FAZER LOGINEl tiempo en la sala de espera de un hospital no se mide en minutos, sino en latidos interrumpidos. Alessandro permanecía de pie, con la mandíbula tensa y la mirada fija en las puertas batientes del quirófano. A su lado, Marcus era la viva imagen del colapso; el hombre que podía desmantelar corporaciones con una llamada estaba ahora reducido a un manojo de nervios, con la cabeza entre las manos y el silencio pesándole como una losa de hormigón.De pronto, el sonido de unos pasos apresurados rompió la calma del pasillo. Era Audrey. Había llamado a Olivia en plena madrugada para que se trasladara a su casa y cuidara de los niños, incapaz de quedarse de brazos cruzados mientras sus mejores amigos libraban la batalla más importante de sus vidas. Al verla, Alessandro se adelantó y la recibió en un abrazo que buscaba infundirle una calma que él mismo apenas lograba sostener.—¿Alguna noticia? —susurró ella, mirando de reojo a un Marcus que ni siquiera había notado su presencia.—Siguen allá
El segundero del reloj de pared en la suite principal parecía martillear contra el silencio sepulcral de la madrugada. Alessandro y Audrey finalmente se habían deslizado entre las sábanas de hilo, compartiendo ese suspiro colectivo de los padres que saben que, por fin, la casa duerme. Él acababa de rodearla con el brazo, atrayéndola hacia su pecho en ese gesto de posesión tranquila que se había vuelto su ritual, cuando el estruendo de un tono de llamada rompió la paz.Alessandro gruñó, palpando la mesa de noche hasta dar con el dispositivo. Al ver el nombre en la pantalla, sus cejas se arquearon con una mezcla de sorpresa y mal agüero.—Es Marcus —susurró, con la voz ronca por el sueño—. Son las dos de la mañana.—Contesta —dijo Audrey, incorporándose de inmediato, el instinto de alerta encendido—. Solo llama a esta hora si el mundo se está acabando o si...Alessandro no llegó a poner el altavoz cuando un grito ahogado y frenético emergió del auricular, tan fuerte que la castaña pudo
La luz del amanecer de aquel lunes se filtraba por los amplios ventanales de la cocina, bañando la mesa de madera rústica que ahora era el epicentro de la vida de los Di Giovanni. Ya no era el comedor gélido de los primeros años; ahora olía a café recién hecho, a pan tostado y a ese aroma dulce de los cereales que Maxwell insistía en comer todas las mañanas. El ajetreo matutino era una sinfonía caótica pero perfectamente afinada que Alessandro y Audrey habían aprendido a dirigir con una paciencia admirable.Alessandro, impecable en un traje gris marengo que acentuaba su porte de arquitecto de renombre, terminaba de revisar unos planos en su tableta mientras, con la otra mano, ayudaba a Matthew a anudar su corbata del uniforme escolar. El niño de diez años imitaba la postura de su padre con una seriedad que siempre lograba sacar una sonrisa a Audrey.—Papá, ¿crees que el proyecto del nuevo museo esté listo para la gala de invierno? —preguntó Matthew con curiosidad, ajustándose el jerse
Al terminar, se trasladaron al porche. Los niños, con sus ropas casuales ya algo desaliñadas por el juego, se tumbaron en el césped a mirar las estrellas con un telescopio que Marcus les había regalado. Audrey observó a Alice durmiendo finalmente en su regazo y sintió que el círculo estaba cerrado. Tenía a su madre, a sus amigos, a sus cuatro hijos y al hombre que lo cambió todo para ella.Fue en ese momento de calma cuando Marcus se puso en pie y carraspeó, intercambiando una mirada cargada de significado con su esposa.—Bueno, familia, amigos... —comenzó él, dejando su copa sobre la mesa de madera—. Ahora que los pequeños terremotos están a salvo y que Alice nos ha dado un respiro, Jen y yo tenemos algo que compartir con todos.Jennifer tomó la mano de Marcus y, con una sonrisa que iluminó su rostro, miró a Audrey y luego a Alessandro.—Parece que el ensayo que hicimos hace cuatro años dio sus frutos —dijo Jennifer con voz suave—. Vamos a ampliar el censo de la familia. Estoy embara
Cuatro años después...El eco de unas risas infantiles rebotaba contra las paredes del gran salón, rompiendo definitivamente la solemnidad que alguna vez caracterizó a aquel espacio de techos altos y mármol frío. La mansión Di Giovanni, que en otros tiempos funcionó como un monumento al poder y al aislamiento de un hombre herido, se había transformado finalmente en un organismo vivo, cálido y caótico. Matthew y Emma, que a sus diez años ya caminaban con una confianza asombrosa y una estatura que empezaba a rivalizar con los hombros de los adultos, terminaban de organizar los últimos detalles para la recepción de esa noche. Lejos de la rigidez de los eventos de etiqueta que solían marcar la agenda de Alessandro, hoy la consigna era la cercanía y la comodidad.Ambos vestían de forma relajada, reflejando la libertad que ahora imperaba en su hogar. Matthew llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey de punto azul marino que le daba un aire de pequeño intelectual, una imagen que reforzaba co
Horas más tarde, el sol de mediodía bañaba la cubierta del yate de madera pulida que surcaba las aguas de Positano. Audrey, vestida con un bañador elegante y una pamela que el viento intentaba arrebatarle, observaba el perfil de las casas de colores incrustadas en el acantilado. Alessandro estaba al mando, manejando la embarcación con una destreza que siempre lograba impresionar a su esposa.Se detuvieron en una ensenada de aguas turquesas y cristalinas, protegida por altas rocas calizas. El silencio solo era interrumpido por el suave chapoteo del agua contra el casco. Alessandro apagó el motor y se acercó a ella, rodeándola por la cintura.—¿En qué piensas? —le susurró al oído.—En que hace un año, si alguien me hubiera dicho que estaría aquí, casada contigo, con tres hijos maravillosos y sintiéndome la mujer más afortunada del mundo, probablemente le habría dicho que estaba loco —confesó Audrey, girándose para rodear su cuello con los brazos—. Todo lo que construiste, Alessandro...







