Mag-log inCinco años atrás, Sienna Brooks se casó por contrato con Damian Hawthorne y terminó enamorándose de él. Pero una falsa traición destruyó su matrimonio. Damian la expulsó sin escucharla, ignorando que ella esperaba gemelos. Ahora, Sienna necesita medio millón de dólares para salvar la vida de su hija. Desesperada, acepta fingir ser la esposa de un poderoso CEO. Solo al firmar descubre que el hombre que la ha contratado es Damian: su exesposo y el padre que jamás supo que tenía hijos. Obligados a convivir, los secretos del pasado comienzan a salir a la luz y la pasión que creían enterrada vuelve a encenderse. Damian quiere recuperar a su familia, pero Sienna no piensa entregarle otra vez su corazón sin descubrir primero quién destruyó sus vidas.
view moreLa llamada llegó cuando Sienna Brooks estaba a punto de perder al cliente más importante del mes.
—El muro no puede moverse otros cuarenta centímetros —explicó, manteniendo la voz serena aunque llevaba media hora repitiendo lo mismo—. Detrás pasan las tuberías principales del edificio. Si desea ampliar el salón privado, tendríamos que modificar el proyecto completo y solicitar nuevos permisos.
La administradora del restaurante golpeó los planos con una uña roja.
—El señor Bell dijo que usted encontraba soluciones.
—Y las encuentro. Pero no puedo fingir que una tubería no existe.
El teléfono de Sienna vibró sobre la mesa. Alcanzó a leer el nombre de la escuela de los gemelos antes de silenciarlo. A esa hora podían estar llamando porque Eli había olvidado el almuerzo, porque Sophie necesitaba una muda o porque alguno de los dos había discutido con otro niño. Si interrumpía la reunión, la mujer frente a ella lo añadiría a la lista de razones por las que contratar a una madre soltera había sido un error.
El aparato volvió a vibrar de inmediato.
Sienna dejó de escuchar la queja de la administradora. La escuela nunca llamaba dos veces seguidas por un almuerzo olvidado.
—Necesito responder.
—Necesito que terminemos primero —replicó la mujer—. Tengo otra reunión dentro de veinte minutos.
Sienna ya había aceptado la llamada.
—¿Señora Brooks? —La voz de la coordinadora sonó entrecortada—. La ambulancia está trasladando a Sophie al Saint Matthew. Perdió el conocimiento durante educación física.
Todo el ruido del restaurante desapareció.
—¿Está despierta?
Al otro lado hubo una pausa breve, pero suficiente para llenarle el pecho de hielo.
—Los paramédicos están trabajando con ella. Debe dirigirse al hospital.
Sienna se puso de pie. La carpeta cayó al suelo y los diseños se desparramaron bajo la mesa. No se agachó a recogerlos.
—¿Qué ocurrió? —preguntó la administradora.
—Mi hija tuvo una emergencia.
—Sienna, si sale por esa puerta, tendré que comunicarle al señor Bell que abandonó el proyecto en medio de una reunión.
La amenaza consiguió atravesar el pánico. Aquel contrato pagaba el alquiler, la escuela y buena parte de los medicamentos que Sophie llevaba meses tomando por una supuesta anemia. Perderlo significaba comenzar octubre sin ingresos seguros. Sienna miró los planos en el suelo, luego a la mujer que esperaba verla elegir el trabajo.
—Comuníquele también que mi hija estaba dentro de una ambulancia.
Salió sin recuperar la carpeta.
En la acera intentó pedir un automóvil desde el teléfono, pero escribió mal el destino dos veces. Sus dedos no obedecían. Terminó deteniendo un taxi y ofreciendo pagar el doble si el conductor conseguía llegar rápido. Mientras avanzaban entre el tráfico del mediodía, llamó a la coordinadora. La comunicación pasó al buzón. Marcó otra vez. Nada.
La incertidumbre le devolvió recuerdos que llevaba años intentando ordenar. Sophie despertando de madrugada porque el corazón le golpeaba demasiado fuerte. Sophie negándose a subir las escaleras del apartamento. Sophie sentada en el suelo del supermercado, pálida, asegurando que solo necesitaba descansar. La pediatra había hablado de ansiedad, después de una deficiencia de hierro y, finalmente, de la necesidad de consultar a un especialista. La cita con cardiología estaba programada para el mes siguiente porque era la primera disponible a través del seguro.
Sienna había aceptado esperar.
Ahora cada día perdido parecía una acusación.
—¿Puede avanzar? —preguntó al ver que el taxi apenas se movía.
—Si atravieso los carros, quizá —contestó el conductor, señalando la fila detenida—. Estamos a seis calles. Llegará antes caminando.
Sienna dejó unos billetes en el asiento y bajó. Corrió con el bolso golpeándole la cadera, esquivó peatones y cruzó la última avenida cuando el semáforo ya cambiaba. Al llegar a urgencias le dolía el pecho, pero el miedo no le permitió detenerse.
Vio primero a Eli.
Su hijo estaba junto a una maestra, demasiado quieto para un niño de cinco años. Tenía la camiseta del uniforme torcida, una rodilla manchada de tierra y los puños cerrados. Cuando la reconoció, corrió hacia ella.
—Mamá, Sophie no despertaba.
Sienna se arrodilló para abrazarlo. Eli temblaba sin llorar.
—Ya estoy aquí. Cuéntame qué pasó.
—La profesora los puso a correr. Sophie dijo que le dolía aquí. —Se tocó el centro del pecho—. Después se cayó. Yo le hablé, pero no contestó. La enfermera me apartó y no me dejó acompañarla.
—Hiciste bien al pedir ayuda.
—Yo le dije que no corriera —insistió—. Ella no me escuchó.
—No fue culpa tuya, cariño.
Una camilla apareció al final del pasillo. Sienna reconoció las zapatillas rosadas antes de ver el cuerpo de Sophie. La niña llevaba una máscara de oxígeno y varios adhesivos en el pecho. Una paramédica sostenía una bolsa transparente conectada a su brazo.
—¡Sophie!
La camilla pasó frente a ellos sin detenerse. Sienna alcanzó a rozarle la mano, fría y blanda, antes de que las puertas dobles se cerraran.
—Soy su madre —dijo al guardia—. Tengo que entrar.
Una enfermera salió con una tableta y la condujo hasta un mostrador. Las preguntas comenzaron mientras Sienna todavía intentaba recuperar el aire: nombre completo, fecha de nacimiento, peso aproximado, medicamentos, alergias, cirugías anteriores. Respondió con rapidez hasta que la mujer preguntó por los antecedentes cardíacos de la familia.
—Mi madre era hipertensa, pero nunca tuvo una cardiopatía.
—¿Y la familia paterna?
Sienna apretó la correa del bolso.
—No tengo esa información.
—¿Es posible contactar al padre?
El rostro de Damian apareció con una nitidez que la enfureció. Lo recordó de pie frente al escritorio de su antigua casa, sujetando unas fotografías como si fueran una sentencia. Recordó la seguridad con la que había pronunciado la palabra traición y la manera en que ordenó que la sacaran. Doce llamadas sin respuesta. Dos mensajes devueltos. Una carta que nunca supo si llegó a sus manos.
—No —contestó—. No es posible.
La enfermera no preguntó más. Le colocó una pulsera de visitante y le indicó que esperara.
Eli permaneció junto a ella hasta que Chloe Morgan llegó desde el otro extremo de la ciudad. La vecina llevaba el cabello recogido de cualquier manera y aún tenía puesto el delantal de la cafetería donde trabajaba.
—Ve con Sophie —dijo después de abrazarla—. Yo me quedo con él.
—No quiero irme —protestó Eli.
Sienna se inclinó frente a su hijo.
—Necesito que acompañes a Chloe mientras los médicos cuidan a tu hermana.
—También es mi hermana.
—Lo sé. Y en cuanto pueda verla, entrarás conmigo. Te lo prometo.
Eli la observó con una seriedad que no correspondía a su edad.
—No le digas que todo estará bien si no lo sabes.
La frase la dejó sin respuesta. Los gemelos habían aprendido demasiado pronto que los adultos prometían para calmarse a sí mismos. Sienna besó su frente.
—Entonces te prometo que no me moveré de aquí hasta saber qué necesita.
Pasaron setenta y tres minutos antes de que un médico pronunciara su nombre. Sienna los contó en el reloj de la pared porque necesitaba aferrarse a algo medible. El hombre que se acercó tendría poco más de cuarenta años. Su bata decía Logan Pierce, Cardiología Pediátrica.
—Sophie está consciente y estable —informó antes de saludarla.
Las piernas de Sienna perdieron fuerza. Se sostuvo del respaldo de una silla.
—¿Puedo verla?
—En unos minutos. Primero necesito explicarle lo que encontramos.
La llevó a una sala pequeña y giró hacia ella la pantalla de una tableta. En la imagen, el corazón de Sophie parecía un laberinto gris.
—Su hija nació con una alteración estructural que ha obligado a su corazón a trabajar más de lo debido. Es posible que durante años los síntomas fueran leves y se confundieran con cansancio u otros problemas. Hoy presentó una arritmia grave.
—¿Puede volver a suceder?
Logan no intentó suavizar la respuesta.
—Sí.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Necesita una intervención quirúrgica. Cuanto antes la realicemos, mejores serán las posibilidades de evitar daños permanentes.
Sienna miró la imagen sin comprenderla. La palabra cirugía ocupó todo el espacio de la habitación.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No puedo darle una fecha exacta. Hablaría de semanas, no de meses. Hay un cupo quirúrgico dentro de veintiún días y considero que deberíamos reservarlo.
Veintiún días. Sienna pensó en el alquiler vencido, en la tarjeta casi al límite y en el anticipo del restaurante que quizá tendría que devolver. Aun así, preguntó lo único importante.
—¿Qué debo firmar?
La respuesta llegó media hora después, cuando una asesora de facturación dejó frente a ella una carpeta con cuatro páginas de cifras. El seguro cubriría exámenes y parte de la hospitalización, pero no el procedimiento completo ni el equipo especializado que Logan recomendaba. Para separar la fecha debía entregar un depósito que superaba todo cuanto tenía.
—¿Existe algún programa de ayuda? —preguntó.
—Podemos presentar una solicitud —explicó la asesora—, aunque la aprobación tarda entre seis y ocho semanas.
—El médico dijo que no tenemos ese tiempo.
—Lo sé. También podemos estudiar un crédito hospitalario si presenta un codeudor y comprobantes de ingresos estables.
Sienna trabajaba por proyectos. Algunos meses ganaba bien; otros sobrevivía persiguiendo facturas. No tenía codeudor. Su madre había muerto dos años atrás y Chloe apenas conseguía sostenerse.
Guardó la cotización antes de volver junto a los niños.
Sophie estaba despierta. Su piel seguía pálida, pero levantó una comisura cuando vio entrar a Eli.
—No tenías que venir en la ambulancia —murmuró.
—Tú no tenías que desmayarte.
—Fue sin querer.
—Siempre dices eso cuando haces algo terrible.
Sophie intentó sacarle la lengua, aunque la máscara de oxígeno se lo impidió. Sienna se sentó entre ambos y los abrazó con cuidado de no mover los cables. Durante unos minutos escuchó cómo discutían por una caja de lápices y fingió que aquella habitación era un lugar del que saldrían esa misma noche.
Cuando los niños se quedaron con Chloe, Sienna fue al pasillo y comenzó a llamar.
El banco rechazó su solicitud antes de transferirla a un asesor. Un antiguo cliente prometió pagarle la semana siguiente, pero debía una cantidad mínima. El señor Bell no respondió. La administradora envió un correo notificándole que el restaurante suspendía el proyecto por incumplimiento profesional. Sienna escribió a dos conocidos que trabajaban en estudios de diseño; ninguno tenía puestos disponibles. Luego abrió la aplicación de la tarjeta y comprobó que ni siquiera podía pagar el depósito usando todo el cupo restante.
Por primera vez desde que llegó al hospital, permitió que el miedo se convirtiera en una pregunta concreta: ¿cómo iba a salvar a Sophie?
El teléfono vibró en su mano.
El mensaje provenía de North Star Consulting, una agencia para la que había decorado una gala empresarial meses atrás. El asunto decía: PROPUESTA CONFIDENCIAL. INCORPORACIÓN INMEDIATA.
Sienna estuvo a punto de borrarlo. Supuso que ofrecerían otra fiesta imposible con pago atrasado. Sin embargo, abrió el correo al ver la compensación anunciada en la primera línea.
Quinientos mil dólares.
Leyó la cifra tres veces. Después abrió el documento adjunto.
La empresa buscaba a una mujer con disponibilidad inmediata, discreción absoluta y dos hijos pequeños. La elegida debía residir durante noventa días con un empresario, acompañarlo a compromisos sociales y presentarse públicamente como su esposa. El pago se entregaría en dos partes: un adelanto al firmar y el saldo al completar el acuerdo.
No aparecía el nombre del hombre. Solo una lista de obligaciones y una cláusula que prohibía revelar la naturaleza del contrato.
Sienna sintió rechazo antes de llegar al final. Cinco años atrás había permitido que un acuerdo matrimonial decidiera dónde viviría, qué vestiría frente a las cámaras y cuándo debía sonreír junto a un hombre que nunca pensó amarla. Había salido de aquella casa embarazada, humillada y con una maleta que otra persona preparó por ella. Desde entonces juró que nadie volvería a comprar el derecho de llamarla esposa.
Miró a través del cristal de la habitación. Sophie dormía con una mano enlazada a la de Eli. Su hijo luchaba contra el cansancio para vigilarla.
Sienna regresó a la primera página del contrato.
El adelanto alcanzaba para reservar la cirugía al día siguiente.
Presionó el número de contacto antes de poder arrepentirse.
—Habla Sienna Brooks —dijo cuando una voz femenina respondió—. Recibí su propuesta.
—¿Está interesada en asistir a una entrevista esta noche?
Sienna cerró los ojos. No estaba interesada. Estaba aterrada, desesperada y dispuesta a cruzar una puerta que había mantenido cerrada durante cinco años.
—Sí —respondió—. Dígame dónde debo presentarme.
La campaña comenzó a las seis de la mañana.Tres portales publicaron simultáneamente fragmentos de la investigación privada. Uno mostraba las mudanzas de Sienna y las presentaba como prueba de inestabilidad. Otro enumeraba los trabajos perdidos y las solicitudes de ayuda médica. El tercero afirmaba que había ocultado a dos herederos para negociar una compensación millonaria.No publicaron las fotografías de los niños, pero describieron suficientes detalles para que cualquier padre de la escuela reconociera la historia.Sienna leyó los titulares en la cocina mientras el agua del café hervía. Sintió la vieja vergüenza mezclarse con una rabia nueva. Su pobreza, sus decisiones y los hospitales se habían convertido en argumentos contra ella.Damian entró con el teléfono en la mano.—Nora está preparando una demanda y una solicitud de retirada.—Las demandas tardan. La gente ya lo leyó.—Publicaré una declaración asumiendo la investigación.—Eso confirmará que los datos son reales.—Son rea
Harold Reed aceptó declarar desde Lisboa a cambio de que Damian levantara la cláusula de confidencialidad que lo vinculaba a la familia.La videollamada fue organizada por Paula, no por Charles, para que Sienna tuviera el mismo acceso. Harold apareció en una oficina pequeña, con el cabello completamente blanco y el rostro de un hombre que llevaba años esperando una puerta detrás de cada ruido.—No pediré perdón —comenzó—. No porque no corresponda, sino porque no serviría para lo que hice.Sienna mantuvo las manos sobre la mesa.—Entonces diga la verdad.Harold contó que Marissa le entregó las fotografías y una transferencia bancaria atribuida a Sienna. Afirmó que un investigador externo había confirmado la relación con Nathan Cole y que Sienna desviaba dinero del presupuesto doméstico.—¿Verificó los originales? —preguntó Paula.—Solicité acceso. La señorita Vale dijo que Damian necesitaba actuar antes de que Sienna sacara fondos del país.Damian estaba conectado desde el hotel. No ap
La carpeta permaneció abierta sobre el escritorio de Damian.Sienna había entrado para dejar el calendario de la cirugía y no pretendía revisar nada. Sin embargo, reconoció su antiguo edificio en una fotografía tomada desde el interior de un automóvil. En la imagen, ella empujaba un coche doble mientras Chloe cargaba bolsas. Los gemelos tendrían menos de un año.Pasó la página.Había fotografías del parque, de la escuela y del consultorio de Logan. Direcciones anteriores, nombres de clientes, movimientos bancarios y copias de solicitudes médicas. Damian había ordenado destruir las imágenes privadas, pero aquella carpeta seguía intacta.—¿Qué haces?Él estaba en la puerta.Sienna levantó la fotografía.—Eso quisiera saber yo. Dijiste que las habían destruido.Damian atravesó la habitación y tomó la carpeta. Revisó la etiqueta del lomo.—Esta no es la copia que dejé aquí.—Qué conveniente.—La carpeta original estaba en la caja de seguridad hasta que el investigador certificara la elimi
Eli aceptó visitar el taller de Richard bajo cuatro condiciones.Sienna debía acompañarlo, Sophie podía entrar si no tocaba nada, Arthur no hablaría de herencias y Damian no convertiría la visita en una sesión de fotografías. El niño escribió las reglas en una hoja y exigió firmas.—¿También firma Sophie? —preguntó Damian.—Ella es la que más probablemente tocará algo.Sophie dejó una huella de tinta amarilla en lugar de su nombre.El taller ocupaba una construcción detrás de la casa de Arthur. Las persianas llevaban años cerradas. Cuando el cuidador levantó la puerta, un olor a madera, aceite y polvo escapó al jardín. Sobre las mesas descansaban herramientas cubiertas, cajas de piezas y tres maquetas de barcos a medio terminar.Eli entró con una solemnidad que hizo sonreír a Sienna.—¿Todo era de él? —preguntó.—Sí —respondió Damian—. Mi padre venía aquí cuando quería que nadie lo encontrara.—Pero tú sabías dónde estaba.—Me dejaba entrar algunas veces.Damian retiró la tela de una


















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