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02. Traición

Autor: Fénix Vm
last update Data de publicação: 2026-05-02 22:48:18

Pov Edana

Me quedé en el mismo lugar sin poder moverme, apretando con fuerza la flor entre mis manos, escuchando las palabras de Vera en mi mente sin desvanecerse.

«Fue ella» dijo mi loba de forma oscura « Ella hizo esto ¡Nuestro padre está muerto por su culpa!»

Rugió en mi mente haciéndome estremecer.

«Ella nos lo arrebató todo por envidia. Lo mató como si no significara nada, como si su vida no valiera nada»

Cerré los ojos sin poder creerlo, pero todo estaba ahí.

Desde que ella entró en mi habitación, desde que sentí el olor de André en ella, en el momento justo en que tomé de lo que me trajo pensando que se preocupaba por mí y no era más que una mentira.

La flor entre mis manos se hizo cenizas, dejando que el dolor, la rabia y el odio se mezclaran con algo mucho más peligroso que ahora recorre mis venas.

—Él la amaba, la adoraba, hacía todo por ella y lo que hizo fue traicionarlo.

Me reí, una risa rota y amarga mientras el recuerdo de aquel día regresaba.

Mi padre sosteniendo a Vera entre sus manos, tan pequeña, tan frágil, diciendo que la amaba, que era uno de sus mayores tesoros y yo… yo estaba ahí prometiendo protegerla.

«Un error que no vamos a repetir de nuevo, Edana. Ella debe pagar lo que hizo y lo hará con sangre»

Me puse de pie lentamente, soltando las cenizas oscuras de lo que antes había sido una hermosa flor.

Una sola lágrima salió silenciosa, caliente, hasta caer sobre la fría piedra.

Esa sería la última que derramaría.

Me giré hacia la reja dudando, pensando en las palabras de mi padre. Tenía que proteger a mi loba, ocultarla de todos…

«Y mientras me proteges ella sigue allá afuera robándote todo»

—No…

«Ella sigue respirando cuando a nuestro padre le quitó ese derecho»

—¡Suficiente!

«Entonces deja de dudar y abre esa reja, Edana. Porque mientras tu estás aquí siendo débil, ella te está arrebatando con mentiras y engaños lo que nuestro padre construyó»

Grité para callarla aún sabiendo que tenía razón, pero en aquel grito algo más se liberó de mi interior.

Sentí el calor envolverme, escuchando las rejas crujir, viendo las llamas de las antorchas danzar hasta casi apagarse.

Di un paso afuera de la reja donde sus puntas filosas y retorcidas permanecían rojas y brillantes.

No miré atrás, solo avancé entre las demás celdas donde los pequeños animales de arrastran.

Las paredes oscuras me hacen sentir asfixiada, pero sigo sin detenerme.

Cuando salgo, el aire frío de la noche me golpea el rostro. No había nadie cerca, ni guerreros vigilando.

Todos estaban en la celebración que se oye a lo lejos, brindando y riendo por su nuevo Alfa y Luna como si mi padre nunca hubiese existido.

Parece que no todo era tan perfecto como él y yo pensábamos, confiamos demasiado en las personas equivocadas y eso... nos costó demasiado.

Me dirigí directamente a la casa principal sin ser notada. Subí al segundo piso, donde se podían oír sonidos lascivos provenientes de la última habitación, dónde nisiquiera se molestaron en cerrar la puerta.

Me acerqué con cuidado, viendo a través de la rendija, los cuerpos sudorosos enredados entre las sábanas.

El hombre que me había jurado amor eterno, que tan solo ayer me besaba como si fuera todo su mundo, se enterraba hasta el fondo de mi "preciada" hermana sin ningún pudor.

—Dime que me amas, André… dime qué soy mejor que ella…

—Lo eres, Vera, eres mil veces mejor que ella... no te compares con esa inútil, que para lo único que me servía, era para convertirme en Alfa. Pero nuestro plan de asesinar al Alfa... fue mucho mejor.

Guardé silencio, aunque todo dentro de mí quería entrar y destrozarlos.

Pero me contuve... no sería yo quien se encargue de ellos.

—Sí, al fin logramos deshacernos de ella y de mi patético padre... el viejo ni se daba cuenta que su propia manada lo traicionaba.

Dijo entre risitas y gemidos mientras mis puños temblaban y Solana exigía sangre.

—Iba a morir de una forma u otra esta noche... si no era por mis manos... sería por la de todos aquellos que él juró proteger.

No escuché nada más, Solana me arrancó el control con un rugido que retumbó en mi mente como un trueno.

La última cuerda de su control se rompió en el momento que toda la verdad nos golpeó de frente.

Todos ellos traicionaron a mi padre, cuando él estaría dispuesto a dar su vida por lo que amaba.

Su rabia, su dolor y su odio se mezclaron con el mío, arremetiendo contra ellos sin piedad.

Los gritos llenaron la habitación, seguido de cosas el rompiéndose, gruñidos feroces y algo caliente salpicando mis brazos.

El aire se había llenado del olor metálico de la sangre, la misma que ahora mancha las paredes, el suelo y la cama donde antes se estaban revolcando.

En algún punto André logra escaparse, pero solo porque nuestro principal objetivo es ella.

La traidora que se arrastra hacia atrás, cubierta de sangre y heridas, tratando de alejarse de nosotras.

—Edana… por favor…

—No soy ella —dijo mi loba con voz ronca—, pero estará encantada, tanto como yo, de ver cómo pagas lo que hiciste con nuestro padre y luego… iré por el resto.

No aparté la mirada ante la escena; observé cada golpe, cada desgarro, cada pedazo arrancado, escuchando sus gritos y el crujir de los huesos, creyendo que eso calmaría un poco lo que sentía, pero no lo hizo.

Solana no se estaba conteniendo. Al contrario, se estaba saliendo de control y, aunque sabía que debía detenerla, no lo hice.

Ella necesitaba esto tanto como yo.

Nos habían quitado lo único que nos quedaba: el hombre que siempre nos amaría incondicionalmente.

Y ahora ya no estaba. Nunca volvería a estar.

Al terminar, se quedó ahí, de rodillas, inmóvil, con las manos llenas de sangre y la mirada fija en el cuerpo despedazado de Vera.

Sus ojos fríos se alzaron lentamente hacia la ventana, donde la noche seguía cayendo, escuchando las risas y el ruido de la celebración lejana.

—Escúchalos, Edana —susurró—, celebrando por la caída de su Alfa, pensando que sus vidas seguirán igual después de esto.

Sus labios se curvaron apenas, poniéndose de pie con una calma que aterraba.

—Pero si mi padre no pudo vivir... —sus ojos brillaron con algo oscuro—, ellos tampoco lo harán.

Se dio la vuelta, dirigiéndose a la salida, dejando atrás el baño de sangre.

El aire a nuestro alrededor pareció calentarse, llenándose de una anticipación peligrosa.

Sabía que debía detenerla de lo que estaba por hacer, pero ya no podía ni tampoco quería.

Al llegar a las puertas se detuvo un momento, solo un segundo, porque cuando abrió esas puertas ya no hubo nada que la contuviera.

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