MasukVALENTINO
El estruendo de la ambulancia al llegar a la entrada rompió la calma de la casa. Los paramédicos entraron corriendo por el pasillo con la camilla, sus botas pesadas haciendo eco contra el piso. Daban órdenes rápidas, sacando tijeras y gasas mientras cruzaban el umbral de la habitación de los huéspedes.
Me quedé parado a medio metro de la puerta, inmóvil.
Sin entrar, no estorbé. Acomodé la espalda contra la pared del pasillo y me limité a mirar la mancha oscura y espesa que había quedado sobre la alfombra clara, justo donde ella cayó de rodillas.
El color, la textura, la forma en que la sangre se abría paso lentamente entre las fibras de la tela.
Un ardor viejo me subió por la garganta.
Otra vez sangre...
Cerré los ojos un segundo y el aire desapareció, por un instante volvió el olor a desinfectante, a tierra húmeda y al invierno de Turín de hace treinta años.
Tenía quince años la primera vez que entendí quién era mi padre, mi madre era una mujer elegante, fina, de las que habían aprendido a guardar silencio para no incomodar a los hombres de la mesa. Nunca le vi levantar la voz, ni a mi padre ni a los sirvientes. Esperaba pacientemente en la sala de estar, noche tras noche, viendo enfriarse la cena mientras Humberto Ferrer negociaba o celebraba en alguna parte del mundo.
Hasta que la verdad nos alcanzó en Italia.
Recuerdo el día en que un abogado de la familia llegó a la villa con documentos que mi madre no debía firmar. No hizo falta que nadie hablara en voz alta; bastó ver la cara de mi madre para entender que Humberto ya tenía otra vida, otra casa y otra mujer en México. La madre de Luca.
Ese día no grité, no rompí las cosas. Simplemente dejé de llamarlo papá. Humberto Ferrer pasó a ser solo el hombre que nos pagaba la estancia en Europa para mantenernos lejos de su nuevo imperio.
—Señor Valentino... —la voz de Ricardo me trajo de vuelta.
Abrí los ojos, los paramédicos ya salían con la camilla, sosteniendo el suero y cubriendo a la muchacha con una manta térmica mientras se apresuraban hacia la salida.
—La están estabilizando —dijo Ricardo, con la respiración agitada—. Tiene una hemorragia importante. Los médicos no saben si podrán salvar el embarazo... ni cuánto resistirá ella.
Asentí en silencio, no pregunté nada más. Tampoco eché una segunda mirada hacia la camilla mientras la subían a la unidad.
Caminé a paso firme hacia mi despacho en el segundo piso. La habitación estaba como me gustaba: ordenada, con las líneas limpias de los muebles de madera oscura, sin adornos innecesarios. En las paredes no había retratos familiares ni reconocimientos. Solo una fotografía pequeña, en blanco y negro, descansaba sobre el escritorio: mi madre sonriendo en el jardín de Turín antes de enfermar.
Y en el primer cajón, debajo de los expedientes de la empresa, descansaba una fotografía que llevaba dieciséis años sin poder tirar, nunca tuve el valor de hacerlo.
Me senté en el sillón de piel y abrí la carpeta de cuero que mi notario me había dejado esa misma tarde. Dentro estaba la copia del testamento de mi abuelo, el documento que Humberto había intentado reescribir durante dos décadas sin éxito.
Las líneas estaban marcadas con tinta negra:
"Los nietos legítimos deberán contraer matrimonio legal bajo los estatutos de esta sucesión."
"Solo los hijos nacidos dentro de dicho matrimonio podrán reclamar la representación mayoritaria del fideicomiso."
"El primer nieto que tenga un heredero varón obtendrá el control definitivo del Grupo Ferrer."
Cerré la carpeta con un golpe seco, el polvo de las hojas flotó bajo la luz de la lámpara.
—Nunca me importó el poder... hasta que entendí que dejarlo en manos de Luca sería traicionar todo lo que mi madre ayudó a construir —murmuré para la habitación vacía.
Ricardo, parado junto a la puerta, no se movió.
—¿Va a buscar una esposa, señor? —preguntó Ricardo con tono neutro—. El señor Humberto ya está moviendo sus influencias para que el consejo acepte el matrimonio de Luca con la señorita Villaseñor como suficiente.
Me pasé los dedos por la mandíbula, sintiendo el roce de la barba de dos días.
—La última vez que intenté formar una familia terminé perdiendo a mi prometida y a mi hijo el mismo día —respondí sin mirarlo.
El silencio que siguió fue pesado, denso. Ricardo no hizo preguntas, nadie en esa casa volvió a tocar ese tema.
Él dio un paso al frente y puso una hoja de papel sobre mi escritorio.
—Conseguí los datos de la mujer que estaba en la habitación —dijo—. Se llama Enny Arizmendi, veinticinco años, Licenciada en Derecho y despedida hoy de la corporación Ferrer.
Fruncí el ceño, mirando el documento.
—¿Una abogada? ¿Qué hacía atravesándose frente a mi auto en ese estado?
—Hay un dato extraño en el reporte —continuó Ricardo, pasando la siguiente hoja—. La orden para despedirla y vaciar su departamento fue emitida hoy a última hora. Sin aviso previo, sin liquidación conforme a la ley.
Mire el fondo de la hoja. Al pie del documento, con un trazo firme y descuidado, apareció la firma del responsable:
LUCA FERRER.
Me quedé mirando el nombre de mi hermano durante varios segundos. Las piezas empezaron a acomodarse solas en mi cabeza: el llanto desesperado en la calle, el sobre que llevaba apretado contra el pecho, la ropa tirada en la banqueta y la sangre en mi alfombra. Luca no solo la había despedido; la había aplastado antes de que pudiera defenderse.
Cerré la carpeta despacio, sin despegar los ojos del papel.
—Si el señor Humberto descubre que usted protegió a esta mujer en su propia casa... —empezó Ricardo.
Miré la firma de Luca, luego pasé el pulgar sobre el borde gastado del reloj de mi madre en la muñeca.
—No la protegí —respondí con voz helada.
Hice una pausa, mirando el nombre de Enny en la hoja.
—Todavía no sabía que ella también podía salvarme a mí.
ANA PAULAMi madre acababa de decirme que papá podía ir a prisión. Esperé a que añadiera algo, porque aquello no podía ser toda la explicación. Ella se limitó a apretar el bolso contra su pecho.—¿Qué hizo exactamente? No me digas que cometió errores. Quiero saber si falsificó documentos, si tomó dinero de alguien o si simplemente está usando la palabra prisión para asustarme.—No me hables como si yo fuera una delincuente, Ana Paula. Tu padre está intentando salvar lo que queda de las empresas. Hay pagos que no puede justificar todavía y personas exigiendo que les devuelva su dinero. Si consigue cubrirlos, quizá podamos evitar una denuncia.—¿Y con cuánto de mi divorcio piensan cubrirlos? Porque supongo que ya hicieron las cuentas sin preguntarme. Me gustaría saber por lo menos cuánto valgo es
ANA PAULALa casa de Humberto estaba demasiado silenciosa desde que Luca dejó de dormir conmigo. Seguía apareciendo por allí, naturalmente, era la casa de su padre. Sus camisas pasaban por la lavandería y algunas noches escuchaba su automóvil de madrugada. Lo único que había desaparecido era la obligación de dirigirme la palabra.Me quedé frente al espejo con la bata abierta. La cicatriz cruzaba la parte baja de mi vientre, rosada y más gruesa en un extremo. El médico aseguraba que terminaría aclarándose. También insistía en que necesitaba tiempo para recuperarme. Qué fácil resultaba recetar paciencia cuando el cuerpo abierto no era el propio.Pasé los dedos sobre la marca. Todavía despertaba algunas mañanas buscando una barriga que ya no volvería a crecer. Había perdido a mi hijo y la posibilidad de llevar otro dent
VALENTINOEnny descubrió que había otra casa cuando llevábamos veinte minutos de carretera y empezó a interrogarme como si fuera un delincuente.—Quiero saber cuántas propiedades tienes antes de que aparezca una señora diciendo que también es tu esposa. A estas alturas, contigo nunca se sabe.—Si aparece alguna, me avisas. Llevo dieciséis años pagando impuestos y durmiendo solo; sería una sorpresa desagradable descubrir que tenía compañía.Me lanzó una mirada por encima de sus lentes de sol. Después bajó la ventanilla y dejó entrar el aire caliente de Morelos. Había insistido en que viajáramos solos. Ricardo nos había entregado las llaves con una expresión que decía claramente que desaprobaba la idea, pero no discutió.Al llegar a Tequesquitengo, Enny se incorporó para mirar el lag
ENNYValentino seguía sentado frente a mí, con los codos apoyados en las rodillas. Había terminado de contarme algo que seguramente llevaba años tragándose, y yo no sabía si abrazarlo o darle un coscorrón por haber esperado tanto.Opté por sentarme a su lado.—No vuelvas a decir que habría sido mejor no conocerme —le pedí—. Puedes tener miedo, puedes enfadarte conmigo y hasta mandarme al diablo si te saco de quicio. Pero no me hagas sentir que nuestro hijo y yo somos una desgracia que te cayó encima.Se frotó la cara antes de mirarme.—Lo que dije fue una estupidez. No porque sea mentira que estoy aterrado, sino porque conseguí hacerte daño precisamente cuando quería explicarte por qué me comporto como un imbécil. No voy a pedirte que lo olvides. Dame oportunidad de hacerlo mejor.—Empieza por darme de come
ENNYValentino llevaba diez minutos intentando cerrar una maleta que yo había cerrado perfectamente la noche anterior. Lo observé desde la cama, entretenida con la manera en que maldecía por lo bajo mientras acomodaba una bolsa de zapatos.—Si rompes ese cierre, vas a explicarle a Marta por qué necesito otra maleta. Y no pongas esa cara. Te dije que la bolsa pequeña iba aparte, pero decidiste demostrar que eres capaz de resolver cualquier problema a fuerza de empujones.—Estoy intentando evitar que llevemos media casa para cuatro días. ¿De verdad necesitas tres pares de zapatos si la doctora te pidió que descansaras?—Necesito elegir qué ponerme sin sentir que estoy de vacaciones con un carcelero. Además, tú llevas seis camisas. No sabía que los árboles de Cuernavaca fueran a exigirte corbata.Sacó la bolsa y la dejó en el suelo. Había dormido mal. Lo sabía porque cada vez que despertaba lo encontraba mirándome, y cuando le preguntaba qué hacía, fingía estar buscando agua.—La doctora
VALENTINOEncontré a Luca discutiendo con la recepcionista del hospital. Había dejado las llaves del coche sobre el mostrador y hablaba demasiado alto.—Soy de la familia. No estoy pidiendo que me entreguen su expediente médico, solamente quiero saber si sigue aquí. Por favor, llevo veinte minutos intentando comunicarme con alguien.—¿Qué carajos haces aquí, Luca?Se volvió. Tenía la camisa arrugada y una expresión desencajada que me desconcertó un segundo. Después recordé a Enny llorando en aquella camilla y se me acabó la paciencia.—Papá me dijo que la habían ingresado. Intenté llamarte, pero no contestaste. Necesitaba saber si estaba bien.—¿Y se te ocurrió venir a montar un espectáculo? Mi esposa acaba de pasar varias horas en observación por culpa de la mujer con la que sigues casado. Lo último que necesita es encontrarse contigo en la puerta.—No sabía que Ana Paula iba a buscarla, Valentino. Si lo hubiera sabido, habría intentado impedirlo. No he venido a discutir contigo.Sol







