Mag-log inENNY
El trayecto en la parte trasera del Mercedes fue un suplicio de silencio. Valentino no hizo preguntas ni me miró directo. Se limitó a observar por la ventana con el codo apoyado en la puerta, mientras la luz tenue de los postes le iluminaba el perfil duro. De vez en cuando sentía que sus ojos grises caer sobre mis manos, que no dejaban de temblar encima del abrigo arrugado.
Yo apretaba el bolso contra el vientre, rezando en secreto para que el jalón sordo que sentía abajo no fuera más que el susto de la caída.
—En la esquina doblando a la derecha... ahí es —le dije al chofer con la voz rasposa.
El auto frenó despacio frente al edificio donde había vivido los últimos tres años. Era un lugar modesto en la zona sur, pero era mi hogar. O al menos eso creía antes de cruzarme con los Ferrer.
Al mirar por el cristal oscuro, el corazón se me fue hasta el suelo.
Sobre la banqueta, bajo la luz amarilla del poste, había varias cajas de cartón apiladas sin cuidado. Ropa suelta, mis libros de la universidad, zapatos y un par de cuadros estaban tirados en el suelo, expuestos como basura. El viento de la noche levantaba las hojas de mis carpetas de trabajo.
—No... no puede ser —murmuré, abriendo la puerta antes de que el vehículo terminara de parar.
Bajé como pude, tambaleándome sobre mis piernas de trapo. Corrí hacia el montón de mis cosas, cayendo de rodillas sobre el pavimento frío para juntar con manos torpes dos blusas que estaban en el suelo. Don Chayo, el guardia de seguridad del edificio, salió a la entrada con la cabeza agachada.
—Licenciada Arizmendi... —dijo, sin sostenerme la mirada—. Cuánto lo siento, de verdad.
—¿Qué es esto, Don Chayo? —sollocé, levantando la cara con el pecho agitado—. ¿Por qué sacaron mis cosas? ¡Tengo la renta pagada!
El hombre presionó la gorra de su uniforme entre las manos.
—Les pedí que esperaran a mañana, licenciada. Les dije que usted lleva años aquí y que es una buena muchacha. Pero me enseñaron una orden directa firmada por la gente del licenciado Luca Ferrer y mandaron a los muchachos a vacar el departamento. Dijeron que la propiedad es de la empresa y que la necesitaban libre esta misma noche. No me dejaron metro las manos.
El piso pareció abrirse debajo de mí.
Una parte de mí quiso correr hacia la mansión de Luca, golpearle la puerta y pedirle explicaciones de cómo era posible que me destruyera con tanta frialdad. Pero la otra, la abogada que se quedó las pestañas estudiando leyes durante años, empezó a memorizar cada detalle con una rabia sorda. Miré la fecha en la hoja del guardia, el nombre del apoderado legal que autorizó el despojo y la hora exacta del operativo. Luca creyó que me había dejado en la calle y sin defensas, pero no se dio cuenta de que me estaba entregando las pruebas de su propio abuso de poder. Aunque me hubiera quitado la casa, todavía no estaba muerta.
Metiéndome la mano al bolso, saqué mi billetera para buscar la tarjeta de débito, pero al revisar la aplicación de mi banco en el celular, la pantalla me arrojó un aviso en rojo: cuenta restringida por revisión de seguridad asociada a la nómina corporativa. Ni siquiera tenía dinero disponible para pagar una sola noche de hospedaje. Luca lo había calculado todo para ahogarme antes del amanecer.
Una sombra alta se proyectó sobre el pavimento. Valentino se había detenido a dos pasos de mí, observando las cajas destrozadas y la orden de desalojo en las manos del guardia. Miró la firma de su hermano en el papel con un desprecio silencioso. Había visto a Luca destruir empresas con números fríos en los estados de cuenta, pero nunca imaginó que también fuera capaz de destruir a una persona con esa misma soltura.
—Ricardo, sube las cajas al maletero —ordenó Valentino a su chofer con un tono tranquilo que daba miedo.
—No, espere —me limpié la cara con el dorso de la mano y me puse de pie a tropezones—. No es necesario. Le agradezco que me trajera, pero no tiene por qué hacer esto. Buscaré un hotel, hay uno a dos cuadras.
Valentino me miró desde su altura, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Usted no va a ir a ningún hotel a esta hora y en ese estado, señorita Arizmendi.
—No puedo irme con usted —protesté, sintiendo que la cabeza me daba vueltas—. Es un desconocido, ni siquiera entiendo por qué me está ayudando.
—Porque casi la atropello, porque no tiene a dónde ir y porque no voy a dejar que pase la noche tirada en la calle —dijo, cortando cualquier alegato con una firmeza que no admitía discusión. Le hizo un además a su chofer, quien ya estaba acomodando las cosas más importantes en la cajuela del Mercedes—. Ordené que preparen una habitación de huéspedes y dejen ropa limpia. Mi casa tiene espacio de sobra. Mañana, cuando tenga la cabeza fría, podrá pensar qué hacer.
El cansancio físico y el nudo en el vientre terminaron por doblarme. No me quedaba dinero, ni un techo, ni fuerzas para discutir. Asentí en silencio y volví a subir al auto.
El camino hacia las colinas de San Pedro era borroso. Llegamos a una residencia imponente, una fortaleza de piedra y madera que respiraba un lujo discreto, muy diferente a la casa de Luca.
Valentino me guio en silencio por un pasillo de techos altos hasta la recámara de visitas en la planta baja.
—Ahí está el baño —dijo, señalando una puerta de madera clara—. Dése una ducha caliente, necesita descansar.
—Gracias... —murmuré, sin atreverme a mirarlo a los ojos—. De verdad, gracias.
—Descanse, Enny. Mañana hablamos.
Cerró la puerta despacio y me quedé sola en la recámara enorme.
Caminé hacia el baño con el cuerpo pesado. Me quité la ropa arrugada, sintiendo los músculos rígidos por la tensión. Me metí debajo del agua caliente de la regadera, apoyando los puños contra el azulejo frío. Ahí, bajo el ruido del agua, me permití doblarme. Lloré en silencio, dejando que el agua se llevará la mugre de la calle y el olor a la loción de Luca.
Me cerré la bata blanca que me habían dejado sobre la barra y me sequé la cara con una toalla. Me sentí vacía, pero la rabia de abogada me dio un poco de sustento en medio de la ruina: tengo a mi bebé y tengo los nombres de quienes firmaron ese desalojo. No importaba Luca, ni el departamento, ni haber quedado en la calle. Iba a salir adelante. Y cuando llegara el momento, cada una de sus decisiones tendría que responder ante mí.
Caminé hacia la recámara para buscar un vaso con agua.
Al dar el primer paso sobre la alfombra clara, sentí algo tibio y espeso deslizándose por la parte interna de mis muslos.
Me detuve en seco.
Baje la vista lentamente. Un rastro rojo y brillante empezaba a empapar la tela blanca de la bata, goteando directo sobre el piso. En ese mismo instante, un jalón desgarrador, como si me clavaran un fierro caliente en el bajo vientre, me dobló por la mitad.
El dolor me quitó el aire. Se me cayeron las manos a la panza, apretándome la bata manchada de sangre con los dedos temblorosos.
—No... mi bebé no, por favor... —supliqué en un gemido de puro terror—. Por favor, a él no...
Las piernas no me sostuvieron más y caí de rodillas sobre la alfombra. Un mareo negro me cerró los ojos por completo.
—¡Valentino! —alcancé a gritar con lo último que me quedaba de voz.
La última imagen que vi antes de perder el conocimiento fue la puerta abriéndose de golpe y los ojos grises de Valentino mirándome desde el umbral.
LUCAEntregué mi teléfono a Claudia sin pedir condiciones, la abogada lo observó como si esperara que explotara sobre su escritorio.—Mensajes, grabaciones, correos y los números utilizados por Salcedo —dije—. También encontrará conversaciones con el padre de Ana.—¿Sabe que está entregando pruebas que pueden perjudicarlo?—Sí.—Quiero escucharlo decirlo con claridad. Después no asegurará que revisamos información sin autorización.Me senté frente a ella.—Autorizo que extraigan todo lo relacionado con las transferencias, Consultoría Monteverde, Salcedo y las sociedades vinculadas con los Villaseñor.Claudia encendió una grabadora.—¿Incluyendo mensajes que demuestren su participación en la primera operación?—Incluyendo esos.Por primera vez desde que la conocía, pareció sorprendida.—Esto no elimina su responsabilidad.—No vine a pedirle que la eliminé.—Entonces ¿qué quiere?Miré el teléfono.Quería recuperar mi puesto, destruir a los Villaseñor antes de que utilizaran la grabación
ANA PAULALuca esperó a que se cerrara la puerta de la sala privada, después arrancó el micrófono que todavía llevaba sujeto al vestido y lo arrojó sobre una mesa.—¿En qué estabas pensando?La enfermera había salido para darnos privacidad. Mi madre permanecía al otro lado de la puerta junto con Humberto y una multitud de periodistas que ya anunciaban el heredero que aún no existía.—En evitar que mañana todos publiquen que dejé de servirte.—Acabas de anunciar un hijo que nunca acordamos tener.—¿Ibas a acordarlo conmigo? Apenas puedes mirarme sin recordar las escaleras.—No vuelvas a utilizar eso.—¿Qué parte? ¿La caída, el bebé muerto o que me quitaron el útero?Luca caminó de un lado a otro. La furia tensaba su espalda. Yo sentía humedad debajo del vestido, cerca de la herida, pero no iba a decírselo. Si pedía un médico, terminaría la discusión y volverían a tratarme como a una mujer demasiado frágil para decidir.—No sabes siquiera si pueden obtener tus óvulos —dijo.—Mis ovarios
VALENTINOEnny rechazó al maquillista que Humberto envió a la residencia.—No voy a presentarme frente a la prensa como si asistiera a una fiesta.La mujer guardó sus brochas con rapidez. Yo permanecí cerca de la puerta, observando a Enny ajustar el cuello de su blusa frente al espejo. Había elegido un traje color crema. No llevaba joyas, excepto la alianza. Su cabello caía suelto sobre los hombros y las ojeras seguían visibles.Parecía cansada, también parecía preparada para destruir a cualquiera que intentara llamarla amante comprada.—¿Vas a decirme que debería cambiarme? —preguntó al encontrarme en el espejo.—No.—Llevas varios minutos mirándome.—Eso no significa que quiera cambiar algo.Su expresión se suavizó apenas. Me acerqué y puse las manos sobre su cintura. Esperé a que se tensara, pero no lo hizo.—Si en algún momento quieres salir, nos iremos.—Sin decidirlo por mí.—Sin decidirlo por ti.—Estás aprendiendo.—Despacio.Enny giró entre mis brazos. Me arregló la corbata,
ENNY —También utilizaron la firma de Enny para pagar la boda con la que la reemplazaste. Nadie habló después de que Valentino pronunciara aquellas palabras. Yo seguía mirando los comprobantes sobre la mesa. El hotel, la empresa organizadora, la joyería. Cada nombre representaba una parte de la celebración a la que entré del brazo de Valentino mientras todos me observaban como a la amante despechada. Una boda pagada con dinero robado de Ferrer, una boda pagada usando mi identidad. —Yo no sabía esto —dijo Luca. —Qué extraño —respondí—. Nunca sabes nada. —Enny… —No me expliques que solo autorizaste el primer pago. Ya lo escuché. Recogí las hojas. Mis dedos temblaban tanto que una cayó al piso. Valentino se inclinó para recogerla, pero yo lo hice primero. No quería que nadie recogiera nada por mí en aquel momento. —Necesitamos rastrear cada movimiento —dijo Claudia—. También debemos determinar si los proveedores conocían el origen d
LUCAEl guardia puso una mano delante del lector antes de que acercara mi tarjeta por segunda vez.—Señor Ferrer, tengo instrucciones de no permitirle el acceso al piso ejecutivo.Durante años aquel hombre se había levantado cuando yo entraba. Sabía cómo tomaba el café, qué automóvil utilizaba y qué empleados podían subir sin cita.Ahora evitaba mirarme.—Mi apellido continúa en la fachada —respondí.—Lo sé, señor.—Entonces retira la mano.—No puedo hacerlo.Dos empleados esperaban el elevador detrás de mí. Fingían revisar sus teléfonos, pero escuchaban cada palabra.—¿Quién dio la orden?—El señor Humberto Ferrer.Mi padre.No Valentino. No el consejo ni los auditores. Humberto había ordenado impedirme el acceso a la o
ENNY El guardia de la entrada me reconoció. Lo vi en la forma en que abrió los ojos y después bajó la mirada hacia mi gafete de visitante. Meses atrás había sido uno de los hombres que me acompañaron hasta la calle mientras cargaba una caja con mis cosas. Ahora abrió la puerta de Ferrer Corp y me llamó señora Ferrer. —Licenciada Arizmendi —lo corregí. El hombre parpadeó. —Disculpe, licenciada. Valentino caminaba a mi lado. No dijo nada, pero sentí que me observaba. Llevaba un traje oscuro y la misma expresión cerrada con la que entraba a cualquier lugar dispuesto a demostrar que no necesitaba permiso. A partir de aquella mañana, ocupaba temporalmente la dirección general. Yo solo quería atravesar el vestíbulo sin recordar el día en que me sacaron como a una delincuente, no lo conseguí. El mármol seguía igual. También el olor a café que llegaba desde la recepción y el sonido de los elevadores. Incluso la mujer detrás del mostrador era la misma. Me miró, fingió revisar







