INICIAR SESIÓNA veces me detengo a pensar en el destino. Dicen que está escrito en algún lugar, que cada paso que damos es solo el cumplimiento de un guion redactado por fuerzas superiores. Si eso es cierto, me pregunto: ¿Dónde están? ¿Existirá realmente Dios? ¿Buda? ¿Jehová? ¿O todos esos héroes y deidades de las que hablan los libros y las religiones?
La respuesta que encuentro en mi soledad es amarga y sencilla: si todas esas leyendas mitológicas existen y realmente escriben el futuro, entonces me odian. O peor aún, ni siquiera saben que existo. Mientras ellos supuestamente hacen milagros y cuidan a los necesitados, yo vivo un infierno que no da tregua.
Mi vida se ha convertido en una rutina mecánica y macabra. Cada noche es el mismo libreto: llegar al club, quitarme la ropa de "persona" para ponerme el uniforme de mercancía, bailar bajo luces que no logran ocultar mi tristeza y esperar a que mi tía Cielo consiga a alguien que quiera comprar mi cuerpo. No le resulta difícil; este lugar está plagado de hombres que ahogan sus propias miserias en alcohol. Ahora, su ambición ha crecido; su nueva meta es que atienda a diez clientes por noche. Dice que así genera más ganancia, que así podrá vivir más tranquila y costear los "gastos" que yo le genero. Como si mi existencia fuera una deuda que nunca termino de pagar.
Todo esto me deja vacía. He buscado salidas en mis pensamientos, pero el laberinto no tiene puertas. Siento que, si intentara escapar, el mundo exterior me mataría, aunque a veces pienso que la muerte no sería un final, sino la única salida digna para terminar con este tormento. No sé cuánto más pueda sobrevivir. Mi tía maneja cada hilo de mi realidad: lo que como, lo que visto, lo que hago con cada minuto de mi día. Mi vida ya no me pertenece; es un plan trazado por su codicia.
Para los hombres que asisten al club, solo soy "la puta", un receptáculo para sus desahogos. ¿Qué más puedo esperar? Ofrezco placer a cambio de unos billetes que ni siquiera llegan a mis manos. A veces, alguno me pregunta si sé qué es el amor. Me dan ganas de reír, o de llorar. Cada vez creo menos en esa palabra; es una moneda que no circula en mi mundo. Es curioso observar a los clientes: desde el más pobre hasta el más rico, todos gastan lo que no tienen aquí, olvidando a sus esposas e hijos por un momento de olvido.
Cuando me veo al espejo, no me reconozco. Ya no queda nada de la niña que fui. Veo a una mujer demasiado delgada, con la mirada hueca y el cuerpo sembrado de cicatrices. Aunque cierren, aunque la piel intente sanar, sé que las marcas se quedarán ahí para siempre, recordándome quién fue mi dueña. En esos momentos de oscuridad, las preguntas me torturan: ¿Será que mis padres algún día me amaron de verdad? ¿Por qué, si me querían, me dejaron con ella? Esos pensamientos son mis únicos compañeros, y se niegan a abandonarme.
Una noche, mientras Cielo estaba distraída hablando con unos hombres de negocios, sentí que el aire me faltaba. Aproveché el bullicio, me mezclé entre la gente y logré salir del club hacia el callejón trasero.
—¿A dónde vas, Vale? —La voz del guardia de seguridad me cortó el paso.
—Solo quiero fumar algo —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
—Está bien, Vale. Pero llamaré a tu tía para avisarle.
—Por favor, no lo hagas —supliqué.
Él me miró con una mezcla de curiosidad y malicia.
—¿A qué le temes?
—A nada —mentí.
—Oh, Vale... Cuéntame qué pasa o llamaré a Cielo ahora mismo.
—Solo quiero tomar un poco de aire, es todo. Te lo juro.
El guardia se encogió de hombros y se alejó un poco, dándome un espacio de falsa libertad. Encendí un cigarrillo, pero mis ojos no estaban en el humo, sino en la entrada del club. Entonces la vi. Mi tía salió a la calle, buscándome con la mirada como un depredador que nota la ausencia de su presa. Cuando sus ojos se clavaron en los míos, el pánico tomó el control de mis piernas. Tuve el impulso de correr y lo hice.
Corrí con todas las fuerzas que mi cuerpo maltratado me permitía, escuchando sus gritos y los pasos de los guardias tras de mí. Pero estoy débil. El hambre y el cansancio me pasaron factura; mis piernas flaquearon y caí de bruces contra el pavimento frío. Antes de que pudiera intentar levantarme, sentí el tirón violento en mi cuero cabelludo. Ella me había alcanzado.
—Qué malagradecida me saliste —siseó Cielo, arrastrándome del cabello—. Te voy a enseñar lo que es querer escapar.
—¿Qué me vas a hacer? —pregunté, mirando cómo encendía su propio cigarrillo.
Sin mediar palabra, presionó la brasa ardiente contra mi piel. El olor a carne quemada me revolvió el estómago.
—¿No vas a gritar? —preguntó, molesta por mi silencio—. ¿Solo vas a llorar? —Sonrió con una crueldad que no era humana—. Creo que es hora de otra cosa.
Miró a uno de los guardias y le exigió su cinturón. Con la hebilla de metal pesada, comenzó a golpearme la cara. Luego vinieron las patadas en el estómago, una tras otra, rítmicas y brutales. No se detuvo hasta que el sabor metálico de la sangre inundó mi boca y comencé a vomitar sobre el asfalto. Traté de levantarme, de buscar un último resuello, pero fue inútil. El mundo empezó a girar, las luces del club se volvieron manchas borrosas y, finalmente, todo se volvió negro.
El viento de la playa sopla con suavidad, agitando los cabellos canos de Amado mientras sostiene una copa frente al atardecer. A su lado, Valeria descansa la cabeza en su hombro, observando el horizonte donde el cielo se funde con el mar. No hay cámaras, no hay páginas, solo la sensación de que alguien, en algún lugar, estuvo escuchando su historia desde el primer suspiro de dolor hasta este momento de paz.—¿Lo sientes, Vale? —pregunta Amado con esa voz profunda que el tiempo ha vuelto más serena—. Siento que no estuvimos solos en este infierno.Valeria sonríe y aprieta la mano de su esposo, esa mano que una vez fue fría y hoy es su refugio más cálido.—Lo siento, Amado. Es como si miles de corazones hubieran latido al ritmo de nuestras tragedias. Como si alguien nos hubiera dado la mano cuando estábamos en la oscuridad de aquel sótano o cuando el dinero parecía ser lo único que importaba.Amado se aclara la garganta, mirando hacia el frente, como si pudiera ver a cada lector a travé
En muchas ocasiones nos preguntamos qué hubiera pasado si nuestra decisión fuera otra en su momento. Nos asaltan dudas como: ¿Tomé el camino correcto?. A veces, la vida nos obliga a lanzarnos sin salvavidas al vacío de lo desconocido, y ese miedo es natural. Pero también hay momentos en los que nos vemos forzados a tomar decisiones que parecen equivocadas, solo para descubrir que eran las lecciones que necesitábamos para crecer.Algo así ocurrió con la mujer de esta historia. Muchos se preguntarán: ¿Qué pasó en esos años en los que no se supo nada de ellos? ¿Qué hubo en ese abismo?.Después de los incidentes y el horror del secuestro, Valeria había quedado en un estado de shock profundo. Se dio cuenta de que, en este mundo tan convulso, no había tenido la oportunidad de enfrentar los demonios que la atormentaban desde niña. Era difícil mirar a la cara a la rabia y a la impotencia, pero necesitaba sanar. Y Amado, a su lado, entendió que él también tenía una realidad que enfrentar.Ambos
Han pasado 20 años desde aquel incidente, ese día me di cuenta de todo lo que estaba pasando, de todo el dolor que había causado sin siquiera saberlo, es cierto muchas veces me pregunte que pasaría si ella estuviera viva, pero la vida debe de continuar.Ese día supe la verdad, mi hermana estaba muy mal, la realidad que viven los demás, lo que duele perder al amor de tu vida por todo esto.Pero el tiempo va pasando, 20 años después, Gastón está casado con Rocío, tienen 3 hijos, después de ese incidente él se acercó a los niños que resultaron ser de él, aunque siempre los tuve yo, para ellos tienen dos padres, bueno la princesa de la casa aún lo llama papá, pero el príncipe aún le dice tío es algo que el acepto hace mucho y respetamos la decisión, ellos son unidos a sus hermanos, Gastón junto a Rochi manejaron la empresa de la familia y todo va bien gracias a ellos.Víctor fue a la cárcel ese día, se arrepiente de todo lo que hizo y está pagando su condena.Mi hermana, ese día ella fue h
Narra ValeriaSiento mi cuerpo pesado, como si estuviera hecho de plomo. La sed es un fuego que me quema la garganta y no sé cuántas horas llevamos de viaje en este camión asfixiante. Observo a las chicas a mi alrededor; las sombras ocultan sus rostros, pero una de ellas, la que está a mi derecha, no se ha movido en mucho tiempo.—¿Por qué no hacen algo? —susurré, con la voz rota.—No pueden —respondió una chica desde el rincón—. Ella ya no está aquí. Hace rato que dejó de respirar.—No... no puede ser —el frío me recorrió la espalda.—Créeme, es así. No había comido, estaba muy golpeada. Era nueva, apenas tenía quince años. Era de las que "venderían" pronto.—¿Qué pasa con las que no se venden? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.—Cuando dejamos de ser útiles, terminamos como ella. ¿Es la primera vez que te trasladan?—Sí... siempre fue mi tía quien estuvo a cargo.—Ah, eres tú. La chica que compró el millonario.Iba a responder, pero el vehículo se detuvo. Las puertas se abriero
Narra AmadoNo era fácil comenzar esta nueva vida. No era fácil despertarse en una habitación que antes hubiera sido el tamaño de mi biblioteca y enfrentarme a la realidad de que el apellido Gorkis ya no me abría las puertas, sino que me recordaba una traición. Pero al mirar a Vale y a los niños, mis dudas se disipaban. Sabía que los amaba y que su bienestar era mi única brújula. Decidí callar lo que pasó con Gastón; el saber que su hijo biológico es de ese monstruo solo la destruiría, y yo estoy aquí para reconstruirla, no para terminar de romperla.Vivir sacando cuentas, midiendo cada gasto y entendiendo el valor real de cada moneda fue un choque. No soy un presumido, pero admito que fui un hombre monetariamente afortunado. Ahora vivo en el mundo de la mayoría, ese donde se trabaja a diario para cubrir lo esencial: comida, medicinas, el techo.Sin embargo, descubrí que esta vida es, extrañamente, más hermosa. Aprendes a valorar el peso de un logro. Aunque no todos tienen mi suerte, a
Narra AmadoEntré en mi oficina y el aire se sintió pesado de inmediato. Gastón estaba allí, sentado en mi sillón con una arrogancia que me revolvió el estómago.—¿Qué haces en mi asiento? —pregunté, tratando de mantener la compostura.—Vine por unos documentos, pero conseguí algo más interesante —dijo levantando un sobre. Mi sangre se congeló al reconocerlo: eran los resultados de ADN.—Te puedes ir, Gastón. Ahora.—Dudaste de la paternidad de la pequeña —sus ojos brillaron con malicia mientras yo apretaba los puños. La rabia era evidente en mi mirada—. Así que el niño no es tuyo, ¿eh?—Es mi hijo sin importar qué diga ese papel —le solté con firmeza.—¿No te da curiosidad saber el porqué, aunque no seas padre de él, aun así comparte un porcentaje de ADN contigo? —sonrió con suficiencia—. Te vas de mi oficina.—Sabemos que eres adoptado... o eso te han hecho creer toda la vida. Y lo que más risa da es que tu amada esposa sabe la verdad.—¿De qué hablas? Ya estoy cansado de tus misteri







