LOGINEl estruendo de la lluvia golpeando el techo de chapa del remolque fue ahogado por la respiración errática de ambos. El beso que había comenzado como un ataque de frustración se transformó en una guerra por el control. Bianca le mordió el labio inferior, exigiendo dominio, pero Mateo no estaba dispuesto a ceder.Él rodeó la cintura de ella con sus brazos fuertes, levantándola del suelo con facilidad, y la empujó hacia atrás hasta que la espalda de Bianca chocó contra el escritorio de madera. Los planos arquitectónicos y las carpetas de los auditores cayeron al suelo, esparciéndose por el piso sucio.—Te odio —susurró Bianca contra la boca de él, jadeando, aferrándose al cabello húmedo de Mateo mientras la adrenalina del casi accidente de la grúa le seguía quemando las venas.—Dímelo otra vez cuando termine contigo —le respondió él, con una voz ronca que le hizo temblar las piernas.Mateo atrapó las muñecas de Bianca con una sola mano y las fijó sobre la superficie del escritorio. Con
El ruido de los teclados y las conversaciones ajenas dentro del locutorio desaparecieron, ahogados por el latido desbocado en los oídos de Isabella. La dueña de la pensión mantenía su agarre firme sobre su hombro, clavándole las uñas a través de la tela gastada de la chaqueta. La acusación flotaba en el aire del local, una amenaza letal.Doscientos euros.Isabella aferró el sobre de papel madera contra su pecho con ambas manos, protegiendo el único dinero limpio que había ganado en su vida. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, calculando las consecuencias de esa mentira. Sabía perfectamente cómo funcionaba el sistema. Era una ex convicta recién liberada de un centro de rehabilitación por orden judicial, sin una dirección fija, sin referencias de buena conducta y con un historial público de extorsión. Si esa mujer llamaba a la policía, los oficiales no harían preguntas. La arrestarían de inmediato por robo.Volver a una celda significaba perder el alta médica. Significaba r
Las palabras de Giancarlo resonaron en la sala de juntas mucho después de que las puertas se cerraran. Roswald ya está muerto. El eco rebotó contra el mármol negro y se incrustó en el pecho de Vittoria.El aire abandonó sus pulmones. La frialdad con la que había reclamado el imperio Viatti se fracturó en mil pedazos. El pánico, crudo y salvaje, le subió por la garganta. Sus rodillas perdieron fuerza y se desplomó sobre la silla ejecutiva de la cabecera.—¡Vittoria! —Adrián corrió hacia ella, rodeando la mesa.Los accionistas seguían murmurando, alterados por el espectáculo y las amenazas del patriarca destituido. Julián Vancroft no perdió el tiempo. Se giró hacia los inversores con una mirada que exigía obediencia.—La asamblea ha terminado —dictaminó Julián, señalando la salida—. Su capital está asegurado bajo la nueva dirección. Desalojen la sala de inmediato.Nadie se atrevió a contradecir al hombre que acababa de comprar la deuda millonaria del expresidente. Los ejecutivos recogie
La inmensa mesa de mármol negro de la sala de juntas estaba ocupada por los treinta accionistas más importantes del consorcio Viatti. El ambiente era denso. Giancarlo Viatti presidía la reunión desde la cabecera, proyectando la imagen de un monarca absoluto. A su derecha, Vittoria mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Vestía un traje sastre oscuro y su rostro no revelaba ninguna emoción.Giancarlo se puso de pie. Abotonó su saco a la medida y miró a los inversores europeos que esperaban explicaciones tras la caída de las acciones por el escándalo reciente.—Señores, el mercado exige estabilidad y este consorcio siempre ha sabido proporcionarla —comenzó Giancarlo, con una voz potente que dominó el espacio—. Como ya saben por los comunicados, el matrimonio de mi hija con Damián Roswald ha sido anulado debido a problemas de salud y diferencias irreconciliables. El señor Roswald ya no forma parte de esta directiva ni del país.Un murmullo recorrió la mesa. Los accionistas inter
El olor a amoníaco le quemaba las fosas nasales. Isabella exprimió el trapeador con ambas manos, dejando caer el agua sucia dentro de la cubeta de plástico azul. Sus brazos temblaban por el esfuerzo. Llevaba seis días consecutivos fregando pisos, cargando pesadas cajas de esculturas de mármol hacia la bodega y limpiando los inodoros de la galería de arte en el Barrio Gótico.Las uñas que antes recibían manicuras francesas semanales ahora estaban rotas y resecas por los productos químicos. Su espalda le dolía con cada movimiento, pero no se detuvo hasta dejar la última baldosa blanca impecable.Ernesto, el dueño de la galería, la observaba desde su escritorio de caoba. Era un hombre mayor, de pocas palabras y mirada severa, un contacto lejano de Julián Vancroft.—Es suficiente por hoy, Isabella —indicó Ernesto, revisando la hora en su reloj de pulsera—. Guarda los suministros de limpieza y ven aquí.Isabella metió la cubeta y el trapeador en el cuarto de servicio con rapidez. Se quitó
La suite de lujo en el centro de Barcelona parecía una jaula de cristal. Vittoria estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, observando el reflejo de un vestido de novia confeccionado en seda blanca. Tres asistentes de una exclusiva casa de modas acomodaban la caída de la tela a su alrededor. Giancarlo Viatti estaba sentado en un sillón de terciopelo azul a un par de metros de distancia, bebiendo un espresso y asintiendo con aprobación.—El corte imperio es el adecuado para ti —comentó Giancarlo, analizando la figura de su hija—. Oculta cualquier defecto y proyecta elegancia. Las fotos para la revista de sociedad se tomarán mañana por la mañana.Vittoria mantuvo el rostro inexpresivo.—Es un buen diseño, papá —respondió ella, fingiendo docilidad mientras sus manos acariciaban el pliegue de la seda justo por debajo del pecho.La tela holgada del diseño imperio era, en efecto, perfecta para ocultar cualquier cambio físico en los próximos meses, aunque ella no tenía la menor intenc







