asistas, Bianca. Sé que las cosas han sido difíciles para ti desde la ruptura, pero nos encantaría que encuentres un acompañante que finalmente esté a tu altura”.
Un nudo de rabia y humillación se instaló en mi garganta. Cristhian me había dejado hacía tres meses, llevándose no solo mi estabilidad emocional, sino también la mitad de los ahorros que habíamos juntado para mi estudio de diseño independiente. Y Vanessa, la persona en la que más confiaba, había estado saliendo con él a mis espaldas. Ahora querían verme derrotada, desfilando sola por la alfombra roja de su boda mientras la élite de la ciudad se compadecía de mí.
—No les voy a dar el gusto —susurré para mí misma, limpiándome una lágrima de coraje—. De ninguna manera. Pasé las siguientes dos horas buscando soluciones en internet hasta que encontré un foro cerrado de reseñas para eventos de la alta sociedad. Varias empresarias e influencers hablaban de un servicio ultradivino y discreto, “Acompañantes Élite S.A.”. Era una agencia premium que alquilaba modelos y actores profesionales para bodas y galas ejecutivas. Hombres impecables, educados, capaces de fingir ser el novio perfecto, posesivo y millonario por una noche.
La dirección marcaba el edificio más imponente y costoso del distrito financiero, la Torre Vardan. Según los detalles, la agencia se encontraba en el piso doce. Fui al banco, saqué los últimos cinco mil dólares que me quedaban en mi cuenta de ahorros
—El dinero con el que planeaba pagar la renta de mi oficina el próximo mes— y los metí en un sobre de manila. Era una locura. Estaba arriesgando mi futuro por una noche de orgullo, pero la sola idea de ver la cara de Cristhian al verme llegar del brazo de un dios griego lo valía. Treinta minutos después, entré al vestíbulo de la Torre Vardan. El suelo de mármol pulido reflejaba las luces del techo alto y los guardias de seguridad vestían trajes más caros que toda mi ropa junta. Caminé hacia los ascensores con el corazón latiéndome en mi pecho.
Me subí junto a un grupo de ejecutivos y presioné el botón del piso doce. O al menos, eso creí. Estaba tan concentrada repasando mentalmente el guion de lo que le pediría al actor, que no me di cuenta de que el ascensor se detuvo dos pisos más arriba debido a un viaje exprés. Las puertas se abrieron en el piso catorce. Caminé por el pasillo alfombrado en un silencio sepulcral. Al fondo, unas imponentes puertas dobles de madera oscura estaban semiabiertas. El cartel de la entrada no tenía nombre, solo un logotipo elegante. La recepción estaba vacía, la secretaria parecía haber bajado por un café. Sin pensarlo dos veces, empujé las puertas y entré.
El despacho era gigantesco, con paredes de cristal que mostraban una vista panorámica de toda la ciudad. Y en el centro, detrás de un enorme escritorio de caoba, estaba él. Me quedé sin respiración por un segundo. El hombre que estaba sentado revisando unos documentos era la definición exacta de la perfección masculina.
Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado, facciones afiladas como esculpidas en piedra y unos ojos grises tan fríos que te hacían temblar. Llevaba un traje gris hecho a medida que delataba unos hombros anchos, y la corbata estaba un poco floja, dándole un aire peligrosamente atractivo. Tenía una expresión de aburrimiento y cansancio absoluto, como si el mundo entero le diera pereza.
“Vaya”, pensé, tragando saliva. “Las reseñas no mentían. La agencia realmente tiene a los mejores actores del mercado”. Al notar mi presencia, el hombre levantó la mirada. Sus ojos grises se clavaron en mí, analizándome de arriba abajo en un segundo. Sus cejas se fruncieron con molestia y una pizca de sorpresa. Nadie solía entrar a su espacio sin anunciarse. Antes de que él pudiera articular palabra, llamar a seguridad o arruinar mi racha de valentía, caminé con paso firme hacia su escritorio. Crucé los brazos, sosteniendo mi postura más profesional y segura, y azoté el sobre de manila con los cinco mil dólares directamente sobre sus papeles. El hombre miró el sobre y luego volvió a mirarme a mí, con una ceja arqueada.
—Sé que las tarifas de su agencia son ridículamente altas para los servicios premium —dije, manteniendo la voz firme a pesar de los nervios—. Y sé que este dinero podría ser poco para sus estándares habituales, pero es un adelanto en efectivo. El resto se lo pagaré en cuotas mensuales si es necesario. Él se reclinó lentamente en su silla de cuero, entrelazando sus largos dedos sobre su abdomen. No dijo nada. Su silencio era imponente, pero yo estaba demasiado desesperada para detenerme —
—¿Y tú eres? — dijo él.
—Me llamo Bianca Serna y necesito contratarlo para este sábado en la noche—continué, apoyando mis manos en el borde del escritorio y acercándome un poco a él—. Quiero que asista conmigo a una boda. Sus instrucciones son simples pero estrictas, debe vestir su mejor traje de etiqueta, actuar como el hombre más rico, exitoso y poderoso de la sala, y fingir ante todos que es mi prometido. Pero no cualquier prometido, quiero que actúe de forma posesiva, locamente enamorado de mí y que no me quite los ojos de encima ni un segundo.
Necesito que destroce el orgullo de mi exnovio. ¿Acepta el contrato o tengo que buscar a otro actor en el piso de abajo? El silencio que siguió a mis palabras fue ensordecedor. Vi cómo la mandíbula del hombre se tensaba por un instante, y por un momento temí que fuera a echarme a patadas. Sin embargo, lo que pasó después me congeló la sangre.
Una sonrisa lenta, arrogante y sumamente peligrosa comenzó a dibujarse en sus labios perfectos. Ezra Vardan, el verdadero dueño del imperio hotelero más grande del país, estiró la mano y tomó el sobre con mis ahorros, sopesándolo en su palma. Él no era un actor desempleado, era el hombre que podía comprar la agencia entera con un chasquido de dedos, y en ese momento, mi confusión acababa de darle la idea perfecta para escapar de sus propios problemas familiares. Fijó esos ojos grises e intensos en los míos, haciéndome sentir una corriente eléctrica por toda la columna.
—Me parece un trato interesante—dijo con una voz profunda, ronca y segura, leyendo el nombre de la invitación que sobresalía de mi bolso—. Acepto el contrato.
NARRADO POR BIANCA SERNAEl taller estaba en silencio cuando llegué esa mañana. Las máquinas de coser apagadas, los percheros vacíos, el suelo barrido con ese cuidado que Marisol siempre supervisaba en cada rincón. Me quedé un rato en la puerta, observando el espacio que había sido testigo de absolutamente todo. De mis primeras puntadas, mis primeras clientas, mis primeras crisis y mis primeras victorias.Caminé despacio hacia mi mesa de trabajo, pasando los dedos por la superficie de madera, sintiendo cada marca, cada rasguño, cada cicatriz que el tiempo había dejado en ella. Ahí había cortado la tela de mi vestido de novia, también el diseño de la manta de Aurora. Había llorado, sola, la noche en que creí que iba a perderlo todo.Me senté en la silla, todavía con el abrigo puesto, y miré mi mano donde estaba el anillo de plata envejecida que Ezra me había regalado en las provincias. El mismo que llevaba puesto en el dedo medio desde hacía años. El mismo que nunca me había quitado, n
NARRADO POR BIANCA SERNACinco años después.Aurora tenía cinco años, y era, sin ninguna exageración, la niña más curiosa, más inteligente y más testaruda que jamás hubiera conocido. Tenía los ojos de su padre, el cabello oscuro como el mío, y una capacidad innata para hacer preguntas que dejaban a los adultos sin respuesta.—Mamá, ¿por qué el cielo es azul? —me preguntó una mañana, mientras desayunábamos juntas en la cocina del penthouse.—Porque la luz del sol se dispersa en la atmósfera —respondí, con una calma que había aprendido a desarrollar durante los últimos cinco años—. Las partículas en el aire dispersan la luz azul más que los otros colores.—¿Y por qué no se dispersa el verde?—Porque... —empecé a decir, pero me detuve, dándome cuenta de que no tenía una respuesta clara—. ¿Por qué no le preguntas a tu papá?Ezra, que estaba preparando café en la cocina, se giró hacia nosotras con una sonrisa.—Porque el verde también se dispersa —dijo, sentándose a la mesa—. Pero nuestros
NARRADO POR BIANCA SERNAHay un momento, en la maternidad, que nadie te cuenta.No es el parto. No es la primera noche sin dormir. No es el dolor físico ni el agotamiento. Es algo más profundo, más silencioso, más difícil de nombrar. Es el momento en que estás sosteniendo a tu hija en brazos, a las tres de la madrugada, y de repente te das cuenta de que estás completamente sola en una cosa que no sabes hacer.Aurora tenía semanas cuando me pasó. Ezra dormía a mi lado, agotado después de semanas de levantarse conmigo en cada toma, y yo estaba sentada en la mecedora del cuarto de la bebé, con Aurora en brazos, alimentándola en la penumbra. La casa estaba en silencio. La ciudad, allá afuera, también. Solo se escuchaba el sonido suave de la succión, el crujido de la mecedora, y mi propia respiración.Y entonces, sin ningún aviso, sin ningún motivo aparente, empecé a llorar.No fue un llanto ruidoso. Fueron lágrimas silenciosas que cayeron sobre el rostro de Aurora mientras la sostenía, lá
NARRADO POR BIANCA SERNALa primera noche en casa fue, sin ninguna exageración, la más larga de mi vida.Aurora se despertó cada dos horas, con un llanto agudo que me atravesaba el pecho como una aguja, y cada vez que la escuchaba, sentía una mezcla de amor absoluto y un agotamiento tan profundo que apenas lograba abrir los ojos. Ezra se levantaba conmigo en cada toma, aunque no pudiera amamantar, y se quedaba a mi lado, sosteniéndome la espalda, alcanzándome agua, cambiando los pañales cuando terminábamos.—Puedo hacerlo yo —le dije, a las tres de la madrugada, después de la tercera toma, con la voz arrastrada por el sueño—. No tienes que levantarte cada vez.—Ya lo sé —respondió, con una calma que no lograba entender del todo—. Pero quiero hacerlo.—¿Por qué?—Porque no quiero perderme nada —dijo, con una honestidad simple—. Ni siquiera esto. Ni siquiera el cansancio.Lo miré un largo rato, con Aurora dormida entre nosotros, y sentí cómo el pecho se me apretaba de una ternura que no












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