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03. En tierras del enemigo

Autor: Fénix Vm
last update Data de publicação: 2026-05-02 23:08:42

Pov Edana

La manada entera estalló en caos: gritos, aullidos y rugidos de dolor que retumban por todas partes.

El aire se impregnó del olor del miedo y la sangre, mientras todos buscaban desesperadamente una salida.

Muchos no entendían qué sucedía; no entendían que ya no era yo quien realmente tenía el control, sino mi loba.

Ella se movía rápido, certera, golpeando, desgarrando, destruyendo.

Las órdenes se escuchaban a lo lejos, los Alfas de manadas aliadas tratando de contener algo que no podían.

La noche, antes oscura, se iluminó con tonos naranjas; las llamas avanzaban rápido entre las casas, obligando a muchos a correr hacia el bosque.

En sus labios había una sonrisa cruel, mirando todo el daño que causaba, dejando salir a la luz lo que realmente era ella, el secreto que nuestro padre tanto se esmeró en ocultar.

—¡Ahhh…!— una mujer cayó frente a nosotras, abrazando a su cachorro, intentando protegerlo con manos temblorosas.

Sus ojos buscaron los míos con súplica, con desesperación, esperando ver el gris de siempre, ese amable que les mostraba a mi manada.

Pero su cuerpo entero tembló de terror al darse cuenta de que había sido reemplazado por el rojo intenso de mi loba.

«Solana… ella es inocente».

Di un paso atrás, mirando lo que había hecho: los cuerpos sobre la tierra, el fuego consumiendo todo, haciendo pagar a inocentes por el error de otros.

Tenía que parar.

Tomé el control de nuevo, a la fuerza, tambaleándome, tocándome el pecho mientras un quejido suave escapaba de mis labios.

Mi cuerpo no aguantaba esta cantidad de poder; era el tiempo máximo que lo habíamos usado.

Alcé lentamente la mirada, observando todo el daño que había causado, escuchando los sollozos ahogados y el suave crepitar del fuego que me rodeaba.

Esto lo había hecho yo.

Mis ojos se detuvieron en André, al otro lado del fuego, acompañado de nuestros aliados listos para atacar.

En su mirada había sorpresa y algo más, algo calculador que no me gustaba.

Dio un paso al frente, sus labios curvándose en una sonrisa lenta que mostraba codicia y obsesión.

No había miedo en él como en los demás, era algo mucho peor, un reclamo perverso que decía que yo le pertenecía y no lo podía permitir.

Di un paso atrás por instinto y luego otro.

Tenía que escapar; no iba a poder defenderme y no me iba a quedar a ver los planes que tenía André para mí.

«Corre hacia el bosque, Edana, solo unos segundos… y tomo el control.»

«No puedes usar tu poder», dije desesperada, luchando por aire, tratando de que mis piernas no cedieran justo ahora.

Escucho los pasos que me siguen; la persecución comienza.

Van a cazarme.

«No, y es por eso que debemos irnos, lejos, hasta recuperarnos.» Su voz se apagó; ella estaba asustada por primera vez, aunque no lo dijera.

Mis huesos crujieron; el cambio llegó rápido y doloroso por la debilidad.

Solana emergió, golpeando con fuerza el suelo; su pelaje rojo vino fue un contraste diferente al oscuro del bosque.

Nos internamos dentro de él, corriendo lo más rápido que nuestras fuerzas nos daban, sin mirar atrás, escuchando los aullidos y sintiendo cómo casi nos respiraban en la nuca.

Los teníamos cerca.

Las sombras del bosque no nos daban ninguna ventaja, pero éramos más rápidas, usaríamos eso a nuestro favor.

Así pasamos los siguientes días, huyendo, evitando manadas, solo deteniéndonos en algún río para tomar agua o dormir un poco.

La debilidad estaba a nada de sobrepasarnos y, aquí afuera, eso nos dejaría más vulnerables.

Solana no había dicho ni una palabra en todo este tiempo.

No tenía por qué.

Yo lo sentía todo.

No era arrepentimiento por lo que había hecho, era dolor, decepción, rabia consigo misma.

Nos detuvimos a descansar cerca del río, agotadas, cediendo por el esfuerzo.

El sol daba sus últimos rayos en el cielo cuando los volví a sentir.

Estaban cerca y eran muchos.

«No se han dado por vencidos Edana y yo siento que ya no puedo dar un paso; no hemos comido casi nada para recuperar fuerzas.»

«Sigamos el río.»

Este era mi único plan de escape por ahora: seguir hasta perderlos.

Los aullidos se acercaban rápido, demasiado; en poco tiempo nos atraparían.

Corrimos de nuevo por el borde del río, siguiendo el camino que a cada paso se hacía más difícil y rocoso.

No podía terminar así; no iba a dejar que me llevaran así.

Por favor, Diosa, ayúdanos.

Mi loba se detuvo al borde del precipicio, mirando cómo el agua caía hasta la fuerte corriente que se precipitaba abajo, rugiendo.

Del otro lado están las tierras del enemigo, las tierras que no debemos pisar a menos que queramos buscar la muerte.

La tierra de los Lycan.

Volvimos la cabeza atrás, escuchando lo cerca que están. Teníamos que elegir entre una muerte segura y la incertidumbre de un futuro que seguramente será cruel.

No pensamos, no teníamos tiempo.

Solana saltó al vacío, la brisa fría moviendo su pelaje hasta que el agua helada nos tragó de golpe.

La corriente era fuerte, nos arrastraba sin piedad, golpeando nuestro cuerpo contra rocas filosas.

Solana ya no podía; sus fuerzas estaban muriendo. Se hundía cada tanto tratando de mantenerse.

«Lo siento…» susurró, «por hacernos esto, por dejarme llevar por el dolor al perder al único ser que realmente me importaba».

«Estaremos bien, la Diosa nos ayudará».

Estaba lejos de ser real.

Mi loba se arrastró como pudo hasta la orilla, saliendo de la corriente y expulsando el agua que había tragado.

Estaba exhausta, tomando aire, apenas logrando mantenerse en pie.

Cuando un rugido atravesó el oscuro bosque.

Todos los vellos de su cuerpo se erizaron y su instinto de supervivencia se activó una vez más.

Lycans.

Teníamos que huir.

Las dos presencias que sentíamos eran poderosas, acercándose demasiado rápido.

Solana esquivaba las raíces de los árboles con dificultad, internándose más en estos dominios que son liderados por un Rey cruel.

Kaelor Lycaris.

Un hombre tan despiadado y sanguinario que incluso sus aliados evitaban desafiarlo. Su palabra era ley y todo aquel que la desafiara moriría.

BAM.

El golpe llegó sin aviso, traspasando nuestras costillas, haciéndonos estrellar contra un árbol antes de caer.

Frente a mi loba, con la visión borrosa, se erguía un Lycan de pelaje marrón, ojos rojos y colmillos enormes.

Sus garras, listas como cuchillas, goteaban la sangre de nuestras costillas.

«Intrusa»

Escuché en mi mente, pero antes de poder responder, se nos abalanzó.

Solana apenas podía esquivar sus garras y sus mordidas feroces; se defendía como podía, sintiendo el dolor agudo dispararse en diferentes partes de su cuerpo.

¿Era así como íbamos a morir?

No, no de esta forma.

Con un movimiento ágil, mi loba esquivó un golpe y se lanzó a su cuello, arrancando su garganta.

La sangre caliente salpicó y el cuerpo del Lycan cayó pesado sobre la tierra.

Se alejó de él, tambaleándose, las heridas sangrando sin parar, la oscuridad acercándose por los bordes.

Pero no hubo alivio, aún quedaba uno.

Entonces apareció el segundo, tan grande como el otro, de pelaje claro, gruñendo y lanzando amenazas y maldiciones.

Solana se posicionó, pobre y sin fuerzas, lista para luchar.

Pero cuando el Lycan se lanzó, la oportunidad de sobrevivir se nos fue.

Era rápido, mortal.

Solana apenas podía aullar y defenderse, logrando un único corte importante en su cuello, escuchándolo rugir de dolor.

El zarpazo que vino después nos sumergió por completo en la oscuridad y seguramente en nuestra muerte.

*****

Un golpe fuerte en la cara me hizo despertar. Ni siquiera sé, como es que sigo viva.

Traté de moverme, pero no pude; estaba sentada en una silla, desnuda, con las manos atadas detrás de la espalda y los tobillos fijos en las patas.

—Por fin despierta. ¡Mírame cuando te hable!

El segundo golpe llegó directo a mi nariz, rompiéndola.

La cabeza giró a un lado, apenas notando las paredes negras y a otros dos hombres detrás de la reja.

Me tomó del cabello, levantando mi cabeza, y el tercer golpe llegó sin aviso, justo en el ojo.

Sentí la sangre en mi boca, la inflamación cubriendo mi rostro, el dolor extendiéndose afilado por mi cuerpo.

—Mataste a uno de los nuestros —gruñó—, y eso se paga con la muerte.

—Dinos por qué estás aquí y quién realmente eres.

Abrí ligeramente los labios, pero ningún sonido salió. Me pesaba la lengua, me ardía la garganta y eso solo los enfureció más.

Ya no sentía las extremidades y, con cada golpe y con cada herida nueva que abrían, sentía que me iba un poco más.

Supongo que este era mi destino: morir al final.

Cuando terminaron conmigo, ya no quedaba nada.

Solana ya no podía curarme, y el mundo comenzaba a inclinarse.

—Esta perra no habla, pero lo hará.

Los escuché salir, dejando todo en silencio, salvo por el único sonido de mi sangre goteando en el suelo.

El silencio se prolongó por una eternidad dolorosa, hasta que pasos pesados se oyeron, acercándose, haciendo ecos en la pequeña habitación.

Mi loba reaccionó.

Se arrastró al fondo de mi mente antes de que se detuvieran por completo frente a la reja.

La presencia es abrumadora, asfixiante, imponente.

Alcé la mirada, observando a través de mi único ojo abierto, una figura alta y robusta.

No dijo nada.

No se movió.

Solo estaba ahí, observándome.

Sus ojos dorados, intensos y brillantes, fijos en mí. Sin desprecio, sin rabia, solo… calma.

Eso se sentía peor.

Ya no pude seguir mirándolo; mi cabeza cayó y antes de que la oscuridad me llevara, escuché un único susurro en mi mente.

"Mía"

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