INICIAR SESIÓNPunto de vista: Max
Mi padre acaba de llamarme para darnos una noticia que cambiará el ritmo de las próximas semanas: quiere que volvamos a la manada. Se encargarán de cubrir todos los gastos de los pasajes para que pasemos dos meses allá durante las vacaciones.
Bueno… siendo realistas, quizá los gemelos no puedan viajar. Pobre Lucas, le va a tocar ayudarlos a ponerse al día con las materias si quieren poner un pie en el avión. Bromeo, pero es la pura verdad. La condición del Alfa ha sido tajante: todos debemos terminar nuestros estudios lo antes posible. Como es de esperar, Alex y Alan son los que están más rezagados, mientras que Lucas ya completó sus asignaturas y hasta dedica tiempo a dar ayudantías y clases particulares. Esta noche les informaré sobre la decisión de mi padre y empezaremos a organizar todo para viajar el próximo fin de semana.
Hablé también con mi madre. Se reía escuchando cómo nos van las cosas por acá y aprovechó para saludar a los chicos. En quien más notó cambios fue en Lucas; no podía creerlo.
—Ya no es el mismo chico flaco y bajito —comentó, asombrada.
Sus palabras me hicieron recordar la primera vez que lo vio entrenar, justo antes de que partiéramos del instituto. Tenía esa mirada, una mezcla de admiración y preocupación, que solo las madres saben poner.
—¿Ese chico es el Lucas del que me hablabas? —me preguntó intrigada—. ¿Usa lentes? ¡Es demasiado flaco!
—Míralo en acción, mamá, y después me dices —le respondí, confiado en mi elección.
Mientras conversábamos, mi vista se desvió hacia dos niñas de unos catorce años que estaban entre el público. Una era castaña, de ojos verdes y un hoyuelo encantador en la mejilla; la otra, rubia, un poco más bajita y con unos ojos color café muy claro. Recordé que la rubia era la nieta del dueño del supermercado de la manada, pero a la castaña no la conocía de nada. Verlas me hizo pensar en mi hermana.
—¿Y mi hermana? —le pregunté a mi madre.
En ese momento comenzó la pelea. Lucas se quedó inmóvil, escuchando con una calma gélida cómo su contrincante intentaba provocarlo. Mi madre hizo el amago de marcharse, pero la detuve.
—Espera… esto te va a gustar.
Lucas permaneció paciente, aguardando el segundo exacto. Cuando su oponente lanzó el ataque, él esquivó cada golpe con una destreza que me dejó asombrado. Y en cuanto detectó un punto débil, atacó. Con precisión. Con potencia. Con una técnica impecable. Reconocí varios movimientos de judo; eran efectivos, pero lo que realmente me impactó fue la seguridad de sus golpes. Recordé el día en que yo mismo recibí uno. Pensé que, al no haberse transformado todavía, sería un blanco fácil… pero me equivoqué. Quizá por eso su cuerpo no se desarrolló con la musculatura pesada del resto.
Cuando dejó a su rival fuera de combate, el gimnasio estalló en aplausos, especialmente por parte de sus dos pequeñas fans. Mi madre quedó impresionada.
—Tienes razón… es calmado, mide cada paso y, cuando ataca… no tiene contemplaciones —admitió con una mezcla de respeto y sorpresa.
—Así es, mamá. Conmigo y con Jason es igual de implacable.
Ella me miró con curiosidad.
—Estábamos entrenando. Quería saber si realmente podía formar parte de mi séquito. Ya lo había visto pelear, pero necesitaba probarlo.
Le conté lo que ocurrió aquel día:
En el entrenamiento de último año lo ataqué en serio, le acerté varios golpes y terminó en el suelo. Para picarlo, le dije que si no se tomaba los entrenamientos en serio pediría que quitaran el internet del instituto, para que se despegara de una vez del computador y del celular. Ahí empezó la pelea de verdad. Le gané… solo porque él me dejó de pie. Lucas terminó tumbado en el piso, anunció que tenía que irse a terminar un trabajo y, con un gesto displicente de la mano, se despidió como diciendo: «ya terminé contigo». Cuando le confesé después que todo era una broma para ver su nivel, no pude evitar reírme.
En ese instante, mi madre entendió por qué insistí en que viniera con nosotros. Nos quedaba solo un año y yo tenía que elegir a mi séquito. Debían ser personas dispuestas a aceptar la oferta, estudiar fuera y construir una manada fuerte a mi regreso.
Normalmente, estos cargos se heredan; Jason es hijo del Beta actual y su destino ya estaba escrito. Pero con los otros puestos decidí actuar diferente. El Gamma anterior murió en la última batalla contra los salvajes hace años, por eso elegí a Lucas. El Delta actual no encontró a su mate y, aunque tiene un hijo, este aún es muy pequeño; por eso elegí a los gemelos.
Lo ideal es que todos tengamos una edad similar. El tiempo lejos de nuestras familias nos obliga a crear lazos reales, a conocernos sin filtros. Además, la razón por la que estos cargos suelen quedar en las mismas familias no es solo la confianza… es el dinero. Y ni Lucas ni los gemelos cuentan con esos recursos.
Mi madre me sacó de mis pensamientos.
—¿Quieres que cree un fondo o una beca para estos chicos? —preguntó con seriedad.
—Sí… pero necesito algo más que eso. ¿Cómo lo supiste? —le respondí, sosteniéndole la mirada.
—Porque soy tu madre, mi pequeño Alfa. Hablaré con tu padre —dijo encogiéndose de hombros.
—Siempre podemos traer esclavos para que hagan el trabajo duro y así ahorramos en mano de obra.
—¡¿Qué?! —exclamé, totalmente escandalizado.
—¡Ay, hijo, era una broma! —se rió ella—. Le diré a tu padre y veremos cómo lo organizamos. Déjame a mí el asunto de las “becas”.
Asentí, sonriendo.
—Ahora ya estás seguro de con quiénes te irás. Es una decisión importante.
—Sí, mamá. Somos cinco los que iremos al País A.
Punto de vista: RocíoHoy cumplo dieciocho años. Al fin conoceré a mi mate, mi predestinado; esa persona que me amará incondicionalmente y me brindará su protección. La euforia y la ansiedad se disputan el control de mis nervios en este momento.—¡Rocío, baja de una vez! —el grito de mi madre resuena desde la cocina.Mis padres son Omegas, al igual que yo. Ella ejerce como jefa de cocina en la casa de la manada Nova Luna, la residencia principal donde habitan el Alfa, su familia y su séquito. El resto de nosotros vivimos en pequeñas casas independientes, organizadas como una población, con patios lo suficientemente amplios para permitir nuestra transformación sin causar destrozos.Sí, han leído bien: transformación. Somos una manada de hombres lobo, Nova Luna es el nombre de nuestra manada. Aunque parezca sacado de un libro de ciencia ficción, para nosotros es la realidad. Nuestra manada es pequeña, pero autosuficiente; sobrevivimos gracias a la exportación agrícola, un rubro que gene
NarradorEl Gran Salón del Hotel Evans estaba irreconocible. Candelabros de cristal colgaban del techo abovedado, proyectando destellos dorados sobre las paredes tapizadas. Una alfombra color vino recorría el suelo desde las escaleras hasta la pista de baile, y un aroma sutil a maderas orientales y flores blancas flotaba en el aire. Todo estaba preparado para una noche diplomática… pero también para mucho más.La familia Valenzuela llegó puntual, como si el tiempo se inclinara a su favor. El Alfa Esteban Valenzuela avanzó con paso seguro, irradiando la clase de poder silencioso que hacía que la gente se hiciera a un lado sin necesidad de palabras. Su presencia era imponente: alto, moreno, de mandíbula firme, con un traje oscuro perfectamente entallado. A su lado, sus hijos trillizos caminaban en perfecta sincronía, como si compartieran un mismo ritmo vital.Los tres jóvenes eran distintos, pero el parecido entre ellos era innegable. Uno tenía el cabello rebelde, los ojos oscuros y una
Punto de vista de SofíaDespertó entre el calor de dos cuerpos que la envolvían como un refugio. Su piel, aún sensible, se estremecía con cada respiración de ellos. Jason dormía profundamente a su derecha, mientras Lucas, a su izquierda, la observaba en silencio.Ella parpadeó, algo aturdida por el placer acumulado en su cuerpo.—¿Qué me hicieron? —susurró para sí, sonrojada al notar que aún los tenia profundamente en su interior.Lucas le acarició la mejilla con los nudillos.—Buenos días, pequeña —dijo con esa voz grave que le erizaba la piel.
Punto de vista: IsabellaDespertó con un leve dolor de cabeza, pero con una sonrisa en los labios. A pesar de todo, algo dentro de ella vibraba con una tibia alegría. Se levantó, fue al baño y se duchó. El agua tibia la ayudó a sacudirse la pesadez del cuerpo. Al salir, su reflejo en el espejo le devolvió una imagen que empezaba a reconocer y aceptar. Se vistió con seguridad: una minifalda de cuero negro, botines con cadenas decorativas y un peto de encaje que resaltaba sus curvas, en especial sus pechos, que últimamente parecían haber crecido con ella.Un golpeteo en la puerta la interrumpió.Cuando abrió, allí estaba Leo. É
Punto de vista: IsabellaEl taxi se deslizaba por las calles mojadas mientras Isabella miraba por la ventana empañada. Sentía los ojos del conductor sobre ella y comenzó a incomodarse. Luego lo entendió: estaba completamente empapada. Su vestido se le pegaba al cuerpo, y en ese momento agradeció haber encontrado aquellos diez dólares. Aún se reía de la escena con el “princeso”, ese chico guapo y mimado que no sabía cambiar una rueda. Qué divertido había sido ayudarlo.—Supongo que yo también fui así alguna vez… o lo soy —pensó—. Mis amigos, mi familia, nunca me dejaron sola. Pero ahora… ahora yo también tengo secretos. Cosas que no contaré. Al menos, no todav&ia
Punto de vista de RocíoLucas la miró en silencio.Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos los chicos pensaron lo mismo.“Rocío siempre pudo contactarse con ellos mentalmente”.Era algo que nunca habían cuestionado, algo que simplemente estaba ahí. Pero ahora todo tenía sentido: ella no era una simple Omega sin lobo.Era una doncella… eso cambiaba todo.Significaba que podía ser pareja de un vampiro, o también ser marcada por un lobo, si el destino lo permitía. Podía incluso dar a luz a un hijo vampiro, aunque ese milagro venía con un precio: el riesgo de que el bebé consumiera su energía vital. O que el mismo vampiro, al alimentarse, la debilitara lentamente… impidiendo que el embarazo llegara a término.Rocío tragó saliva, mirando cómo todos la observaban como si fuera algo completamente nuevo, como si recién ahora la vieran de verdad.Sofía se acercó, con lágrimas en los ojos.—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó en voz baja, dolida—. ¿Por qué no pediste ayuda? ¿Por qué no confi







