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CAPÍTULO 30: LAS SIRENAS

Autor: Elisheva
last update Data de publicação: 2026-04-29 02:35:18

El sonido de las sirenas me atravesó como un cuchillo.

Me incorporé en la cama de golpe. El lado de Sebastián estaba vacío. Las sábanas, frías. Llevaba horas fuera. Me puse lo primero que encontré —unos vaqueros y la camiseta de él, la que había dejado sobre la butaca la noche anterior— y bajé las escaleras descalza. El mármol helado me quemaba las plantas de los pies, pero no me importó.

En el salón principal, Adrián sostenía a Sofía contra su pecho. La niña tenía la cabeza hundida en el hombr
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    La mañana después de la boda amaneció con el cielo cubierto de nubes grises, como si el mundo también estuviera guardando silencio. El jardín, que ayer brillaba con flores y velas, hoy parecía más quieto, más íntimo. Los jazmines aún perfumaban el aire, pero su aroma era más suave, como si supieran que el día no era para celebraciones, sino para despedidas.Bajé las escaleras con Matías en brazos, y encontré a Don Ernesto ya en el salón, en su silla de ruedas, mirando por la ventana con una taza de té en las manos. Con una alegría como si aún no quisiera dejar atrás el día anterior.—Abuelo —dije, sentándome a su lado—. ¿No has dormido?—No mucho —respondió, sin girarse—. Pero necesitaba estar despierto. Hay cosas que quiero hacer antes de que el día avance.—¿Qué cosas?Se giró hacia mí, y sus ojos, aunque cansados, tenían una claridad que no les había visto antes.—Quiero hablar con cada uno de ustedes. A solas. ¿Me ayudas a organizarlo?Asentí, aunque un nudo se formó en mi gargant

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    El día amaneció con una luz dorada que parecía hecha a medida. No había una sola nube en el cielo, y el jardín de la mansión lucía como nunca, los jazmines en flor, rosas blancas adornaban los arcos, y el sendero de piedras estaba cubierto de pétalos blancos que Sofía había esparcido con la dedicación de una artista. El aroma a tierra mojada y a flores recién cortadas se mezclaba con el olor a pan recién horneado que venía de la cocina.Pero yo no veía nada de eso.Estaba en la habitación, frente al espejo del vestidor, con un vestido blanco sencillo sobre el cuerpo. No era un vestido de diseñador, no tenía cola de tres metros ni pedrería. Era un vestido de novia sencillo, de mangas largas y cintura alta, que abrazaba suavemente mi vientre aún sin abultar, pero que guardaba el secreto de la nueva vida que crecía en mi interior.Bajé la mano hasta rozar el tejido. Aún no se notaba, pero yo sabía que allí dentro había un latido diminuto. Otro pedazo de nosotros. Y hoy, de alguna manera,

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    La mañana empezó con el timbre de la puerta principal. No era un timbre cualquiera. Era ese timbre que siempre anunciaba algo inesperado, algo que no estaba en el plan del día. Pero en esta casa, desde que Sofía había decidido convertirse en la directora de orquesta de los romances ajenos, lo inesperado se había vuelto la norma.Abrí la puerta y me encontré con Adrián. Estaba de pie en el umbral con una chaqueta negra, el pelo ligeramente despeinado y un ramo de flores en la mano. No eran flores cualquiera. Eran rosas rojas, envueltas en papel de seda blanco, con un lazo de terciopelo. Era un ramo grande, generoso, como si quisiera compensar todo el tiempo que había tardado en hacer el primer movimiento.—Adrián —dije, sonriendo—. ¿Y esas flores?—Menos mal que abriste tú, ecesito tú ayuda —dijo, y su voz sonó más seria de lo habitual—. Y la de Sofía.—¿Sofía? ¿Para qué?—Para esto. —Levantó el ramo—. Quiero dárselo a Valeria. Pero no sé cómo. No sé qué decirle. No sé si será demasiad

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