INICIAR SESIÓNSofía Hernández se casó con Brian Valtieri ilusionada, pero después de la boda él huyó al extranjero, dejándola destrozada. Lo esperó tres años hasta que regresó, pero no vino solo: volvió acompañado de una mujer embarazada. Él la desprecia por considerarla fea e insignificante, acusándola de casarse con el solo por dinero, sin saber que Sofía oculta su verdadera identidad como magnate. Tras el divorcio, él vuelve arrepentido e implora perdón, pero ella le responde con firmeza: “Ya no te quiero, ex esposo .
Ver más—Brian… —intentó hablar Anna, temblando—. Eso no es verdad. Sabes que eres el único hombre con el que he estado.—¿Quién te dijo algo así? —interrumpió él, su voz cargada de rabia mientras apretaba más su agarre sobre el brazo de ella—. ¡Sofía! —escupió el nombre con un hilo de furia—. ¡Sofía me dijo que era estéril!Anna palideció de golpe. Tragó con dificultad y murmuró una maldición apenas audible, su mirada llena de miedo y desesperación.—¡Eso es mentira, Brian! —balbuceó, su voz temblando mientras trataba de mantener la compostura—. No eres eso, te lo juro… si no, ¿cómo habría podido… tener a este bebé? —trató de manipularlo, dejando que su tono sonara convincente y suplicante—. ¡No es de otro hombre, Brian!—No… —replicó él, entre dientes, con los ojos encendidos—. No es verdad . Te lo aseguro… Brian —pero sus palabras se quebraron, cargadas de dolor e incredulidad.Anna lo miró, intentando recuperar el control, y su tono se volvió casi desafiante, con un dejo de amenaza velada
—No… —Brian negó lentamente con la cabeza, su voz quebrada—. No puede ser… eso es imposible.Sus ojos buscaban desesperadamente una grieta en la expresión de Sofía, una señal de que mentía, de que todo era solo un intento de herirlo.—Me estás mintiendo —susurró, dando un paso hacia ella—. Dilo, Sofía. Estás mintiendo para ocultar que ese niño es mío.Sofía no se movió. Sus labios temblaron apenas, pero su mirada se mantuvo firme, helada.—No tengo por qué mentirte —dijo con calma cortante—. Lo que dije es la verdad. Eres estéril, Brian. Siempre lo fuiste.El aire se volvió espeso. Brian sintió cómo la sangre le hervía por dentro, cómo la rabia y la incredulidad se mezclaban hasta formar un nudo en su pecho.—¡Cállate! —rugió, dando un paso más, con los ojos encendidos por la furia—. ¡No digas eso!Extendió la mano y la tomó por la muñeca con fuerza, obligándola a mirarlo de frente. Su respiración era pesada, desbordante de frustración.—Entonces explícame —dijo entre dientes, con la
Brian bajó a desayunar sin decir una palabra. El ambiente estaba cargado, todos lo notaron. Su madre, Sonia, dejó el periódico a un lado y lo observó con preocupación; Valentina lo miraba con una mezcla de enojo y curiosidad.—Buenos días —murmuró él, apenas audible, mientras tomaba asiento.Nadie respondió al principio. El silencio se hizo incómodo, hasta que Valentina, con un tono agrio, rompió la calma.—¿Ya viste las noticias? —preguntó sin mirarlo directamente—. Sofía Hernández… ahora es mi tía. La esposa de mi tío Antonio.Hizo una pausa, soltando una risa seca.—No puedo creer la suerte que tiene esa zorra.Brian levantó la mirada lentamente. El brillo en sus ojos bastó para hacerla callar, pero ella insistió, disfrutando de provocarlo.—Primero el escándalo, después la boda… ¿Qué sigue? ¿Que la nombren dama de honor de la familia?—Valentina —interrumpió Sonia, con tono de advertencia.—¿Qué? Solo digo la verdad —replicó ella, cruzándose de brazos—. Todos saben lo que esa muje
La casa amaneció envuelta en un silencio denso, casi solemne.El desayuno estaba servido con la perfección habitual: porcelana blanca, café humeante, el sonido leve de los cubiertos contra los platos. Pero entre Sofía y Antonio no había palabras, solo miradas que se rozaban sin atreverse a sostenerse.El anillo en su mano aún le parecía irreal. Brillaba demasiado, como si quisiera recordarle cada segundo lo que había hecho la noche anterior. Casarse. Sin aviso. Sin tiempo para respirar.Antonio, frente a ella, hojeaba el periódico con gesto imperturbable, pero la tensión en su mandíbula lo delataba. Ninguno de los dos mencionó la boda, ni el contrato, ni el escándalo. Era como si ambos intentaran mantener la calma sobre un suelo que todavía temblaba.De pronto, el sonido de pasos firmes interrumpió la quietud. El mayordomo apareció en el umbral del comedor, con el rostro grave y las manos cruzadas a la espalda.—Señor Valtieri —anunció con voz medida—, tiene una llamada del señor Maxi












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