INICIAR SESIÓNKamrynn: Quizá estaba maldita, o tal vez simplemente tuve la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sea como sea, me acusaron de asesinar a mi hermana gemela y me castigaron cruelmente por un crimen que no cometí… todo por culpa del hombre al que he amado desde que era una niña. Calvin lo era todo… lo era todo para mí. Pero es increíble lo creativo que puede llegar a ser alguien cuando se trata de hacer sufrir a otra persona. Logré escapar, embarazada, sin tener idea de lo que el destino tenía preparado para mí. Calvin: Ella mató a mi compañera destinada y al hijo que esperábamos. La odiaba. Lo justo era que reemplazara al hijo que me arrebató, ¿no? Pero huyó embarazada de mis hijos y, para colmo, nos lanzó una maldición a mí y a mi manada. Ahora vivo atormentado mientras mi gente muere. Ella nunca fue una asesina; resultó ser la hija de la Diosa de la Luna, y fui yo quien condenó a mi manada. Ahora sé el gravísimo error que cometí. La quiero de vuelta. Quiero recuperar a mis hijos. Solo ella puede romper la maldición… pero me odia con toda su alma y no quiere volver a saber nada de mí.
Ver másKamrynn
"No sé qué me duele más: si sus manos o sus palabras. Cada vez que me toca, es otro recordatorio de lo bajo que he caído… y de cuánto me desprecia."
El dormitorio está frío, oscuro y sofocante. El cuarto de Calvin. No. El dormitorio del Alfa. Su territorio. Estoy boca arriba, mirando al techo, deseando que mi mente se pierda en otra parte (en cualquier lugar lejos de aquí) mientras Calvin me embiste, con movimientos bruscos y castigadores. A él no le importa mi dolor. Nunca le ha importado. Está perdido en su odio; cada estocada es un recordatorio de que, para él, no soy más que una herramienta para su venganza.
Su aliento quema en mi cuello, agitado y lleno de ira. Mi cuerpo yace inerte debajo de él, aguantándolo, como siempre lo hago. Su mano se aprieta alrededor de mi garganta y sé lo que se viene incluso antes de que lo diga.
—Mírame, perra asquerosa. —Su voz es helada, llena de asco—. Ni se te ocurra tratar de escaparte en tu cabeza. No te vas a ir a ningún lado.
Me da una bofetada muy fuerte en la cara. El ardor punzante me regresa a la realidad, mientras el sabor amargo de la sangre me llena la boca. Me había vuelto demasiado buena pretendiendo no estar aquí, evadiéndome a un tiempo en el que las cosas eran… mejores.
Éramos tan jóvenes en ese entonces. Cuando Sherelle, Calvin y yo solo éramos niños, corriendo por los campos detrás de la casa de la manada. Calvin siempre se reía mientras intentaba atraparme, con los ojos brillándole bajo la luz del sol. Era mi mejor amigo. En aquel entonces lo amaba, incluso antes de entender lo que era el amor.
Su agarre se aprieta alrededor de mi garganta, haciéndome volver en mí otra vez. Sus caderas se mueven más rápido, con más brutalidad, y me muerdo el labio hasta sacarme sangre para no gritar. Mis lágrimas solo alimentarán su ira.
—Asesina —gruñó, clavándose más profundo en mí—. Zorra celosa y repugnante. ¡Le quitaste la vida por esto! —Se señaló a sí mismo con un gesto lleno de rabia, con el cuerpo temblando de furia—. ¿Por mi verga, eso es? ¿Pensaste que tomarías su lugar? ¿Pensaste que matarla haría que te amara?
Me quedo helada. Que la mencione a ella siempre empeora todo. La rabia en su voz se profundiza y sus dedos se clavan dolorosamente en mi piel.
—No te hagas la inocente, perra. —Se sale de mí y me tira a un lado con brusquedad, como si no fuera más que basura. Doy un ahogo; el vacío repentino es solo un alivio momentáneo antes de que me jale del cabello, arrastrándome fuera de la cama y tirándome al suelo—. Te mereces esto. Cada. Una. De las cosas.
Mi cuerpo impacta contra el piso con un golpe seco, y al segundo siguiente, su bota me remata en las costillas. Toso, sintiendo el sabor de la sangre, pero no me muevo. No tiene sentido. Solo lo motiva más.
—¿Te crees por encima del castigo? —escupe, caminando a mi alrededor, con los ojos ardiendo de furia—. ¿Crees que puedes matar a mi compañera y a mi heredero y salirte con la tuya? ¿Crees que te voy a dejar olvidarlo?
—Yo no… —logro ahogar, apenas capaz de hablar.
Otra patada, esta vez en el estómago. Me doblo de dolor, agarrándome el abdomen mientras la náusea me domina. Intento hacerme una bola, protegiendo por instinto las partes de mí que todavía no se han roto, pero las manos de Calvin me agarran los brazos, levantándome para dejarme de rodillas frente a él.
—Tú no tienes derecho a hablar, perra. No después de lo que hiciste.
Su puño se estrella contra mi cara y siento el chasquido de un hueso. Mi visión se nubla por el dolor, pero no es nada comparado con lo que he pasado antes. Esta no es la primera vez que me rompe.
—Debí haberte matado en el momento en que vi lo que le hiciste —se burla, levantándome del cabello—. Pero no. Voy a hacer que pagues por el resto de tu vida.
Sus palabras calaron más hondo que cualquiera de sus golpes. Se me acumularon las lágrimas, pero me las tragué. Llorar solo lo empeoraba todo. Él odiaba cuando lloraba.
—Haré de tu vida un infierno hasta el día en que te mueras —me gruñó al oído, con cada palabra envenenada—. Nunca vas a conocer la paz, no después de lo que me hiciste a mí, a Sherelle, a mi hijo no nacido.
Me tira de nuevo al suelo y me embiste otra vez, clavando sus uñas en mi piel mientras su cuerpo me toma con violencia. El dolor es abrumador, me cae encima como olas, ahogándome en su intensidad. Sus promesas se difuminaron en el fondo mientras la oscuridad bordeaba mi visión, y el mundo a mi alrededor se fue apagando a medida que mi mente se desconectaba…
Éramos niños. En aquel entonces, todo era fácil. Calvin era mi mejor amigo, siempre listo para tomarme de la mano y llevarme a su mundo de aventuras. Sonreía con esa sonrisa brillante suya, y yo lo seguía a donde fuera que me guiara.
Lo había amado desde que tenía memoria. Pero ese amor se hizo pedazos el día que me le declaré, cuando me dijo que no sentía lo mismo. Y luego, ni siquiera una hora después, se enteró de que mi hermana gemela, Sherelle, era su compañera predestinada. Sonreí a través del dolor, deseándoles la felicidad a ambos, pero mi corazón se derrumbó ese día.
Se veían perfectos juntos. Calvin y Sherelle, la pareja de oro de la Manada. Me obligué a estar feliz por ellos. Me obligué a dar vuelta la página. Pero el día en que todo terminó me perseguiría para siempre.
Había sido un día normal. Recuerdo bien eso. Había sol y el aire estaba cálido, un día perfecto para salir a caminar con Sherelle. Ella estaba radiante, embarazada de cinco meses, y bromeábamos sobre cómo ya casi no podía verse los pies.
—Vas a ser tan mamá —le dije en tono de burla, sonriendo.
Sherelle se rió, con esa risa capaz de iluminar un lugar entero. —Lo tomaré como un cumplido, hermanita.
Ese momento se sentía en paz. Casi me hizo olvidar el peso de mi corazón roto. Sherelle tenía todo lo que yo quería: el amor de Calvin, su hijo no nacido, el futuro con el que alguna vez soñé. Pero dejé esos pensamientos de lado, como siempre hacía. Quería estar feliz por ella. Estaba feliz por ella.
Hasta que todo se fue al carajo.
El guardia que nos acompañaba nos había dejado a solas un momento, llamado por algo que estaba pasando en los límites de la Manada. No le dimos mucha importancia. Éramos solo nosotras dos en el bosque, caminando despacio mientras Sherelle me hablaba de nombres para el bebé. Fue ahí cuando pasó.
La figura enmascarada apareció de la nada, moviéndose más rápido de lo que cualquiera de las dos pudo reaccionar. Apenas me dio tiempo de gritar antes de que algo me golpeara con fuerza en la nuca. La oscuridad me tragó por completo, arrastrándome hacia abajo.
Cuando desperté, el aire estaba pesado con el hedor de la sangre.
Me senté, mareada, con la cabeza latiéndome. El bosque estaba en un silencio aterrador, y entonces la vi. Sherelle.
Su cuerpo yacía tirado en el suelo, empapado en sangre. Le habían desgarrado la garganta y tenía la cara mutilada, irreconocible. La vista de su vientre, abierto de un tajazo, fue lo peor. Era como si la vida dentro de ella hubiese sido robada antes de tener la oportunidad de vivir. Había un cuchillo ensangrentado al lado de su cuerpo.
Mi mente se quedó en blanco. El horror de la escena me consumió y lo único que pude hacer fue gritar. Mi voz resonó entre los árboles, pero nadie vino. Nadie excepto el guardia, que regresó solo para acusarme de lo impensable.
—¡Tú hiciste esto! —gritó, apuntándome con su lanza—. ¡Yo te vi! ¡Tú la mataste!
Sus palabras no tenían sentido. Yo no había hecho nada. Pero la sangre en mis manos, el horror en mi cara… nada de lo que dijera lo convencería de lo contrario.
Me arrojaron al calabozo poco después, confundida, aterrorizada. La noticia de la muerte de Sherelle se corrió rápido, pero luego pasó algo todavía peor: su cuerpo desapareció. Junto con eso, el guardia que había testificado en mi contra murió en circunstancias misteriosas. Dijeron que yo era la responsable. Dijeron que lo maté para encubrir mi crimen. Todas las pruebas estaban en mi contra. El cuchillo que se había usado para matar a Sherelle estaba lleno de mis huellas dactilares.
Fue ahí cuando Calvin vino a verme.
Nunca voy a olvidar la mirada de sus ojos: puro odio.
—La mataste —dijo, con voz helada—. Mataste a mi compañera y ahora también te llevaste su cuerpo.
—Yo no… —intenté hablar, pero las palabras no me salían.
—Mataste a mi hijo. Mataste al guardia. Y ahora vas a pagar por todo lo que hiciste.
Y vaya si pagué. Torturada, golpeada, quemada, lacerada e inyectada con acónito hasta que perdí a mi loba. Tres meses de agonía. Tres meses preguntándome si la muerte finalmente vendría por mí. Casi había olvidado lo que era estar viva.
Entonces Calvin vino a mí una noche, un monstruo con forma de hombre. Su bota se estrelló contra mis costillas, despertándome de mi sueño fracturado.
—Me lo quitaste todo —susurró, con una voz tan fría que me congeló la sangre—. A Sherelle. A mi hijo. Vas a reemplazar lo que te llevaste. Me vas a dar un nuevo heredero.
Lo declaró esa noche, y desde entonces, he sido su juguete: su esclava, su saco de boxeo, su prisionera.
POV de CalvinJamás pensé que esto fuera a pasar—no así, jamás otra vez.Los dedos de Kamrynn estaban suavecitos, pero me agarraba con firmeza mientras me guiaba hacia mi cuarto. Cada paso se sentía irreal, como un sueño de calentura del que no me atrevía a despertar. Lo calientito de su mano, la mirada chiquita que echaba por encima del hombro, el modo en que traía los labios entreabiertos, casi como si se estuviera aguantando las palabras—era más de lo que jamás me había permitido esperar.Ella quería esto. Me quería a mí.Tragué saliva duro, haciéndole la lucha para mantener mis emociones a raya, pero me sentía como un morro a punto de tocar a una chava por primera vez. Yo—un guey ya grande, un lobo plateado, alguien que un día la trajo aterrorizada—quedando como un pendejo atarantado nomás por el modo en que me veía.Kamrynn le puso seguro a la puerta atrás de nosotros, y el corazón me dio un tropezón en el pecho cuando se volteó y me jaló a sus brazos. Apenitas si tuve chance de
POV de KamrynnRodé los ojos pero no le seguí la corriente al tema.Por un rato, nomás nos pusimos a platicar. Se sentía… a gusto. Como agarrar un ritmo viejo y conocido. Calvin siempre había sido bueno para hacerme reír, y hoy no era la excepción.Me contó un cuento bien chistoso de Franklin cuando se metió de metiche sin querer donde andaban Lorien y Lysaa en un momento… privado. Me reí tanto que casi me caía del columpio, y Calvin estiró la mano por puro instinto para darme el paro, sintiéndosele sus manos suavecitas en mis hombros.Su toque se quedó un segundo más de la cuenta, y cuando le eché la mirada para arriba, me lo topé viéndome con una cara tan suave, tan llena de emociones que no decía, que se me atoró el aire en la garganta.Soltó las manos en chinga y se aclaró la garganta, como cayendo en cuenta de que lo había agarrado con las manos en la masa.—Kamrynn —dijo quedito, cambiándole el tono de juguetón a serio.Me enderezé tantito, sintiendo que lo que fuera que me iba
POV de KamrynnMe senté en silencio en el columpio viejo de madera del jardín, dejando que la brisa suave me besara la piel mientras el sol de la tarde bañaba todo en una luz dorada y suave. El columpio rechinaba tantito mientras me mecía de adelante para atrás, rascándome los pies descalzos contra el pasto. Estaba tranquilo aquí afuera, lejos del ruido y del desmadre de adentro de la Casa de la Manada.Pero mi mente no andaba nada tranquila.Me la había pasado la semana entera en un remolino encabronado de sentimientos. Desde mi plática con Lysaa, le había andado haciendo la lucha para acomodar lo que sentía, descifrar qué quería y juntar coraje para hablar con Calvin.Habían pasado un chingo de cosas en ese tiempo. Calvin se había recuperado bien rápido—mucho más rápido de lo que me esperaba, aunque a lo mejor eso tenía que ver con que era un lobo plateado. Sus cortadas casi todas le habían cerrado, y ya se podía mover solo por su cuenta, aunque la doctora le había avisado que le sa
POV de KamrynnHabía pasado una semana desde mi plática con Calvin.Una semana desde que le dije que ocupaba tiempo.Lo había andado checando a diario, asegurándome de que se tomara su medicina, tragara bien y se curara como debía. Sus cortadas andaban cerrando, los moretones borrándose, pero el silencio entre los dos se quedaba grueso y medio feo. Jamás me quedaba el tiempo suficiente como para que tuviéramos una plática de verdad.Cada que le caía, él me veía con esos ojos verdes bien filosos, como rogándome que dijera algo—lo que fuera. Pero yo no podía. No andaba lista.En lugar de eso, me metí de lleno a cuidar a los gemelos y a tirar esquina en la Casa de la Manada, haciéndole la lucha para ganarme la confianza de todos. No estaba papita. Algunos lobos todavía me sacaban la vuelta, quedándoseme viendo con sospecha o con miedo. Pero otros—los que habían perdido niños y habían hallado consuelo en mi bendición—ya andaban empezando a agarrarme cariño.Hoy, andaba sentada en el patio


















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