INICIAR SESIÓNPov Edana
La manada entera estalló en caos: gritos, aullidos y rugidos de dolor que retumban por todas partes. El aire se impregnó del olor del miedo y la sangre, mientras todos buscaban desesperadamente una salida. Muchos no entendían qué sucedía; no entendían que ya no era yo quien realmente tenía el control, sino mi loba. Ella se movía rápido, certera, golpeando, desgarrando, destruyendo. Las órdenes se escuchaban a lo lejos, los Alfas de manadas aliadas tratando de contener algo que no podían. La noche, antes oscura, se iluminó con tonos naranjas; las llamas avanzaban rápido entre las casas, obligando a muchos a correr hacia el bosque. En sus labios había una sonrisa cruel, mirando todo el daño que causaba, dejando salir a la luz lo que realmente era ella, el secreto que nuestro padre tanto se esmeró en ocultar. —¡Ahhh…!— una mujer cayó frente a nosotras, abrazando a su cachorro, intentando protegerlo con manos temblorosas. Sus ojos buscaron los míos con súplica, con desesperación, esperando ver el gris de siempre, ese amable que les mostraba a mi manada. Pero su cuerpo entero tembló de terror al darse cuenta de que había sido reemplazado por el rojo intenso de mi loba. «Solana… ella es inocente». Di un paso atrás, mirando lo que había hecho: los cuerpos sobre la tierra, el fuego consumiendo todo, haciendo pagar a inocentes por el error de otros. Tenía que parar. Tomé el control de nuevo, a la fuerza, tambaleándome, tocándome el pecho mientras un quejido suave escapaba de mis labios. Mi cuerpo no aguantaba esta cantidad de poder; era el tiempo máximo que lo habíamos usado. Alcé lentamente la mirada, observando todo el daño que había causado, escuchando los sollozos ahogados y el suave crepitar del fuego que me rodeaba. Esto lo había hecho yo. Mis ojos se detuvieron en André, al otro lado del fuego, acompañado de nuestros aliados listos para atacar. En su mirada había sorpresa y algo más, algo calculador que no me gustaba. Dio un paso al frente, sus labios curvándose en una sonrisa lenta que mostraba codicia y obsesión. No había miedo en él como en los demás, era algo mucho peor, un reclamo perverso que decía que yo le pertenecía y no lo podía permitir. Di un paso atrás por instinto y luego otro. Tenía que escapar; no iba a poder defenderme y no me iba a quedar a ver los planes que tenía André para mí. «Corre hacia el bosque, Edana, solo unos segundos… y tomo el control.» «No puedes usar tu poder», dije desesperada, luchando por aire, tratando de que mis piernas no cedieran justo ahora. Escucho los pasos que me siguen; la persecución comienza. Van a cazarme. «No, y es por eso que debemos irnos, lejos, hasta recuperarnos.» Su voz se apagó; ella estaba asustada por primera vez, aunque no lo dijera. Mis huesos crujieron; el cambio llegó rápido y doloroso por la debilidad. Solana emergió, golpeando con fuerza el suelo; su pelaje rojo vino fue un contraste diferente al oscuro del bosque. Nos internamos dentro de él, corriendo lo más rápido que nuestras fuerzas nos daban, sin mirar atrás, escuchando los aullidos y sintiendo cómo casi nos respiraban en la nuca. Los teníamos cerca. Las sombras del bosque no nos daban ninguna ventaja, pero éramos más rápidas, usaríamos eso a nuestro favor. Así pasamos los siguientes días, huyendo, evitando manadas, solo deteniéndonos en algún río para tomar agua o dormir un poco. La debilidad estaba a nada de sobrepasarnos y, aquí afuera, eso nos dejaría más vulnerables. Solana no había dicho ni una palabra en todo este tiempo. No tenía por qué. Yo lo sentía todo. No era arrepentimiento por lo que había hecho, era dolor, decepción, rabia consigo misma. Nos detuvimos a descansar cerca del río, agotadas, cediendo por el esfuerzo. El sol daba sus últimos rayos en el cielo cuando los volví a sentir. Estaban cerca y eran muchos. «No se han dado por vencidos Edana y yo siento que ya no puedo dar un paso; no hemos comido casi nada para recuperar fuerzas.» «Sigamos el río.» Este era mi único plan de escape por ahora: seguir hasta perderlos. Los aullidos se acercaban rápido, demasiado; en poco tiempo nos atraparían. Corrimos de nuevo por el borde del río, siguiendo el camino que a cada paso se hacía más difícil y rocoso. No podía terminar así; no iba a dejar que me llevaran así. Por favor, Diosa, ayúdanos. Mi loba se detuvo al borde del precipicio, mirando cómo el agua caía hasta la fuerte corriente que se precipitaba abajo, rugiendo. Del otro lado están las tierras del enemigo, las tierras que no debemos pisar a menos que queramos buscar la muerte. La tierra de los Lycan. Volvimos la cabeza atrás, escuchando lo cerca que están. Teníamos que elegir entre una muerte segura y la incertidumbre de un futuro que seguramente será cruel. No pensamos, no teníamos tiempo. Solana saltó al vacío, la brisa fría moviendo su pelaje hasta que el agua helada nos tragó de golpe. La corriente era fuerte, nos arrastraba sin piedad, golpeando nuestro cuerpo contra rocas filosas. Solana ya no podía; sus fuerzas estaban muriendo. Se hundía cada tanto tratando de mantenerse. «Lo siento…» susurró, «por hacernos esto, por dejarme llevar por el dolor al perder al único ser que realmente me importaba». «Estaremos bien, la Diosa nos ayudará». Estaba lejos de ser real. Mi loba se arrastró como pudo hasta la orilla, saliendo de la corriente y expulsando el agua que había tragado. Estaba exhausta, tomando aire, apenas logrando mantenerse en pie. Cuando un rugido atravesó el oscuro bosque. Todos los vellos de su cuerpo se erizaron y su instinto de supervivencia se activó una vez más. Lycans. Teníamos que huir. Las dos presencias que sentíamos eran poderosas, acercándose demasiado rápido. Solana esquivaba las raíces de los árboles con dificultad, internándose más en estos dominios que son liderados por un Rey cruel. Kaelor Lycaris. Un hombre tan despiadado y sanguinario que incluso sus aliados evitaban desafiarlo. Su palabra era ley y todo aquel que la desafiara moriría. BAM. El golpe llegó sin aviso, traspasando nuestras costillas, haciéndonos estrellar contra un árbol antes de caer. Frente a mi loba, con la visión borrosa, se erguía un Lycan de pelaje marrón, ojos rojos y colmillos enormes. Sus garras, listas como cuchillas, goteaban la sangre de nuestras costillas. «Intrusa» Escuché en mi mente, pero antes de poder responder, se nos abalanzó. Solana apenas podía esquivar sus garras y sus mordidas feroces; se defendía como podía, sintiendo el dolor agudo dispararse en diferentes partes de su cuerpo. ¿Era así como íbamos a morir? No, no de esta forma. Con un movimiento ágil, mi loba esquivó un golpe y se lanzó a su cuello, arrancando su garganta. La sangre caliente salpicó y el cuerpo del Lycan cayó pesado sobre la tierra. Se alejó de él, tambaleándose, las heridas sangrando sin parar, la oscuridad acercándose por los bordes. Pero no hubo alivio, aún quedaba uno. Entonces apareció el segundo, tan grande como el otro, de pelaje claro, gruñendo y lanzando amenazas y maldiciones. Solana se posicionó, pobre y sin fuerzas, lista para luchar. Pero cuando el Lycan se lanzó, la oportunidad de sobrevivir se nos fue. Era rápido, mortal. Solana apenas podía aullar y defenderse, logrando un único corte importante en su cuello, escuchándolo rugir de dolor. El zarpazo que vino después nos sumergió por completo en la oscuridad y seguramente en nuestra muerte. ***** Un golpe fuerte en la cara me hizo despertar. Ni siquiera sé, como es que sigo viva. Traté de moverme, pero no pude; estaba sentada en una silla, desnuda, con las manos atadas detrás de la espalda y los tobillos fijos en las patas. —Por fin despierta. ¡Mírame cuando te hable! El segundo golpe llegó directo a mi nariz, rompiéndola. La cabeza giró a un lado, apenas notando las paredes negras y a otros dos hombres detrás de la reja. Me tomó del cabello, levantando mi cabeza, y el tercer golpe llegó sin aviso, justo en el ojo. Sentí la sangre en mi boca, la inflamación cubriendo mi rostro, el dolor extendiéndose afilado por mi cuerpo. —Mataste a uno de los nuestros —gruñó—, y eso se paga con la muerte. —Dinos por qué estás aquí y quién realmente eres. Abrí ligeramente los labios, pero ningún sonido salió. Me pesaba la lengua, me ardía la garganta y eso solo los enfureció más. Ya no sentía las extremidades y, con cada golpe y con cada herida nueva que abrían, sentía que me iba un poco más. Supongo que este era mi destino: morir al final. Cuando terminaron conmigo, ya no quedaba nada. Solana ya no podía curarme, y el mundo comenzaba a inclinarse. —Esta perra no habla, pero lo hará. Los escuché salir, dejando todo en silencio, salvo por el único sonido de mi sangre goteando en el suelo. El silencio se prolongó por una eternidad dolorosa, hasta que pasos pesados se oyeron, acercándose, haciendo ecos en la pequeña habitación. Mi loba reaccionó. Se arrastró al fondo de mi mente antes de que se detuvieran por completo frente a la reja. La presencia es abrumadora, asfixiante, imponente. Alcé la mirada, observando a través de mi único ojo abierto, una figura alta y robusta. No dijo nada. No se movió. Solo estaba ahí, observándome. Sus ojos dorados, intensos y brillantes, fijos en mí. Sin desprecio, sin rabia, solo… calma. Eso se sentía peor. Ya no pude seguir mirándolo; mi cabeza cayó y antes de que la oscuridad me llevara, escuché un único susurro en mi mente. "Mía"Pov Edana Seguimos en la manada, eso fue lo primero que noté al salir de la casa. Los árboles verdes oscuros nos rodean, el olor del humo aún permanece en el aire como un recordatorio que no estamos a salvo. Pregunto a uno de los guardias por Kaelor y me señala hacia el bosque. Una pequeña casa apartada lejos de las demás donde hacen los interrogatorios más sangrientos. Me dirijo hacia allá sin prisa, no la tengo en realidad. Solo esa calma pacífica y esa sonrisa que adorna mis labios sin poder esconderla. Estoy feliz, enormemente feliz y no pretendía ocultarlo. Amo a Kaelor, soy su compañera, no quería estar en otro lugar seguro que no fuera en sus brazos. Lo demás... podría manejarlo. Cuando él sepa la verdad le explicaría que yo no soy un monstruo, que aunque lleve la sangre de ese hombre, no soy como él. Podría funcionar. Si hablo con él, quizás podría entenderlo y evitarme lo que sea que venga. Sí, eso haría. Al llegar, dos guerreros se inclinan ligeramente al ver
Pov Edana Abrí los ojos de nuevo en aquella oscuridad densa, donde todo lo que se veía era nada. No hay sonidos, ni brisa, ni voces. Solo vacío. Solana no estaba en mi mente; la sentía conmigo, pero no dentro de mí. Traté de tocar algo, que mis pies sintieran algo más que no fuera oscuridad y nada. ¿Qué era esto? ¿Dónde... estaba? Y como si mi pregunta fuera sido escuchada, un punto de luz apareció en la distancia: brillante, rojizo, acercándose un poco más, o era yo quien lo hacía. —Solana... Susurré al sentirla tan cerca. Miraba en todas direcciones sin poder encontrarla. Pero entonces, escuché algo más. Cadenas Las mismas que había escuchado la vez pasada. Aquel punto de luz desapareció, dejándome de nuevo en la oscuridad. Contuve el aliento esperando algo, cualquier cosa, mi cuerpo lo sentía antes de que lo viera. Una presencia que me era familiar y, a la vez, desconocida. La luz explotó de repente, cegándome, barriendo la oscuridad, haciendo que me cubrier
Pov Edana El aire huele a azufre, un olor penetrante que se mete hasta los pulmones con cada inhalación. Todos en las manada ven hacia las fronteras, hacia donde ocurre el ataque, donde el ejército de Kaelor lucha junto a él, para mantenernos a salvo. La nariz me arde, los ojos se me llenan de lágrimas sintiendo una puntada en el pecho al saber que yo puedo cambiar eso y tengo miedo. «No puedes cambiarlo, Edana, no a menos que te enfrentes a un hombre del que no sabemos nada. Solo que es nuestro abuelo. Eso es no información suficiente para saber si podemos con él» «Podríamos decirle a Kaelor...» No, tan rápido como eso viene, muere. Decirle no es una opción. Prefiero quedarme con ese secreto hasta que él lo descubra solo. Talvez nunca lo haga. Me limpio las lágrimas caminando rápido hasta donde Artem se queda. Toco con cuidado la puerta que se abre unos segundos después. —Asi que viniste a ver si no me morí. —Bueno... vine a ver cómo estabas —pasé, mirando la habi
Pov Kaelor —Eres un verdadero salvaje, bestia, bruto. Sangre Lycaris tenía que correr por tus venas. Le haces honor a tu padre en toda la extensión de la palabra. Me quedo de pie recostado al escritorio, viendo como Zoira insulta a Artem, a nuestra sangre, a nuestro padre mientras lo golpea con su bastón por dónde le caiga. —Te dije que descansaras, que no hicieras estupideces y vas y le calvas los colmillos a Lili. —Zoira... —Cállate que aún no termino. ¿Cómo se te ocurre hacerle eso con ella tan débil por tu culpa? ¿Dónde demonios tienes el cerebro? Y ese Lycan pulgoso también, no puede esperarse sin andar con la testosterona alborotada. Artem no intenta ya ni cubrirse de los golpes, ahora se ríe abiertamente sobre el mueble, escuchando a Zoira despotricar sobre nosotros dándole bastonazos. —¿Y tú qué miras? Tú eres igual. —Yo no estoy diciendo nada Zoira —levanto las manos al aire en señal de paz. Ya sabía que tarde o temprano saldría salpicado con todo este probl
Pov Artem Mis ojos amenazan con cerrarse, la oscuridad buscando reclamarme con cada respiración trabajosa que me llena los pulmones de aire y dolor. —Mantente despierto, maldita sea, ya casi llegamos. —Eres muy ruidoso, Kaelor. Intentó bromear, sonreír, pero todo lo que sale es una mueca torcida que no llega a ningún lado. Las siento en mi interior, cada flecha incrustada dentro, cada hoja filosa que retorcieron y luego dejaron para que me desangrara. Como el acónito corre por mis venas, como la plata me quema desde adentro, peor o igual que las llamas de Edana. Miraré el lado positivo, al menos tendremos una Reina con buen carácter. —Por aquí, señor. Ya tenemos todo listo, los sanadores... Mi mente vuelve a caer en un vacío profundo, en la oscuridad. Dónde todo lo que siento es dolor y más dolor. Grito cuando algo entra en mí, toca algo filoso enterrado en mi cuerpo y luego lo saca con un sonido húmedo desagradable. Eso me arrastra a la conciencia de nuevo. —Hay más, seño
Pov Narrador El bosque arde, el fuego se arrastra dentro de él como serpientes buscando una presa o escapando de algo peor. El cielo se ilumina de color naranja, la piedra de las montañas oscuras se iluminan por el fuego que las rodea. En medio de ambos, como una danza mortal y devastadora, están los lobos de fuego lanzándose hacia una batalla perdida. El fuego de sus cuerpos buscan tocarla a ella, retorcerse por sus extremidades, hacerla gritar de dolor, pero... quizás sean ellos los que terminen por hacerlo. Antes si quiera de poder tocarla, chocan contra un muro invisible, desviándo las llamas hacia otra dirección. Edana sonríe, sus labios curvandose apenas hacia arriba, alzando ligeramente su mano. Cassius retrocede al ver el fuego, rojo, intenso, despiadado, devorando una parte de los lobos que se supone son inmune a ellos. Los demás guerreros se ven unos a otros, el miedo que sienten dentro de ellos también los hace retroceder, querer escapar; sin embargo, se man







