登入OLIVIALa última vez que Eva y yo habíamos estado juntas antes de una presentación, ella me había quitado un hilo del hombro y me había dicho que respirara. Aquella tarde, en Almacenes Mercer, encontré su nombre en la tarjeta junto a la mía. Solo dos marcas habían llegado a la final. Hasta ese momento no me habían dicho cuál era la otra.Héctor dejó la funda de vestuario en el respaldo de mi silla y siguió mi mirada.—¿Quieres que presente yo? —preguntó.—No —respondí, sacándome el abrigo—. Pero ahora sí quiero que me digas si tengo algún hilo suelto.El acuerdo con Mercer incluía ocho semanas en el escaparate principal y un primer pedido lo bastante grande para que Puerta Propia pudiera contratar a dos costureras más. Yo había hecho otras cuentas, las que no le había enseñado a Héctor. Con lo que me pagara la tienda podría empezar a apartar dinero para William sin sacar otro dólar de mis ahorros.Eva llegó mientras yo acomodaba las muestras. Llevaba un saco gris sobre una camiseta bl
OLIVIALa primera tarde que llevé mis cosas a casa de Noah, tardé cuarenta minutos en volver a empacar. Lo peor fue que la pelea empezó por una caja que yo misma le había pedido que abriera.Habíamos decidido compartir el escritorio hasta que necesitáramos ese espacio para la cuna. Noah ya había despejado la mitad cuando entré con la última caja. Había recogido los cables y puesto mi lámpara sobre dos libros para que quedara a la altura de la suya.—¿Entraste con la llave? —preguntó Noah, quitándome la caja de los brazos.—Sí. Es más rápido que esperar a que te pongas pantalones.—Fue una vez —protestó él.—Díselo al repartidor. Ahora me pide que baje yo.Noah se rio y me dio un beso rápido, con la caja todavía entre los dos. Al girar para dejarla en el suelo, casi se llevó la lámpara por delante. Alcancé a sostenerla y entonces vi mi neceser abierto sobre el escritorio.—¿Lo abriste tú? —pregunté.—El neceser no —respondió Noah, enderezándose—. Abrí la caja de la lámpara para buscar
OLIVIA—Si firmas esto, renuncias a reclamarle la mitad de su fortuna y te comprometes a pagarle un millón de dólares —dijo Rebeca, girando el documento hacia mí—. Quiero que lo leas una vez más antes de contestarme.Habíamos tardado tres semanas en llegar a una propuesta que no incluyera el derecho de William a opinar sobre mi empresa. Primero había querido acceso a las cuentas de Puerta Propia. Después, que la marca garantizara la deuda. Sus abogados habían llamado a eso una concesión razonable. Yo había tenido que apagar el micrófono para reírme.Esta vez, por fin, no figuraba el nombre de mi empresa en la página de garantías. Figuraba el mío.—¿Ni las acciones ni los ingresos de Puerta Propia? —pregunté.—Ni las acciones ni los ingresos —confirmó Rebeca, señalando el párrafo con el bolígrafo—. La deuda es personal. Tienes doce meses desde que se formalice el divorcio y puedes adelantar pagos. William no tendrá ningún derecho sobre la marca.Abrí en el teléfono la hoja de cálculo q
DIANALe pedí a Gabriel que me recogiera a dos calles del edificio de Noah. Cuando llegó, me encontró sentada en el borde de una jardinera, con los zapatos en la mano y el abrigo mal abrochado.—No diga nada —le advertí al subir.Gabriel esperó a que cerrara la puerta antes de alcanzarme un vaso de café.—Tenía pensado preguntarle adónde vamos, pero puedo conducir en círculos si lo prefiere.El café tenía un poco de leche y nada de azúcar. Yo no recordaba habérselo pedido así más de una vez.—A mi casa —dije, acomodando los zapatos entre mis pies—. Y puede hablar. Solo le pido que no me pregunte si estoy bien.—Eso iba a ahorrármelo de todos modos —contestó Gabriel, y esperó a que me pusiera el cinturón para arrancar.No hizo más preguntas. Cuando llegamos, dejó el motor encendido, como si diera por hecho que yo iba a agradecerle el viaje y bajarme. Estuve a punto de hacerlo.—¿Quiere subir? Tengo café mejor que este —dije, mirando hacia la entrada del edificio.Gabriel apagó el motor
OLIVIADiana llegó a las siete. Dejó el abrigo en el respaldo de una silla y miró a Noah antes de saludarme.—Pensé que podríamos hablar primero tú y yo —dijo, ajustándose la correa del bolso.—Después, si quieres —respondió Noah—. Lo que vamos a contarte nos corresponde a los dos.Su madre me miró. Había pasado la tarde ensayando una frase que ahora me parecía demasiado pequeña. La consulta había confirmado el embarazo y teníamos indicaciones para las próximas semanas. Aun así, me temblaron las manos al dejar la taza.—Estoy embarazada, Diana —dije—. Queríamos que lo supieras por nosotros.Ella bajó la mirada hacia mi vientre. Después buscó a su hijo.—¿Es seguro? —preguntó.—Sí, mamá —contestó Noah—. Esta mañana fuimos a la consulta.Diana se sentó sin quitarse el bolso del hombro.—No —murmuró—. No así.Noah se acercó a mí.—¿Qué significa eso? —preguntó.—Que todavía estás intentando levantar una empresa. Tu padre está en el hospital y ella sigue casada con él.No había levantado
OLIVIAAsentí. Noah miró la prueba y después mi cara. Abrió la boca, pero no dijo nada.El silencio empezó a pesarme.—La hice hace unos minutos —expliqué—. Compré otra por si…No terminé. Noah se pasó una mano por los ojos y soltó una risa que se le quebró a la mitad.—Perdón —murmuró—. No estoy… Dame un segundo.Me reí también, nerviosa. Él se acercó, pero antes de abrazarme me observó con atención.—¿Cómo estás? —preguntó—. Estabas llorando. ¿Te sientes mal?—No. Estoy bien —respondí, limpiándome la mejilla—. Bueno, no sé si estoy bien. Estoy asustada.Noah asintió despacio.—Yo también.La sinceridad me alivió más que una promesa.—Pero antes me puse contenta —añadí—. Bastante. Y después pensé en todo lo demás.Él bajó la mirada hacia la prueba.—Yo todavía no he llegado a lo demás —confesó.Entonces me abrazó. Lo rodeé por la cintura y sentí cómo hundía el rostro junto a mi cuello. Sus hombros se movieron con otra risa y terminé llorando de nuevo.—Vamos a tener un bebé —dijo con







