INICIAR SESIÓNLa noche antes de su boda, Olivia Whitmore descubre a William Bennett, su poderoso prometido, en brazos de una joven actriz. Humillada y destrozada, busca refugio en el alcohol y termina pasando una noche prohibida con Noah, el atractivo hijo adulto de William. A la mañana siguiente, Olivia regresa con su prometido fingiendo haberlo perdonado, pero en realidad está decidida a vengarse y destruirlo desde dentro. Su plan parece perfecto, hasta que Noah deja claro que aquella noche no fue un error para él y que no piensa renunciar a la mujer que desea. Ahora, mientras Olivia intenta mantener su secreto y llevar a cabo su venganza, el deseo del hijo de su prometido amenaza con arruinarlo todo. ¿Conseguirá hacer pagar al hombre que la traicionó o terminará sucumbiendo ante la tentación más prohibida de todas?
Ver másOLIVIA
Cuando Noah se acercó, todavía llevaba puesto el vestido blanco con el que había brindado por mi próxima boda con su padre.
No lo escuché llegar. La lluvia golpeaba el automóvil con tanta fuerza que ahogaba los sonidos de la ciudad, y el alcohol continuaba ardiéndome en la sangre. Cuando me volví, Noah ya estaba frente a mí, con el cabello mojado, la camisa adherida al pecho y la respiración tan cerca de mi boca que apenas podía distinguir dónde terminaba la suya y comenzaba la mía.
—Si quieres que me aleje, dilo —murmuró Noah.
Debí hacerlo. Debí recordar el anillo que llevaba en el dedo, la boda del día siguiente y el apellido del hombre que me observaba como si hubiera esperado tres años para encontrarme vulnerable.
En lugar de responder, lo sujeté de la corbata y lo besé.
Noah se quedó inmóvil durante un instante, sorprendido por mi decisión. Después, su mano rodeó mi cintura y me atrajo contra su cuerpo. Su boca se apoderó de la mía con una intensidad que me hizo olvidar la lluvia, el frío y todas las razones por las que aquello era imperdonable.
Lo besé con la desesperación de una mujer que acababa de descubrir que los últimos siete años de su vida se sostenían sobre una mentira. Noah respondió con hambre, aunque incluso entonces conservó suficiente control para detenerse cada vez que mi respiración vacilaba. No avanzaba hasta que yo volvía a buscarlo.
Y siempre lo hacía.
Sus dedos se cerraron sobre mi cintura mientras su lengua rozaba la mía. El contacto provocó un estremecimiento que descendió por todo mi cuerpo. Sabía quién era. Sabía exactamente por qué no debía desearlo.
Precisamente por eso, besarlo se sentía tan peligroso.
Noah abrió la puerta trasera del automóvil y me miró, esperando que recuperara la razón. Yo entré sin darle la oportunidad de decir nada. Él me siguió y cerró la puerta, aislándonos del resto de Nueva York.
La penumbra convirtió el interior del vehículo en un espacio demasiado íntimo. Noah me recostó sobre el asiento y se inclinó sobre mí. Su cuerpo quedó entre mis piernas, pero antes de continuar apoyó una mano junto a mi cabeza y esperó hasta que lo miré.
—Olivia —pronunció Noah con voz ronca.
—No digas mi nombre.
—Necesito que me escuches —insistió él—. Todavía puedes pedirme que pare.
La luz de una farola atravesó el cristal mojado y se reflejó en el diamante de mi mano. Pensé en William, en la boda y en las mentiras que acababa de descubrir. Después volví a mirar los labios de Noah, hinchados por mis besos.
—No quiero que pares —confesé.
Él volvió a besarme. Esta vez no hubo espacio para la prudencia. Su boca descendió por mi mandíbula y encontró el punto sensible debajo de mi oreja. Mis dedos se hundieron en su cabello mientras él recorría mi cuello con besos lentos que parecían destinados a borrar cada caricia que su padre me hubiera dado antes.
Una de sus manos bajó por mi costado y se detuvo sobre mi muslo. El vestido se deslizó unos centímetros cuando Noah me acercó más a él, permitiéndome sentir el deseo que intentaba contener.
—Noah… —gemí su nombre antes de poder detenerme.
Él levantó la cabeza. Sus ojos verdes estaban oscurecidos por el deseo.
—Dilo otra vez —pidió.
En lugar de obedecer, lo atraje hacia mí y mordí suavemente su labio inferior. Noah dejó escapar un sonido grave que sentí vibrar contra mi pecho. Su mano recorrió mi espalda hasta encontrar el cierre del vestido, pero se detuvo antes de bajarlo.
—Desde Madrid —confesó Noah contra mi boca—. No he podido dejar de pensar en esto desde Madrid.
La mención de Madrid debió devolverme la sensatez. En cambio, lo atraje hacia mí mientras su boca recorría mi cuello y el vestido se acumulaba sobre mis muslos.
Horas antes creía tener una vida perfecta. Ahora estaba en el asiento trasero de un automóvil con Noah Bennett.
El hijo de mi prometido.
Días antes…
La mansión Bennett estaba llena de invitados, champán y fotógrafos. A mi lado, William conversaba con varios inversores mientras mantenía una mano sobre mi cintura.
Llevábamos siete años juntos. Lo amaba o, al menos, había aprendido a llamar amor a la estabilidad que compartíamos.
—Sonríe, mi vida —susurró William mientras acercaba su rostro al mío—. Todos vinieron a conocer al heredero, pero tú sigues siendo la joya de la corona.
Obedecí frente a las cámaras.
—El heredero todavía no aparece —comenté, intentando que mi voz sonara despreocupada.
—A Noah siempre le ha gustado hacer esperar a los demás —respondió William con evidente molestia.
Mis manos sudaban dentro de los guantes blancos. La celebración no me preocupaba. Mi verdadero tormento era el regreso del hijo de William.
Tres años antes, durante un viaje familiar a Madrid, Noah y yo nos habíamos quedado solos en la terraza del hotel. Una conversación demasiado íntima terminó con su boca sobre la mía y mis manos aferradas a su camisa. Noah tenía diecinueve años; yo, veintisiete. Sabía que aquel beso estaba mal, pero durante unos segundos no pude obligarme a detenerlo.
Me aparté antes de que ocurriera algo más y, a la mañana siguiente, fingí que nunca había sucedido. Poco después, Noah se marchó a Europa y yo me refugié en mi relación con William.
Sin embargo, algunos besos no desaparecen. Permanecen escondidos en el cuerpo, esperando que una voz, una mirada o un nombre los despierte.
Las puertas del salón se abrieron.
Todas las conversaciones perdieron importancia cuando Noah Bennett entró en la mansión.
El muchacho que recordaba había desaparecido. El hombre que avanzaba hacia nosotros tenía los hombros anchos, las facciones definidas y una seguridad inquietante. Vestía un traje negro sin corbata, y su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, aunque un mechón rebelde caía sobre su frente.
Varias mujeres se volvieron para observarlo. Noah no miró a ninguna.
Sus ojos encontraron los míos desde el otro extremo del salón.
Sentí el impacto de aquella mirada en el centro del pecho y, durante un instante, regresé a la terraza de Madrid. Recordé el calor de sus manos, la presión de su boca y la forma en que había pronunciado mi nombre justo antes de besarme.
Noah se detuvo frente a nosotros. Su mirada descendió hacia mi mano izquierda, escondida bajo el guante blanco, y después subió lentamente hasta mi boca.
—Bienvenido a casa, Noah —lo saludé, procurando que mi voz no me traicionara.
—Gracias, Olivia —respondió él, deteniendo la mirada sobre mi boca.
William se llevó a su hijo para presentarlo ante los invitados. Yo me alejé en busca de aire, pero Diana me interceptó.
—Relájate, Olivia —comentó la madre de Noah con una sonrisa—. Mi hijo acaba de llegar y contigo ya parece bastante despierto.
—Apenas nos conocemos.
—No tienes que explicarme nada —replicó Diana antes de alejarse—. Hace años renuncié a comprender a los hombres Bennett.
Durante la siguiente hora evité a Noah, aunque sentí su mirada siguiéndome por el salón. Cuando la orquesta comenzó una pieza lenta, su voz surgió detrás de mí.
—¿Me concedería este baile, futura madrastra?
—No es buena idea.
—Todos nos están mirando —advirtió Noah, ofreciéndome la mano.
Rechazarlo habría provocado más preguntas, así que acepté.
—Solo una canción.
Noah me condujo hacia la pista y apoyó una mano sobre mi cintura. Mantuvo una distancia correcta, pero la presión de sus dedos despertó el recuerdo de Madrid.
—Tres años sin verme y todavía no puedes mirarme —murmuró.
—No estoy huyendo.
Él me acercó apenas a su cuerpo.
—Entonces mírame, Olivia.
Obedecí. La indiferencia había desaparecido de sus ojos.
—Madrid fue un error —afirmé.
Noah inclinó el rostro hasta que su respiración rozó mi oído.
—Entonces dime que no has pensado en aquel beso.
Mi silencio respondió por mí.
—No puedes contárselo a tu padre —le advertí.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
—¿Qué quieres de mí?
Noah miró a William por encima de mi hombro y después volvió a clavar los ojos en los míos.
—Quiero tenerte para mí.
OliviaHéctor giró la computadora hacia mí antes de que pudiera preguntarle qué había encontrado.Reconocí el auto de William. Después vi a Eva junto a la puerta del pasajero, con una mano apoyada en su pecho.En la siguiente fotografía se estaban besando.Dejé el bolso sobre mis piernas y me incliné hacia la pantalla, buscando sin querer una explicación que no estaba allí. William le sujetaba la cintura. Cuando ella se apartaba, él volvía a acercarla.—Las tomó el investigador durante el seguimiento —explicó Héctor—. Desde la calle, a la salida del edificio. Envió la secuencia completa.Me mostró las imágenes restantes sin apresurarme. Había fechas, horas y suficiente claridad para reconocerlos a ambos.Llevaba tanto tiempo esperando algo que William no pudiera negar que me desconcertó no sentir alegría.—¿Quieres que las quite? —preguntó Héctor.Negué con la cabeza.—Quiero dejar de preguntarme si estoy viendo lo que estoy viendo.Él retiró la mano del ratón.Volví a la primera foto
OLIVIAHéctor llevaba veinte minutos discutiendo con Noah sobre el presupuesto del almacén cuando descubrí que me gustaba verlo trabajar incluso cuando no estaba de acuerdo conmigo.—Podemos reducirlo —dijo Noah, girando la computadora hacia nosotros—. Pero prefiero que sepan qué están quitando antes de prometerles una cifra que después no voy a poder cumplir.Me incliné para revisar sus anotaciones. Su rodilla rozó la mía debajo de la mesa y ninguno se apartó.Habían pasado tres días desde que Diana me mostró la fotografía. William sabía que había visitado aquel hotel; todavía ignorábamos cuánto más había descubierto. Por eso habíamos mantenido la reunión con Héctor y, antes de salir, yo le había dicho a Noah que regresaría a mi hotel al terminar.Tenía el bolso junto a la silla y un automóvil reservado para las siete. Aquella organización tan sensata me resultaba menos satisfactoria a medida que se acercaba la hora.Terminamos aprobando una primera etapa de las modificaciones. Hécto
DIANAHabía decidido no contestar a Gabriel hasta encontrar una manera elegante de explicarle que besarlo había sido una equivocación. El problema era que llevaba dos días buscando esa explicación y todas sonaban menos convincentes después de recordar el beso.Aquella mañana fui al taller a recoger el abrigo que Héctor había enviado a limpiar después del desastre de la tubería. Pensaba entrar, agradecer el favor y marcharme antes de encontrar otra complicación.Gabriel apareció junto a mi automóvil mientras yo cerraba la puerta.—Te llamé —dijo, deteniéndose frente a mí.—Lo vi —respondí, acomodándome el bolso.Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me hizo desear haberme puesto los lentes de sol.—También vi tu auto desde la esquina —explicó Gabriel—. Quería hablar contigo.—Ahora no es un buen momento —contesté, mirando hacia la entrada del taller.—¿Hay alguno que quieras proponerme?Me molestó que preguntara con tanta calma. Un hombre ofendido habría sido mucho más fá
OLIVIAHabían pasado cuatro días desde que William me dijo que recogiera mis cosas. Lo había hecho esa misma tarde, aunque todavía me sorprendía despertar en un hotel y encontrar una pared donde antes estaban los ventanales de nuestra habitación.Mi maleta seguía abierta. La abogada revisaba lo que Eva me había enviado y esperaba la conversación completa; yo esperaba que Eva dejara de tratar mi libertad como una oportunidad de negociar. Mientras tanto, William había anunciado al nuevo director del proyecto de Noah con una fotografía y una felicitación pública tan generosa que daban ganas de preguntarle cuánto le había costado fingirla.Noah apenas mencionó el anuncio. Trabajaba en su propia propuesta, buscaba clientes y, cuando hablábamos, conseguía interesarse por mis pedidos sin convertir cada conversación en un inventario de lo que su padre nos había quitado.Lo extrañaba de una manera que empezaba a resultarme poco razonable. Extrañaba incluso sus distracciones: cómo dejaba enfria












Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.
reseñas